Ecos del faro CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Lucas no vino al día siguiente.

Elena lo supo desde las nueve de la mañana, cuando terminó el café y el chirrido de la verja no llegó. Lo supo a las diez, cuando terminó de revisar la primera caja del estudio y el sonido de sus botas en el sendero de grava seguía sin llegar. Lo supo a las once con la misma certeza física con que se sabe que ha dejado de llover: por la ausencia de algo que se ha convertido en parte del ritmo del día sin que nadie decidiera que lo fuera.

No le había dicho que vendría.

Eso también era verdad.

Había salido la noche anterior con la chaqueta de cuero y la parka y los tres metros de distancia entre su cuerpo y la puerta de la casa, y no había dicho mañana vengo ni mañana no vengo, no había dicho nada sobre el día siguiente porque no era su costumbre decirlo y porque Elena no le había preguntado y porque ambas cosas juntas habían construido una expectativa que ninguno de los dos había nombrado pero que la mañana del día siguiente demostraba que existía.

Elena limpió la segunda caja del estudio.

Encontró en el fondo una figura de cerámica pequeña, una gaviota con un ala rota y recompuesta con una pasta de color levemente diferente al original. La sostuvo un momento. El ala rota tenía la reparación imperfecta de algo que alguien había querido salvar sin los materiales correctos, con lo que había, con la convicción de que tener el ala rota reparada de forma imperfecta era mejor que tener el ala rota sin reparar.

La dejó en el alféizar de la ventana donde la luz de la mañana la alcanzaba, ese gris blanco del norte que no calienta pero ilumina con una claridad sin sombras que hace que las cosas parezcan exactamente lo que son.

Siguió con las cajas.

La tercera caja contenía lo que contenían todas las demás: recibos, cartas sin respuesta, cuadernos de cuentas de años que ya no existían. Elena los fue clasificando con el gesto mecánico de siempre, separando lo que era para el notario de lo que era para tirar, con la concentración lateral de quien hace una cosa mientras piensa en otra.

Lo que pensaba era esto: que el beso había ocurrido en la cocina la noche anterior con el cuaderno

de hule negro todavía abierto sobre la mesa. Que el beso y el cuaderno habían existido en el mismo

espacio durante el mismo tiempo y que esa coexistencia no desaparecía porque Lucas se hubiera ido

a la tormenta con el mismo paso seguro de siempre. El cuaderno decía lo que decía, con la claridad

brutal de las cosas que ya no admiten otra lectura. Y el cuerpo no procesaba las cosas en orden

cronológico sino en capas, y había capas que todavía no habían terminado de procesarse.Elena puso la caja clasificada junto a la puerta.

Abrió la cuarta.

A mediodía puso sopa.

Se sentó a comerla sola en la cocina con el cuaderno de hule negro en la estantería de la despensa y el sobre abierto sobre el aparador del comedor, el lacre rojo partido, la carta guardada en el bolsillo interior de la parka que colgaba en el perchero del pasillo.

El silencio de la cocina sin Lucas era específico, reconocible, del tipo de silencios que solo se distinguen de los demás cuando ya se conoce la diferencia. No era el silencio de antes de que llegara, cuando la cocina era solo una cocina. Era el silencio de algo que había estado y que no estaba, que es un tipo diferente de silencio porque tiene una forma, la forma exacta de lo que falta.

Elena comió la sopa.

Pensó en lo que ella misma le había dicho a Lucas esa misma mañana en el porche: que el diario

podía tener cosas que la abuela no supiera, o cosas que supiera y no escribiera. Que las fechas

cuadraban no significaba que no quedara ningún ángulo por mirar.

No lo sabían todavía. Esa era la verdad completa, sin atajos: no lo sabían.

Lo que sí sabía era que habían pasado la noche anterior creyendo que podían ser hermanos, y que el

beso de la cocina había ocurrido en esa misma creencia, y que Elena se había apartado en esa

creencia, y que los metros que siguieron al apartarse habían ocurrido también en esa creencia. Que

todo eso existía en el mismo cuerpo que ahora clasificaba facturas en una caja de cartón, sin que la

incertidumbre lo deshiciera. Solo lo dejaba en suspenso.

Lucas lo sabía también. Por eso se había ido.

No porque estuviera mal. Había dicho que no. Porque necesitaba tiempo, que es diferente.Fregó el plato.

A las tres de la tarde se puso las botas.

Antes de salir se quedó un momento en el umbral de la cocina mirando la panera de madera del rincón izquierdo, junto al fogón, la que tenía la tapa corrediza. La lista estaba dentro, en el sobre de papel grueso, entre el paño de lino y el pan de centeno. La dejó donde estaba. Había cosas que no necesitaban resolverse antes de que otras cosas se resolvieran primero.

La cala norte tardaba veinte minutos a pie por el sendero de la costa que Elena no había recorrido nunca en esa dirección. El de la casa al pueblo lo conocía de memoria. Este era distinto: bajaba más hacia el agua, con tramos donde la roca viva sustituía a la tierra compactada y el mar quedaba a tres metros hacia abajo, visible entre las hendiduras de la piedra. Había gaviotas en los salientes del acantilado que no se movían cuando Elena pasaba, con esa indiferencia de los animales que han evaluado la amenaza y han determinado que no hay ninguna.

El olor cambiaba según el tramo. En los tramos altos era el olor del viento limpio y del liquen en la piedra. En los tramos bajos era el olor de la marea baja, denso y orgánico, de lo que el mar deposita cuando retira el agua.

El mar a esa hora de la tarde, con el cielo encapotado y la luz plana que no producía sombras, tenía ese color verde oscuro de los días sin sol que es diferente al gris de los días de lluvia porque no amenaza nada sino que simplemente existe, pesado y constante, sin la urgencia de las tormentas. Elena lo miraba de reojo mientras caminaba, con esa atención que había desarrollado en los últimos días para los sonidos y los olores y los colores de este lugar, una atención que no había tenido que construir deliberadamente sino que había llegado sola, por acumulación.

Era la atención de alguien que está aprendiendo un idioma. Al principio se nota el esfuerzo. Luego deja de notarse.

La cala norte era más pequeña que la bahía principal. El arco de la costa más recogido, las rocas negras en los extremos, la arena gris en el centro con los barcos de pesca varados en la línea de la marea. Las casas de los pescadores subían por la ladera en la irregularidad de los edificios que crecen donde hace falta y no donde es conveniente. Entre ellas, pintada de un azul que antes había sido verde, con la ventana del primer piso que daba al mar, la casa donde Lucas había crecido.

Elena no fue hacia la casa.

Fue hacia el muelle, el de hormigón estrecho que se adentraba en la cala con la funcionalidad de los muelles que no tienen ninguna pretensión excepto ser útiles. Había una barca atracada al final, del tipo de los arrastres medianos, con el casco en un azul más oscuro que el de la casa y el nombre pintado en la proa.

Lucas estaba en cubierta.

Tenía la espalda vuelta hacia el muelle y trabajaba sobre algo que Elena no distinguió desde donde estaba, con esa concentración del trabajo físico que ocupa las manos y deja la mente en otro sitio. Llevaba la misma chaqueta de cuero de siempre, el cuello subido contra el frío de la tarde.

Elena se quedó al principio del muelle.

No lo llamó.

Esperó, con las manos en los bolsillos de la parka y el frío del hormigón subiendo por las suelas de las botas, mirando su espalda y el movimiento de sus manos sobre la barca y el agua gris de la cala moviéndose despacio bajo el casco con ese ritmo que en este lado del acantilado era más quieto que en la bahía principal, más interior, como si la cala fuera un espacio que el mar había decidido tratar con más cuidado que el resto de la costa.

Lucas se volvió antes de que Elena lo llamara.

Lo hizo con la misma naturalidad con que hacía todo, sin el sobresalto de quien es sorprendido sino con la calma de quien ya sabía que había alguien detrás y estaba esperando el momento correcto para volverse.

Miró a Elena desde la cubierta.

Ninguno habló durante un momento.

Eso también era un idioma, el mismo de siempre, el de las personas que han pasado suficiente tiempo en el mismo espacio como para que los silencios entre ellas tengan categorías. Este silencio era del tipo de los que contienen una pregunta que ninguno de los dos va a hacer en voz alta.

Lucas saltó al muelle con la facilidad del que lo ha hecho mil veces, absorbiendo el impacto con las rodillas con ese gesto automático de los cuerpos que conocen una física específica y la ejecutan sin pensarla. Se limpió las manos en el trapo que llevaba en el bolsillo trasero. Se quedó de pie frente a Elena a dos metros de distancia, con el agua de la cala detrás de él y el cielo bajo de la tarde sobre los dos.

—Has venido —dijo.

No qué haces aquí ni cómo me has encontrado. Solo la constatación del hecho, con esa economía de Lucas que no ponía más palabras de las necesarias porque las palabras de más no añaden sino que tapan.

—Sí —dijo Elena.

La brisa de la cala trajo el olor a brea y a motor que impregnaba el muelle y los barcos y probablemente la ropa de Lucas desde que tenía memoria. No era un olor desagradable. Era el olor de un trabajo que se hace con las manos todos los días durante muchos años, el olor de lo que une a una persona a un lugar de forma más profunda que cualquier documento.

—¿Cómo está el casco? —dijo Elena.

Era una pregunta sobre la barca. Era también la forma de decir que había venido a estar aquí y no a hablar de lo de anoche si él no quería hablar de lo de anoche.

Lucas lo entendió. Siempre entendía ese tipo de cosas.

—Necesita trabajo en la línea de flotación antes de diciembre —dijo—. Si llegan los temporales grandes con el casco así, el agua entra por la roda.

—¿Cuánto tarda?

—Dos días si el tiempo acompaña. —Una pausa—. Tres si no.

Miraron la barca. La línea de flotación con su pintura desgastada, el punto donde el casco pasaba de lo que permanecía siempre bajo el agua a lo que quedaba expuesto según la marea. La zona de transición, el lugar donde la presión del agua y la presión del aire trabajaban al mismo tiempo sobre la misma superficie.

—Lo que ocurrió anoche —dijo Lucas.

Elena esperó.

—No me fui porque estuviera mal —dijo—. Me fui porque necesitaba tiempo. —Sus ojos, oscuros a esa luz de tarde, encontraron los de ella con la fijeza de siempre—. Hay una diferencia.

—Lo sé —dijo Elena.

—¿Sabes cuál?

Era una pregunta real, del tipo que Lucas hacía cuando quería saber la respuesta y no cuando quería que la otra persona dijera algo que lo tranquilizara.

Elena pensó en ello con la honestidad que la pregunta merecía.

—El que se va porque está mal —dijo— necesita que nadie vaya a buscarlo para poder estar mal del todo. El que se va porque necesita tiempo simplemente necesita el tiempo. —Una pausa—. Yo he venido a buscarte porque creo que eres el segundo.

Lucas la miró durante un momento.

—Sí —dijo—. Soy el segundo.

El agua de la cala golpeó el casco de la barca con un sonido suave, repetido, el ritmo de las cosas que no tienen urgencia. Elena miró la línea de flotación y pensó en la zona de transición, en el lugar donde dos presiones distintas trabajaban al mismo tiempo sobre la misma superficie sin que la superficie cediera si estaba bien construida.

—¿Qué necesitas? —dijo Elena.

Lucas no respondió de inmediato. Se apoyó en la borda del muelle con los brazos cruzados, mirando la cala, con esa postura de cuando procesaba algo de frente y no de lado.

—Necesito saber que lo que hay en ese cuaderno no cambia lo que hay fuera de él —dijo al final—. Que las dos cosas pueden existir en el mismo sitio sin que una borre la otra.

—Existen —dijo Elena—. Ya existen. Desde antes de que abriéramos el cuaderno.

Lucas asintió despacio.

No era un asentimiento de acuerdo inmediato. Era el asentimiento de alguien que toma algo y lo

examina antes de guardarlo, que no acepta las cosas sin haberlas mirado desde el ángulo correcto.

Hubo un silencio. No incómodo. El tipo de silencio que tiene peso pero no urgencia.

—Pedro dijo que hay algo más en el faro —dijo Lucas—. Detrás del tablero de mapas.

—Esta noche —dijo Elena.

—Esta noche —confirmó Lucas.

El viento de la tarde bajó un grado. Las gaviotas en los salientes del acantilado seguían sin moverse. —Mañana vengo a terminar la ventana del baño —dijo Lucas.

Era una frase sobre la ventana del baño. Era también lo que necesitaban que fuera: la señal de que el tiempo que había pedido había sido suficiente, que el día sin venir había hecho lo que tenía que hacer y que mañana era mañana y no el día después del cuaderno sino simplemente el día siguiente.

—De acuerdo —dijo Elena.

Caminó de vuelta por el sendero con el frío de la tarde bajando desde los montes y el mar a su derecha rugiendo en los tramos abiertos del acantilado con su constancia habitual, indiferente y necesario, reclamando lo suyo.

En el tramo alto, donde el faro era visible, Elena se detuvo un momento.

La puerta verde estaba cerrada. El cristal de la cámara de la linterna capturaba lo poco que quedaba de luz en ese cielo encapotado y lo devolvía en un brillo suave, casi imperceptible. Elena lo miró durante el tiempo suficiente para que el faro girara una vez y su pulso pasara por encima de ella como siempre, cada cinco segundos, sin urgencia, como algo que lleva mucho tiempo haciendo lo mismo y no tiene intención de parar.

Luego siguió caminando.