Ecos de Una Sospecha (Sombras En El Tamesis 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

El Espejo de Praga

El frío de Praga los envolvió apenas pisaron la estación central.

La ciudad, entre gótica y melancólica, parecía murmurar bajo la niebla.

Eleanor, aún afectada por la visión en El Cairo, avanzaba con el rostro tenso, decidida pero alerta.

Marcus había conseguido los planos de un edificio abandonado que alguna vez perteneció a la rama praguense de la Orden.

—Aquí fue donde se ocultó el segundo fragmento —explicó mientras caminaban—. Se llama el Espejo de Praga… pero no es un espejo común. Es un artefacto ritual que proyecta no la imagen, sino el alma del portador.

Lydia arqueó una ceja.

—Eso suena escalofriante.

—Lo es —dijo Eleanor—. Y también peligroso. Si el Guardián puede rastrear nuestros movimientos, el espejo podría delatarnos si lo usamos mal.

Esa noche, entraron al edificio en ruinas con linternas y un mapa escaneado del subsuelo. Tras un pasadizo oculto, descendieron a una sala circular cubierta de vitrales rotos y paredes ennegrecidas.

En el centro, sobre una base de obsidiana, reposaba una losa rectangular de cristal ahumado. No reflejaba nada. Ni siquiera sus sombras.

Marcus murmuró:

—Debemos activar el espejo con un pensamiento verdadero. Uno que no pueda ser falsificado.

Eleanor se acercó. Cerró los ojos. Y en voz baja dijo:

—“Soy hija del dolor. Pero también de la verdad.”

El espejo brilló. En su superficie apareció una escena: un hombre encapuchado entregando un códice a una mujer con un anillo idéntico al de Eleanor. Era su madre. Lydia jadeó.

—¡Eso es… el momento en que ella ocultó el fragmento!

Una grieta se abrió en la base. Y dentro, como envuelto en cenizas, apareció el segundo fragmento del mapa: ovalado, grabado con símbolos praguenses y una frase en latín:

—“Veritas vult sanguinem.”

—La verdad exige sangre —tradujo Marcus.

Pero antes de que pudieran celebrarlo, un estruendo resonó en la superficie. Voces, pasos apresurados. Lydia apagó la linterna.

—Nos han seguido.

Eleanor guardó el fragmento. Esta vez no habría escape sin luchar.

El eco de los pasos se intensificaba. Eleanor, Lydia y Marcus se agazaparon tras un muro derrumbado mientras tres figuras descendían por el pasillo lateral.

Llevaban ropas oscuras, máscaras lisas, y se comunicaban por gestos.

Uno de ellos portaba un extraño bastón tallado con símbolos parecidos a los del Guardián.

Lydia apuntó con su pistola, pero Eleanor la detuvo con un gesto.

—Aún no —susurró—. Veamos quiénes son y qué buscan.

Los intrusos se acercaron al pedestal vacío. Uno de ellos tocó el borde aún tibio del Espejo de Praga. Hizo un gesto seco. Molesto. Otro extrajo una pequeña esfera metálica del cinturón y la colocó sobre la losa.

—Van a destruirlo —murmuró Marcus.

—No. Van a sellarlo para que nadie más lo use —respondió Eleanor.

No podían permitirlo. Ese espejo era una conexión con el pasado. Con su madre. Con las decisiones que aún no comprendían del todo.

Eleanor se alzó de golpe y disparó al aire. Los tres enmascarados se giraron al unísono. Lydia abrió fuego mientras Marcus lanzaba un objeto de distracción que llenó la sala de un humo espeso.

La lucha fue breve pero brutal. Uno de los atacantes fue abatido, otro logró escapar. El tercero, herido, quedó a merced de Eleanor.

—¿Quién eres? ¿Quién los envió?

El hombre se quitó la máscara. Su rostro estaba marcado con cicatrices y su mirada era vidriosa.

—La Verdad no necesita guardianes —susurró—. Pero ustedes la convirtieron en un arma.

Y antes de que pudieran detenerlo, mordió algo oculto en su muela. Cianuro. Cayó sin vida.

El silencio regresó. Eleanor temblaba.

—Esto va más allá de la Orden —dijo Marcus—. Hay una guerra secreta entre facciones que quieren controlar lo incontrolable.

—Y nosotros estamos en medio —añadió Lydia.

Eleanor guardó el segundo fragmento junto al primero. Aún quedaba un destino más. Uno que siempre había temido: Edimburgo.