Ecos del faro CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Elena sostuvo la fotografía durante un momento.

Luego la devolvió a la caja. Pero no cerró la caja. La dejó abierta en la mesilla con las fotografías visibles, con la cara de la abuela joven mirando hacia arriba desde el papel, con el hombre que no era el abuelo mirándola a ella en las rocas del acantilado.

Las dejó allí porque merecían estar donde pudieran verse.

Lo que ocurrió después no fue una decisión sino una acumulación de pequeñas cosas que al final tenían la forma de una decisión aunque ninguna de ellas sola lo hubiera sido.

Elena pasó dos días más en el cuarto de los huéspedes, catalogando los últimos objetos para el inventario del notario. Lo hizo despacio, con más atención de la que requería la tarea, porque catalogar era también una forma de decir adiós a las versiones de las cosas que habían sido y que ya no iban a seguir siendo de la misma manera. La máquina de coser con su funda gris. Las sillas sin pareja. Los cuadernos de cuentas que nadie volvería a usar.

Un martes por la tarde, mientras revisaba el último cajón del escritorio del cuarto pequeño del fondo, encontró una fotografía que no estaba en la caja de zapatos. Era pequeña, en blanco y negro, sin fecha en el dorso. Mostraba a una mujer joven frente a la puerta verde del faro. No miraba a la cámara. Miraba hacia arriba, hacia la cámara de la linterna, con una expresión que Elena tardó un momento en clasificar: no era miedo ni nostalgia. Era la expresión de alguien que está mirando un lugar que le pertenece de una forma que nadie más puede entender.

La abuela. Más joven que en cualquier otra fotografía de la caja. Sin el hombre, sin el bebé, sin nadie. Sola frente al faro.

Elena la sostuvo durante un tiempo que no midió.

Luego la bajó a la cocina y la puso junto al sobre vacío del aparador, que seguía ahí porque ninguno de los dos había decidido qué hacer con él, y los miró a los dos: el sobre con el lacre rojo partido y la fotografía con la abuela mirando hacia arriba.

Fue entonces cuando tomó el teléfono.

Llamó al casero de Madrid.

La conversación duró cinco minutos. Explicó que sus circunstancias habían cambiado y que necesitaría hacer el traslado antes de que terminara el mes. El casero lo aceptó con la eficiencia práctica de quien gestiona propiedades y para quien los inquilinos que se van son simplemente una vacante que hay que cubrir.

Después de la llamada, Elena se quedó un momento con el teléfono en la mano.

Había vivido cuatro años en ese piso de Lavapiés con las estanterías en orden cronológico de lectura y las ventanas que daban al patio interior y la distancia calculada de todo. Cuatro años en que el piso había sido perfectamente habitable y perfectamente adecuado para la persona que Elena había decidido ser después de los dieciocho años y el faro y la forma en que bajó primero.

Esa persona había servido durante un tiempo. Pero las personas que uno decide ser tienen una vida útil, y la de esa versión de Elena había terminado en un andén de tren frente a un caserón de tablones con un cartel de letras desvaídas.

Pensó en Carmen diciéndole estás aquí de una forma que últimamente suena a provisional. Pensó en los visillos del piso de Lavapiés que nunca había cambiado. Pensó en Iván y en los ocho meses de estar juntos sin haber decidido qué significaba estar juntos.

Todo eso era la misma cosa: la postura de alguien que lleva la maleta lista aunque no tenga intención de marcharse. Elena lo había mantenido durante diez años con la eficiencia de quien ha convertido la distancia en una forma de vida.

Y ahora la distancia ya no cabía aquí.

Escribió un mensaje a Lucas.

He llamado al casero. No renuevo el contrato de Madrid.

La respuesta tardó cuatro minutos. En esos cuatro minutos Elena se preparó un café y miró por la ventana de la cocina el jardín desbrozado con sus ortigas reducidas al tamaño correcto y el manzano con sus últimas hojas amarillas resistiendo el viento de noviembre. Miró la fotografía de la abuela frente al faro, apoyada en el aparador junto al sobre vacío.

El mensaje llegó cuando el café estaba listo.

Sé de una cala que necesita a alguien que sepa leer entre líneas.

Elena leyó el mensaje dos veces. Sonrió, sola en la cocina, con el café en la mano, con el sonido del mar subiendo desde el acantilado y el faro girando en la cima aunque de día no se viera el destello.

Era una respuesta con la forma de Lucas: sin exceso, sin el adorno de lo que no hacía falta decir, exactamente lo necesario y nada más.

Respondió con una sola palabra.

Sé de una casa que necesita que alguien termine de pintarla.

Esa noche no pudo dormir.

No por la ansiedad de las primeras noches sino por otro tipo de vigilia, la vigilia de las noches en que algo ha cambiado de forma irreversible y el cuerpo todavía está procesando la magnitud del cambio aunque la mente ya haya tomado la decisión. Elena se quedó mirando las vigas del techo de la habitación de la abuela con la misma atención con que había mirado esas vigas las primeras noches, pero con una calidad diferente en la mirada.

Las primeras noches miraba el techo como quien busca orientarse en un espacio desconocido. Esta noche miraba el techo como quien examina el techo de su casa.

A las tres de la mañana se levantó y bajó a la cocina y se quedó de pie frente a la panera de madera del rincón, la panera que ya no guardaba nada excepto pan y el paño de lino doblado. La miró durante un momento con esa costumbre que había adquirido de mirar los objetos más tiempo del necesario para asegurarse de que los veía y no solo los miraba.

Luego abrió la nevera, sacó las manzanas del cajón de las verduras, y se puso a hacer compota.

Era las tres de la mañana de un martes de noviembre y la compota de manzanas amarillas tardó cuarenta minutos en estar lista, con la cocina llenándose de ese olor específico que Elena no había olido desde los doce años y que resultó ser exactamente igual a como lo recordaba, sin la distorsión habitual de la memoria que generalmente hace las cosas más pequeñas o más grandes de lo que fueron.

Era igual. El mismo olor. La misma cocina. El mismo techo bajo de vigas de madera oscura y la misma bombilla sin tulipa y el mismo ruido del mar en el fondo de todo.

Elena removió la compota con la cuchara de madera que la abuela tenía colgada en el gancho junto a los fogones, la cuchara manchada de años de uso que no se limpia del todo porque ya es parte de lo que es, y pensó que había cosas que se pierden cuando uno se va y que no se recuperan aunque se vuelva, que son simplemente la versión de las cosas que existía cuando uno estaba y que deja de existir cuando uno no está.

Y pensó que había otras cosas que esperan.

Que tienen la paciencia de los objetos y de los lugares y del mar, que es la paciencia de lo que no sabe hacer otra cosa sino estar, y que cuando uno vuelve están exactamente donde las dejó, con la misma temperatura y el mismo peso y el mismo olor, esperando con la indiferencia de algo que no necesitaba que volvieras pero que ahora que has vuelto simplemente continúa siendo lo que era.

Puso la compota en un tarro. La dejó enfriar sobre la encimera.

Subió a la cama y durmió hasta las ocho.