CAPÍTULO 1 #2
Fue a buscar la caja de herramientas que había visto en el armario del pasillo porque había una ventana en la planta de arriba cuyo cierre llevaba roto desde antes de que ella llegara, y si esta noche volvía la lluvia necesitaba que no se abriera sola.
Encontró otras cosas en ese armario antes de encontrar la caja de herramientas.
En el estante superior, detrás de una lata de pintura vieja y dos botes de aguarrás que habían perdido el tapón, había una carpeta de cartón verde desvaído. Elena la sacó sin pensarlo, con el gesto automático de quien ordena mientras busca otra cosa. Era una carpeta de acordeón con el elástico roto, el tipo que se usaba para guardar documentos antes de que existieran los archivadores de palanca. Pesaba más de lo que parecía.
La dejó sobre el primer escalón de la escalera mientras terminaba de revolver en busca de la caja de herramientas. Cuando la encontró —en el fondo del armario, debajo de un par de botas de agua que ya no le servirían a nadie— recogió también la carpeta y la subió al descansillo. La dejaría encima del baúl del rellano hasta que tuviera tiempo de examinarla. Había facturas por todas partes en esa casa, recibos de suministros, papeles de cuentas de banco que habría que entregar al notario. Podía esperar.
La carpeta esperó, encima del baúl, mientras Elena arreglaba el cierre de la ventana.
A las siete de la tarde, el porche crujió.
No fue el viento. Elena llevaba dos días aprendiendo el idioma de esa casa: los golpes en la ventana del norte cuando el aire venía del este, el silbido largo en la esquina del tejado cuando venía del mar, el crujido específico del suelo del pasillo dos pasos antes de llegar al baño que ocurría a intervalos irregulares sin ninguna causa aparente y que en las primeras noches la había despertado. Lo que oyó era otra cosa. El peso específico de una persona sobre la madera exterior. Pasos lentos que se detuvieron justo al otro lado de la puerta.
Abrió antes de que llamaran.
Lucas estaba bajo la luz del crepúsculo. Tenía el pelo mojado por el rocío de la tarde y una chaqueta de cuero gastada que Elena recordaba de otra época o quizás era una chaqueta diferente de la misma clase, el tipo de prenda que se repite en una persona como se repite una forma de caminar. Detrás de él, el sendero bajaba hacia el puerto entre la niebla que empezaba a formarse en las bases de los arbustos.
Diez años.
Elena había practicado mentalmente este encuentro en el tren, el día anterior, de madrugada cuando no podía dormir. Había practicado distintas versiones: la versión fría, la versión neutral, la versión de dos adultos que hace tiempo que dejaron de ser lo que fueron. Ahora que lo tenía delante no recordaba ninguna de esas versiones. Solo registraba detalles sin ordenarlos: que era más ancho de hombros de lo que recordaba, que tenía una cicatriz pequeña sobre la ceja derecha que no estaba antes, que sus manos —apoyadas en los costados, quietas— eran las manos de un hombre que trabaja con ellas.
No eran las manos de la memoria. Las manos de la memoria eran más jóvenes, sin los nudillos marcados, sin la piel endurecida por años de trabajo en madera y metal. Estas eran las manos de doce años de trabajo en la cala norte, y Elena las miró un segundo más de lo necesario antes de subir la vista.
—Sabía que estarías aquí —dijo él.
La voz era más grave. También eso había cambiado.
—Lucas. —Elena se apoyó en el marco de la puerta. Notó el frío del hierro a través de la manga del jersey—. No te vi en la iglesia.
—Los entierros de este pueblo son para los que necesitan aparentar que les importa. —Desvió un segundo la mirada hacia el interior de la casa, hacia el aparador del comedor, y luego volvió a mirarla a ella—. Tu abuela sabía quién pasaba las noches en el faro vigilando que las vigas no se pudrieran. No necesitaba que me vistiera de negro para saberlo.
Elena asintió. No porque estuviera de acuerdo, sino porque no sabía qué otra cosa hacer con eso.
El silencio que siguió no fue incómodo de la forma en que son incómodos los silencios entre desconocidos. Era otro tipo de incomodidad. El tipo que viene de demasiado contexto compartido y demasiado tiempo sin usarlo, como un idioma que uno aprendió de niño y no ha hablado en años: las palabras están pero el ritmo no. Elena notaba esa falta de ritmo en la forma en que colocaba los pies en el umbral, en cómo sostenía la taza, en la atención excesiva que ponía en cosas que no requerían atención porque era la única forma de no poner esa atención en Lucas y en los diez años entre los hombros que se rozaron en la ventana circular del faro y este umbral.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte? —preguntó Lucas.
—El necesario para cerrar esto. —Elena señaló con la cabeza el interior de la casa sin querer decir solo la casa—. Depende de lo que encuentre. O de lo que quede por resolver.
Lucas asintió despacio. Tenía los brazos cruzados. Miró hacia el sendero de grava, luego hacia el puerto, luego otra vez a ella, y en esa secuencia de miradas Elena reconoció algo que no supo nombrar. No era exactamente incomodidad. Era la expresión de alguien que lleva mucho tiempo esperando algo y todavía no sabe si va a ser bueno o malo cuando llegue.
—Ten cuidado con lo que revuelves en estas habitaciones —dijo, sin mirarla—. Mariposa Bay tiene la mala costumbre de no soltar lo que se queda estancado en los rincones. Si excavas demasiado, el suelo puede ceder bajo tus pies.
Se dio la vuelta y caminó hacia la niebla.
Elena permaneció en el umbral hasta que el sendero se lo tragó. El punto donde había estado él seguía oliendo a tabaco y a sal, una combinación que el viento tardó un momento en deshacer. Luego cerró la puerta, fue al aparador y se quedó de pie delante del sobre con las manos en los bolsillos.
Espera siete días.
Pensó en lo que había dicho Lucas. El suelo puede ceder bajo tus pies. No era una advertencia abstracta sobre Mariposa Bay y sus secretos. Era la frase de alguien que conoce el suelo específico del que habla, que sabe exactamente dónde cede y dónde no porque lo ha caminado suficientes veces.
Fue a apagar el fuego bajo el cazo, que llevaba rato hirviendo en seco.
Esa noche Elena durmió en la habitación de la abuela porque era la única donde había cambiado las sábanas. La cama era estrecha, de cabecero de hierro forjado, con un colchón que cedía demasiado en el centro. En la mesilla había un vaso de agua que Elena había llenado antes de acostarse y que no tocó en toda la noche.
No durmió mal. Durmió poco, que no es lo mismo. Se despertó tres veces: una por el viento, una por el sonido de algo en el jardín que resultó ser una rama de la higuera golpeando contra la pared, y una tercera vez sin ningún motivo aparente, a las cuatro de la mañana, con la certeza física de estar en un lugar equivocado que tardó varios segundos en identificar como la habitación de su abuela y no su piso de Madrid.
En el intervalo entre despertarse y reconocer dónde estaba, en ese segundo o segundo y medio antes de que el cerebro ordene la información disponible, Elena pensó en el faro.
No en el sobre. No en Lucas. En el faro: la ventana circular, el agua negra del puerto abajo, los hombros de alguien a su lado.
Luego el techo de la habitación se resolvió en lo que era —las vigas de madera oscura, la bombilla sin tulipa en el centro— y Elena se quedó mirándolo hasta que el viento amainó y el pueblo recuperó el silencio que los pueblos de costa tienen a esa hora: no el silencio de la ausencia, sino el del mar ocupándolo todo.
Pensó en la frase de Lucas: el suelo puede ceder bajo tus pies. Y pensó en que él había mirado el aparador del comedor antes de decirla. Había mirado exactamente el sobre en el aparador, con esa fracción de segundo que no era una mirada casual sino el reconocimiento de alguien que ya sabe lo que hay ahí y que lo ha sabido durante tiempo.
¿Cuánto tiempo llevaba el sobre en ese aparador? La abuela lo había escrito con anticipación, lo había sellado con lacre, lo había dejado en ese lugar exacto. Y Lucas pasaba por esa casa dos veces a la semana.
Eso también era una pieza. No sabía todavía con qué encajaba.
A las siete se levantó. Puso café. Miró el sobre desde la cocina.
Seis días.