Ecos de Una Sospecha (Sombras En El Tamesis 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Bajo el Espejo del Parlamento

Arthur Ashcroft caminaba con pasos medidos por los pasillos alfombrados del Palacio de Westminster.

Vestía su mejor chaqué, llevaba una flor blanca en la solapa, y su sonrisa pulida no mostraba la mínima grieta.

Pero por dentro, cada palabra dicha en los salones de poder era una amenaza velada. Y cada mirada, una advertencia.

Esa mañana, antes de salir de casa, había recibido una nota en el buzón de su biblioteca privada. Pocas palabras, pero de impacto inmediato:

“Tú también fuiste elegido. Y no hay retorno desde Ashbourne.”

No firmada. No sellada. Pero él sabía. Sabía que alguien lo había descubierto.

—ministro Ashcroft —lo saludó una joven asistente del Parlamento—. Lord Blackwell preguntó si iría al almuerzo privado del Comité de Defensa.

—Dígale que sí. Y espero que sea discreto —respondió, sin detenerse.

En su despacho, cerrado a cal y canto, desdobló una hoja de papel con líneas trazadas a mano.

Era un plano. Un mapa de pasajes subterráneos que partían del Támesis y se ramificaban hacia el centro político de Londres.

Una red antigua. Una que la Orden usaba desde hacía siglos para moverse en la sombra.

Ashcroft se pasó la mano por el cabello, inquieto. No sabía cuánto tiempo más podría mantener el equilibrio entre lo que mostraba al mundo y lo que realmente ocultaba.

En ese momento, su secretario tocó la puerta.

—¿Sí? —preguntó con voz seca.

—Ha llegado una visitante. Dice que es periodista. Lydia Fairfax.

El rostro de Ashcroft se endureció como una máscara de plomo.

—Hágala pasar —dijo.

Y mientras el reloj marcaba las once en punto, comprendió que su pasado, disfrazado de reportaje, estaba por irrumpir en su presente.

Lydia Fairfax entró al despacho con la elegancia firme de quien ha venido por respuestas, no por permiso.

Llevaba una libreta de cuero y una pluma estilográfica antigua.

Sus ojos escudriñaban cada detalle de la sala: los cuadros patrióticos, la chimenea apagada, los libros de derecho alineados con precisión militar.

Pero su atención estaba clavada en el hombre frente a ella.

—Señor Ashcroft —saludó con cortesía medida—. Gracias por recibirme sin cita. Prometo no quitarle más de diez minutos, aunque sospecho que mis preguntas podrían incomodarlo.

Ashcroft se acomodó tras su escritorio de roble.

—La incomodidad, señorita Fairfax, es una constante en la vida pública. Proceda.

—Recientemente ha habido rumores sobre una red clandestina de poder que opera bajo las estructuras de esta ciudad… rumores que, según mis fuentes, lo vinculan directamente con el legado de Ashbourne Manor.

El rostro de Ashcroft no se alteró, pero sus dedos tamborilearon levemente sobre la madera.

—¿Sabe cuántos rumores llegan a este edificio cada semana, señorita Fairfax? Cientos. Y casi todos mueren donde nacen.

—Pero no todos llevan un símbolo —replicó Lydia, deslizando sobre el escritorio una pequeña imagen del fénix negro grabado en piedra.

Ashcroft la contempló largo rato.

—¿Sabe lo que está haciendo? —preguntó con voz más baja, casi paternal.

—Sí. Lo sé. Estoy siguiendo un hilo que me ha llevado hasta usted. Y créame, no soy la única.

Ashcroft se levantó y caminó hacia la ventana. Miró hacia el río. Luego habló sin mirarla.

—Le diré algo que no imprimirá. Y usted decidirá si desea seguir en esto. Hay cosas más antiguas que la reina, más poderosas que el Parlamento, y más peligrosas que cualquier guerra. Una de ellas está despertando. Y quienes la provocan… no suelen sobrevivir para contarla.

Lydia cerró su libreta. Se levantó.

—No me interesa sobrevivir. Me interesa la verdad.

Ashcroft giró lentamente y la miró por primera vez con respeto.

—Entonces será mejor que no camine sola por las noches.

Ella sonrió levemente.

—Ya no camino sola. Hay otros que también quieren saber.

Y salió del despacho sin mirar atrás, mientras Ashcroft regresaba lentamente a su silla, sintiendo que, por primera vez en años, el control se le deslizaba de las manos.

Esa misma noche, en un callejón lateral del distrito de Whitehall, un joven funcionario del Parlamento corría con un maletín contra el pecho.

Su rostro estaba desencajado, y sus pasos, descoordinados por el pánico.

Llevaba consigo algo que no debía poseer: un sobre sellado con el emblema del fénix negro.

Llegó hasta una puerta de hierro, golpeó con fuerza y pronunció la clave acordada: “Ashbourne no olvida”. La puerta se abrió apenas lo suficiente para dejarlo entrar. Al otro lado, Lydia Fairfax lo esperaba.

—¿Lo tienes? —preguntó, tensa.

El joven le tendió el sobre con manos temblorosas.

—Lo encontré en el escritorio de Ashcroft. No debía verlo. No debía tocarlo. Pero estaba allí, esperando ser descubierto. Algo me decía que… que esto lo cambia todo.

Lydia abrió el sobre con sumo cuidado. Dentro había un manuscrito encuadernado a mano.

El título: “La Fundación de la Orden del Fénix Negro: Ritual, Juramento y Herencia” .

La tinta era antigua. Las palabras, crudas y precisas.

No era un documento. Era un manual. Un registro de siglos de manipulación, sacrificios simbólicos… y nombres.

El primero de la lista: Arthur Ashcroft, hijo del pacto.

—Santo cielo —murmuró Lydia, incapaz de apartar la mirada.

Pero antes de que pudiera leer más, una sombra cruzó la entrada del callejón.

Un disparo rompió el silencio. El joven cayó al suelo con un gemido breve y húmedo.

Lydia se agachó instintivamente, cubriéndose el rostro con los brazos.

El manuscrito, salpicado de sangre, quedó abierto sobre el adoquinado.

Un segundo disparo alcanzó la pared a escasos centímetros de su cabeza.

—¡Muévete, Lydia! —gritó una voz familiar desde la oscuridad. Era Eleanor Grey, armada y decidida.

La periodista corrió hacia ella, protegida por los disparos certeros de la inspectora. Cuando ambas se refugiaron tras un muro, Eleanor sostuvo el manuscrito con manos firmes.

—¿De dónde demonios sacaste esto?

—De las entrañas del Parlamento —jadeó Lydia—. Esto es real, Eleanor. Todo es real.

Eleanor asintió con gravedad.

—Entonces ya no hay marcha atrás. Lo que sea que esté oculto bajo esta ciudad… está despertando. Y no vamos a detenernos.

En el callejón, el cuerpo del joven funcionario yacía inmóvil. Pero la historia que había ayudado a liberar… acababa de comenzar a rugir.