Ecos del faro
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PRÓLOGO
El verano que Elena tenía dieciocho años, el agua del Cantábrico tardó hasta julio en calentarse lo suficiente para nadar. Lucas lo sabía porque llevaba la cuenta: se metía cada mañana desde el uno de junio, sin excepción, hasta que el frío dejaba de doler y empezaba simplemente a estar. Era una distinción en la que Elena nunca había reparado hasta que él se la explicó. Hay una diferencia, le dijo, entre lo que duele y lo que es.
Era el último verano. Ella no lo sabía todavía, o sí lo sabía y todavía no se lo había dicho a sí misma, que es otra forma de no saber.
La noche que Elena no ha olvidado en diez años ocurrió a finales de agosto, cuando la luz ya empezaba a acortarse y el pueblo olía a sardinas asadas y a madera mojada. Habían subido al faro porque Lucas tenía que revisar las bisagras de la trampilla del desván, una tarea que la abuela le encargaba cada final de verano y que él hacía sin que nadie se lo pidiera dos veces. Elena fue porque no había otro sitio donde estar. Eso también era una forma de estar en un sitio.
Subieron en silencio. El haz de la linterna de Lucas recortaba los peldaños de hierro y Elena subía fijándose en sus manos, en cómo las apoyaba en el pasamanos con una presión medida, cómo no se aferraba sino que simplemente tocaba para orientarse. Lo había observado hacer eso muchas veces sin registrar que lo observaba.
Revisó las bisagras. Tardó doce minutos. Elena se sentó en el borde de la ventana circular y miró el puerto, las luces pequeñas y anaranjadas de las casas del muelle, el agua negra debajo. Cuando Lucas terminó se sentó a su lado. No había espacio suficiente para que sus hombros no se tocaran.
No pasó nada.
O pasó una sola cosa, pequeña y sin palabras: en un momento dado, Elena volvió la cabeza hacia él y él ya la estaba mirando. Eso fue todo. Ninguno habló. Ninguno se movió. El faro siguió girando en la cámara superior, proyectando su luz sobre el mar con la indiferencia de las cosas que llevan mucho tiempo haciendo lo mismo.
Elena bajó primero. Caminó de vuelta a la casa de la abuela con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y no durmió bien esa noche, ni la siguiente, ni la del final de semana. El lunes dijo que se iba a Madrid. La abuela la miró durante un segundo más de lo necesario antes de asentir.
Lucas no preguntó por qué.
Eso fue lo que Elena se llevó consigo durante diez años: no lo que ocurrió en el faro, sino que él no preguntó. Como si ya lo supiera. Como si la respuesta hubiera estado siempre en el espacio entre sus hombros, en la ventana circular, en el agua negra del puerto, y ninguno de los dos hubiera necesitado nombrarla para cargar con su peso.