Capítulo 3
El Enigma de Blackwell
La lluvia caía como un presagio sobre el tejado de Blackwell Hall.
Desde su estudio en la torre oeste, Lord Henry Blackwell observaba cómo las gotas se deslizaban por los cristales con la misma cadencia que los recuerdos en su mente.
Tenía una copa de brandy en la mano y un antiguo mapa de Londres extendido frente a él.
Sobre una esquina del papel, una flor de cera negra: el sello de la Orden.
El fuego crepitaba en la chimenea, pero no bastaba para disipar el frío que se había instalado en su pecho desde que Eleanor Grey reapareció en su vida. Sabía que ella removería los cimientos. Sabía que con cada paso suyo, la verdad se acercaría como una fiera hambrienta.
En su escritorio reposaban tres cartas. Una de ellas era reciente: un nuevo mensaje de la Orden, exigente y críptico.
Las otras dos eran más antiguas. Una escrita por su padre, poco antes de morir en circunstancias sospechosas.
La otra, por alguien cuyo nombre Blackwell aún no se atrevía a pronunciar.
—No puedes permanecer neutral, Henry —susurró para sí mismo, leyendo la carta de su padre—. El equilibrio depende de ti.
Fue entonces cuando un sirviente llamó a la puerta.
—Mi lord, un visitante. No ha dado su nombre, pero dice tener un mensaje de Ashcroft.
Blackwell se puso de pie. Su rostro no mostró sorpresa, pero sus ojos sí un destello de alarma.
—Hazlo pasar —ordenó, mientras guardaba rápidamente las cartas en el doble fondo de un cajón.
Un hombre alto, de abrigo largo y sombrero gris, entró al estudio. En sus manos, una caja de madera barnizada.
—Ashcroft quiere asegurarse de su lealtad —dijo el mensajero con voz monótona.
Blackwell abrió la caja lentamente. Dentro, un relicario con el símbolo del fénix grabado y una hoja plegada.
"No olvides tu juramento. La sangre recuerda lo que la mente desea borrar."
Blackwell cerró la caja con fuerza. Sabía que el pasado había vuelto a tocar la puerta… y esta vez no se marcharía sin cobrar su precio.
Esa noche, ya sin visitas, Blackwell encendió una vela en su estudio y descendió por una escalera estrecha detrás del tapiz de un león rampante. Pocos sabían de aquel pasadizo secreto que conectaba la torre con la cripta familiar, construida mucho antes que la actual mansión.
La humedad y el silencio parecían susurrar nombres olvidados. Al llegar a la cripta, encendió dos candelabros de hierro y se acercó al altar central. Allí, sobre una lápida sin nombre, colocó el relicario recién recibido.
—Padre… —murmuró con una mezcla de respeto y rencor—. Tú me lo enseñaste todo, pero jamás me dijiste qué debía hacer cuando la verdad y la lealtad se convirtieran en enemigos.
La vela parpadeó, como si el espíritu del pasado respondiera. Henry sacó del bolsillo interior de su abrigo un retrato. Una mujer joven, de cabellos oscuros y expresión indomable. Eleanor, con apenas dieciocho años. La única vez que la había visto vulnerable.
Aquella noche en Ashbourne Manor… la había salvado. Y al mismo tiempo, la había traicionado.
Cerró los ojos. Recordó la noche exacta. Eleanor, perdida en los pasillos subterráneos, huyendo de un ritual que no debía presenciar. Él la había encontrado. Había evitado que los demás supieran. Pero a cambio, le pidió silencio eterno. Le pidió que se olvidara. Y ella… lo hizo. A su manera.
—Y ahora estás de vuelta —dijo al aire—. Y cada paso que das me acerca a la ruina… o a la redención.
Tomó el relicario y lo guardó en su pecho. En el altar, dejó una única palabra escrita con tiza blanca: “Elegido.”
Cuando regresó a la torre, la vela ya se había consumido. Pero el fuego en sus ojos apenas comenzaba a arder.
Al amanecer, Blackwell abandonó su mansión y se dirigió, bajo nombre falso, a un convento abandonado en las afueras de Kensington. Nadie visitaba ese lugar desde hacía más de veinte años, y sin embargo, la verja oxidada estaba abierta como si alguien lo esperara.
Cruzó el umbral del edificio y avanzó entre muros agrietados y vitrales rotos. Las campanas ya no repicaban allí, pero el eco de las antiguas plegarias aún parecía flotar en el aire.
En la capilla central lo aguardaba una figura encapuchada, sentada en uno de los bancos. Blackwell no necesitó ver su rostro para saber quién era.
—Has roto el silencio —dijo la figura.
—La Orden lo ha hecho antes que yo —respondió Blackwell.
El encapuchado se giró lentamente. Era un anciano de mirada clara y voz afilada.
—¿Viniste a confesar o a prevenir?
—A advertir —contestó Henry—. Eleanor está involucrada. Y también Lydia Fairfax. El círculo se cierra.
El anciano se puso de pie y sacó de entre sus ropas un anillo de oro antiguo con el emblema del fénix.
—Entonces sabes lo que eso significa. El juego ha comenzado, Henry. Y ya no hay piezas inocentes en el tablero.
Blackwell recibió el anillo con resignación. Al colocárselo, un estremecimiento recorrió su espalda. Era como si una parte de sí que había dormido durante años, despertara al fin.
—Estoy dentro —dijo en voz baja.
—Siempre lo estuviste.
Afuera, la lluvia comenzaba otra vez. Y con ella, los ecos de un pasado que ya no podía enterrarse más.