Ecos del faro CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El quinto día, Elena bajó al pueblo.

Lo había aplazado sin una razón concreta que pudiera sostenerse ante el escrutinio: que tenía suficientes provisiones para unos días más, que el tiempo no acompañaba, que había demasiado que ordenar en la casa todavía. Todas eran verdad y ninguna era la razón real. La razón real era que bajar al pueblo era hacerse visible en Mariposa Bay, y hacerse visible en Mariposa Bay era una cosa con consecuencias que Elena todavía no había terminado de calcular.

Pero se había acabado el café, y sin café la mañana no tenía ningún sentido.

Salió con la bolsa de tela que había encontrado colgada en el perchero de la cocina, una bolsa de la compra desgastada con las asas reforzadas con hilo de otro color. La reconoció: era la bolsa que la abuela usaba para ir al mercado los jueves. El tejido olía levemente a cebolla.

El sendero hasta el pueblo tardaba quince minutos andando, los mismos de siempre, aunque con la marea baja la playa de la cala era visible desde el primer tramo del camino y Elena se descubrió mirándola más de lo necesario. La arena era gris oscuro, casi negra cuando estaba mojada, del tipo de arena gruesa y pedregosa que se mete en el calzado en cuanto te descuidas. No era una playa de verano. Era una playa de trabajo, de redes y de barcas varadas al mediodía, de hombres que caminaban por la orilla con la vista en el agua y no en el horizonte.

Elena no había vuelto a la playa desde que llegó. No tenía ninguna razón concreta para ir.

Pensó en el contrato mientras caminaba. Lo llevaba en el bolsillo interior de la parka, doblado en cuatro, y notaba el relieve del papel a través de la tela con cada respiración: seis páginas de lenguaje notarial y una cláusula añadida a mano que no encajaba con ninguna de las páginas anteriores. El menor bajo su custodia. No su hijo, no su heredero. El menor bajo su custodia, con esa imprecisión que en un documento legal no era descuido sino una decisión de alguien que necesitaba que el documento dijera algo sin decirlo completamente.

Manuel Martín Díaz. El nombre del arrendatario. El nombre del padre de Lucas.

Elena lo había conectado esa mañana, a las siete, con el café en la mano y el contrato sobre la mesa de la cocina. Lo había conectado y lo había dejado estar, sin forzar la conclusión, porque las conclusiones que llegan antes de tener todos los elementos disponibles son las más peligrosas de las que trabaja con textos: las que parecen ciertas porque cierran bien y que por eso mismo hay que examinar desde todos los ángulos antes de aceptarlas.

Había un ángulo que todavía no tenía.

Entró al pueblo por la calle del muelle, que era la más corta desde el sendero de la costa. Los barcos de arrastre estaban atracados en su mayor parte, mecidos por un agua quieta y grisácea que reflejaba el cielo nublado. Había un par de hombres en el muelle de carga trabajando sobre una red extendida en el suelo, agachados con la concentración específica de quien hace un trabajo que no admite distracciones. Levantaron la vista cuando Elena pasó. No saludaron. Ella tampoco.

Conocía ese silencio. Lo había olvidado, o se había convencido de que lo había olvidado, pero el cuerpo lo recordaba sin necesitar que la cabeza le diera permiso. Era el silencio del pueblo pequeño ante el forastero, ante la persona que se fue y vuelve, que es casi peor que el forastero puro porque el forastero puro al menos no tiene historia aquí. El que se fue y vuelve tiene historia, y la historia genera deuda, y la deuda en los pueblos de costa se contabiliza con una exactitud que los bancos envidiarían.

La tienda de Rosa estaba en la plaza de la iglesia, entre la ferretería y el local que antes era la barbería del pueblo y que ahora tenía los cristales cubiertos de polvo y el rótulo a medias. Rosa era también la carnicera del martes y la pescadera del jueves y la que vendía los periódicos atrasados los fines de semana porque el quiosco había cerrado hacía seis años. En Mariposa Bay las funciones se concentraban en la gente que quedaba.

La campanilla sobre la puerta sonó al entrar. Rosa estaba detrás del mostrador pesando algo en la báscula, de espaldas, con el delantal azul que Elena recordaba de siempre. Se volvió al oír la campanilla.

—Elena. —No fue una sorpresa. Fue un reconocimiento, como cuando se confirma algo que ya se sabía—. Pensaba que bajarías antes.

—He estado ordenando la casa.

—Ya. —Rosa dejó lo que estaba pesando y se limpió las manos en el delantal—. La casa estará hecha un desastre. Hace tiempo que tu abuela no podía con ella sola.

—Lucas me ha dicho que pasaba a ayudar.

Rosa hizo un sonido que podría interpretarse como asentimiento o como algo más complejo. Fue al extremo del mostrador y empezó a colocar unas latas en el estante de detrás sin apresurarse.

—Lucas es un chico serio —dijo, dándole la espalda—. Demasiado serio para lo que le ha tocado. Pero hace lo que dice que va a hacer, que en este pueblo ya es mucho.

—¿Qué le ha tocado? —preguntó Elena.

Rosa tardó un momento en responder. Siguió colocando latas.

—Crecer sin madre y con un padre que nunca terminó de estar del todo —dijo—. Manuel era buen hombre, no te digo que no. Pero tenía la cabeza en otro sitio. Siempre la tuvo. —Se detuvo en el movimiento de las manos, solo un segundo, lo suficiente para que Elena lo notara—. Llegó del sur en el 72 con demasiadas preguntas para un sitio que no las recibe bien. Se quedó más tiempo del que era prudente para alguien que miraba las cosas como él las miraba.

—¿Cómo las miraba?

Rosa se volvió hacia ella. Apoyó las manos en el mostrador con esa firmeza que tenía cuando iba a decir algo con peso.

—Como alguien que sabe que hay una diferencia entre lo que se dice y lo que es. —Una pausa—. En este pueblo eso no es bien recibido. Nunca lo fue.

Elena sacó el café de la lista de la compra para no perder el hilo de la conversación con el gesto de buscar lo que había venido a buscar.

—Cuando murió Manuel, Lucas tenía dieciséis años —dijo Elena.

—Sí. Dieciséis años son demasiados para no haber contado nada y muy pocos para quedarse solo con la barca y la deuda del motor. —Rosa retomó el movimiento de las latas—. Tu abuela le echó un ojo desde entonces. Sin que él lo supiera, o sin que quisiera que lo supiera, que en ella venía a ser lo mismo.

—¿Sabías que había un contrato entre mi abuela y Manuel? Un arrendamiento de la cala norte.

Rosa se detuvo de nuevo. Esta vez el silencio duró más.

—Había cosas entre tu abuela y Manuel Martín que solo ellos dos conocían del todo —dijo al final—. Yo sé lo que se ve desde fuera. Que él llegó, que se quedó más de lo previsto, que cuando se fue no dejó todo limpio. —Miró a Elena con esos ojos pequeños y precisos—. Lo que hay en esos papeles no me lo ha mostrado nadie y no voy a inventarme lo que no sé.

Era una respuesta honesta y cerrada al mismo tiempo, del tipo que respeta el límite de lo que alguien sabe y no pretende más. Elena lo anotó mentalmente: Rosa sabía algo. No todo. Y sabía distinguir entre las dos cosas.

Elena compró café, pan de centeno, un trozo de queso curado, unas manzanas. Mientras Rosa le pasaba los artículos fue mirando la tienda con el disimulo de quien está mirando otra cosa: los estantes llenos de conservas, la cámara frigorífica al fondo con el cristal empañado, el calendario de una empresa de piensos colgado junto a la puerta trasera con los días marcados con una cruz a bolígrafo hasta el día de hoy.

—¿Sigues aquí sola, Rosa? —preguntó.

—Mis hijos están en Santander —dijo Rosa—. Bajan en verano. —Lo dijo sin amargura, con la indiferencia de quien ha hecho las paces con algo hace suficiente tiempo como para que ya no duela, o al menos no de la misma manera—. Este pueblo se vacía, Elena. Se vacía desde que cerraron la conservera. Los que se quedan son los que no saben irse o los que no pueden. —Hizo una pausa—. O los que eligen quedarse, que son los menos.

Elena pagó. Mientras guardaba el cambio, Rosa dijo, sin levantar la vista de la caja registradora:

—Clara Romero ha preguntado por ti.

Elena paró.

—¿Clara Romero?

—La bibliotecaria. La hija de Mateo. —Rosa cerró la caja registradora con un golpe seco—. Vino ayer a comprar y preguntó si sabía cuándo ibas a bajar al pueblo. Le dije que no lo sabía.

—¿Por qué iba a querer verme Clara Romero?

Rosa la miró entonces, directamente, con esos ojos pequeños y precisos que evaluaban sin pedir permiso.

—Eso tendrás que preguntárselo a ella —dijo.

Salió de la tienda con la bolsa más pesada y más preguntas de las que había entrado.

La plaza de la iglesia estaba casi desierta a esa hora de la mañana, con el viento barriendo la grava suelta en pequeños remolinos. En el banco de piedra junto a la fuente, que llevaba seca desde antes de que Elena se fuera, había un hombre mayor sentado con las manos apoyadas en las rodillas y la vista fija en el suelo de la plaza. Llevaba una gorra de marino encajada hasta las cejas y un abrigo de paño oscuro demasiado grueso para la temperatura, aunque quizás a cierta edad el frío empieza antes. Elena lo miró al pasar.

El hombre levantó la vista un segundo. Solo un segundo, lo justo para que Elena viera sus ojos, de un gris muy claro que a esa luz de mañana parecía casi transparente. Luego la bajó de nuevo al suelo de la plaza como si nunca hubiera mirado.

Era el tipo de no-mirada que en los pueblos pequeños decía más que cualquier mirada directa.

Fue entonces cuando vio a Clara.

Estaba en la entrada de la biblioteca, un edificio achaparrado de piedra arenisca al otro lado de la plaza, con los brazos cruzados y un cigarrillo entre los dedos. Vestía una chaqueta de cuero rojo, un rojo tan saturado que parecía fuera de lugar en la paleta gris del pueblo, como una palabra en un idioma diferente metida en medio de una frase. El pelo corto, negro, enmarcaba un rostro de facciones simétricas que no mostraba ninguna expresión en particular al ver a Elena. Solo la miraba.

Elena la miró también.