CAPÍTULO 5 #2
No se conocían, o no se conocían de verdad: se habían cruzado algún verano de adolescencia, la hija de Mateo el patrón de la cofradía, unos años mayor que Elena, que entonces ya tenía esa forma de mirar que hacía sentir que estaba catalogando lo que veía. Elena había tenido la impresión, en aquellos veranos, de que Clara Romero era alguien a quien convenía no subestimar. No había tenido razones concretas para esa impresión. Solo era una de esas cosas que el cuerpo sabe antes de que la cabeza lo procese.
Clara no se movió del umbral. Siguió mirando a Elena con esa fijeza tranquila mientras expulsaba el humo del cigarrillo por la nariz. No era hostilidad. Era algo más parecido a la evaluación, al cálculo silencioso de alguien que está decidiendo cuánto mostrar y cuándo.
Elena sostuvo la mirada durante un segundo.
Luego siguió caminando.
Mientras cruzaba la plaza, notó que el hombre del banco tampoco se había movido. Pero cuando llegó a la esquina del muelle y se volvió un momento, el banco estaba vacío y la plaza desierta.
El camino de vuelta lo hizo más despacio, sin la prisa de la mañana.
En el tramo alto del sendero, donde el acantilado se recortaba sobre el mar con sus estratos de piedra caliza, Elena se detuvo.
El faro.
Lo había evitado deliberadamente hasta ahora, mirar el faro directamente. No era algo que se hubiera dicho a sí misma de forma explícita: era algo que había ocurrido de forma práctica, manteniendo la vista en el camino, en el puerto, en las casas del muelle, en cualquier lugar que no fuera la torre de piedra caliza en la cima del acantilado. Pero aquí, en este tramo del sendero, el faro estaba justo enfrente, a la misma altura, sin posibilidad de eludirlo.
Era más pequeño de lo que recordaba. O no más pequeño, sino de otro tamaño, el tamaño real despojado del que le había dado la infancia. La piedra de la parte inferior estaba ennegrecida por la humedad y el liquen, pero la parte superior, la cámara de la linterna, seguía siendo blanca, con el cristal reluciendo levemente incluso bajo el cielo cerrado de esa mañana. La puerta de madera, verde oscuro, estaba cerrada.
Llevaba diez años sin verlo.
O no: llevaba diez años sin mirarlo. Que no es lo mismo.
—Vine ayer a revisar el generador.
Elena se volvió. Lucas estaba a unos metros por el sendero, con las manos en los bolsillos de la parka y el paso detenido como si hubiera calculado exactamente la distancia a la que parar. Miraba el faro también, no a ella.
—No te he oído llegar —dijo Elena.
—Ibas despacio. —Una pausa—. ¿Has bajado al pueblo?
—A comprar. —Elena levantó levemente la bolsa—. Rosa me ha dicho que Clara Romero preguntó por mí.
El perfil de Lucas no varió. Siguió mirando el faro.
—¿Qué quería saber?
—Rosa no lo dijo. Solo que preguntó cuándo iba a bajar.
Lucas asintió despacio, con ese gesto suyo de asentir que no significaba necesariamente acuerdo sino más bien que estaba procesando la información y no había terminado de hacerlo todavía.
—Clara trabaja en la biblioteca desde hace tres años —dijo—. Antes estaba en Santander. Volvió cuando murió su padre. —Una pausa breve—. Mateo era el patrón de la cofradía. Era el hombre que más sabía de este puerto.
—¿Era? —dijo Elena.
—Murió en febrero. Neumonía. —Lucas se volvió hacia ella entonces, con esa fijeza que Elena ya había aprendido a no apartar—. ¿Por qué no te avisaron cuando cayó enferma tu abuela?
La pregunta llegó sin preparación, sin suavizar los bordes. Elena tardó un momento en responder.
—Me avisaron —dijo—. Rosa me escribió en septiembre.
—En septiembre llevaba meses sin salir de la habitación.
No había acusación en su voz. Era solo un hecho, como todos los que Lucas enunciaba: sin adorno y sin escape. Elena lo miró durante un segundo y luego volvió a mirar el faro.
—Lo sé —dijo.
El viento trajo el olor del mar, frío y yodado, y ambos permanecieron en silencio durante un momento que se extendió sin llegar a volverse insoportable.
—¿Qué sabes tú del Esperanza? —dijo Elena.
Lucas no se detuvo, pero tardó un poco más en responder de lo normal.
—¿Qué te han contado?
—Nada concreto. El nombre del barco salió en una conversación con la abuela hace años. Un transatlántico. Un naufragio. —Elena hizo una pausa—. Ella nunca terminó de explicármelo.
—Fue en el 74. Antes de que nacieras. —Lucas miraba el sendero—. Un barco grande para un puerto pequeño. Encalló en las rocas de la barra norte en un temporal de noviembre. Hubo muertos.
—¿Cuántos?
—Depende de a quién le preguntes.
Elena lo miró de lado.
—¿A qué te refieres?
—A que el número oficial y el número real no coinciden. —Lucas se encogió levemente de hombros—. Siempre fue un tema que no se tocaba en el pueblo. De los que se saben y no se dicen. Mi padre nunca habló de ello y yo aprendí a no preguntar.
—¿Tu padre estaba aquí en el 74?
—Mi padre llegó a Mariposa Bay en el 72. Se fue en el 80. —Hizo una pausa—. Antes de irse dejó algunas cosas por aquí que no terminó de recoger.
Elena no preguntó qué cosas. Había algo en la forma en que Lucas lo había dicho, la neutralidad excesiva de las palabras, que indicaba que esa frase tenía más capas de las que mostraba y que él no estaba listo todavía para abrirlas.
Sacó el contrato del bolsillo de la parka. Lo sostuvo un momento sin extenderlo, con las cuatro páginas dobladas en la mano.
—Encontré esto en la carpeta verde del rellano —dijo—. Es un arrendamiento de la cala norte. De 1985. Firmado entre mi abuela y tu padre.
Lucas no dijo nada. Miró el contrato en la mano de Elena con la misma fijeza con que había mirado el faro, sin moverse, sin pedir.
Elena lo extendió hacia él.
Lucas lo tomó. Lo leyó de pie en el sendero, con el viento moviéndole el pelo y el mar rugiendo abajo, con esa lentitud que era su forma de leer cuando el contenido requería que cada frase se asentara antes de continuar con la siguiente. Cuando llegó a la cláusula final leyó dos veces, lo mismo que había hecho Elena esa mañana a las siete con el café en la mano.
Dobló el contrato. Se lo devolvió.
—El menor bajo su custodia —dijo.
—Sí.
Siguieron caminando. Llegaron a la verja de la casa. Lucas se detuvo en el exterior.
—Mañana vengo a lo de la ventana del baño —dijo.
—Sí —dijo Elena—. Gracias.
Lucas asintió. Dio media vuelta hacia el sendero que
bajaba al puerto. Elena abrió la verja, escuchando el
chirrido familiar del hierro, y subió los peldaños del
porche. Al llegar a la puerta se volvió. Lucas ya estaba a
mitad del sendero, con la cabeza levemente inclinada,
caminando con esa seguridad de quien sabe el camino de memoria.No había preguntado nada más sobre el contrato.
No por falta de interés. Por la misma razón que Elena no había preguntado más sobre las cosas que su padre había dejado sin recoger: porque algunas preguntas necesitan el momento correcto para hacerse, y ese momento no siempre es el que uno elige sino el que la historia decide.
Entró a la casa.
El sobre en el aparador. Dos días.
Dejó la bolsa en la cocina, guardó las cosas, puso agua en el cazo. Mientras esperaba se apoyó en la encimera y miró por la ventana el jardín trasero, las ortigas dobladas por el viento, el manzano con sus manzanas amarillas que nadie iba a recoger este año. Luego subió al rellano, tomó la carpeta verde del baúl, la llevó a la cocina y la abrió por segunda vez.
Leyó el contrato de nuevo desde el principio, con esa segunda lectura que siempre encontraba cosas que la primera había pasado por alto. La dirección de Manuel en la cala norte: número cuatro, la misma dirección donde vivía Lucas. La fecha de firma: octubre de 1985. Lucas había nacido en el noventa, según le había dicho el otro día. Cinco años antes de que Lucas naciera, la abuela le había dado a Manuel Martín el arrendamiento de la cala norte con una cláusula que transfería los derechos al menor bajo su custodia.
Un menor que en 1985 no existía todavía.
O que existía de otra forma, en una posibilidad que la abuela había previsto antes de que se hiciera real.
Elena dejó el contrato sobre la mesa y fue al aparador. Miró el sobre. La E mayúscula más grande que el resto, el lacre rojo con su grieta.
Dos días.
Esa noche, cuando el puerto se apagó y el único sonido era el mar contra los pilares del muelle, Elena se sentó a la mesa de la cocina con el cuaderno de listas y escribió tres cosas:
Manuel Martín. Arrendamiento cala norte. 1985.
El bebé de la fotografía.
Lo que el mar me dio.
Las miró durante un momento. Luego cerró el cuaderno y fue a acostarse.
Desde la cama oyó, a través de la ventana entreabierta, un sonido que tardó en identificar. Era rítmico, espaciado por intervalos regulares, demasiado constante para ser el viento. Lo oyó durante cinco minutos, quizás diez, hasta que el sueño se lo llevó: madera vieja chocando contra la base de la torre, en la rompiente del acantilado, como el latido de algo enterrado que todavía no ha terminado de apagarse.