Ecos del faro CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Pasaron el día en la casa.

No fue una decisión que ninguno de los dos tomara en voz alta. Fue algo que ocurrió de forma práctica: Lucas tenía que cambiar dos tablones del suelo del pasillo que llevaban semanas cediendo, Elena tenía que terminar de revisar la última caja del estudio, y cuando ambas tareas estuvieron hechas el cielo había cerrado del todo y la lluvia había vuelto con la insistencia de algo que no había terminado lo que empezó la noche anterior. Salir al pueblo con esa lluvia era posible pero innecesario. Y ninguno de los dos propuso salir.

Era la primera vez que pasaban un día entero en la misma casa.

Elena lo notó a media mañana, cuando subió al estudio a por la última caja y oyó el golpe regular del martillo de Lucas en el pasillo. Era un sonido doméstico, el tipo de sonido que pertenece al interior de las casas donde la gente vive de verdad, no a las casas que se visitan o se limpian o se cierran. Lo oyó y notó algo que no supo clasificar en ese momento, una sensación que tenía que ver con el peso del sonido en ese espacio específico, en esa casa específica, en ese día que era diferente a los días anteriores aunque el programa de trabajo fuera casi el mismo.

Bajó la caja al comedor y la abrió sobre la mesa y empezó a revisar el contenido con la concentración lateral de quien hace una cosa mientras piensa en otra.

Lucas terminó con el suelo del pasillo antes del mediodía. Recogió las herramientas, barrió el serrín con la escoba de esparto que estaba detrás de la puerta de la cocina, encontró la escoba sin que Elena le dijera dónde estaba. Ese detalle también. Que sabía dónde estaban las cosas en esta casa con la facilidad de quien las ha buscado antes.

—Hay sopa —dijo Elena, desde el comedor.

Era sopa de sobre, calentada en el cazo pequeño con un poco de cebolla que había encontrado en el cajón de las verduras. No era nada. Pero era mediodía y ninguno de los dos había comido desde el café de la mañana temprana, y la frase hay sopa era también otra cosa, la frase que dice que te quedas, que hay sitio en esta mesa para los dos, que la casa te incluye mientras dura el día.

Lucas dejó la escoba en su sitio.

Comieron en la cocina, con el cuaderno de hule negro y el fajo de cartas apartados en el extremo de la mesa, fuera del alcance directo de la vista pero presentes. La conversación fue práctica en su mayor parte: lo que Pedro había dicho sobre el tablero de mapas, la conveniencia de subir antes de medianoche para evitar la marea alta que hacía el sendero del acantilado especialmente traicionero en los tramos de roca viva, la cuestión de si llevar las dos linternas o si una era suficiente.

Pero entre frase y frase había espacios. Espacios que los dos llenaban mirando la sopa o el borde de la taza o el punto de la mesa donde la madera tenía una mancha vieja de humedad con la forma aproximada de un continente que ninguno de los dos habría sabido nombrar. Y en esos espacios estaba todo lo que no se estaba diciendo, acumulándose con la paciencia de algo que no tiene prisa porque sabe que al final se va a decir.

No se dijo.

Recogieron los platos. Lucas fregó y Elena secó, porque el lavavajillas de la abuela llevaba roto desde antes de que Elena llegara y ninguno de los dos había pensado en arreglarlo. Era una tarea de cuatro minutos. El espacio ante el fregadero era estrecho, diseñado para una sola persona, y Elena se situó a la derecha de Lucas con el trapo de cocina en la mano, y cada vez que él le pasaba un plato sus dedos se rozaban sobre la porcelana mojada, solo un segundo, sin intención.

La tercera vez, Elena se apartó un paso.

Lucas no dijo nada. Siguió fregando.

Por la tarde el viento cambió de dirección, giró al sur, y la lluvia se redujo a un lloviznar fino y horizontal que no mojaba tanto como desorientaba, que hacía que el exterior pareciera un lugar de límites imprecisos donde las cosas no terminaban exactamente donde se suponía que terminaban.

Elena estaba leyendo el informe del Esperanza por tercera vez, buscando lo que Rosa llamaría el cabo suelto, cuando Lucas se sentó frente a ella con el cuaderno de la abuela abierto en las páginas del 75. No lo estaba leyendo. Tenía el cuaderno abierto y los ojos en él pero Elena sabía, sin necesidad de mirarlo directamente, que no estaba leyendo. La quietud de sus manos era la quietud de alguien que piensa, no de alguien que lee.

—¿Cuánto sabía tu abuela de lo que guardaba ese cuaderno? —dijo Lucas, sin levantar la vista.

—Todo —dijo Elena—. Lo escribió ella.

—Quiero decir: cuánto sabía de lo que significaba para los demás. Para mí.

Elena dejó el informe.

—No lo sé —dijo—. Pero fue a la biblioteca a pedir los registros civiles del 74. Eso no es algo que se hace sin razón.

—Comprobando lo que ya sabía.

—O confirmando lo que sospechaba. —Elena hizo una pausa—. Hay una diferencia entre saber una cosa y poder sostenerla. A veces se necesita el papel.

Lucas cerró el cuaderno con la palma de la mano, ese gesto de medir la temperatura de algo que Elena ya le había visto una vez.

—Mi padre me dijo, el último año, que había cosas que yo tendría que encontrar solo —dijo—. En ese momento lo entendí como que había deudas económicas que gestionar. La barca, el arrendamiento. —Una pausa—. Ahora entiendo que me estaba diciendo otra cosa.

—¿Qué te estaba diciendo?

—Que había una historia que era mía y que él no me la iba a dar. Que tendría que ir a buscarla. —Sus dedos sobre el cuaderno cerrado—. No sé si eso es crueldad o una forma de respeto que yo no supe reconocer.

Elena lo miró durante un momento.

—Las dos cosas pueden ser lo mismo —dijo.

Lucas levantó la vista. Sus ojos oscuros encontraron los de Elena con esa fijeza que al principio de la semana ella había encontrado incómoda y que ahora era solo lo que eran los ojos de Lucas cuando miraban algo de verdad, sin filtro, sin la reserva que usaba con el resto del mundo.

Sostuvieron esa mirada durante un segundo más de lo necesario.

Elena volvió al informe.

A las diez de la noche apagaron las luces de la planta baja.

No era necesario para salir, pero los dos habían llegado a la misma conclusión sin hablarlo: si alguien observaba la casa desde el sendero o desde el muelle, una casa sin luces era una casa dormida, y una casa dormida no era una casa de la que salieran dos personas con linternas hacia el acantilado. Era una precaución mínima. Era también el tipo de pensamiento compartido que ya no requería ser articulado.

Tomaron las linternas, las parkas, las botas de agua. La caja de chapa con el cuaderno y las cartas se quedó en el armario del pasillo, debajo de la chaqueta de la abuela. No había razón para llevarla al faro otra vez. Lo que buscaban esta noche era lo que Pedro había mencionado: el tablero de mapas, la pared sur, lo que Manuel había guardado en el lugar más improbable.

Salieron.

La noche era diferente a la anterior. Sin tormenta, el acantilado tenía otra escala, un silencio que no era ausencia de sonido sino la presencia más ordenada de los sonidos que quedaban: el mar, el viento bajo, el crujido ocasional de la vegetación en los márgenes del sendero. La niebla estaba alta, deshilachada por el viento del sur, y entre los jirones grises aparecía a veces el negro limpio del cielo con una estrella o dos, fría y precisa, que desaparecía en el siguiente jirón de niebla antes de que diera tiempo a orientarse por ella.

Lucas iba delante con la linterna apagada. El faro en la cima proyectaba suficiente luz intermitente para ver el camino en los tramos abiertos, y Lucas los conocía de todas formas. Elena lo seguía a un paso de distancia, notando el terreno con las suelas de las botas, aprendiendo a leer el sendero de la misma forma que él lo leía: por la resistencia de la grava, por el sonido diferente de la roca viva bajo la tierra, por la corriente de aire que venía del abismo cuando el sendero se acercaba al borde.

El silencio entre los dos era otro silencio esta noche. Más compacto. El día entero en la misma casa había hecho algo que Elena no habría sabido describir con exactitud: había borrado la diferencia entre el espacio de Elena y el espacio de Lucas, había convertido los dos territorios en uno solo, con la misma lógica tranquila con que el agua ocupa todos los rincones disponibles de un recipiente.

Subieron sin hablar.

La puerta del faro estaba como la habían dejado: entornada, con la madera hinchada por la humedad manteniendo el cierre imperfecto. Lucas la empujó con el hombro y entraron. El interior olía igual que la noche anterior, óxido y piedra y ese frío estancado de las estructuras abandonadas que no es el frío del exterior sino algo más quieto, más permanente.

Subieron la escalera de hierro. Los cuarenta y un peldaños. Elena los contó de nuevo, no por costumbre sino porque contar era una forma de mantener la mente en algo concreto mientras el cuerpo subía y el olor de la noche anterior volvía a estar presente: el cuero mojado de la chaqueta de Lucas justo encima de ella, el sonido de sus botas en el metal resonando hacia arriba por la espiral de la torre.

La cámara de la linterna. El polvo grisáceo. El escritorio de teca con sus cicatrices viejas.

Encendieron las linternas.

Elena se dirigió directamente a la pared sur. Era la pared más oscura de la cámara, la que quedaba a contraluz del faro exterior cuando giraba, la que en la noche anterior apenas habían alumbrado porque estaban concentrados en el hueco bajo el escritorio. Había un tablero de madera fijado a la piedra con cuatro ganchos de hierro, grande como una mesa de trabajo, con los bordes curvados hacia arriba por décadas de humedad. Era del tipo de tablero que se usaba para colgar mapas con chinchetas o para extender cartas de navegación, el tipo que en los faros se usaba para registrar condiciones de viento y mareas.