CAPÍTULO 21
El camión de mudanzas llegó de Madrid un jueves de finales de noviembre.
Elena lo había organizado por teléfono con la empresa que había usado para la mudanza cuatro años antes en sentido contrario, cuando había llevado sus cosas desde un piso compartido en Malasaña hasta los cuarenta y dos metros cuadrados de Lavapiés. Entonces le habían cabido todas las cosas en una furgoneta mediana. Ahora resultó que cuatro años de vivir sola producían más volumen de lo que uno calcula cuando lo está acumulando de forma gradual y cotidiana.
El camión llegó a las diez de la mañana y los dos hombres que lo conducían miraron el sendero de grava y la verja y los quince minutos de distancia entre la carretera principal y la casa con la expresión de quien calcula el esfuerzo adicional y decide si está incluido en el precio acordado.
Lucas los esperaba en el sendero.
No había sido una cosa planeada. Elena lo había llamado la tarde anterior para decirle la hora de llegada del camión y él había dicho de acuerdo y había aparecido a las nueve y media con las manos en los bolsillos y la chaqueta de cuero de siempre, y cuando llegaron los del camión ya había retirado las macetas que bloqueaban el paso más estrecho del sendero y había abierto la verja de par en par para que el ángulo fuera posible.
Los hombres del camión lo miraron con el reconocimiento de quien identifica a alguien que sabe cómo funciona el trabajo físico.
—¿Puerta de entrada libre? —preguntó el mayor de los dos.
—Libre —dijo Lucas—. Y el pasillo tiene metro veinte de ancho, así que los muebles grandes hay que inclinarlos.
Entraron.
Elena observó desde el porche cómo las cajas y los muebles de su vida de Madrid entraban en la casa de su abuela con el desajuste inevitable de los objetos sacados de un contexto y puestos en otro. Las estanterías de Lavapiés, que en el piso de cuarenta y dos metros habían llegado hasta el techo, aquí quedarían a dos tercios de la pared. El sofá gris que había elegido por su funcionalidad y que en la sala de la abuela parecería demasiado moderno junto a los muebles de madera oscura. Las cajas de libros, veintidós en total, que habían viajado cuatrocientos kilómetros para instalarse en habitaciones donde ya había libros de otra persona.
Dos vidas mezclándose en el mismo espacio.
Era un desajuste que Elena había anticipado y que aun así, viéndolo en tiempo real, tenía una calidad más física y más definitiva de lo que la anticipación transmitía. No era desagradable. Era simplemente el aspecto que tiene el cambio cuando es real y no hipotético: más concreto, más torpe, más lleno de bordes que hay que limar.
Lucas cargó cajas durante tres horas sin que nadie se lo pidiera.
No hacía falta decirlo. Era lo que él hacía con el trabajo físico en esa casa: lo identificaba y lo ejecutaba con la eficiencia de quien no necesita instrucciones porque ha desarrollado el criterio para encontrar las suyas propias. Elena lo veía pasar con cajas hacia el estudio o hacia el cuarto de los huéspedes, que habían acordado que sería el cuarto de trabajo de Elena, y notaba en ese movimiento la misma calidad que había notado desde el principio: que Lucas en esa casa era una presencia que añadía sin ocupar, que hacía espacio en lugar de tomarlo.
Había algo en esa observación que Elena guardó sin examinar demasiado, con el mismo gesto con que guardaba las cosas que eran ciertas pero que todavía no tenían el envoltorio correcto para decirse. Lo guardó y siguió trabajando.
A las once y media, en uno de los viajes al cuarto de los huéspedes, Elena encontró la caja de zapatos en la mesilla donde la había dejado semanas atrás. La tomó sin pensarlo, con el gesto automático de quien recoge lo que está fuera de lugar, y la abrió.
Las fotografías seguían ahí. La abuela joven, el hombre que no era el abuelo, los dos en las rocas del acantilado. Y la última, la del bebé en la manta de punto con los puños cerrados junto a la cabeza. La ventana al fondo, el acantilado apenas visible.
Lo que el mar me dio.
Elena la sostuvo un momento. Luego la devolvió a la caja, cerró la tapa y la puso en el alféizar de la ventana que daba al jardín, donde la luz de noviembre la alcanzaba. No en un cajón. No debajo de la cama. Ahí, donde pudiera verse.
Era la primera vez que colocaba algo de la abuela de esa manera: no guardado sino expuesto, en el sentido de ocupar el espacio que le correspondía.
Bajó a seguir con las cajas.
Cuando los del camión se fueron, a la una del mediodía, la planta baja era un territorio de cajas apiladas y muebles desplazados de sus posiciones provisionales y el olor a polvo de viaje que tienen las cosas cuando llegan de lejos.
Elena miró el panorama desde el umbral de la sala.
—Parece un naufragio —dijo.
Lucas miró también.
—Parece una casa donde acaba de llegar alguien —dijo.
Era la misma cosa dicha de dos formas, y la de Lucas era la correcta.
Comieron en la cocina porque era el único espacio que seguía siendo funcional, con los sándwiches que Lucas había traído en una bolsa sin anunciarlo, del bar del muelle donde hacían el pan en horno de leña y el jamón era del tipo que no necesita más que pan para ser suficiente.
Comieron sin hablar mucho. El silencio era el de los días de trabajo, compacto y sin incomodidad, con el ruido de fondo de la casa asentándose alrededor de las cosas nuevas.
Elena miraba la mesa. No los sándwiches ni las tazas ni ningún punto concreto: miraba la superficie de madera oscura con esa concentración lateral que no tenía objeto específico sino que era simplemente la cara que ponía cuando algo estaba en movimiento por debajo de lo visible y ella esperaba a que terminara de moverse.
Lucas lo sabía. Lo notó en cómo no preguntó, en cómo siguió comiendo con esa paciencia suya que no era indiferencia sino la cosa opuesta: la disposición de alguien que ha aprendido que las cosas importantes llegan cuando llegan y que apresurarse no las trae antes sino que las cambia de forma.
Cuando los sándwiches estaban terminados y el café se estaba haciendo, Lucas apoyó las manos planas sobre la mesa.
Era la posición que Elena ya reconocía. La había visto en el porche el primer día, en el banco de la plaza después de hablar con Pedro, en la cocina la noche del cuaderno. Era la posición de las cosas que llevaban tiempo preparadas y que ya estaban listas para decirse.
—Hay una cosa que quiero decirte —dijo.
Elena lo miró.
—Llevas tres semanas aquí —dijo Lucas—. Y yo llevo tres semanas viniendo todos los días y yéndome antes de que anochezca. —Una pausa—. No porque no quiera quedarme.
Elena esperó.
No con la neutralidad administrada de los primeros días, esa distancia que había construido con tanto esfuerzo y que se había disuelto de forma tan gradual que no había habido ningún momento en que pudiera decirse que había dejado de existir. Esperó con la atención limpia de alguien que sabe que lo que viene a continuación importa y que quiere recibirlo bien.
—Sino porque quería darte tiempo —dijo Lucas—. Para que la decisión de quedarte fuera tuya antes de ser de los dos. —Sus ojos en los de ella—. Y creo que ya es tuya.
Elena lo miró durante un momento.
—Lo es —dijo.
Lucas asintió con ese asentimiento suyo de recepción, de cosa que ha llegado y ha encontrado donde posarse.
—Entonces quiero pedirte algo —dijo.
—Dímelo.
—Que cuando estés lista para que sea de los dos, me lo digas. —Una pausa—. No tengo prisa. Sé lo que tenemos encima. Sé que el suelo se movió y que todavía está encontrando su nivel. Pero quiero saber que cuando encuentre el nivel voy a estar en él contigo.
Era la declaración más larga que Lucas le había hecho en tres semanas. No era larga en términos absolutos: eran cuatro frases. Pero en la economía de Lucas, que medía las palabras con la misma precisión con que medía la madera, cuatro frases era una cantidad considerable.
Elena lo miró y pensó en el prólogo. En el agosto de los dieciocho años y la ventana circular y los hombros que se rozaban y la forma en que él ya la estaba mirando cuando ella se volvió. En los diez años que siguieron y en todas las formas en que había intentado borrar esa mirada sin conseguirlo del todo.
Pensó en la noche del faro, en el beso que había ocurrido y en los dos metros que lo siguieron, y en la pregunta que se había hecho esa noche y que había vuelto a hacerse muchas veces después: ¿habría cambiado algo saber antes la verdad.
No.
Porque el deseo era anterior al problema. Porque existía antes de que existiera ninguna razón para que no existiera. Y porque eso, que durante días había sido la parte más difícil de sostener, era también la parte más honesta de toda la historia: que algunas cosas no necesitan justificación porque su existencia precede a cualquier argumento que pudiera justificarlas o negarlas.
El nivel que Lucas mencionaba. Elena lo sentía bajo los pies de esa cocina, bajo la madera oscura de la mesa y el frío de las baldosas y el peso de las cajas en el pasillo. El nivel de las cosas que han encontrado su sitio después de mucho tiempo buscándolo, que no es un sitio nuevo sino el sitio que siempre fue y que solo requería que las personas llegaran a él por el camino correcto aunque el camino correcto fuera el más largo.
—Ya estoy lista —dijo Elena.
Lucas no sonrió de la forma en que sonríen los personajes
de las novelas cuando ocurre lo que tenía que ocurrir.
Hizo algo más real: exhaló, como si hubiera estado
conteniendo el aliento sin saberlo, y se quedó mirándola sin decir nada,
con la cara de alguien a quien por fin le cuadran las cuentas.El café estaba listo. Elena se levantó a servirlo.