Ecos del Solsticio (Saga Siete Ecos 2) Capítulo I Solsticio & Equinoccio #6
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Capítulo I Solsticio & Equinoccio #6

Dos masas oscuras cayeron del techo. ¡CRASH!

La primera aterrizó pesadamente sobre la mesa central, partiendo la gruesa madera por la mitad con el sonido de una columna vertebral rompiéndose.

Mi papá rodó por el piso, escudando el Códice.

La segunda criatura se estrelló justo entre Mikhail y la puerta de hierro.

No eran sombras. Eran carne. Carne gris y curtida, cubierta de un pelaje sucio y apelmazado que parecía tejido con tiras de cuero podrido.

Tenían forma humanoide, pero sus proporciones eran una ofensa a la anatomía.

Brazos demasiado largos que terminaban en garras de hueso negro.

Espaldas encorvadas cubiertas de espinas rotas.

Y cabezas... cabezas que vagamente recordaban a cabras desolladas, con cuernos asimétricos y bocas verticales llenas de dientes parecidos a agujas.

Olían a pantano estancado y ozono quemado. Verdaderos Schiak. Soldados de la Manada. Aquí. Dentro de nuestros muros.

La criatura que bloqueaba la puerta siseó, un sonido como vapor escapando, y se abalanzó directamente hacia Mikhail. Mi hermano no tenía espacio para maniobrar, con la espalda presionada contra el acero frío.

No tuvo que hacerlo. Mi padre se levantó del suelo con una velocidad aterradora. Vi cómo sus ojos se encendían, ardiendo con una furiosa luz de oro fundido. No pronunció ningún conjuro. No dudó. Lanzó su mano hacia adelante, y una onda de choque de fuerza cinética pura y cruda brotó de su palma.

El impacto golpeó al Schiak de lleno en el pecho con el sonido de un cañonazo.

La bestia salió despedida violentamente hacia atrás, sus costillas se hicieron añicos al instante, estrellándose contra la pared de piedra con tal fuerza que una telaraña de grietas se extendió por el ladrillo. Se desplomó en el suelo, sin vida.

Pero la primera bestia, la que había destruido la mesa, ya estaba girando su cabeza ciega hacia mí. No tenía ojos, pero sabía que me veía. O me sentía. Mi "don", mi conexión, brillaba para ella como una bengala en la noche.

—Carne... llave... —La voz no resonó en el aire; hizo eco dentro de mi cráneo, raspando contra mis meninges.

—¡Dimitri, muévete! —gritó Mikhail.

La ira me inundó. Una ira caliente y volcánica.

Sentí esa conexión familiar en mis pies, esa vibración subiendo del suelo, desde la mismísima tierra debajo del concreto de Estambul.

Era el mismo sentimiento que había tenido en Praga, con los Nahuales.

La tierra me estaba respondiendo. Podía sentir la estructura del edificio, el concreto, el hierro...

Podía usarlo. Empálalo , pensé. Saca un pincho del suelo y empálalo.

Lancé mi mano hacia la criatura, concentrando toda mi voluntad, todo mi miedo, en un solo punto en el suelo bajo sus pies. Esperé el temblor. Esperé a que el cemento se licuara y obedeciera como lo hizo esa vez. Vamos. Vamos.

Nada. Solo un silencio estático. Mi mano temblaba en el aire, inútil.

La conexión estaba ahí, podía sentirla, pero era como intentar agarrar humo.

Había una pared. Un bloqueo. Mi padre me lo había advertido: "La magia sin control es caos, y tu mente aún no tiene las compuertas".

Pero, maldita sea, necesitaba ese caos ahora.

El Schiak soltó una risa gorgoteante, burlándose de mi intento fallido.

Se agachó, listo para saltar. Yo estaba completamente indefenso.

Un NPC con fallos técnicos esperando la pantalla de "Game Over".

La bestia se abalanzó. Apreté los ojos con fuerza, preparándome para el impacto inevitable y agonizante de sus garras.

Pero el impacto nunca llegó. En cambio, escuché un fuerte siseo seguido del rugido ensordecedor de vapor. ¡FSSSHHHHHH!

Abrí los ojos. Azra estaba junto a la pared, con una palanca de hierro en la mano.

Había reventado la válvula principal de la tubería de calefacción industrial que pasaba justo por encima de donde yo estaba.

Un chorro de vapor denso, blanco e hirviente salió a alta presión, creando una cortina impenetrable entre la bestia y yo.

El monstruo, atrapado a mitad del salto, se estrelló contra la pared de vapor hirviendo. Aulló de agonía cuando su piel gris se llenó de ampollas al instante y se encogió por el calor, retrocediendo a trompicones hacia la niebla ciega.

—¡Deja de jugar al mago y corre, niño! —gritó Azra, agarrándome del brazo y tirando de mí hacia la parte trasera de la habitación.

La realidad física se impuso con la urgencia del incendio en una casa. Azra me arrastró hacia el fondo mientras la nube de vapor hirviendo se expandía, llenando el taller 78 con un siseo ensordecedor que enmascaraba, aunque solo fuera por un momento, los rugidos de la bestia.

Mikhail se estaba levantando del piso, tosiendo y sacudiéndose los escombros. Se limpió un hilo de sangre de la boca con el dorso de la mano y, al ver la cortina blanca que nos separaba del Schiak, sus ojos se clavaron en los míos. No había reproche, solo acción.

—¡Papá! —gritó mi hermano—. ¡La salida de emergencia!

La luz dorada se desvaneció de los ojos de mi padre. Aprovechando la ceguera temporal del monstruo sobreviviente, agarró el Codex Myra, abrazándolo contra su pecho, y corrió hacia nosotros.

—¡Al túnel! —ordenó, con la voz ronca por el humo—. ¡El vapor no lo retendrá por mucho tiempo!

Azra nos guio hacia una pesada estantería de metal en la parte de atrás, cargada de latas de pintura seca y disolventes industriales.

Mikhail y yo la empujamos, con nuestros músculos protestando por el esfuerzo.

La estantería chirrió sobre el cemento, revelando el agujero negro y circular de un antiguo conducto de carbón que conectaba con el sistema de alcantarillado otomano.

Era estrecho, asqueroso, y exhalaba un aliento de humedad rancia, pero en ese momento, parecía las puertas del cielo.

—¡Entren! —gritó Azra, sacando una navaja automática curva de su bota—. ¡Yo cubriré la retaguardia!

—¡De ninguna manera! —Mikhail la empujó suavemente pero con una firmeza que no admitía discusiones hacia el agujero—. Tú eres la guía. Tú vas primero. Dimitri, síguela. Papá, tú sigues. Yo cerraré.

No había tiempo para debatir sobre jerarquía o caballerosidad.

Azra nos lanzó una mirada furiosa, pero se deslizó por el agujero con la agilidad de una rata.

Me arrastré detrás de ella, sintiendo cómo el polvo de carbón cubría mi garganta y mis rodillas se raspaban contra la piedra irregular del conducto.

Detrás de mí, escuché el rugido del Schiak recuperándose, un sonido gutural de frustración húmeda que hizo temblar las paredes del túnel.

—¡Muévete! —gritó Mikhail desde la entrada.

Escuché el gruñido de esfuerzo de mi padre mientras se colaba, jadeando, seguido por el choque final de metal contra metal y madera astillándose.

Mikhail había volcado la pesada estantería y, a juzgar por el golpe sordo que siguió, había arrastrado una caja de herramientas de cien kilos para bloquear la entrada.

Un segundo después, la luz desapareció, dejándonos en una oscuridad absoluta y asfixiante.

—Sigan mi voz —susurró Azra delante de mí—. Y no toquen las paredes. Hay fango.

Gateamos por el túnel durante unos cincuenta metros, tosiendo y maldiciendo en tres idiomas diferentes, con nuestros corazones martillando contra nuestras costillas como pájaros atrapados.

El espacio era claustrofóbico, una garganta de piedra que parecía decidida a tragarnos.

Finalmente, el conducto se abrió a una galería abovedada de ladrillo donde podíamos ponernos de pie, aunque encorvados.

Olía a pantano, salitre y siglos de historia podrida. Estábamos debajo de la ciudad, en las venas olvidadas de Estambul.

Mi padre no perdió ni un segundo. Volvió a golpear el brazalete arcano. La luz azul brilló en la penumbra, iluminando su rostro sudoroso y manchado de hollín, y proyectando sombras profundas en las cuencas de sus ojos.

—¡Ikal! ¡Báalam! —ordenó por el conducto, su voz haciendo eco por el túnel con un sonido metálico y desesperado—. ¡Reporten!

Hubo una pausa que duró una eternidad geológica.

Mikhail se desplomó contra la pared curva del túnel, respirando con dificultad, tocándose las costillas donde la bestia lo había golpeado.

Yo me quedé paralizado, mirando el brazalete, rezándole a cualquier dios que estuviera escuchando en ese agujero para que nuestros maestros siguieran respirando.

Azra se acercó a mí. En la penumbra azul, sus ojos brillaron con una inteligencia fría y calculadora.

—Intentaste hacer algo allá atrás, niño —dijo en voz muy baja, para que solo yo pudiera escucharla—. Con tu mano. El aire vibró.

Me tensé.

—Intentaba espantar una mosca —mentí, apartando la mirada hacia la oscuridad del túnel, sintiéndome estúpido por haber fallado y haberme expuesto.

No insistió, pero su silencio me hizo saber que no se estaba tragando mi pésima excusa.

—Gracias, de todos modos —dije, tragándome mi orgullo—. Por la válvula. Me salvaste la vida.

—Me debes quinientas liras por la sesión de cardio —respondió, sacudiendo su chaqueta de cuero—. Pero lo que realmente quiero es una explicación. ¿Qué diablos eran esas cosas, Baba? —preguntó, mirando a mi padre—. Esos no son los típicos matones de los bajos fondos.

—¿Por qué están sueltos? —intervine, la adrenalina dando paso finalmente a la lógica—. Dijiste que la prisión era irrompible, papá.

—Dejen de hacer preguntas que no tenemos tiempo de responder —espetó mi padre, la tensión claramente afectándolo—.

Explicaré los detalles de la mecánica celestial cuando estemos tras barreras de seguridad, no parados en una alcantarilla.

Pero la versión corta es que la ventana del Equinoccio se está abriendo, y los Schiak no serán los únicos 'visitantes' que recibamos esta noche.