CAPÍTULO 40 La grabación de ambiente
Marta esperó siete minutos antes de moverse.
Los contó. Los contó porque el tiempo era lo único que podía controlar, lo único que no dependía de los zumbidos, de las frecuencias, de los clics que su cerebro no sabía clasificar.
Cuarenta y dos hercios. El zumbido en el oído izquierdo.
Constante. Paciente. Como si algo, en algún lugar de su cráneo, estuviera esperando a que ella decidiera.
El apartamento olía a cerrado. A polvo. A café rancio de la última cafetera.
A vida suspendida durante treinta y seis días.
Marta se movió por el salón sin encender la luz, con las cortinas corridas, guiándose por el sonido.
Sabía dónde estaba cada mueble. Sabía dónde crujía el suelo.
Sabía dónde la madera del parquet se había hinchado por la humedad del invierno y producía un tono ligeramente más grave al pisarla.
Se acercó a la ventana. Apartó la cortina un centímetro. Miró.
El hombre seguía en la cafetería. Con la taza de café. Con el periódico. Con la cicatriz en la barbilla. Pero ahora no miraba el periódico. Miraba el edificio. Miraba su ventana.
Marta retrocedió. Corrió la cortina. El corazón le latía a ciento diez por minuto. No por miedo. Por reconocimiento. Porque su cerebro, entrenado para encontrar patrones en el caos, había identificado algo que sus ojos no habían procesado del todo.
La cicatriz.
No era una cicatriz de boxeador. No era una marca de accidente. Era una cicatriz quirúrgica. Una cicatriz de bisturí. Una cicatriz que alguien se había hecho, o le habían hecho, con precisión.
Y Marta la había visto antes.
No en Roldán. No en la inspectora. No en la mujer que la había cuidado durante tres semanas en Ostrava.
En otro sitio.
En algún sitio que su cerebro se negaba a recordar.
Marta se acercó a la mesa del salón. Cogió la grabadora. La que había usado en Ostrava. La que había grabado el sótano. La que había grabado el respirador. La que había grabado la voz de niña.
La encendió. Pulsó REC. La luz roja parpadeó.
Y esperó.
Escuchando.
El silencio del apartamento. El zumbido de la nevera. El tictac del reloj. El rumor del tráfico. Y debajo de todo, el zumbido de cuarenta y dos hercios en su oído izquierdo. Constante. Paciente. Esperando.
Pasaron dos minutos. Tres. Cuatro.
Nada.
Solo el silencio. Solo el zumbido. Solo la espera.
Entonces, lo escuchó. No venía de la calle. No venía de la cafetería. No venía del hombre con la cicatriz. Venía de dentro del apartamento.
De la cocina.
Un sonido. Muy bajo. Casi imperceptible. Un clic. El clic de un obturador de cámara. O el clic de un seguro de arma quitándose.
Marta no se movió. No respiró. Solo escuchó.
El sonido se repitió. Otra vez. Igual. Con la misma cadencia. Con la misma intensidad. Con la misma frecuencia.
Click.
Pausa de tres segundos.
Click.
Pausa de tres segundos.
Click.
Marta cerró los ojos. No para pensar. Para escuchar. Para procesar. Para clasificar.
El clic no era mecánico. No era el sonido de un obturador de cámara. No era el sonido de un arma. Era algo más. Algo que su cerebro reconocía pero que no podía nombrar.
Era un sonido digital.
Un sonido de transmisión.
Un sonido de datos siendo enviados.
Marta abrió los ojos. Miró la grabadora. La luz roja seguía parpadeando. La cinta seguía girando. La grabación seguía registrando.
En aquel momento lo entendió. No había nadie en la cocina. No había nadie en el apartamento. No había nadie en la cafetería.
El hombre con la cicatriz no era una persona. Era una proyección. Una imagen. Una ilusión óptica proyectada desde algún lugar del edificio, quizás desde el piso de arriba, quizás desde el tejado, quizás desde algún sitio que Marta no podía ver.
Porque el sonido no venía de fuera.
Venía de dentro. De su propio implante. Del bulto que Roldán le había dicho que le habían quitado. Del bulto que Marta había visto brillar en el espejo del baño. Del bulto que seguía ahí.
Funcionando. Transmitiendo. Escuchando.
Marta se llevó la mano al oído izquierdo. Al lugar donde antes había estado el implante. Al lugar donde ahora solo debería haber piel.
Pero sintió algo.
Un bulto. Pequeño. Duro. Del tamaño de una lenteja.
Bajo la piel. Detrás de la oreja. Donde siempre había estado.
Marta cerró los ojos. En la oscuridad, escuchó algo.
No venía del apartamento. No venía de la calle. No venía del hombre con la cicatriz. No venía del implante.
Venía de la grabadora. Que seguía grabando. Que seguía registrando. Que seguía escuchando. Que en ese preciso instante, empezó a reproducir algo.
Una voz. Su voz.
Pero no la suya de ahora.
La suya de niña.
Susurrando.
—Ya es hora, Marta. Por fin has vuelto a casa.
Marta abrió los ojos.
Miró la grabadora. La luz roja seguía parpadeando. La cinta seguía girando. La voz seguía sonando.
Entonces, por debajo de la voz, Marta escuchó algo más. Algo que no había oído antes.
Un sonido de fondo. Muy bajo. Casi imperceptible.
No era el zumbido de cuarenta y dos hercios.
Era algo más. Una respiración. La respiración de Roldán.
Grabada en la cinta. Hace treinta y seis días.
En Ostrava.
En la casa de la playa. En la habitación donde Marta había despertado.
En la habitación donde Roldán le había dicho que todo era una alucinación.
En la habitación donde Roldán le había dicho que no había red.
En la habitación donde Roldán le había dicho que no había implantes.
En la habitación donde Roldán le había dicho que no había cuatro mil doscientos diecisiete nodos.
En la habitación donde Roldán le había dicho que solo había ella.
Con su trauma. Su hiperacusia. Y su cerebro fragmentado.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
Porque la voz de Roldán, en la grabación, no decía eso.
La voz de Roldán, en la grabación, decía otra cosa.
Decía:
—No te vayas, Marta. Por favor. No te vayas. Porque si te vas, ellas te encontrarán. Y si ellas te encuentran, tú... tú ya no podrás esconderte.
Marta levantó la vista.
Miró la ventana. Miró la cortina corrida. Miró al hombre con la cicatriz, que ya no estaba en la cafetería.
Porque el hombre con la cicatriz ya no era una proyección.
Ya no era una ilusión. Ya no era una imagen.
Era una persona. Una persona real. Una persona que había entrado en el edificio. Una persona que había subido las escaleras. Una persona que ahora estaba en el pasillo.
Detrás de la puerta. Esperando.
Marta escuchó.
Los pasos. Lentos. Medidos. Con la cadencia de alguien que no tiene prisa, pero que tampoco se detiene.
Botas de suela dura. Peso distribuido de forma desigual. Una cojera leve, casi imperceptible, en la pierna izquierda.
La misma cojera que Elías. La misma cojera que Roldán. La misma cojera que...
Marta no terminó el pensamiento. Porque en ese preciso instante, en el instante exacto en que los pasos se detuvieron frente a su puerta...
La puerta se abrió.
Marta por fin vio quién había venido a buscarla.