CAPÍTULO 6 #2
—Dos veces. La primera vez me dijo que no recordaba nada. —Clara dobló la hoja con cuidado—. La segunda vez no abrió la puerta.
Elena volvió al informe. La lista de pasaje estaba en el anexo B: ochenta y nueve nombres, con las columnas de embarcado, desembarcado en puertos previos, y estado tras el naufragio. Elena recorrió la columna de embarcados. Setenta y un nombres marcados con una E. Dieciocho espacios en blanco.
—Dieciocho pasajeros con billete que no embarcaron —dijo.
—Que no embarcaron según el registro oficial —dijo Clara—. Pero no hay constancia de que devolvieran los billetes ni de que cancelaran la reserva. —Una pausa—. Dieciocho personas que tenían billete para el Esperanza y no subieron. Ninguna declaró en el informe por qué.
El silencio de la sala se volvió más denso. Afuera, en el callejón estrecho, un gato pasó con el sonido suave de sus patas en el empedrado.
—¿Sabes quiénes eran? —dijo Elena.
—Algunos. No todos. —Clara recogió la carpeta con un movimiento preciso—. Los registros de la cofradía de ese período están incompletos. Hubo un incendio en el local en el ochenta y uno que destruyó parte del archivo. —Una pausa muy breve, calibrada—. Un incendio bastante conveniente.
Elena la miró. Clara sostuvo la mirada con esa fijeza tranquila que no era desafío sino simplemente la forma que tenía de mirar.
—¿Qué estás buscando exactamente? —preguntó Elena.
—Lo mismo que tú, creo. —Clara cerró la última carpeta—. Aunque quizás por razones diferentes.
—¿Cuáles son las tuyas?
Clara tardó un momento. No fue una duda; fue el gesto de alguien eligiendo cuánto decir y cuándo.
—Mi padre era uno de los dieciocho —dijo—. Mateo Romero. Tenía billete para el Esperanza. No subió. Nunca me explicó por qué. —Una pausa—. Murió en febrero sin explicármelo.
El peso de esa frase aterrizó en el espacio entre las dos mujeres con la solidez de algo que lleva mucho tiempo buscando dónde posarse.
—Lo siento —dijo Elena.
—Sí —dijo Clara, sin la entonación habitual de quien acepta un pésame. Lo dijo como se dice una cifra, como un hecho—. Tu abuela venía aquí, Elena. Los dos últimos años, cuando todavía podía caminar el trayecto. Pedía los archivos marítimos. Los del Esperanza específicamente.
—Rosa me dijo que venía poco al pueblo.
—Venía aquí. No a la tienda de Rosa, no al muelle. Aquí. —Clara apoyó una mano en la mesa—. La primera vez que vino me preguntó por los registros de pasaje. La segunda, por la lista de tripulación. La última vez que la vi —fue en octubre del año pasado, hacía frío ya— preguntó por los registros del registro civil de 1974.
Elena notó algo moviéndose en el fondo de su comprensión, una pieza girándose hacia su sitio sin terminar de encajar.
—¿Los registros civiles?
—Nacimientos, defunciones, adopciones. Todo lo que se inscribía ese año. —Clara la miraba—. No sé qué encontró. No me lo dijo. Pero cuando se fue tenía una expresión distinta a las otras veces. Las otras veces salía como alguien que sigue buscando. Esa vez salió como alguien que ha confirmado algo que ya sabía.
Elena dobló mentalmente esa información y la guardó junto al contrato de Manuel Martín y a la fotografía del bebé y a la inscripción en el dorso. Lo que el mar me dio.
—¿Sabes qué hay en el faro? —preguntó Elena.
Clara no parpadeó.
—Sé que Manuel Martín pasó tiempo allí. Y sé que tu abuela lo protegió de una manera que este pueblo nunca le perdonó del todo.
—¿Lo protegió de qué?
—Del pueblo —dijo Clara, simplemente—. De lo que hacen los pueblos con los que saben demasiado.
Elena recogió las fotocopias que Clara había separado para ella: el informe oficial, la lista de pasaje, un recorte de periódico de noviembre del 74 con la crónica del naufragio. Las guardó en la bolsa.
—Si encuentras algo —dijo Clara, mientras volvían a la sala principal—, me gustaría saberlo. No para publicarlo ni para usarlo contra nadie. —Se detuvo en el umbral de la sala de archivo—. Solo quiero saber si mi padre era un cobarde o si alguien le obligó a serlo. Hay una diferencia.
Elena la miró durante un momento.
—Sí —dijo—. La hay.
El camino de vuelta lo hizo despacio.
No porque le pesaran las piernas sino porque la mente trabajaba de esa forma que tenía cuando procesaba algo importante: no forzando la conexión sino dejando que los elementos se movieran y vieran si encontraban su propio orden. Era el mismo estado en que leía los manuscritos de sus autores, ese estado de atención flotante que no se concentra en ningún punto concreto sino que mantiene el conjunto en el campo visual periférico y espera a que la estructura emerja sola.
La estructura que emergía era esta:
El faro era el centro. Lo había sido desde la primera nota de la abuela: espera siete días, deja que el mar devuelva lo que es suyo, busca en el faro. Manuel guardando algo en la pared sur antes de irse. Pedro Aguirre, treinta y dos años en 1974, declarando que la avería no tenía causa determinada. La luz apagada entre las diez de la noche del veintidós y las tres de la madrugada del veintitrés. El Esperanza entrando en la barra norte sin orientación.
Treinta y cuatro muertos. Veintidós desaparecidos.
Y dieciocho personas que tenían billete y no subieron.
Y Lucas, criado en la cala norte por un hombre que llegó del sur en el 72 y se fue en el 80 sin haber contado nada, con una deuda que según él se pagaba con silencio.
Elena se detuvo en el tramo del sendero donde el acantilado se abría a la derecha y el faro era visible en la cima, un punto blanco recortado contra el gris del cielo. Lo miró durante un momento. Desde esa distancia parecía más pequeño de lo que era, reducido a una forma simple: la torre, la cámara de la linterna, la puerta verde. La blancura nueva de la cal sobre la piedra antigua.
Pensó en los cuarenta y un peldaños de hierro. En el escritorio de teca con sus cicatrices. En el hueco en el suelo donde podría haber algo que no habían llegado a buscar todavía.
El papel está guardado donde dijimos, en el faro, donde nadie lo va a encontrar a menos que sepa buscarlo.
La cláusula del contrato: el menor bajo su custodia.
Registros civiles de 1974. Nacimientos, defunciones, adopciones.