Ecos del faro CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

En los últimos peldaños del metro sacó el teléfono. Había un mensaje de Iván: breve, una pregunta sobre el fin de semana, sin la urgencia de los primeros meses.

Iván era diseñador gráfico, vivía en Chamberí, tenía una estantería llena de libros ordenados por color que a Elena le producía una incomodidad que había intentado no tener y que había tenido de todas formas. No porque hubiera nada malo en ordenar los libros por color. Sino porque los libros ordenados por color eran libros que existían en la estantería como decoración y no como memoria, libros sin manchas de café ni páginas dobladas ni anotaciones en los márgenes, y esa diferencia le decía algo sobre Iván que no era un defecto pero sí era una incompatibilidad, del tipo suave e irresolvible que se ignoraba bien durante meses hasta que dejaba de ignorarse.

Llevaban ocho meses juntos sin haber decidido exactamente qué significaba estar juntos. Era un acuerdo tácito que funcionaba mientras ninguno de los dos lo examinara demasiado de cerca, con la estabilidad específica de las cosas que se sostienen por inercia y no por convicción.

Escribió: El sábado no puedo. Te escribo esta semana.

Lo mandó. Bajó al andén.

Se sentó en el vagón. La línea 2 en hora punta tenía ese ruido de fondo de conversaciones que se superponían sin escucharse, el chirrido del freno en las curvas, el olor específico del metro de Madrid que no tenía nombre propio pero que era inconfundible: algo entre el metal caliente y el aire recirculado y el rastro acumulado de millones de trayectos. Elena lo conocía tan bien que había dejado de notarlo excepto en momentos como este, cuando algo le hacía registrar el presente con más atención de la habitual.

Carmen diciéndole estás aquí de una forma que últimamente suena a provisional.

El olor de la floristería que había detenido sus pasos treinta segundos.

Los libros de Iván ordenados por color en la estantería de Chamberí.

No eran pensamientos que llevaran a ningún sitio concreto. Eran simplemente los pensamientos de alguien que lleva suficiente tiempo en un lugar sin haberlo elegido del todo como para que el cuerpo empiece a llevar la cuenta por su cuenta, sin que la mente le dé permiso.

El tren llegó a Lavapiés.

Tres semanas después llegó la carta de Rosa.

Elena la leyó dos veces, la dobló con cuidado y la guardó en el cajón de las cosas sin resolver. Luego se quedó un momento de pie frente al cajón con la mano todavía en el tirador, mirando la madera sin verla.

Tu abuela preguntó por ti el mes pasado.

Hacía nueve meses que no llamaba. Antes de eso, tampoco había llamado con demasiada regularidad: una vez al mes, dos veces si había algo concreto que decir, con esa cadencia que Elena había construido gradualmente como la forma de mantener la conexión sin tener que estar demasiado cerca de lo que la conexión traía consigo. La abuela nunca le había recriminado ese ritmo. Nunca le había dicho vuelve más o llama más. Había aceptado lo que Elena ofrecía con la paciencia de alguien que sabe que esperar es a veces la única forma honesta de querer a alguien.

Cerró el cajón.

Llamó a Iván.

La conversación duró doce minutos. Iván escuchó, hizo una pausa, dijo que no lo había visto venir aunque probablemente sí lo había visto, dijo que esperaba que Elena estuviera bien. Elena dijo que sí. Hubo un silencio, de esos que en el teléfono suenan diferentes porque no hay cuerpo que los ocupe, solo el ruido de fondo de dos espacios distintos coexistiendo en la misma línea. Luego Iván dijo de acuerdo y ella dijo de acuerdo y colgaron.

Era un hombre razonable. Eso también había formado parte del problema, aunque Elena no lo formuló exactamente en esos términos hasta más tarde, en el tren hacia el norte, mirando el paisaje cambiar de la llanura seca a los montes verdes con ese tránsito que siempre parecía demasiado rápido, como si el paisaje se saltara los pasos intermedios y llegara al resultado sin mostrar el camino.

Pensó en Herrera y en la protagonista de su novela que resolvía el conflicto central demasiado limpio en el capítulo final. Pensó en las tres páginas que le había escrito sobre eso, en la precisión con que había descrito lo que no funcionaba y por qué. Pensó en Carmen preguntándole si se lo decía a sí misma con la misma claridad.

Abrió el portátil en la mesa de ikea. Buscó los horarios de tren a Santander. Eligió el de las siete y veinte de la mañana siguiente porque era el más directo y porque si no lo compraba en los próximos diez minutos encontraría una razón para no comprarlo.

Lo compró.

En la habitación de Lavapiés, antes de hacer la maleta, estuvo un momento mirando los visillos desde el sofá.

Tenían exactamente el mismo aspecto que el primer día. Cuatro años y no había cambiado nada: ni los visillos, ni la mesa de trabajo, ni la estantería con los libros en orden cronológico de lectura. El piso era perfectamente habitable y perfectamente adecuado para alguien que llevaba la maleta lista aunque no tuviera intención de marcharse.

Luego fue a buscarla.