Ecos del Solsticio (Saga Siete Ecos 2) Capítulo I Solsticio & Equinoccio #4
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Capítulo I Solsticio & Equinoccio #4

—Tenemos un aliado desaparecido —anunció mi padre.

Colocó ambas manos sobre la mesa y bajó la voz a un susurro grave y áspero que nos obligó a inclinarnos hacia adelante para escuchar —.

Durante los brutales eventos en Praga en el pasado Solsticio de Invierno, mientras estábamos ocupados derramando sangre y luchando desesperadamente contra las fuerzas oscuras de Razguldor: Quíràas, Trevaris, Isqarioth, y sus espectros, fuerzas mucho más antiguas y astutas aprovecharon nuestra distracción y el caos generado en el plano astral.

Atacaron desde las sombras. Desaparecieron a un viejo y poderoso amigo.

A la única entidad en este plano capaz de mantener el equilibrio universal durante estas fechas de invierno: San Nikolaj de Bari, el guardián de hierro, el forjador de los desmos y el atador silencioso del solsticio de invierno...

o, como la ignorancia del mundo moderno se empeña en conocerlo: Santa Claus.

Nos quedamos sentados en un silencio absoluto, tenso e incrédulo.

Mikhail y yo cruzamos una mirada. El mundo moderno, en su desesperada necesidad de consuelo familiar y su adicción al consumismo, había edulcorado su historia a lo largo de los siglos, convirtiendo a un guardián místico del equilibrio cósmico en una mascota de Coca-Cola, alegre y de mejillas sonrosadas, que viajaba en un trineo mágico y bajaba por las chimeneas para repartir juguetes envueltos a los niños buenos.

—Pero la historia comercial que conocen es una mentira conveniente, muchachos, un cuento para dormir a los débiles —continuó mi padre, descansando sus callosas manos sobre el frágil pergamino, como si quisiera forzar a la verdad a salir de él—.

El verdadero título sagrado de Nikolaj en la antigüedad no era el de benefactor o abuelo bondadoso.

Él no repartía juguetes de madera. Él repartía condenas eternas.

En los turbulentos albores de la era moderna, cuando las barreras dimensionales eran débiles, las oscuras fuerzas de los Ecos amenazaban con cruzar y devorar nuestro mundo.

Se alimentaban del terror de las largas noches.

Para detener esa marea de oscuridad, Nikolaj forjó un pacto monumental, una obra de ingeniería mística sin precedentes en la historia de la magia.

Unificó por la fuerza las energías de fe de las festividades paganas de invierno más poderosas de la antigüedad humana.

Mi padre comenzó a enumerarlas con voz solemne, señalando con el dedo índice los intrincados grabados del viejo libro, uno por uno:

—Tomó el fervor y el fuego del Dies Natalis Solis Invicti del Imperio Romano.

Aprovechó astutamente el caos controlado y la subversión de las Saturnales.

Usó la profunda y oscura magia de sangre de la fiesta de Yule de los pueblos nórdicos, añadió la devoción protectora de la Koliada eslava y, finalmente, selló todo con la tradición de las Brumalias bizantinas.

Usó la inmensa e incalculable energía de fe combinada de todos esos pueblos a lo largo de los siglos para crear el Desmos.

Un encantamiento inquebrantable de ataduras hechas de luz.

Una prisión conceptual y física del tiempo, que requiere la energía anual del Solsticio de Invierno para mantenerse estable.

Sin embargo, cada seiscientos años, ocurre una grave desalineación esotérica entre el Equinoccio de Primavera y el Solsticio de Invierno.

Una grieta en la armadura. Durante esta breve ventana, las cadenas del Desmos se aflojan de forma natural, el Códice se materializa, y la prisión se vuelve vulnerable a ser destruida permanentemente.

—¿Una prisión inquebrantable para contener exactamente a quién, papá? —preguntó Mikhail, con la postura rígida, su mente táctica ya analizando el perfil del enemigo.

—A Krampus.

El nombre no fue pronunciado; fue escupido. Y el mero sonido de esas siete letras resonó con una malicia tan pura y antigua en el soleado comedor de Tlaxcala que casi pude ver nuestro aliento empañando el aire.

—Él es el verdadero Rey de la Manada de Invierno —continuó mi padre—.

Krampus sigue encerrado, pero la prisión se debilitó durante el caos de nuestro último solsticio en Praga.

Fue suficiente para que su general más despiadado se escabullera por las grietas: Ruprecht, el Azote de Escarcha.

Ahora, libre, Ruprecht busca venganza absoluta y la liberación total de su amo.

La inteligencia mística indica que Ruprecht está reuniendo activamente a todos los enemigos históricos de Nikolaj bajo su estandarte de guerra.

Está reclutando a los Schiak, la despiadada infantería de la escarcha; al sanguinario Belsnickel; a los demoníacos Perchten de las altas montañas, y a todos los falsos santos menores que, a lo largo de los siglos, alguna vez quisieron usurpar la festividad para devorar almas humanas.

Mi padre hizo una pausa, apretando la mandíbula hasta que el músculo saltó.

—Tengo la certeza absoluta, mis más fuertes sospechas, de que Ruprecht está detrás del ataque y la desaparición de Nikolaj.

Lo ha sacado del tablero. Y lo que es mil veces peor, y la verdadera razón por la que tenemos el tiempo en contra: sabemos por estos pergaminos que Ruprecht planea ejecutar un ritual profano de Equinoccio Oscuro en la antigua ciudad de Myra.

Su objetivo es destrozar definitivamente las Cadenas del Desmos y liberar a Krampus, junto con el resto de los lugartenientes y secuaces que aún están atrapados dentro.

Si lo logra este equinoccio de primavera, la manada asimilará toda la fuerza residual de las fiestas paganas, usará esa energía para romper la barrera dimensional y abrir los Ecos de par en par.

La oscuridad pura y helada consumirá la tierra.

Enrolló el pergamino con un cuidado casi reverencial y se enderezó, adoptando su postura de comandante en jefe.

—En cuanto a la ausencia de Lucien... como ustedes, yo creía que mi hermano se había tomado unas vacaciones muy necesarias para descansar después de Praga.

Pero hace unos días se puso en contacto conmigo a través del enlace seguro.

No se fue a una playa. Detectó fluctuaciones masivas de magia oscura extrema en el Círculo Polar Ártico, en el mismísimo Polo Norte.

Gigantescos portales dimensionales de los Ecos se están abriendo y resquebrajando el hielo antiguo, escupiendo abominaciones que creíamos extintas desde hacía siglos: criaturas directamente ligadas al linaje de Krampus.

Lucien desapareció del mapa para rastrear el epicentro de esa fractura en el hielo infinito.

Yo me dirijo a Estambul para asegurar el Códice.

Por lo tanto, no contaremos con él ni con su espada para esta misión. Estamos divididos.

Mi padre nos miró fijamente a ambos, sus ojos verdes trazando la logística del campo de batalla con una frialdad militar que no admitía discusiones ni quejas emocionales.

—Su madre se quedará aquí en México. Esa es una orden no negociable.

Se trasladará de inmediato a Cencayolli, nuestro núcleo de poder, para refugiarse por completo.

Su misión allí será establecer una conexión ininterrumpida con la magia de la tierra ancestral y servir como nuestro faro místico y ancla a la distancia.

El tío Arlo permanecerá en el perímetro de Tlaxcala, oculto, vigilando las rutas de acceso hacia ella.

En cuanto a mí... viajaré a Turquía hoy mismo a través del Speculum.

Mi objetivo principal es rastrear el paradero exacto del Codex Myra en las entrañas de la ciudad antes de que llegue el equinoccio y Ruprecht lo encuentre primero.

—¿Y nosotros? —pregunté, sintiendo que la adrenalina y la necesidad de acción volvían a bombear calientes por mis venas, despertando mis músculos después de un mes de letargo.

—Ustedes, hijos míos, se quedarán aquí en la hacienda por unos días más —ordenó mi padre, levantando una mano para silenciar la protesta de Mikhail antes de que siquiera abriera la boca—.

Usarán este tiempo para reunir suministros, hacer los preparativos necesarios y ayudar a su madre a reubicarse de manera segura.

Una vez que ella esté instalada, ustedes dos viajarán a Cencayolli.

Allí, se someterán a un régimen de entrenamiento intensivo, brutal y despiadado, tanto en magia ofensiva como en combate cuerpo a cuerpo con Ikal y Báalam.

Si vamos a enfrentar a la infantería de la escarcha, los necesito a los dos en su nivel máximo y absoluto de letalidad.

No permitiré debilidades. Cuando su entrenamiento en Cencayolli esté completo, exactamente el 20 de febrero, los maestros los escoltarán a Europa del Este para alcanzarme.

Nos reuniremos en un punto seguro en Estambul. Esas son las órdenes.

Esa era la verdad. Para entender completamente por qué estábamos a punto de perder nuestras vidas y almas corriendo desesperadamente en un sucio callejón turco, era vital recordar que, antes de descender a los infiernos del invierno europeo, tuvimos que empaparnos de la luz curativa de México.

Y fue entonces cuando todo, absoluta y catastróficamente, se fue directo al carajo.

Uğursuz  1978

[Taller 1978] Araf Mart Sokağı, Estambul, Turquía. 20 de marzo de 2015. 12:15 a. m. [TRT / UTC+2]

El aire no solo era frío; estaba ofendido.

Era el tipo de frío húmedo y rencoroso que solo se encuentra en ciudades antiguas que han visto demasiada sangre y demasiada traición.

Una humedad corrosiva que masticaba a través de la argamasa bizantina e ignoraba la tela de los abrigos y la decencia humana.

Yo estaba dentro del taller ubicado en el número 1978 de Araf Mart Sokağı — Sokağı significa calle, por cierto—, así que simplemente lo llamábamos taller 78.

En realidad, el lugar era un búnker glorificado que olía a tabaco de pipa, papel podrido y ansiedad.

Era la base de operaciones temporal que habíamos establecido desde nuestra llegada a la ciudad.