CAPÍTULO 1
El cura llevaba el mismo hábito que en los entierros de cuando Elena era niña. Habló durante once minutos. Ella los contó.
No había forma de distinguir ese discurso del que habría pronunciado en cualquier otro entierro de cualquier otro pueblo del norte. Había palabras para el alma, palabras para el descanso, palabras para los que quedaban. Los que quedaban eran dieciséis personas alrededor de una fosa que el sepulturero había comenzado a cavar antes del amanecer, cuando la tierra todavía estaba helada. Elena lo sabía porque lo había oído desde la habitación de la abuela, donde había dormido las dos últimas noches: el ritmo del pico contra la greda, metódico y sin pausa, como el latido de algo que se niega a detenerse.
Buscó a Lucas entre los presentes sin querer buscarlo. El espacio junto al ciprés del ángulo sur estaba vacío. No le sorprendió.
El ataúd era de pino oscuro con herrajes de latón que la humedad de la mañana había empañado. Elena miró sus propias manos mientras lo bajaban. Tenía las uñas rotas por los dos días de limpieza y una pequeña costra de yeso en el dorso del índice derecho. La semana anterior había estado sentada en su oficina de Madrid corrigiendo las pruebas de una novela de quinientas páginas sobre una familia que no existía. Ahora estaba enterrando a la última persona de su familia que sí.
La piedra tarda en ceder, le había dicho la abuela una vez. Elena debía de tener doce años. Estaban sacando percebes de las rocas de la cala norte, con las manos metidas en el agua fría hasta las muñecas. No lo decía de las piedras.
Lo que Elena recordaba de esa mañana con los percebes no era el trabajo sino el frío y la voz de la abuela, su manera de hablar sin mirarla, como si algunas cosas solo pudieran decirse cuando los dos ojos estaban ocupados en otra cosa. La abuela tenía esa costumbre: decir las cosas importantes de lado, sin convertirlas en un evento, de forma que uno las recibía sin la presión de tener que responder de inmediato. Era una forma de querer a alguien que Elena no había aprendido a apreciar hasta demasiado tarde.
Rosa se acercó antes de que Elena pudiera alejarse del grupo. La tendera de la plaza, con el pelo blanco apelmazado bajo un pañuelo oscuro y las manos grandes y ásperas de quien carga cajas desde los cuarenta años. Le apretó el antebrazo sin soltar el apretón, mirándola con unos ojos pequeños que evaluaban y condolían al mismo tiempo, en proporciones que Elena no supo calcular.
—La abuela preguntó por ti el mes pasado —dijo Rosa—. No te digo esto para hacerte daño.
—Lo sé —respondió Elena.
Era verdad. La carta de septiembre había incluido ese detalle con la misma neutralidad clínica con que incluía los demás: el diagnóstico, los meses que quedaban según el médico, la dirección de la clínica donde estaría hasta el final. Elena lo había leído dos veces, había doblado el sobre con cuidado y lo había guardado en el cajón donde guardaba las cosas que no sabía qué hacer con ellas. Ese cajón estaba bastante lleno.
Había llamado. Dos semanas después de recibir la carta, un domingo por la mañana, con el café en la mano y la decisión tomada en el trayecto desde el dormitorio hasta la cocina. La abuela había cogido al tercer tono. La conversación duró dieciséis minutos, Elena lo sabía porque había mirado el reloj al colgar, con la costumbre profesional de registrar la duración de las cosas. Habían hablado del tiempo, de la calefacción que la clínica tenía demasiado alta, del libro que la abuela estaba intentando terminar con la vista que le quedaba. No habían hablado de lo que había entre las palabras: los nueve meses desde la llamada anterior, los diez años desde que Elena se había ido, la pregunta que la abuela no hacía y que Elena no respondía y que los dos sabían que existía aunque ninguno la nombrara.
Esa fue la última vez que hablaron.
Rosa la soltó y se alejó hacia el grupo de mujeres de la cofradía con la eficiencia de quien ha cumplido una obligación que llevaba tiempo aplazando.
Elena caminó hacia la salida. La verja de hierro del cementerio tenía un pomo de fundición que reconoció al tacto, con el mismo juego de holgura de siempre. Los objetos no envejecen de la misma forma que las personas. Ese pensamiento le pareció demasiado obvio para ser útil y lo descartó.
Pero siguió teniéndolo. Los herrajes de latón del ataúd con la humedad. El pomo con su juego de holgura. La grava del cementerio del mismo tamaño que siempre, el color específico de la piedra caliza local que era igual en este camposanto que en el acantilado y en las paredes del faro y en los muros del muelle. Todo lo inorgánico resistía. Todo lo inorgánico permanecía. Solo las personas cedían, con ese proceso lento e imparable que el médico describía en términos técnicos y que en realidad era simplemente el tiempo haciendo lo único que sabe hacer.
La casa quedaba quince minutos a pie por el sendero que bordeaba la costa. Elena lo hizo sola, con el abrigo negro que había comprado en Madrid tres días antes porque no tenía ninguno adecuado para un entierro. El cielo estaba cerrado, con nubes bajas que se pegaban a la ladera sin llegar a soltar la lluvia, y el mar, abajo a la derecha, tenía ese color plomo sucio de los días sin viento que a ella siempre le había parecido más amenazador que las tormentas. En las tormentas al menos el agua se mueve.
El sendero era el mismo. La grava del mismo tamaño, la curva antes del último tramo en el mismo ángulo, los mismos matorrales de tojo que arañaban si te acercabas demasiado al borde. Elena caminó rápido, con la cabeza baja, sin mirar el mar.
Al doblar la última curva, la casa apareció.
Era el tercer día que la veía pero seguía sin acostumbrarse. No a la dejadez, que esperaba, sino a cómo la dejadez alteraba la memoria. La casa de sus veranos de infancia era blanca y alta, con un jardín donde la abuela cultivaba tomates que nunca maduraban del todo porque el sol no daba lo suficiente, y una verja de hierro que chirriaba al abrirse con un sonido específico, casi musical, que Elena había creído olvidado hasta que lo oyó de nuevo el primer día y supo que no lo había olvidado en absoluto. La casa que tenía delante era una estructura más pequeña de lo que recordaba, con la pintura en costras y el jardín convertido en un territorio de ortigas altas que el viento doblaba hacia el sendero.
La verja chirriaba igual. Solo eso.
Entró. Dejó el abrigo en el perchero del pasillo, un mueble de roble oscuro que había estado en ese mismo lugar toda su vida, y se quedó un momento quieta en el umbral de la sala. Era una costumbre que había adquirido en los dos días anteriores: detenerse aquí, dejar que el espacio se ajustara a su presencia antes de moverse dentro de él. No sabía exactamente por qué lo hacía.
Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas. Todos menos el aparador del comedor.
Sobre el aparador había un sobre.
No se acercó todavía. Lo miró desde el umbral. El papel era grueso, un poco rígido, con el lacre rojo agrietado por los meses de humedad. La caligrafía del nombre en el exterior era inconfundible: la letra de la abuela, inclinada a la derecha, con la E mayúscula más grande que el resto, como si el nombre requiriera más espacio del que le daban las normas ordinarias de la escritura.
Elena se quedó mirando ese nombre durante un momento más del necesario.
Había un detalle en el sobre que le costó un poco identificar: la humedad había curvado levemente las esquinas del papel hacia arriba, con esa curvatura específica que producen los meses de estar en un sitio que tiene demasiada humedad para el papel pero no la suficiente para destruirlo. La abuela había puesto ese sobre ahí sabiendo que tardaría en ser abierto. Lo había puesto en el aparador del comedor, en el centro, donde era imposible no verlo, pero lo había sellado con lacre de la forma en que se sellan las cosas que no deben abrirse antes de tiempo.
Era una instrucción en forma de objeto.
Fue a la cocina y puso agua en el cazo pequeño.
Mientras esperaba, se apoyó en el filo de la encimera y miró por la ventana el jardín trasero. Había un manzano que ella recordaba como enorme y que resultó ser un árbol de tamaño normal, quizás incluso pequeño. Las manzanas de ese árbol eran amarillas y agrias, y la abuela las usaba para hacer una compota que ponía en el desayuno de los sábados con una generosidad que no tenía en otras circunstancias. Elena no había pensado en esa compota en diez años. Ahora no podía dejar de pensar en ella.
En el árbol cargado todavía de manzanas que nadie iba a recoger ese año. En la compota que nadie iba a hacer. En el desayuno de los sábados que existía en su memoria con una nitidez que no tenía ninguna otra memoria de esa época: el cuenco de cerámica azul, la cuchara con el mango de madera, la cocina en invierno con el vapor de la ventana. Detalles que no habían parecido importantes cuando ocurrían y que ahora eran lo único que quedaba.
Era el tipo de pérdida que no se procesaba de una vez. Era el tipo de pérdida que aparecía cuando uno miraba un manzano desde una ventana de cocina.
Volvió a la sala con la taza. Tomó la nota que estaba junto al sobre. La leyó de pie, con la taza en la mano, sintiendo el calor de la porcelana en los dedos.
Para cuando el ruido del entierro termine y te quedes a solas con las paredes. No lo abras todavía, pequeña. Espera siete días. Deja que el mar devuelva lo que es suyo antes de romper el sello.
La abuela había escrito pequeña. Elena tenía veintiocho años. Dobló la nota con cuidado y la guardó en el bolsillo del jersey. Tomó el sobre, lo sopesó, notó el relieve del papel grueso bajo los dedos, el lacre rojo con su grieta diagonal. Lo dejó exactamente donde estaba.
Siete días.