Ecos del faro CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Lo hizo con la normalidad deliberada de alguien que elige lo cotidiano como la forma más honesta de marcar un momento: sin el adorno de los gestos que anuncian que algo ha cambiado, porque lo que había cambiado no necesitaba anuncio. Lo que había cambiado lo sabían los dos y estaba en el espacio entre los dos con la solidez de algo que lleva mucho tiempo existiendo y que al fin tiene el nombre correcto.

Se quedaron en la cocina hasta que el café se enfrió, hablando de las cajas y de dónde iban los libros

y de si la estantería de Lavapiés cabía en el cuarto de trabajo o había que dejarla en el estudio. Era

la conversación más ordinaria posible y era también la conversación que contenía todo lo demás,

del mismo modo en que la casa ordinaria de la abuela contenía el diario y el faro y la lista y las

fotografías y los cincuenta y seis nombres en la placa del espigón.

Así son las cosas que importan. No necesitan un espacio especial. Caben en cualquier conversación

que tenga suficiente honestidad para recibirlas.

Por la tarde Clara pasó por la casa. No con documentos ni con la carpeta del archivo. Pasó con una botella de vino de una bodega de la costa que Elena no conocía y con la chaqueta roja puesta y ese paso directo de quien sabe adónde va.

Llamó a la puerta abierta desde el umbral.

—He pensado que el día merecía algo —dijo, levantando la botella.

Elena la hizo pasar. Lucas estaba en la sala montando una de las estanterías, con las instrucciones en el suelo y las piezas ordenadas por tamaño, y al ver a Clara levantó la cabeza y asintió con ese asentimiento suyo que en este caso era también una bienvenida.

Abrieron el vino en la cocina. Bebieron en las tazas de la abuela porque las copas de Elena estaban en alguna de las veintidós cajas de libros y ninguno de los tres tenía energía para buscarlas.

Era una cosa extraña y no extraña: los tres alrededor de la mesa de la cocina, con las cajas de Madrid apiladas en el pasillo y el olor a serrín de la estantería a medio montar en la sala y el vino en las tazas de porcelana azul de la abuela.

—¿Cómo va el archivo? —dijo Elena.

—El archivero municipal ha tenido dos solicitudes de consulta esta semana —dijo Clara—. Dos

investigadores de la Universidad de Cantabria que trabajan en un proyecto sobre naufragios de la

costa norte. No sé cómo se enteraron. —Una pausa—. Las cosas encuentran su camino.

—¿Cómo te sienta? —dijo Elena.

Clara giró la taza entre los dedos.

—Bien —dijo—. Rara. Las dos cosas. Igual que te contestaste tú.Elena sonrió.

Lucas miraba a las dos desde su lado de la mesa con esa expresión suya de observador que no necesita participar de todo para estar presente en todo. Elena lo notó y pensó en cuántas veces lo había visto así en las últimas semanas: en el margen de las conversaciones, tomando lo que necesitaba tomar sin reclamar más espacio del que le correspondía. Era una forma de estar que Elena había aprendido a leer como lo que era: no distancia sino atención. La atención de alguien que escucha de verdad.

—¿Y tú? —dijo Clara, mirando a Lucas—. ¿Cómo estás con todo esto?

Era la pregunta directa de alguien que ha decidido que la directness es la única forma de respetar a las personas que han pasado por cosas difíciles. Lucas la recibió sin defensiva.

—Encontrando el nivel —dijo.

Clara asintió. Era una respuesta que ella entendía porque era también la suya.

Bebieron el vino en las tazas de porcelana azul mientras la tarde cerraba afuera y el pueblo encendía sus primeras luces y el mar seguía siendo el mar, constante e indiferente, reclamando sus cosas pendientes con la paciencia de algo que no tiene fecha límite.

Antes de irse, Clara dejó la botella vacía en la encimera y se puso la chaqueta roja. En el umbral de la puerta se volvió hacia Elena con algo en la cara que no era su expresión habitual de evaluación sino otra cosa, más quieta, del tipo que requiere haber llegado a algún sitio para poder tenerla.

—Tu abuela te dejó en buenas manos —dijo Clara—. La casa, el faro, el pueblo. Todo. —Una pausa—. Y tú has sabido recibirlo.

No era un elogio. Era una constatación, del tipo que Clara hacía con los hechos: sin adorno y sin escape.

Elena no supo qué responder en ese momento, que era también una forma de responder.

Clara salió. El chirrido de la verja, sus pasos en el sendero, el silencio que quedaba.

Lucas recogió las tazas.

—Hay que terminar la estantería antes de que sea de noche —dijo.

—Sí —dijo Elena.

Fueron a la sala.

Trabajaron durante una hora en la estantería, los dos en el mismo espacio con el manual de instrucciones entre ellos y las piezas repartidas en el suelo con el orden que Lucas había establecido antes de que Clara llegara. Era el tipo de trabajo que requería coordinación sin necesitar palabras: uno sostenía mientras el otro atornillaba, uno pasaba la pieza que el otro señalaba, los movimientos ajustándose entre sí con esa naturalidad que Elena ya reconocía como la señal de que el cuerpo había aprendido algo que la mente todavía estaba procesando.

Cuando la estantería estuvo montada, Lucas la empujó levemente para comprobar la estabilidad. No se movió.

—Los libros —dijo.

Pasaron la siguiente media hora colocando los libros. Elena los sacaba de las cajas y Lucas los subía a las baldas. No había ningún sistema acordado para el orden, pero tampoco había necesidad de discutirlo: Elena los pasaba en el orden que consideraba correcto y Lucas los colocaba en ese orden sin preguntar por qué, con la confianza de quien sabe que la persona que le pasa algo tiene sus razones aunque no las explique.

Era, pensó Elena, una buena descripción de las tres semanas anteriores.

Cuando la última caja de libros estuvo vacía, se sentaron en el sofá gris de Lavapiés que había encontrado su sitio frente a la ventana que daba al jardín trasero.

Por la ventana se veía el manzano, negro contra el cielo de noviembre, sin hojas ya, con las ramas en el ángulo exacto que tenían las ramas del manzano de la abuela en todos los inviernos que Elena recordaba desde esa misma ventana.

El pueblo estaba quieto. El mar no.

Lucas tenía el brazo alrededor de los hombros de Elena con la naturalidad de algo que no ha necesitado un gesto inaugural porque ha llegado de forma gradual, por acumulación de proximidades, como llegan las cosas que van a quedarse. Elena tenía la cabeza levemente inclinada hacia él, no apoyada del todo, solo en ese ángulo que indica presencia y no dependencia, el ángulo de alguien que elige estar cerca porque quiere y no porque necesite apoyo.

No hablaron durante un rato.