CAPÍTULO 39 El equipaje
Marta volvió a Madrid un martes de octubre.
No fue una decisión. Fue una consecuencia.
Roldán le había comprado el billete de tren, le había guardado la chaqueta en una bolsa de plástico negro, le había dado doscientos euros en efectivo —"por si acaso"—, y la había acompañado hasta la estación de Ostrava, una construcción baja de ladrillo visto con el tejado de uralita y un andén donde solo paraban dos trenes al día.
—No tienes que irte —dijo Roldán mientras esperaban en el banco de madera del andén. La madera estaba húmeda por la lluvia de la madrugada—. Puedes quedarte el tiempo que necesites.
Marta no respondió. Miraba las vías. Los raíles, cubiertos de óxido y hojas muertas, se perdían en la curva del bosque de eucaliptos que rodeaba el pueblo.
El viento del norte raspaba contra los postes de la catenaria, produciendo un zumbido grave que su cerebro registró como una frecuencia de ciento veinte hercios.
Un sonido que, hacía tres semanas, la habría puesto en alerta. Ahora solo era un sonido.
O eso quería creer.
—Tengo que volver —dijo Marta—. Tengo trabajo. Tengo un apartamento. Tengo...
Se calló. Porque no tenía nada de eso. O sí lo tenía, pero ya no eran suyos. Eran los de una mujer que había existido antes de Ostrava. Antes del sanatorio. Antes del sótano inundado. Antes de la cámara anecoica. Antes de la modulación. Antes del silencio.
Una mujer que ya no existía.
—Entonces vete —dijo Roldán. No con dureza. Con la resignación de quien ha aprendido a soltar.
El tren llegó con diez minutos de retraso.
Un regional de cercanías, con los asientos de plástico azul desgastados por décadas de traseros, las ventanillas rayadas por las uñas de los niños, el olor a café quemado y a tabaco rubio impregnado en la tapicería.
Marta subió. Roldán se quedó en el andén.
No se despidieron con un abrazo. No se despidieron con un beso.
Se despidieron con una mirada, la única que no necesita palabras porque ya las ha dicho todas.
El tren arrancó. Marta se asomó a la ventanilla.
Roldán seguía ahí, de pie, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el pelo canoso moviéndose con el viento.
Una figura pequeña, encogida, que se fue haciendo más pequeña conforme el tren aceleraba, hasta que fue solo un punto, y luego nada, y luego solo el bosque de eucaliptos y las vías oxidadas y el cielo gris del norte.
Marta se sentó. Apoyó la frente contra el cristal frío. Y cerró los ojos.
No para dormir. Para escuchar.
Y escuchó.
El traqueteo del tren sobre las juntas de los raíles, un ritmo sincopado de cuatro cuartos que su cerebro descompuso en sus componentes: el golpe del metal contra el metal, la vibración del chasis, el crujido de los muelles, el silbido del aire comprimido en los frenos.
La respiración del pasajero de al lado, un hombre mayor con asma, que inhalaba en cuatro tiempos y exhalaba en seis, un patrón que su cerebro reconoció como el de alguien que lleva décadas viviendo con la enfermedad.
El llanto de un niño, dos filas más atrás, no de dolor sino de aburrimiento, un sonido agudo que subía y bajaba en escalas menores.
Y debajo de todo, constante, el zumbido del motor eléctrico del tren, a ciento ochenta hercios, una frecuencia que le subía por la columna vertebral, le trepaba por la nuca, le anidaba en la base del cráneo.
Donde antes había estado el implante.
Donde ahora solo había piel.
O eso quería creer.
Porque había algo que Marta no le había dicho a Roldán. Algo que había descubierto la mañana del día veintidós, mientras se lavaba los dientes frente al espejo del baño. Algo que había visto en el reflejo, fugaz, como un destello de luz en el lóbulo izquierdo.
Un brillo dorado.
Pequeño. Redondo. Del tamaño de una lenteja.
Como un pendiente.
Como un pendiente de oro en forma de luna creciente.
Marta se había tocado el lóbulo. No había sentido nada. No había bulto. No había metal. No había nada. Solo piel. Solo carne. Solo hueso.
Pero el brillo había vuelto. Tres veces más, en los días siguientes. Siempre fugaz. Siempre en el mismo sitio. Siempre cuando la luz incidía en un ángulo concreto.
Y Marta no sabía qué era.
No quería saberlo.
El apartamento de Madrid estaba como lo había dejado.
Treinta y seis días antes. Treinta y seis días que parecían treinta y seis años.
El aire olía a cerrado, a polvo, a café rancio de la última cafetera que no había terminado.
Las cortinas estaban corridas, la luz del salón era una penumbra grisácea donde los muebles parecían animales agazapados esperando el momento de saltar.
Marta no encendió la luz.
Dejó la bolsa de plástico con la chaqueta en el sofá. Se quitó las botas. Se quitó los calcetines. Se quitó la camiseta. Se quedó en sujetador y bragas, de pie en el centro del salón, escuchando.
El silencio.
No el silencio de la cámara anecoica. No el silencio de la casa de Roldán. El silencio de su propio apartamento. El silencio que había pagado durante años con paneles de corcho en las paredes, con ventanas de doble acristalamiento, con una puerta blindada que aislaba el pasillo.
Un silencio que ahora, después de Ostrava, después del sótano, después del agua, después de la modulación, después de todo...
Sonaba como un grito.
Porque el silencio, Marta lo sabía ahora, no existe.
Lo que existe es la ausencia de sonidos que el cerebro ha decidido ignorar.
Pero los sonidos siguen ahí. El zumbido de la nevera, a setenta hercios.
El tictac del reloj de la cocina, a sesenta pulsaciones.
El crujido de las tuberías cuando el vecino de arriba abre el grifo.
El rumor del tráfico en la calle, filtrado por las ventanas, una masa informe de frecuencias que su cerebro ya no podía descomponer en sus componentes.
Y debajo de todo, en el fondo de su propio cráneo, el zumbido.
El tinnitus.
El compañero de los hiperacúsicos que nunca se va del todo. Una frecuencia fantasma de unos ocho mil hercios que solo aparece en el silencio absoluto. Que solo aparece cuando no hay nada más que escuchar.
Marta se acercó a la ventana. Corrió las cortinas. La luz de la tarde entró de golpe, cegadora, revelando el polvo en suspensión, las huellas de sus propias botas en el suelo, la mancha de café en la alfombra que no había tenido tiempo de limpiar antes de irse a Ostrava.
Miró la calle.
La misma calle de siempre. Los mismos edificios. Los mismos coches. Los mismos peatones. La misma vida.
Pero algo había cambiado. No en la calle. En ella. Porque Marta por primera vez en treinta y dos años, no estaba escuchando la calle.
Estaba escuchando algo más.
Algo que no venía de fuera. Venía de dentro.
De su propio cráneo.
De su propio oído izquierdo.
Del lugar donde antes había estado el implante. Un zumbido. Muy bajo. Casi imperceptible. De unos cuarenta y dos hercios.
Marta cerró los ojos.
Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que el implante no se había quemado del todo.
Que algo en algún lugar, seguía escuchando. Que algo en algún lugar, seguía transmitiendo. Que algo, en algún lugar, seguía esperando.
Marta abrió los ojos.
Miró la calle. Lo vio.
Al otro lado de la calle. Bajo el toldo de la cafetería de la esquina. Sentado en una mesa, con una taza de café delante, con un periódico abierto, con un hombre de unos cincuenta años, con el pelo canoso, con una cicatriz en la barbilla, con un uniforme de la Guardia Civil.
Roldán.
No.
No Roldán.
Alguien que se parecía a Roldán. Alguien que tenía su pelo. Su cicatriz. Su uniforme. Su forma de sostener la taza de café. Su forma de mirar el periódico.
Pero que no era Roldán.
Porque Roldán se había quedado en Ostrava. Roldán estaba en el andén de la estación, despidiéndose de ella con una mirada. Roldán no podía estar en Madrid, a quinientos kilómetros de distancia, sentado en una cafetería, mirando su edificio.
¿O sí?
Marta retrocedió de la ventana. Corrió las cortinas. La penumbra volvió. El silencio volvió. El zumbido de cuarenta y dos hercios volvió.
Marta, por primera vez en treinta y seis días, tuvo miedo.
No miedo de Roldán. No miedo de la calle. No miedo de la cafetería.
Miedo de sí misma. Miedo de lo que había escuchado. Miedo de lo que había visto. Miedo de lo que sabía que iba a pasar a continuación.
Porque Marta, ingeniera acústica, perito forense, mujer que había pasado treinta y dos años aprendiendo a escuchar lo que otros ignoraban, sabía una cosa.
Sabía que cuando alguien te vigila, cuando alguien te sigue, cuando alguien te espera...
Lo primero que hace es escuchar. Lo segundo que hace...
Es hablar.
Marta se acercó a la mesa del salón. Cogió su grabadora de campo. La que había usado en Ostrava. La que había grabado el sonido del sótano. La que había grabado el respirador. La que había grabado la voz de niña.
La encendió. Pulsó REC. Esperó.
Escuchando. El silencio. El zumbido. Los cuarenta y dos hercios.
Pero debajo de todo, muy abajo, casi imperceptible, el sonido que estaba esperando.
El sonido que sabía que iba a llegar. El sonido que cambiaría todo. O que confirmaría que nada había cambiado. Un clic. El clic de un obturador de cámara. O el clic de un seguro de arma quitándose.
Marta no lo sabía. Todavía no.
Pero iba a averiguarlo.