Ecos del faro CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Lucas llegó a las once del día siguiente.

Elena lo oyó antes de verlo: el sonido de sus botas en el sendero de grava, un ritmo que reconoció sin saber que lo recordaba, como se reconoce un olor o una melodía, por debajo del pensamiento consciente. Luego el chirrido de la verja y sus pasos en el porche y un golpe de nudillos en la puerta de madera.

—Está abierta —dijo Elena desde arriba.

Hubo un silencio breve. Luego el sonido de la puerta al abrirse y los pasos de Lucas en el pasillo de la planta baja. Elena escuchó cómo se movía por la casa con la facilidad de quien conoce el terreno: paró en la cocina, abrió algo —un cajón, quizás, o la puerta bajo el fregadero—, volvió al pasillo. Había una familiaridad en esos movimientos que Elena notó sin examinar. La familiaridad de alguien que ha estado en un lugar suficiente tiempo para que el lugar le pertenezca de una forma que no requiere que nadie se lo ceda.

—Subo —dijo él desde el pie de la escalera.

—Estoy en el estudio.

Había pasado a la segunda habitación. Las cajas del estudio seguían apiladas junto a la puerta donde las había dejado el día anterior, con los contenidos comprobados por encima y el trabajo de revisión real todavía pendiente. Elena estaba abriendo una que no había llegado a ver, una de las más antiguas a juzgar por el cartón descolorido, cuando oyó los pasos de Lucas en la escalera.

Lucas apareció en el umbral. Llevaba bajo el brazo una bolsa de tela que repiqueteó levemente al detenerse, el sonido de las herramientas moviéndose. Llevaba la misma chaqueta de cuero del primer día. Elena notó eso y notó que notarlo no era necesario y lo notó igualmente.

—El canalón del tejado —dijo, señalando hacia arriba con la barbilla—. Se rompió una abrazadera en el temporal del mes pasado. Si no lo sujeto antes de que lleguen los de noviembre, el agua se mete por el alero de esta habitación.

Elena asintió. Lucas entró, cruzó el cuarto con el mismo paso seguro de antes, abrió la ventana del fondo y se asomó para examinar el tejado. Desde atrás, Elena vio los músculos de su espalda tensándose bajo la tela de la camiseta cuando se inclinó hacia afuera, el movimiento de alguien que sabe exactamente qué está buscando y cómo encontrarlo.

—¿Cuánto tiempo llevas arreglando cosas en esta casa? —preguntó Elena. La pregunta salió más directa de lo que pretendía.

Lucas no se volvió. Siguió examinando el canalón.

—Desde que tu abuela no pudo subir la escalera —dijo—. Cuatro años, más o menos. Primero fue la escalera, luego la vista, luego las manos. Al final venía yo dos veces a la semana.

—No lo sabía.

—No tenías por qué saberlo.

No había reproche en su voz. Era una constatación, del tipo que resulta más difícil de manejar que el reproche porque no deja ningún sitio donde colocar la incomodidad. El reproche al menos da algo contra lo que empujar. La constatación solo existe, sin pedir nada.

Elena siguió con la caja. Dentro había papeles de los años noventa: recibos de la ferretería, facturas de una empresa de pinturas, varias cartas de un banco que ya no existía con ese nombre. Nada que tuviera el peso de lo que estaba buscando aunque todavía no supiera exactamente qué era lo que buscaba.

Lucas sacó de la bolsa una abrazadera de metal y un destornillador y volvió a asomarse. Trabajaron en el mismo espacio durante veinte minutos sin hablar, con el ruido intermitente de las herramientas de Lucas y el roce del papel entre los dedos de Elena y el viento del acantilado entrando por las dos ventanas abiertas.

Había algo extraño en ese silencio. No era incómodo. Era casi lo contrario: era el tipo de silencio que se da entre personas que no necesitan llenar el espacio con palabras para confirmar que la otra persona sigue estando. Elena no recordaba haber tenido ese tipo de silencio con nadie en Madrid. Con los compañeros de la editorial las conversaciones eran constantes, funcionales, llenas de referencias compartidas que construían la apariencia de la intimidad sin llegar a serlo. Con las personas con quienes había intentado algo más, en los últimos años, siempre había llegado un momento en que el silencio se volvía una pregunta sin respuesta.

Con Lucas el silencio era solo silencio.

Él terminó con el canalón, recogió las herramientas, cerró la ventana. Se quedó un momento mirando las cajas apiladas junto a la puerta con esa expresión suya de evaluación tranquila.

—¿Cuántas hay? —preguntó.

—Catorce en el estudio —dijo Elena—. Más las del cuarto pequeño del fondo que no he abierto todavía.

—¿Has entrado al cuarto del fondo?

Había algo en la forma en que lo preguntó. No casual. La pregunta de alguien que ya sabe la respuesta y está comprobando la que da el otro.

—Ayer —dijo Elena—. Está casi vacío. Un escritorio, un mapa en la pared.

Lucas asintió. No dijo nada. Pero Elena notó el momento en que la mirada de Lucas encontraba el baúl del rellano a través del umbral abierto del estudio, ese momento de reconocimiento lateral que duró menos de un segundo.

—¿Has encontrado algo útil? —preguntó Lucas.

—Facturas, sobre todo. Cuadernos de cuentas. —Elena hizo una pausa—. Fotos.

Lucas esperó.

—Hay un hombre en algunas de las fotos que no reconozco —dijo Elena—. Con la abuela. No es mi abuelo.

Lucas no respondió de inmediato. Se pasó el trapo por las manos, limpiándose el óxido del canalón, con un movimiento lento y circular que le dio tiempo a pensar lo que iba a decir o a decidir no decir nada.

—Este pueblo es pequeño —dijo al final—. Pero tiene más historia de la que aparenta.

Era una respuesta que no era una respuesta. Elena lo miró. Él sostuvo la mirada durante un segundo con esa fijeza suya que no pedía nada sino que simplemente recibía, y en ese segundo Elena tuvo la certeza de que Lucas sabía más de lo que decía, que esa respuesta no era evasión exactamente sino el borde de algo más grande que él tampoco estaba listo para abrir.

—¿Lo conocías? —dijo Elena—. Al hombre de las fotos.

Lucas recogió la bolsa de herramientas.

—Paso mañana a ver la ventana del baño —dijo—. El marco está hinchado por la humedad. Si no lo tratas antes del invierno, tendrás que cambiarlo entero.

—De acuerdo.

Bajó la escalera. Elena lo oyó pasar por el rellano, y oyó sus pasos detenerse un momento, una pausa breve, la pausa específica de alguien que se ha detenido frente a algo y que considera si hacer algo con ello antes de decidir que no. Luego los pasos continuaron y el sonido de la puerta al cerrarse y sus botas en el sendero de grava alejándose hacia el puerto.

Elena salió al rellano.

La carpeta verde seguía en el baúl exactamente donde la había dejado. No había nada que indicara que nadie la había tocado. Pero los pasos de Lucas habían dudado exactamente ahí, en ese punto del rellano, frente al baúl, con la carpeta encima.

Elena la recogió.

La sopesó un momento en las manos, con el tacto del cartón descolorido y el elástico roto y el peso de lo que había dentro, que era más del que se esperaría de unos papeles ordinarios aunque tampoco era el peso de nada concreto todavía.

La volvió a dejar.

Bajó a preparar la comida.

La tarde llegó con más lluvia, la lluvia fina y constante que no tenía la urgencia del temporal pero que en esta costa tampoco tenía intención de parar, esa lluvia que forma parte del paisaje tanto como las rocas o el mar. Elena la escuchó desde la cocina mientras comía, con la mirada en el jardín trasero donde el manzano se movía levemente con el viento y el agua oscurecía la madera del porche.

Pensó en la pausa de Lucas frente al baúl.

No con urgencia. Lo pensó de la misma forma lateral en que había estado pensando en el hombre de las fotografías y en la inscripción del dorso: dejando que el dato estuviera ahí sin forzarlo hacia una conclusión que todavía no tenía los elementos necesarios para ser una conclusión real.

Lo que sabía era esto: Lucas llevaba cuatro años en esta casa dos veces a la semana. Conocía el rellano. Conocía el baúl. Si había algo encima del baúl que le importara, lo sabía desde antes de que Elena llegara. Y se había detenido un momento antes de seguir caminando.

También había preguntado por el cuarto del fondo con esa inflexión que no era curiosidad ordinaria. Era la pregunta de alguien que conoce ese cuarto de antes y quiere saber si Elena lo ha encontrado todavía.

Fregó los platos con el ritmo mecánico de siempre. Luego fue al salón, tomó la carpeta verde del rellano y la bajó a la cocina. La puso sobre la mesa. La miró durante un momento sin abrirla, con esa misma lógica que aplicaba al sobre del aparador: las cosas importantes merecen que uno llegue a ellas preparado y no simplemente porque están ahí.

Abrió la carpeta.

El elástico roto cayó al suelo. Elena lo dejó. Sacó el contenido con cuidado, separando los papeles por tipo con el gesto de quien ha pasado años clasificando documentos ajenos: facturas a un lado, correspondencia a otro, contratos si los había aparte.

Había un contrato.

Era el primero que encontró. Seis páginas de lenguaje notarial, los espacios rellenos a máquina, el papel más reciente que el resto de los documentos de la carpeta aunque tampoco era de ayer: el tipo de contrato que se firma en los años ochenta, con ese formato de escritura pública que no ha cambiado sustancialmente desde entonces.

Elena leyó la primera página.

Arrendamiento de parcela agrícola y edificación. Año 1985. La parte arrendadora: Concepción Vidal Ramos. La parte arrendataria: Manuel Martín Díaz.

Se detuvo.

Manuel Martín.

Lo leyó dos veces. Luego leyó las cláusulas estándar con la rapidez de quien sabe que las cláusulas estándar son el envoltorio y no el contenido, buscando lo que estaba fuera del molde. Lo encontró al final de la quinta página, añadido a mano con la letra de la abuela, diferente a la escritura mecanografiada del resto:

Las obligaciones derivadas de este contrato se transfieren, a la muerte del arrendatario, al menor bajo su custodia, sin condición ni plazo.

El menor bajo su custodia.