CAPÍTULO 30 La onda estacionaria
Marta no se quedó quieta.
Fue un movimiento que su cerebro decidió antes de que su conciencia lo procesara.
Una contracción muscular involuntaria, como el reflejo de retirar la mano del fuego antes de sentir el dolor.
El bisturí, que había sostenido flojo contra las correas de Velasco, cambió de posición en su palma.
El filo, que había estado mirando hacia abajo, ahora miraba hacia afuera.
Hacia los hombres de los monos grises. Hacia las jeringuillas.
Hacia los líquidos transparentes que brillaban en la penumbra de la habitación.
—No lo hagas —dijo el hombre. Su voz sonó amortiguada por la mascarilla, pero la cadencia era inconfundible. Grave. Cansada. Con un acento que Marta no pudo identificar. No era del norte. No era del sur. Era neutro. Como si hubiera aprendido el castellano en un lugar donde nadie lo hablaba bien.
Marta no respondió. No porque no quisiera. Sino porque escuchaba. Escuchaba algo que los otros no estaban escuchando. Algo que su cerebro había estado registrando desde que los hombres entraron en la habitación, pero que su conciencia no había procesado hasta ahora.
El respirador roto.
El que estaba conectado a Velasco. El que tenía el ciclo desincronizado. Shhh-klik-shhh... klik. Un patrón irregular que le producía náuseas físicas, como el mareo de quien baja de un barco.
Pero ahora, con los hombres en la habitación, el patrón había cambiado.
No en frecuencia. En fase.
Los dos respiradores —el roto de Velasco y el que uno de los hombres llevaba colgado al cinto, un modelo más pequeño, portátil, de los que se usan para emergencias— estaban emitiendo ondas sonoras que, en algún punto del espectro, se estaban encontrando.
Se estaban superponiendo. Se estaban interfiriendo.
Y cuando dos ondas de la misma frecuencia se encuentran en fase opuesta, se cancelan. Se anulan. Se destruyen mutuamente.
Una onda estacionaria.
Marta lo sabía. Lo había estudiado en la universidad. Lo había aplicado en decenas de peritajes acústicos. Lo había usado para demostrar que un sonido no podía haber venido de un lugar determinado porque las paredes de la habitación lo habrían cancelado.
Ahora, en esa habitación, con dos respiradores emitiendo ondas en frecuencias similares pero en fases opuestas, se estaba produciendo un punto de cancelación. Un punto donde el sonido dejaba de existir. Un punto donde el silencio era absoluto.
Y ese punto estaba justo donde ella estaba de pie.
Marta lo sintió antes de entenderlo. Una presión en los oídos, como cuando un avión despega y la cabina se despresuriza.
Una sensación de vacío, como si el aire hubiera sido succionado de la habitación.
Una náusea física, como si su cerebro no pudiera procesar la ausencia de sonido en un espacio donde debería haber sonido.
Los hombres de los monos grises no lo sintieron. O sí lo sintieron, pero no lo entendieron. Porque no eran ingenieros acústicos. No eran peritos forenses. No eran personas que habían pasado treinta y dos años aprendiendo a escuchar lo que otros ignoraban.
Eran personas que habían pasado treinta y dos años aprendiendo a obedecer.
Marta dio un paso hacia el primer hombre. El bisturí en su mano, el filo apuntando a su garganta. No por amenaza. Por necesidad. Por supervivencia. Por el instinto de un animal acorralado que sabe que la única salida es a través del depredador.
—Retrocede —dijo Marta. Su voz sonó más baja de lo que quería. Más ronca. Más cansada. Pero no tembló. No podía permitirse que temblara.
El hombre no retrocedió. No por valentía. Por entrenamiento. Por la disciplina de quien ha recibido órdenes y no puede desobedecerlas, aunque el cuerpo le pida hacerlo.
—No lo hagas, Marta —dijo el hombre—. No sabes lo que vas a hacer.
—Sé exactamente lo que voy a hacer —dijo Marta.
Y era verdad. No sabía qué iba a hacer después.
Pero sabía lo que iba a hacer ahora. Iba a cortar.
Iba a herir. Iba a defenderse. Porque era lo único que le quedaba.
Lo único que su cerebro podía procesar en ese instante.
Lo único que la voz de niña no le había prohibido.
El hombre levantó la jeringuilla. No para inyectarla. Para amenazarla. Para mostrarle que tenía un arma. Que podía hacerle daño. Que podía contenerla.
Marta no retrocedió.
Escuchó.
El punto de cancelación se había movido. Ahora estaba más cerca del primer hombre. Más cerca de la jeringuilla. Más cerca de la aguja.
Y en ese punto, el sonido no existía.
Ni el sonido de la jeringuilla al moverse. Ni el sonido de la aguja al penetrar el aire. Ni el sonido de la piel al ser perforada.
Nada.
Silencio absoluto.
Marta lo supo antes de que ocurriera. Lo supo porque su cerebro había calculado la trayectoria de la onda estacionaria, la velocidad del aire, la densidad del espacio, la fase de los dos respiradores.
Y había llegado a la conclusión de que, si el hombre intentaba inyectarla, la aguja entraría en su brazo sin que ella lo escuchara.
Sin que ella lo sintiera. Sin que ella pudiera reaccionar a tiempo.
Así que reaccionó antes.
El bisturí se movió. No hacia la garganta del hombre. Hacia la jeringuilla. Hacia el cilindro de plástico transparente. Hacia el líquido que brillaba en la penumbra.
El filo cortó el plástico. El líquido se derramó sobre la mano del hombre, sobre la manga del mono gris, sobre el suelo de madera barnizada. Un charco pequeño, transparente, inodoro, que se extendió rápidamente bajo sus pies.
El hombre gritó. No de dolor. De sorpresa. De shock. De la comprensión repentina de que algo había salido mal. De que el plan no estaba funcionando. De que Marta no era la víctima pasiva que habían esperado.
Los otros tres hombres reaccionaron. Se lanzaron hacia ella. Las jeringuillas en alto. Los líquidos transparentes brillando en la penumbra.
Marta retrocedió. Un paso. Dos. Tres. Hasta chocar con la cama de Velasco.
El colchón crujió bajo su peso. El respirador roto siguió su ciclo desincronizado.
Shhh-klik-shhh... klik. Un patrón que su cerebro no podía procesar del todo, pero que ahora, en ese instante, se convirtió en su único aliado.
Porque el respirador roto estaba emitiendo ondas sonoras que, al encontrarse con las de los otros respiradores, estaban creando puntos de cancelación. Puntos donde el sonido no existía. Puntos donde los hombres no podían oír. Puntos donde no podían coordinarse. Puntos donde no podían atacarla.
Marta lo supo antes de que ocurriera. Lo supo porque su cerebro había calculado la trayectoria de las ondas, la velocidad del aire, la densidad del espacio, la fase de los respiradores.
Y había llegado a la conclusión de que, si se movía en los puntos de cancelación, los hombres no podrían seguirla. No podrían verla. No podrían tocarla.
Así que se movió.
Hacia la izquierda. Hacia el punto donde el sonido no existía. Hacia el silencio absoluto. Hacia la invisibilidad acústica.
Los hombres la perdieron. No porque no la vieran. Sino porque no podían oírla. No podían seguir el sonido de sus pasos. No podían seguir el sonido de su respiración. No podían seguir el sonido de su chaqueta rozando contra la pared.
Marta se movió hacia la ventana. Las contraventanas cerradas.
La madera vieja. El marco podrido. Apoyó el hombro contra la madera.
Empujó. Las contraventanas cedieron con un crujido seco, más fuerte de lo que esperaba, y el sonido rebotó contra las fachadas de piedra de la calle, multiplicándose en los ventanales oscuros de los edificios de enfrente.
Pero los hombres no lo escucharon.
Porque estaban en el punto equivocado. En el punto donde el sonido existía. En el punto donde las ondas se amplificaban. En el punto donde el ruido era ensordecedor.
Marta salió por la ventana. Cayó al jardín. Las ortigas le rasgaron los vaqueros, le arañaron las piernas, le dejaron marcas rojas que sangraban lentamente. No las sintió. No podía permitirse sentirlas. No podía permitirse detenerse. No podía permitirse mirar atrás.
Corrió hacia la verja. La verja de metal oxidado, con el candado cerrado. No tenía llave. No tenía herramienta. No tenía tiempo.
Apoyó el hombro contra el metal. Empujó. La verja cedió con un chirrido agudo, un sonido que su cerebro registró como una frecuencia de dos mil hercios, un tono que le hizo cerrar los ojos un segundo. Pero no se detuvo. No podía detenerse. No podía permitirse detenerse.
Salió a la calle. La calle vacía. La calle oscura. La calle donde las farolas proyectaban sombras largas sobre el asfalto mojado.
Corrió.
No sabía hacia dónde. Solo sabía que tenía que correr. Que tenía que alejarse. Que tenía que escapar.
Detrás de ella, los gritos. Los gritos de los hombres. Los gritos de Velasco. Los gritos de Carmen. Los gritos de alguien que la llamaba por su nombre, una y otra vez, con una voz que no reconocía, con una voz que no quería reconocer.
Marta no miró atrás.
Corrió.
Hacia la avenida. Hacia el tráfico. Hacia la ciudad. Hacia cualquier lugar donde los hombres de los monos grises no pudieran seguirla. Donde las jeringuillas no pudieran alcanzarla. Donde los líquidos transparentes no pudieran tocarla.
Corrió hasta que los pulmones le ardieron. Hasta que las piernas le temblaron. Hasta que el corazón le latía tan fuerte que podía oírlo rebotando contra las paredes de su cráneo.
Y entonces se detuvo.
En un callejón. Entre dos edificios. Con las espaldas contra la pared de ladrillo. Con las manos apoyadas en las rodillas. Con la respiración entrecortada, superficial, acelerada.
Escuchó.
Nada. Solo el rumor del tráfico en la avenida. Solo el viento rascando contra el ladrillo. Solo el tictac lejano de un reloj.
Y debajo de todo, el zumbido de los dos frascos en su bolsillo. Constante. Paciente. Esperando.
Marta se incorporó. Se ajustó la chaqueta. Se tocó el bolsillo donde estaba el bisturí. Todavía estaba ahí. Todavía afilado. Todavía manchado de líquido transparente.
Se miró las manos. Temblaban. No por miedo. Por la descarga de adrenalina. Por el cortisol circulando en su sangre. Por el cerebro procesando lo que acababa de pasar y archivándolo como real, como posible, como algo que no podía ser descartado como alucinación.
Porque las alucinaciones no dejan arañazos de ortiga en las piernas. Porque las alucinaciones no hacen que los hombres de los monos grises griten. Porque las alucinaciones no dejan un bisturí manchado de líquido transparente en el bolsillo de tu chaqueta.
Marta salió del callejón. La avenida estaba a diez metros. El tráfico fluía, indiferente, con la cadencia de una noche de domingo. Los coches, los autobuses, las bicicletas. La vida normal. La vida que continuaba, ajena a lo que acababa de pasar en la casa de las paredes flexibles.
Se detuvo en la esquina. Miró a su alrededor. Nadie la miraba. Nadie la seguía. Nadie parecía haber notado nada.
Sacó el móvil del bolsillo. La pantalla se encendió. 21:47. Domingo. Veintiocho de septiembre.
Tenía cinco llamadas perdidas. Todas del mismo número. Un prefijo de Madrid.
Y un mensaje de voz.
Marta lo escuchó.
La voz era de Roldán. La inspectora. La que la había encontrado en el sanatorio. La que la había llevado al hospital. La que le había contado la historia de Carmen. La que le había dicho que todo era una alucinación.
—Marta. Si estás escuchando esto, significa que has escapado.
Significa que has encontrado la casa. Significa que has encontrado a Velasco.
Significa que sabes más de lo que deberías.
Escúchame bien. No vayas a la policía. No vayas a casa.
No llames a nadie que conozcas. Ve a la dirección que te voy a dar.
Y espera. Yo iré a buscarte. Y te lo explicaré todo.
Todo lo que Velasco no te explicó. Todo lo que Carmen no te explicó. Todo lo que...
El mensaje se cortó.
Marta miró la pantalla. El número de Roldán. El mismo que le había llamado desde el coche patrulla, la noche que la encontró en el sanatorio. El mismo que le había dicho que no estaba loca. El mismo que le había dicho que todo era una alucinación.
Marta guardó el móvil.
No iba a ir a la dirección que Roldán le había dado.
No porque no confiara en ella.
Sino porque confiaba demasiado.
Porque Roldán era la única que quedaba. La única que no le había mentido. La única que no le había dicho que estaba loca, que alucinaba, que inventaba. La única que le había dicho la verdad, aunque fuera una verdad que no quería oír.
Y porque, si Roldán le había dejado un mensaje, significaba que sabía dónde estaba. Significaba que la estaba buscando. Significaba que la necesitaba.
Pero Marta no quería ser necesitada.
Marta quería ser escuchada.
Se ajustó la chaqueta. Se tocó el bolsillo donde estaban los frascos. Los oídos humanos. Los pendientes de oro. Las lunas crecientes.
Y entonces lo escuchó.
No venía del tráfico. No venía del callejón. No venía de la avenida.
Venía de los frascos.
Un zumbido. Muy bajo. Casi imperceptible. De unos sesenta hercios.
La frecuencia de la red eléctrica europea.
Pero los frascos no estaban conectados a nada.
Marta se los acercó al oído.
El zumbido se hizo más fuerte.
Debajo del zumbido, una voz.
Su voz. La de niña.
Susurrando.
—Ya no puedes huir, Marta. Ya no puedes esconderte. Ya no puedes fingir que no las oyes. Porque ellas son tú. Y tú eres ellas. Y mientras tú estés viva, ellas seguirán resonando. Y mientras ellas sigan resonando, tú seguirás siendo ellas.
Marta cerró los ojos.
No.
No iba a escuchar el final de la frase.
No iba a dejar que la voz le dijera lo que ya sabía.
No iba a dejar que la voz le dijera que ella no era una persona. Que ella era una frecuencia. Que ella era una resonancia. Que ella era un eco.
Porque si lo hacía, si escuchaba el final de la frase, si dejaba que la voz le dijera la verdad...
Entonces tendría que decidir qué hacer con esa verdad.
Pero Marta no estaba lista para decidir.
Todavía no.
Marta abrió los ojos. Guardó los frascos. Se ajustó la chaqueta. Y empezó a caminar.
No hacia la dirección que Roldán le había dado. No hacia su apartamento en Madrid. No hacia la policía.
Hacia ningún sitio en concreto.
Solo caminaba. Escuchando.
El tráfico. El viento. El mar, muy lejos.
Y debajo de todo, el zumbido de los frascos, constante, paciente, esperando.
Esperando a que estuviera lista. Esperando a que decidiera.
Esperando a que resonara.