CAPÍTULO 2
El tercer día, Elena subió a las habitaciones de la planta alta.
No lo había hecho antes porque no había hecho falta, o eso se había dicho. La habitación de la abuela estaba abajo, al final del pasillo, y era suficiente con eso por el momento. Pero la verdad era más sencilla: entrar en las habitaciones de arriba era entrar en otra zona de la memoria, una zona más antigua y menos gobernada, y Elena había aprendido con los años a dosificar ese tipo de cosas. Entrar de golpe en un recuerdo era como entrar en agua muy fría. Mejor ir despacio.
Fue la segunda mañana sin lluvia la que lo decidió. No un pensamiento, sino el hecho físico de que la luz entraba por la ventana de la cocina con esa claridad limpia que solo aparece después de dos días de temporal y que hacía el polvo visible en el aire de la planta baja, partículas en suspensión que se movían cuando Elena se movía y que le recordaban que había otro piso encima esperando el mismo trabajo que ya había hecho abajo.
Subió con un cubo, un trapo y un bote de producto multiusos que había encontrado bajo el fregadero. La escalera crujía en el mismo peldaño de siempre, el tercero desde arriba, con un sonido corto y agudo que de niña la había convencido de que la casa respiraba. Ahora le pareció solo un clavo mal puesto. Ese ajuste de la percepción también era una forma de crecer: las cosas que de pequeña eran señales se volvían explicaciones.
El rellano olía a cerrado y a polvo y, por debajo de esas dos cosas, a algo más difícil de clasificar. No era desagradable. Era el olor de una casa que ha estado esperando, que es diferente al olor de una casa abandonada: la casa abandonada huele a rendición, a lo que queda cuando algo acepta que nadie va a volver. Esta casa no había aceptado eso. Esta casa olía a paciencia.
La carpeta verde seguía encima del baúl donde la había dejado el día anterior. Elena pasó por delante sin detenerse.
Había tres habitaciones en la planta alta. La de los huéspedes, que era donde Elena había dormido los veranos de infancia, con la cama de madera pintada de blanco y la ventana que daba al jardín trasero. El cuarto que la abuela llamaba el estudio, aunque Elena nunca lo había visto usarse para nada que se pareciera a trabajar: era más bien un almacén de cosas que no tenían sitio en otros lugares, sillas sin pareja, una máquina de coser que llevaba descatalogada desde los años ochenta, cajas de cartón apiladas hasta la mitad de la pared. Y el cuarto pequeño del fondo, el que daba al acantilado, que siempre había estado cerrado.
Elena empezó por la habitación de los huéspedes porque era la más sencilla.
Descorrió las cortinas. El polvo ascendió en una columna que la luz de la mañana volvió visible, partículas en suspensión girando despacio como si hubieran estado esperando exactamente eso, una corriente de aire que las pusiera en movimiento. Abrió la ventana. El frío entró de golpe, limpio y húmedo, con el olor del mar y de la tierra mojada después de la lluvia de la noche.
Quitó las sábanas de la cama. Las dobló con el gesto mecánico de quien ha doblado sábanas muchas veces y no piensa en ello. Las dejó en el suelo del pasillo. Pasó el trapo por la mesilla, por el cabecero, por el marco de la ventana. El polvo en el trapo era gris y compacto, el tipo de polvo que se acumula durante meses o años, no semanas.
Debajo de la cama había una caja de zapatos.
Elena la sacó sin pensar, con el mismo gesto automático de los días anteriores, el gesto de quien ordena mientras busca otra cosa. La caja era de cartón, reforzada en las esquinas con cinta adhesiva que se había amarilleado y despegado por los bordes. No tenía ninguna inscripción en el exterior.
La abrió.
Dentro había fotografías.
No álbum, sino fotografías sueltas, la clase que se revelaba en el laboratorio y se guardaba en sobres de papel encerado que con los años se volvían translúcidos. Elena se sentó en el borde de la cama desnuda con la caja en el regazo. Sacó las fotografías con cuidado. Eran quizás cuarenta, de distintos tamaños, en blanco y negro las más antiguas y en el color lavado y anaranjado de los años setenta las más recientes.
La abuela joven. Elena la reconoció aunque nunca la había visto así, con el pelo oscuro suelto sobre los hombros y una expresión que no encajaba con ninguna de las expresiones que Elena recordaba. No era exactamente alegría. Era algo más cercano a la despreocupación, el gesto de alguien que todavía no sabe lo que va a costarle.
Elena sostuvo esa fotografía durante un momento. La abuela tenía en ella una edad parecida a la suya, veintitantos años, la cara sin las arrugas que Elena conocía como la cara de la abuela de siempre. Era extraño: reconocerla sin reconocerla, saber que era ella y al mismo tiempo ver a una persona que nunca había existido en la memoria de Elena porque la memoria de Elena empezaba demasiado tarde. La abuela joven había ocurrido antes de que hubiera alguien que la recordara así.
Siguió pasando fotos.
Las décadas se ordenaban solas: el blanco y negro más antiguo, los tonos sepia intermedios, el color anaranjado de los setenta. La abuela en distintas edades, en distintos lugares de la casa y del pueblo, con distintas personas. Elena fue reconociendo algunas caras: Rosa, más joven pero inconfundible con esos ojos pequeños y precisos. Una mujer alta que podía ser la madre de alguien del pueblo, aunque Elena no sabía de quién. Un grupo en el muelle en lo que parecía un día de feria.
Había un hombre en varias de esas fotografías.
No era el abuelo. El abuelo de Elena había muerto antes de que ella naciera y solo lo conocía por los retratos formales del comedor de abajo, un hombre de traje y gesto serio que parecía incómodo delante del objetivo. Este hombre era distinto: alto, con las manos grandes de quien trabaja al aire libre, y una forma de estar junto a la abuela que no se parecía en nada a la distancia formal de las fotos del comedor. En una de las fotografías estaban sentados en las rocas del acantilado. La abuela miraba al mar y él la miraba a ella.
Elena examinó su cara durante un momento. No lo reconocía. No lo reconocía con la certeza de los desconocidos totales sino con esa otra certeza más incómoda, la de algo que podría reconocerse si hubiera suficiente contexto, como una palabra en un idioma que se conoce a medias.
Tenía las manos grandes. Las manos de un hombre que trabaja con ellas, con los nudillos marcados y los dedos gruesos, las uñas cortas y sin cuidado particular. En otra fotografía, de espaldas al mar, sostenía algo que Elena no llegaba a distinguir bien: podía ser una herramienta, podía ser un cabo de cuerda. Detrás de él, el faro en la cima del acantilado, reconocible incluso en el tamaño pequeño de la fotografía por la forma específica de la torre y por la blancura que sobresalía entre la roca oscura.
Elena no lo notó de inmediato. Lo notó en la segunda o tercera vez que pasó por esa foto, de vuelta a ella desde las siguientes, con esa atención lateral que a veces encuentra lo que la atención directa no ve.
El faro.
El hombre junto a la abuela. El faro detrás.
Siguió pasando fotos.
Encontró al bebé casi al final del fajo. Una sola fotografía, más reciente que las otras a juzgar por el color, aunque seguía teniendo ese tono anaranjado de los años setenta tardíos. Era un bebé de pocas semanas, envuelto en una manta de punto en el interior de lo que parecía ser la habitación que Elena estaba ahora mismo limpiando. La manta era clara, quizás blanca o amarilla, y el bebé dormía con los puños cerrados junto a la cabeza con esa firmeza específica de los recién nacidos, como si incluso en sueños se prepararan para algo.
No había nadie más en la fotografía. Solo el bebé y la habitación, la ventana al fondo con el acantilado apenas visible, la misma ventana que Elena acababa de abrir.
Dio la vuelta a la foto. En el dorso, con la letra de la abuela pero más temblorosa de lo habitual, como si la pluma se le hubiera resistido: Lo que el mar me dio.
Elena sostuvo la fotografía un momento más de lo necesario, con ese peso específico de los objetos que dicen algo que todavía no se entiende pero que el cuerpo ya ha registrado de alguna forma anterior a la comprensión.
La devolvió a la caja con las demás, cerró la tapa y la dejó encima de la mesilla.
Siguió limpiando. No porque la limpieza fuera en ese momento lo más urgente sino porque era lo que había venido a hacer y porque terminar lo que se empieza es la única forma de no quedarse atascada en el punto donde algo interrumpe el movimiento.
Pasó al estudio.
Las cajas del estudio eran del tipo que producen las casas de las personas que guardan todo porque no hay forma de saber qué va a ser importante algún día: recibos de suministros, cartas de banco, cuadernos con anotaciones de compras y gastos que en su momento habían tenido sentido y que ahora eran solo el registro de una economía doméstica que ya no existía. Elena las fue abriendo una por una con el gesto metódico de quien hace inventario, comprobando el contenido por encima, apilándolas junto a la puerta para revisarlas con más calma cuando llegara el momento. Habría que entregarlas al notario, o al menos dejarle elegir cuáles necesitaba.
La máquina de coser en el rincón tenía una funda de tela gris que Elena no levantó. Las sillas sin pareja las fue colocando en fila junto a la pared, no porque tuvieran un destino mejor sino porque el orden provisional era siempre mejor que el desorden. El armario empotrado del fondo estaba cerrado con una llave que no estaba en el cerrojo. Elena anotó mentalmente: llave del armario del estudio. La lista de cosas pendientes crecía con cada habitación. Era el tipo de herencia que se mide en tareas, no en objetos.
Cuando terminó con el estudio se quedó un momento en el umbral del rellano.
El cuarto pequeño del fondo.
La puerta era diferente a las demás: más estrecha, pintada de un verde más oscuro que el resto de las puertas de la casa, con el pomo de latón opaco por falta de uso. Elena la había mirado las otras veces que había pasado por el rellano sin detenerse. Siempre había estado cerrada, desde que ella tenía memoria. De niña le había preguntado a la abuela qué había dentro y la abuela había dicho que era un trastero, con esa neutralidad específica de las personas que dan una respuesta verdadera en términos estrictos pero incompleta en los que importan.
Elena se acercó.
Probó el pomo. Giró.
La puerta no estaba cerrada con llave. Solo estaba tiesa por la humedad, como todas las puertas de esa casa en invierno. Con un poco de presión cedió hacia adentro con un sonido de madera que se rinde.
La habitación era pequeña, como su nombre sugería, con el techo bajo que seguía la línea del alero y la ventana que daba al acantilado. Elena la había imaginado llena de cajas, de muebles rotos, de la acumulación anónima de los trasteros reales. No lo estaba. Estaba casi vacía.
Había un escritorio pequeño de madera oscura junto a la ventana, con un cajón lateral y la superficie libre de todo excepto una mancha circular pálida donde durante años había descansado algo redondo, una taza quizás, o una lámpara. Una silla de madera frente al escritorio, con el asiento de enea deshecho por el tiempo y la humedad. Y en la pared derecha, clavado con dos tachuelas oxidadas, un mapa de la costa cantábrica que había perdido el color en el centro pero que conservaba los bordes con suficiente definición para leer los nombres de los pueblos y las marcas de los fondeaderos.
Elena entró.
El suelo de madera crujió bajo sus pasos con un sonido diferente al del resto de la casa, más hueco, como si hubiera algo debajo que no era tierra compacta. Fue hasta la ventana.
Desde ahí se veía el acantilado directamente, sin el jardín de por medio como desde las otras ventanas de la planta alta. La roca oscura, los matorrales de tojo en los bordes, el sendero que bajaba hacia el puerto en el margen izquierdo. Y el faro, que desde ese ángulo y a esa distancia tenía una presencia diferente a como se veía desde el pueblo: más vertical, más definido, sin la perspectiva que lo reducía cuando uno lo miraba desde abajo.
Elena miró el faro durante un momento.
Luego miró el escritorio.
El cajón lateral no estaba cerrado. Dentro no había nada excepto un lápiz sin punta y una goma de borrar endurecida por los años. Lo cerró. Se quedó de pie en el cuarto pequeño un momento más, mirando el mapa en la pared, la mancha circular en el escritorio, la ventana con el acantilado.
No era un trastero. Era un despacho. Alguien había trabajado aquí, con vistas al faro y al mar, en algún momento de la historia de esta casa.
Salió y cerró la puerta detrás de ella.
Recogió el cubo y el trapo del rellano. Bajó al piso de abajo con esa manera de bajar que tenía cuando pensaba: despacio, con la mano en la barandilla, sin apresurarse. En la cocina se preparó un café que tardó en beber. Miró el sobre en el aparador desde la cocina, la E mayúscula más grande que el resto, el lacre rojo con su grieta.
Cinco días.
Fue a comer algo, porque era mediodía y el cuerpo lo pedía aunque la cabeza estuviera en otro sitio. Comió de pie junto a la encimera con la fotografía del bebé en la cabeza y el cuarto pequeño del fondo y el mapa de la costa con los fondeaderos marcados.
Lo que el mar me dio.
No eran piezas que encajaran todavía. Eran piezas que existían en el mismo espacio y que se miraban entre sí con la expectativa de algo que todavía no había llegado.
Fregó el plato. Fue al salón. Se sentó en el sillón de la abuela, que era un sillón de orejas con la tapicería azul descolorida, y se quedó mirando el aparador hasta que la tarde empezó a cerrar y tuvo que levantarse a encender la luz.