Capítulo 17
El Guardián del Umbral
La abertura detrás del altar conducía a un túnel angosto, tallado en piedra viva. El aire era denso, cargado de una energía ancestral que parecía vibrar en cada paso. Eleanor caminaba al frente, seguida por Marcus y Lydia, sus pasos resonaban como tambores ceremoniales.
Al final del pasadizo, un umbral de piedra negra con símbolos antiguos se alzaba como una puerta entre mundos. Las tres piezas del mapa comenzaron a brillar desde el interior del bolso de Eleanor, fusionándose en una luz dorada que se elevó hacia la bóveda.
El umbral se abrió.
Dentro, una cámara circular tallada en obsidiana resplandecía con una luz interna. En el centro, sobre un trono de raíces petrificadas, yacía una figura: el Guardián.
Tenía el cuerpo de un hombre, pero sus ojos ardían como carbones encendidos. Sus venas eran hilos de luz azulada, y su voz era un eco que hablaba directamente al alma.
—Han llegado tarde.
Eleanor dio un paso al frente.
—Hemos llegado cuando era necesario. Sabemos lo que eres. Sabemos lo que se selló hace siglos.
El Guardián se levantó. Sus pasos no hacían ruido. Cada palabra que decía estremecía la piedra.
—No fui sellado. Fui invocado. Por los tuyos. Por aquellos que querían poder sin consecuencias. Ahora exigen redención… pero no traen sacrificio.
—Traemos verdad —dijo Lydia—. Traemos la elección.
El Guardián alzó la mano. Una visión se proyectó sobre las paredes: ciudades en ruinas, fuego, el símbolo del Fénix Negro esparcido sobre los continentes.
—Esto es lo que vendrá si me destruyen. Porque yo contengo lo que vendrá después.
Marcus lo miró con horror.
—¿Entonces tú no eres la amenaza? ¿Eres el sello de algo peor?
El Guardián asintió.
—Soy la puerta cerrada. Y ustedes tienen la llave. Si deciden destruirme… algo más vendrá.
Eleanor tembló. Miró los fragmentos brillando en su mano.
—¿Y si te contenemos? ¿Si no abrimos el umbral… pero tampoco te destruimos?
—El precio será alto. Deberán dividir el conocimiento. Deberán separarse. Cada uno llevará una parte. Y no podrán reencontrarse jamás.
Un largo silencio. Lydia apretó la mano de Eleanor.
—Estoy dispuesta.
Marcus también asintió.
Eleanor sintió lágrimas en los ojos. Pero supo que era la única forma.
—Entonces así será.
Los fragmentos se dividieron, entrando en el pecho de cada uno. El Guardián cerró los ojos. La sala vibró una última vez… y el umbral se selló tras ellos.