Ecos del faro CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

El viento del norte llegó de repente, un golpe frío y húmedo que olía a lluvia próxima. Elena se subió la cremallera de la parka hasta la barbilla y aceleró el paso.

Lucas llegó a las cinco con la caja de herramientas bajo el brazo.

Había quedado en terminar el marco de la ventana del baño, que llevaba tres días con el tratamiento de la madera sin secar del todo porque la humedad no daba tregua. Subió directamente sin que Elena necesitara decirle que adelantara, y durante media hora Elena oyó el sonido de la lija y el golpe ocasional del martillo contra el marco, un ritmo de trabajo constante y sin apresuramiento que terminó por parecerle un ruido de fondo casi doméstico.

Era un pensamiento que Elena notó al pensarlo: doméstico. La palabra implicaba una familiaridad que no había decidido tener y que sin embargo tenía, del mismo modo en que había aprendido el idioma del sendero sin proponérselo.

Cuando bajó, Elena tenía el contrato sobre la mesa de la cocina. Y la fotografía del bebé.

Lucas vio las dos cosas al mismo tiempo. Dejó la caja de herramientas en el suelo, junto a la puerta, y se acercó a la mesa. Se quedó de pie mirando los documentos sin sentarse, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla.

—Encontré esto en el armario del pasillo el primer día —dijo Elena—. El contrato es de 1985. Arrendamiento de una parcela en la cala norte.

Lucas leyó sin tocar el papel. Elena lo observó: los ojos moviéndose línea a línea, la mandíbula quieta, sin la impaciencia que tiene la gente que lee para terminar. Cuando llegó al final de las seis páginas se detuvo en la cláusula añadida a mano y la leyó dos veces.

Se enderezó.

—Mi padre nunca me habló de ninguna conexión con esta casa —dijo.

—El contrato dice que era el arrendatario. La parcela y la edificación de la cala norte.

—Lo sé. Viví allí. —Una pausa—. Él decía que era de un familiar lejano que se lo dejó. Nunca di nombre.

—La letra de la cláusula es de mi abuela —dijo Elena—. El arrendador es ella.

Lucas no respondió. Miró la fotografía que estaba junto al contrato. Elena la había colocado allí sin decir nada, deseando ver si él la miraba o esperaba a que ella la introdujera.

La miró.

—¿De dónde es eso? —dijo.

—De la habitación de los huéspedes. En una caja de zapatos debajo de la cama.

Lucas tomó la fotografía. La sostuvo con los dos dedos por el borde inferior, con el cuidado que se tiene con los objetos viejos, y la estudió durante un tiempo que fue más largo de lo que requería simplemente verla.

—Lo que el mar me dio —dijo Elena—. Eso pone detrás.

Lucas dio la vuelta a la fotografía. Leyó la inscripción. La volvió a colocar en su posición original con el mismo cuidado que la había tomado.

Había algo en su cara que Elena no sabía cómo nombrar. No era sorpresa. Era algo más parecido al reconocimiento de una forma que se conocía sin saber de dónde venía, como cuando uno recuerda el nombre de algo que creía haber olvidado.

—¿Cuántos años tienes, Lucas? —preguntó Elena, aunque lo sabía.

—Treinta y cuatro.

Ninguno de los dos dijo lo que ambos estaban calculando.

—He estado en la biblioteca esta mañana —dijo Elena—. Con Clara Romero.

Lucas levantó la vista.

—Clara me dijo que mi abuela venía allí los últimos años. Que pedía los archivos marítimos del Esperanza. —Hizo una pausa—. Y que la última vez que fue pidió los registros del registro civil de 1974.

El silencio duró lo suficiente para que el viento empujara una ráfaga contra la ventana de la cocina.

—¿Qué año naces tú? —dijo Elena.

—El noventa.

Elena asintió. Cogió el contrato y lo dobló con la fotografía dentro.

—Mañana abro el sobre —dijo.

Lucas no preguntó qué sobre. Sabía cuál era el sobre. Había entrado en esa casa el primer día y lo había visto en el aparador y no había dicho nada sobre él porque en Mariposa Bay la gente sabía cuándo una cosa no era suya todavía.

Se quedaron en la cocina hasta que la luz del exterior fue del todo gris y Elena tuvo que encender la lámpara de la mesa. Hablaron de cosas concretas: el estado del tejado del ala norte, que necesitaría revisión antes de los grandes temporales de diciembre; el notario, con quien Elena tendría que reunirse la semana siguiente; la caldera, que hacía un ruido nuevo por las mañanas que podría ser el circulador o podría ser otra cosa. Eran conversaciones que tenían un objeto claro y que al mismo tiempo no eran solo eso, porque en el espacio entre las frases seguía estando la fotografía y el contrato y los números que ambos habían calculado sin decirlos en voz alta.

Lucas se fue cuando el viento empezó a arreciar desde el muelle, anunciando lluvia.

Elena se quedó en la cocina con las manos alrededor de la taza vacía, mirando el punto de la mesa donde había estado la fotografía. La había devuelto a la caja de zapatos de la planta alta, pero el rectángulo de su ausencia seguía allí de alguna forma, en el lugar exacto donde Lucas la había estudiado durante ese tiempo que era más largo de lo necesario.

Fue al aparador.

El sobre seguía en el centro, con su lacre rojo y su grieta diagonal y la E mayúscula más grande que el resto.

Un día.

Apagó la luz y fue a acostarse.