Capítulo 2
La Voz del Cuervo
El periódico La Voz de Londres apenas había comenzado a imprimirse aquella mañana cuando Lydia Fairfax, envuelta en su abrigo color esmeralda, ya se abría paso entre los puestos del mercado de Covent Garden.
Las calles estaban húmedas, y los adoquines reflejaban una ciudad que aún no despertaba del todo.
Pero sus pasos eran firmes. Su intuición, más aguda que nunca.
Había recibido un mensaje codificado en su ventana la noche anterior. Cuatro líneas de un poema medieval escritas en tinta azul. Ninguna firma. Ninguna explicación. Solo una frase destacada al final: "El cuervo sabe dónde caen las máscaras."
Al llegar a la cafetería donde solía reunirse con su informante, lo encontró ya en su mesa habitual. Un hombre delgado, con sombrero gris y acento irlandés.
—Lydia —murmuró sin mirarla—. Han despertado. No lo entiendes todavía, pero estás dentro. Muy dentro.
—¿Quiénes han despertado? ¿La Orden? ¿El Fénix Negro? ¿Qué significa todo esto?
Él sacó un sobre de su abrigo y lo deslizó hacia ella como si fuera veneno.
—Esto es más antiguo que la Reina misma. Y más peligroso que cualquier revolución. Blackwell está involucrado. Ashcroft también. Y ahora tú. Es una red, Lydia. Una telaraña. Si tiras de un hilo, puede que toda la ciudad se derrumbe.
Lydia abrió el sobre. Dentro había una fotografía antigua: una reunión secreta en lo que parecía una sala abovedada. Un símbolo grabado en la pared: el fénix negro con las alas extendidas. Y al pie de la imagen, una nota escrita a mano:
“Ashbourne no olvida.”
La joven periodista sintió un escalofrío. La niebla, afuera, empezaba a engullir los faroles del mercado. Pero dentro de ella, algo ardía con una fuerza que no había sentido jamás: el hambre por la verdad.
“Sigue al cuervo…” se repitió mentalmente. Y comprendió que no estaba sola.
Lydia guardó la fotografía y salió de la cafetería con paso apresurado.
Tenía que llegar a su oficina antes de que la redacción se llenara.
Sabía que lo que llevaba entre manos no podía caer en oídos equivocados.
A esas horas, solo el editor nocturno, el viejo Mr. Rudge, de mirada severa y corazón de periodista puro, se encontraba revisando las pruebas de impresión.
—Buenos días, señorita Fairfax —murmuró sin apartar la vista de los papeles—. Hoy también llega antes que el sol.
—Y con algo que podría oscurecerlo —respondió Lydia, dejando la fotografía sobre su escritorio.
Mr. Rudge se ajustó las gafas y observó la imagen detenidamente.
—¿Dónde obtuvo esto?
—Una fuente confiable. Si lo que dice es cierto, estamos ante algo que va más allá del sensacionalismo. Es una sociedad secreta, con raíces antiguas y miembros influyentes. Blackwell, Ashcroft… y quién sabe cuántos más.
—¿Y cuál es su plan, Lydia?
—Descubrirlo todo. Escribirlo todo. Aunque tenga que hacerlo con seudónimo. Aunque tenga que publicar fuera del país.
El editor se quedó pensativo, luego asintió lentamente.
—Prepárese. Si lo que sugiere es verdad, no solo está cavando una historia… está abriendo una tumba.
Esa noche, Lydia volvió a su apartamento en Bloomsbury con más preguntas que respuestas.
Pegó la fotografía en la pared sobre su escritorio, junto a recortes de periódico, líneas rojas, mapas del centro de Londres y pequeñas notas manuscritas.
En el centro, un símbolo: el fénix negro.
Y bajo él, una palabra que ahora empezaba a resonar con fuerza en su mente: Ashbourne .
Una ráfaga de viento golpeó la ventana. Lydia se giró, inquieta. En el alféizar, una pluma negra. No había cuervos cerca. No había árboles.
Solo la noche. Y un mensaje silencioso.
El amanecer del día siguiente trajo consigo una densa niebla que parecía tragarse las calles del centro.
Lydia, decidida a conseguir más respuestas, se dirigió a la Biblioteca Real del Museo Británico.
Allí, entre columnas de mármol y estantes infinitos, había encontrado antes documentos olvidados por el tiempo…
y ahora, esperaba hallar pistas sobre la Orden.
Mientras recorría las filas de libros antiguos, un ejemplar encuadernado en piel oscura llamó su atención. No tenía título, solo un símbolo grabado en bajo relieve: el fénix negro. Al abrirlo, una hoja se deslizó fuera, cayendo al suelo. No era parte del libro. Era una carta.
"Si has llegado hasta aquí, estás más cerca de lo que imaginas. No confíes en nadie. Ni siquiera en los que buscan lo mismo que tú. Cuando leas esto, observa el cuadro de la sala oriental. Él te verá."
El corazón de Lydia latía con fuerza. Levantó la vista. A unos metros, en la sala oriental, colgaba un retrato de una mujer victoriana con mirada severa. Pero no estaba sola.
—Interesante elección de lectura —dijo una voz tras ella.
Lydia giró bruscamente. Frente a ella, la inspectora Eleanor Grey.
—Usted es... —comenzó Lydia.
—Eleanor Grey, Scotland Yard. He leído sus artículos, señorita Fairfax. Más de una vez ha pisado los mismos terrenos que yo. Y hoy, ambas lo estamos haciendo otra vez.
Durante unos segundos, ninguna dijo palabra. Solo la respiración silenciosa de los libros.
—¿Está investigando a la Orden? —preguntó Lydia.
Eleanor asintió, lentamente.
—Y creo que usted también. Propongo que dejemos de pisarnos los talones… y empecemos a compartir lo que sabemos. Aunque sea solo por esta vez.
La periodista dudó. Pero en sus ojos vio algo más que autoridad: vio heridas. Preguntas sin respuesta. Una historia compartida.
—De acuerdo —susurró Lydia—. Pero pongamos las reglas claras: si alguna de las dos miente, todo se acaba.
Eleanor esbozó una leve sonrisa.
—Hecho.
Allí, entre libros polvorientos y símbolos ocultos, comenzó una alianza improbable. El cuervo y la inspectora. La verdad y la justicia, caminando sobre un mismo filo.
Afuera, el cielo se tornaba ceniza mientras Londres se sumía en un extraño silencio. Dentro de la Biblioteca Real, Eleanor y Lydia ocuparon una mesa apartada, lejos de ojos curiosos. Eleanor extendió sobre la madera una carpeta de cuero con varios documentos clasificados.
—Esto lo encontré en los archivos cerrados del Ministerio del Interior. Informes sobre desapariciones entre 1865 y 1870. Todas relacionadas con un grupo llamado La Orden del Fénix Negro .
Lydia revisó uno de los papeles. Un nombre le llamó la atención de inmediato:
—¿Arthur Ashcroft? ¿El mismo político que aspira a primer ministro?
—Él mismo —respondió Eleanor con gravedad—. Su padre fue uno de los fundadores de la Orden. Y Arthur, según estos registros, fue testigo de un ritual en Ashbourne Manor siendo apenas un niño.
—Eso explicaría por qué su nombre apareció en la nota del cadáver —murmuró Lydia.
Eleanor asintió.
—Y por qué ahora, tantos años después, alguien está desenterrando aquello que creímos enterrado para siempre.
Antes de que pudieran seguir, un sonido seco rompió el momento: un libro cayendo del estante superior, sin que nadie lo hubiera tocado. Ambas se pusieron de pie al instante.
Eleanor caminó hasta el libro caído. Era otro volumen sin título, cubierto de polvo. Al abrirlo, una nota más cayó al suelo. Esta vez, con un símbolo diferente: un ojo abierto dentro del círculo del fénix.
"No todo lo que arde muere. No todo lo que calla se olvida. Ya están entre ustedes."
La letra era idéntica a la de la nota hallada en el cuerpo junto al Támesis.
—Nos están observando —dijo Lydia con un nudo en la garganta.
Eleanor guardó el mensaje en su abrigo.
—Y nosotros también empezamos a ver. Es hora de adelantarnos a sus movimientos.
Se miraron con determinación. Dos mujeres decididas a abrir las puertas del pasado, aunque supieran que del otro lado no habría luz, sino un fuego oscuro que amenazaba con consumirlo todo.