CAPÍTULO 3 #2
Elena leyó la cláusula tres veces. Luego leyó el resto de las páginas, las cláusulas de duración y de renta y de condiciones de la parcela, con la concentración de quien busca más piezas del mismo rompecabezas. La parcela era en la cala norte. La edificación era una casa de pescador de una planta. La renta mensual era una cantidad que en 1985 habría sido razonable y que ahora parecía simbólica.
Dejó el contrato sobre la mesa.
Fue al aparador. El sobre seguía en el centro, la E mayúscula más grande que el resto, el lacre rojo con su grieta diagonal.
Cuatro días.
La nota de la abuela decía: espera siete días. Habían pasado tres. Cuatro contando ese.
Elena miró el contrato sobre la mesa de la cocina. Miró el sobre en el aparador. Miró por la ventana el jardín oscuro bajo la lluvia de la tarde.
Lo que el mar me dio.
No eran piezas que encajaran todavía. Eran piezas que se miraban entre sí desde distintos ángulos esperando que llegara la que las uniera.
Dobló el contrato. Lo dejó encima del baúl del rellano, separado de la carpeta, con la intención de bajarlo a la cocina al día siguiente y mirarlo con la luz de la mañana, que siempre era más clara que la luz de las tardes de lluvia.
Esa noche, antes de acostarse, sacó las fotografías de la caja de zapatos.
Las extendió sobre la colcha de la cama de la abuela, las cuarenta en fila, y las miró en conjunto durante un momento antes de mirarlas una por una. Buscaba al hombre otra vez, no su cara esta vez sino sus manos, las manos que en la fotografía del acantilado eran claramente las de alguien que trabaja con ellas.
Manuel Martín Díaz.
El nombre del contrato.
Miró la fotografía del faro. El hombre de espaldas al mar con el faro detrás. La postura de alguien que conoce ese lugar, que no está posando junto a un monumento sino simplemente de pie en un sitio que es suyo de la misma forma en que un sitio puede ser de alguien sin que haya ningún documento que lo confirme.
Devolvió las fotografías a la caja. Apagó la luz. Se quedó mirando el techo en la oscuridad con los datos disponibles ordenándose despacio en la mente, sin prisa.
El menor bajo su custodia.
El hombre de las fotografías.
El faro.
Lo que el mar me dio.
A las cuatro de la mañana se despertó pensando en Lucas. No en nada concreto: en la pausa de sus pasos en el rellano, en la respuesta que no era una respuesta, en la pregunta sobre el cuarto del fondo, en la forma en que había sostenido la mirada durante ese segundo antes de decir este pueblo tiene más historia de la que aparenta.
Como si ya lo supiera. Como si llevara tiempo sabiendo lo que Elena acababa de empezar a ver.
Se durmió de nuevo antes de poder seguir pensándolo.
A las siete se levantó. Puso café. Bajó el contrato del rellano a la cocina y lo extendió sobre la mesa.
Y entonces, a la luz de la mañana, leyó la cláusula añadida a mano por última vez antes de doblar el contrato en cuatro y guardárselo en el bolsillo interior de la parka.
El menor bajo su custodia.
Tres días.
CAPÍTULO 4
El piso de Lavapiés tenía las ventanas que daban a un patio interior donde casi nunca entraba el sol.
Era un hecho que Elena había comprobado el día que firmó el contrato y que había aceptado porque la renta era razonable, el barrio tenía librerías y el portero automático funcionaba. En cuatro años no había cambiado los visillos.
Los visillos eran de un color que podía llamarse blanco o podía llamarse lo que pasa con el blanco cuando nadie lo cuida, y colgaban de la barra con la parsimonia de las cosas que están en un sitio porque nadie ha decidido que no estén. Elena los miraba a veces desde el sofá, durante las mañanas de trabajo en casa, con ese registro lateral de la mente que cataloga el entorno sin necesidad de procesarlo.
La mesa de trabajo estaba junto a la pared del fondo porque era el único sitio donde cabía sin entorpecer el paso al baño. Era una mesa de ikea comprada el primer mes en el piso, estrecha y funcional, con la superficie rayada por cuatro años de bolígrafos y tazas de café y fotocopias de manuscritos con las páginas dobladas en las esquinas. Elena trabajaba en esa mesa ocho horas al día la mayoría de los días de la semana, leyendo lo que otros habían escrito con la atención específica de quien busca lo que no está dicho, la omisión que decía más que la frase, el cabo suelto en la lógica de un personaje que el propio autor no había notado que había dejado.
Era un trabajo para el que tenía talento y que ejercía con una honestidad que sus autores agradecían aunque no siempre les resultara cómoda. Carmen se lo había dicho una vez, hace años, en uno de esos momentos de claridad que las personas con diez años de relación de trabajo se permiten a veces: tienes la rara capacidad de ver una historia entera antes de que esté contada. Elena lo había tomado como el cumplido que era y no había pensado demasiado en el otro lado de ese cumplido, que era que alguien que ve las historias de otros con esa claridad no siempre aplica la misma atención a la propia.
La mesa de trabajo. Los visillos. Las estanterías organizadas por orden cronológico de lectura.
Cuatro años de piso perfectamente funcional, perfectamente adecuado, perfectamente provisional.
En uno de esos trayectos de vuelta desde la editorial, tres semanas antes de recibir la carta de Rosa, había pasado por delante de una floristería y se había detenido sin razón aparente frente al escaparate. No porque quisiera flores. Solo porque el olor llegaba hasta la acera con una concreción que el cuerpo reconoció antes que la mente: el olor de los veranos de Mariposa Bay, del jardín de la abuela con los tomates que nunca maduraban del todo y la higuera que daba sombra a la hora equivocada.
Se quedó parada treinta segundos.
Luego siguió caminando.
No había sido la primera vez. En los cuatro años de Lavapiés habían ocurrido cosas similares, pequeñas interrupciones del presente por algo que el cuerpo guardaba con más fidelidad que la memoria consciente: el olor de la marea baja en la pescadería del mercado, el sonido del viento en los cables de un balcón que era exactamente el sonido del viento en los cables del muelle de Mariposa Bay, la calidad específica de la luz de septiembre que en Madrid llegaba oblicua entre los edificios y que en cualquier otro lugar habría sido solo luz de septiembre pero que en Elena producía siempre ese desplazamiento breve de estar en un sitio y que el cuerpo recuerde otro.
Había aprendido a ignorarlo. Era la habilidad que más había practicado en diez años.
Carmen llevaba diez años siendo su editora y había aprendido a leerla con la misma atención que Elena ponía en los manuscritos. Por eso aquella tarde, cuando Elena depositó el informe de lectura de la novela de Herrera sobre la mesa con esa precisión suya de los gestos terminados, Carmen lo tomó, lo miró, y luego miró a Elena.
—¿Cuándo fue la última vez que te fuiste algún sitio? —dijo.
—Fui a Bilbao en septiembre. Para la feria.
—Me refiero a algún sitio que no sea trabajo.
El despacho de Carmen tenía una planta en el alféizar que era lo opuesto a los visillos de Elena: viva, con hojas nuevas, girada hacia la luz con la consideración que merecen las cosas que necesitan cuidado para seguir siendo lo que son.
—Estoy bien —dijo Elena.
—Lo sé —dijo Carmen—. Pero estás aquí de una forma que últimamente suena a provisional.
Elena archivó esa observación en el lugar donde archivaba las que eran ciertas y sobre las que no tenía respuesta disponible. Añadió dos correcciones en los márgenes del informe y lo depositó de nuevo sobre la mesa.
—El manuscrito de Herrera necesita trabajo en el tercer acto —dijo—. La protagonista resuelve el conflicto central demasiado limpio. La vida no funciona así.
Carmen la miró un segundo.
—No —dijo—. No funciona así.
Hablaron del manuscrito durante cuarenta minutos. El manuscrito de Herrera era una novela sobre una mujer que volvía a la ciudad de su infancia después de la muerte de su madre. Elena lo había leído tres veces en el proceso de edición y cada vez había encontrado algo diferente: la primera vez la estructura, la segunda las elipsis, la tercera el personaje de la madre que aparecía solo en flashbacks y que era el más vivo de todos precisamente porque nunca aparecía de frente.
Herrera sabía cómo escribir la ausencia. Lo que no sabía todavía era cómo dejar que la protagonista cargara con ella sin resolverla en el capítulo final de forma demasiado limpia, demasiado simétrica, con el tipo de cierre que en la ficción sonaba bien y en la vida no existía.
Elena le había escrito tres páginas sobre eso.
—¿Se lo has dicho con estas palabras? —dijo Carmen, después de leer las notas.
—Se lo he dicho de forma que pueda usarlo —dijo Elena—. No de forma que lo aplaste.
Carmen la miró.
—Llevas diez años sabiendo exactamente cómo decirle a otros lo que tienen que cambiar —dijo—. Lo que no sé es si te lo dices a ti misma con la misma claridad.
Era una observación que tenía el tono de las conversaciones que Carmen iniciaba de vez en cuando con la misma precisión con que Elena iniciaba las conversaciones difíciles con sus autores: directa, sin adorno, con la intención de que llegara aunque no fuera cómoda. Elena la recibió con la misma cara que ponía ante ese tipo de observaciones: sin defensiva, sin confirmar ni negar, con la neutralidad de quien archiva y sigue.
Cuando salió a la calle la tarde había cerrado y las luces de Malasaña encendían los escaparates con esa mezcla de artificial y cálido que tenían las ciudades al anochecer.