Capítulo 16
El Legado Escocés
Edimburgo los recibió con una lluvia fina y un cielo de plomo.
Las calles empedradas parecían arrastrar historias olvidadas, y cada rincón olía a musgo, historia…
y peligro. Eleanor descendió del tren con el corazón oprimido.
Esta ciudad guardaba un secreto personal.
Aquí había crecido su madre… y aquí, según los registros, desapareció su padre.
—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Lydia, mientras ajustaba su gabardina.
—Sí —respondió Eleanor sin titubear—. El último fragmento fue custodiado por los Heraldos del Alba, una rama disidente de la Orden que se instaló en las Highlands. Pero el fragmento fue escondido antes de su extinción, y solo alguien de sangre directa podría encontrarlo.
Marcus consultaba su móvil.
—He cruzado registros antiguos con mapas de criptas y túneles ocultos en el centro histórico. Todo apunta a la Catedral de St. Giles… justo debajo de su cripta principal.
Esa noche, disfrazados de historiadores, ingresaron a la catedral. El guardia nocturno, convencido por una credencial falsa, les permitió una inspección “autorizada”. Con faroles de mano, descendieron a las criptas, donde la piedra húmeda susurraba en silencio.
Tras remover una lápida, encontraron una escalinata que descendía más allá de lo cartografiado. Allí abajo, una cámara octogonal se abría ante ellos. En el centro, un altar de piedra cubierta con inscripciones celtas.
Sobre él, una urna sellada con lacre rojo y un símbolo familiar: el ave fénix invertida.
Eleanor extendió la mano. Marcus la detuvo.
—Podría estar protegida.
—Lo está —dijo ella—. Pero esta vez… estoy lista.
Al tocar la urna, un resplandor se alzó desde el altar, y las paredes comenzaron a temblar. De la urna emergió una figura intangible: el espectro de un hombre de ojos intensos. Eleanor palideció.
—Padre… —susurró.
La figura habló sin mover los labios.
—El conocimiento tiene precio. El último fragmento exige más que sangre. Exige elección.
—¿Qué elección? —preguntó Lydia.
—Sacrificar lo que más se ama… o entregar la verdad al enemigo.
Eleanor tembló. La urna se abrió. Dentro, el fragmento triangular brillaba… esperando.
(Continuará...)
El silencio pesaba como una lápida. Eleanor mantenía la mirada fija en el espectro de su padre, cuya imagen parecía disolverse en la bruma espectral de la cámara. La urna, abierta, pulsaba con un leve resplandor rojizo que parecía responder al latido de su corazón.
—No puedo sacrificar lo que amo —murmuró Eleanor, con la voz quebrada.
—Entonces la verdad quedará sellada —replicó la figura—. El Guardián se alzará sin oposición.
Marcus y Lydia se miraron con angustia. Lydia avanzó un paso.
—¿Y si tomamos el fragmento por la fuerza? ¿Y si esa elección… no es más que una ilusión?
El espectro levantó una mano y la sala entera tembló. La urna se cerró de golpe. Un muro de fuego espectral se alzó entre ellos y el altar. El espectro habló con tono grave:
—No es ilusión. El Umbral solo se abre con sacrificio.
Eleanor cayó de rodillas. El peso de todas sus decisiones, las muertes, las verdades reveladas y los rostros que había dejado atrás, caían ahora sobre ella.
—Hay algo que puedes ofrecer —dijo el espectro—. No es una vida… es una promesa. Una renuncia.
—¿Renuncia a qué? —preguntó ella.
—A tu linaje. A tu derecho de continuar con la Orden. Si aceptas portar el conocimiento, debes dejar de ser heredera. Serás exiliada del linaje Grey. El fragmento será tuyo… pero ya no llevarás su nombre.
Un silencio largo se instaló.
Lydia susurró:
—Eleanor… no tienes que hacerlo. Podemos buscar otra forma.
—No hay otra forma —intervino Marcus—. Él lo sabe. Lo supo siempre.
Eleanor se puso de pie. Se acercó a la barrera de fuego. Cerró los ojos. Y susurró:
—Acepto.
El fuego se extinguió. La urna volvió a abrirse. Y el fragmento flotó hacia ella, posándose sobre sus palmas abiertas.
El espectro sonrió levemente, como un padre que se despide.
—Entonces… el Umbral puede abrirse.
La sala vibró. El símbolo del ave fénix se encendió en la piedra, y una abertura secreta se reveló detrás del altar.
—¿Qué hay ahí? —preguntó Lydia.
—El Camino Final —dijo Eleanor—. Y el Guardián nos espera.