CAPÍTULO 29 La casa de las paredes flexibles #2
—¿Es verdad? —preguntó Marta.
Velasco no respondió. No podía. Solo la miró. Con los ojos húmedos. Con los labios temblorosos. Con las manos atadas a los barrotes de la cama, los dedos curvados, intentando alcanzar algo que no estaba ahí.
Marta cerró los ojos.
Entonces lo escuchó.
No venía de Velasco. No venía de Carmen. No venía de la habitación. Venía de la pared. De la pared del fondo. De la pared que estaba detrás de la cama. De la pared que daba a la calle.
Un zumbido. Muy bajo. Casi imperceptible. De unos sesenta hercios.
La frecuencia de la red eléctrica europea.
Pero la pared no estaba conectada a nada.
Marta abrió los ojos. Se acercó a la pared. Apoyó la oreja contra el papel pintado descolorido.
El zumbido se hizo más fuerte.
Y debajo del zumbido, una voz.
Su voz. La de niña.
Susurrando.
—No le creas, Marta. Por favor. No le creas. Él no es tu padre. Él es... él es el que te creó.
Marta retrocedió de la pared.
No.
No iba a escuchar el final de la frase.
No iba a dejar que la voz le dijera lo que ya sabía.
No iba a dejar que la voz le dijera que Velasco no era su padre. Que Velasco era el que había diseñado el protocolo. Que Velasco era el que la había marcado. Que Velasco era el que la había internado. Que Velasco era el que la había convertido en lo que era.
Porque si lo hacía, si escuchaba el final de la frase, si dejaba que la voz le dijera la verdad...
Entonces tendría que decidir qué hacer con esa verdad.
Marta no estaba lista para decidir.
Todavía no.
Marta se giró hacia Carmen. Carmen la miraba. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era amor. No era culpa. No era piedad.
Era cansancio.
—Tienes que decidir, Marta —dijo Carmen—. Tienes que decidir si lo matas. O si lo liberas. O si lo dejas ahí, conectado al respirador, hasta que se le acabe el aire.
Marta miró a Velasco. Velasco la miraba. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era amor. No era complicidad. No era culpa.
Era aceptación.
La aceptación de un hombre que sabe que ha llegado el final. Que sabe que no hay escapatoria. Que sabe que lo que venga, venga lo que venga, será lo que tiene que ser.
Marta se acercó a la cama. Se agachó. Apoyó la mano en los barrotes laterales. Los dedos le temblaban.
—¿Por qué? —preguntó.
Velasco no respondió. No podía. Solo la miró. Con los ojos húmedos. Con los labios temblorosos. Con las manos atadas a los barrotes de la cama.
Marta se incorporó. Miró el respirador. El ciclo roto. Shhh-klik-shhh... klik. Un patrón que su cerebro no podía procesar del todo.
Se acercó al respirador. Apoyó la mano en el interruptor.
Fue en ese instante cuando lo escuchó.
No venía del respirador. No venía de la pared. No venía de Carmen. No venía de Velasco.
Venía de fuera. De la calle.
Del otro lado de la contraventana.
Un motor. No el de un coche. El de una furgoneta.
Aparcando frente a la casa.
Marta se giró hacia la ventana. Apoyó la oreja contra la contraventana.
El motor se apagó.
Las puertas se abrieron.
Pasos.
Dos. Tres. Cuatro personas.
Botas de suela dura. Peso distribuido de forma desigual. Una cojera leve, casi imperceptible, en la pierna izquierda.
Los mismos que habían traído la cama de hospital. Los mismos que se habían llevado al hombre del callejón. Los mismos que habían estado siguiéndola durante toda la noche.
Marta miró a Carmen. Carmen la miraba. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era cansancio. No era amor. No era culpa.
Era miedo.
—Han venido —susurró Carmen—. Han venido a buscarte.
Marta no respondió. Miró la puerta. Escuchó los pasos en la escalera. Subiendo. Lentos. Medidos. Con la cadencia de alguien que no tiene prisa, pero que tampoco se detiene.
Se acercó a la cama. Cogió el bisturí. Apoyó el filo contra las correas de cuero que ataban a Velasco.
—¿Qué haces? —preguntó Carmen.
Marta no respondió. Cortó la primera correa. La muñeca izquierda de Velasco quedó libre. Cortó la segunda. La muñeca derecha. Cortó la tercera. El tobillo izquierdo. Cortó la cuarta. El tobillo derecho.
Velasco se incorporó. Se arrancó el tubo del respirador de la garganta con un gesto brusco, un sonido húmedo, orgánico, que le hizo vomitar una mezcla de saliva y bilis sobre las sábanas.
Tosió. Escupió. Respiró. Una respiración irregular, superficial, la respiración de alguien que ha estado al borde de la asfixia durante horas.
—Vámonos —dijo Velasco. Su voz sonó más ronca de lo que Marta la había escuchado nunca—. Ahora. Por la ventana. Por el tejado. Por donde sea. Pero vámonos.
Marta no se movió. Miró a Carmen. Carmen la miraba. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era miedo. No era amor. No era culpa.
Era tristeza.
—No puedes llevártelo, Marta —indicó Carmen—. Él no es quien tú crees que es. Él no es tu padre. Él es...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Él es qué, Carmen?
Carmen cerró los ojos.
—Él es el que te creó —masculló—. Él es el que diseñó el protocolo. Él es el que te marcó. Él es el que te internó. Él es... él es el que te convirtió en lo que eres.
Marta miró a Velasco. Velasco la miraba. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era aceptación. No era amor. No era complicidad.
Era verdad.
La verdad de un hombre que sabe que ha llegado el final. Que sabe que no hay escapatoria. Que sabe que lo que venga, venga lo que venga, será lo que tiene que ser.
—Es verdad —dijo Velasco. Su voz sonó más baja de lo que Marta la había escuchado nunca—. Yo soy el que diseñó el protocolo. Yo soy el que te marcó. Yo soy el que te internó. Yo soy... yo soy el que te convirtió en lo que eres.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Por qué?
Velasco no respondió de inmediato. Se llevó la mano a la mejilla. Tocó la cicatriz con los dedos.
—Porque te amaba —susurró—. Porque te amo. Porque no podía permitir que fueras normal. Porque no podía permitir que vivieras una vida sin eco. Porque no podía permitir que olvidaras. Porque yo... yo quería que recordaras. Yo quería que resonaras. Yo quería que completaras el patrón.
Marta cerró los ojos. En ese instante lo escuchó. No venía de Velasco. No venía de Carmen. No venía de la habitación.
Venía de la puerta.
Que se estaba abriendo. Lentamente.
Con un chirrido de bisagras oxidadas. Entre el hueco, entraron ellos. Los de la furgoneta. Los de los monos grises. Los de las mascarillas FP3.
Cuatro. Con guantes de látex azul. Con jeringuillas precargadas en las manos. Con líquidos transparentes en los cilindros de plástico.
Marta miró a Velasco. Velasco la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era verdad. No era amor. No era complicidad.
Era culpa.
—Lo siento, Marta —masculló Velasco—. Lo siento mucho.
Entonces uno de los hombres de los monos grises levantó la jeringuilla. Se acercó a ella.
Marta no se movió.
No porque no pudiera. Sino porque ya no quería.
Porque estaba cansada. Cansada de escuchar. Cansada de resonar. Cansada de ser la frecuencia. Cansada de ser el eco. Cansada de ser la nota fundamental.
Así que se quedó quieta. Esperó. La aguja se acercó. Y el líquido transparente brilló en la luz de la farola que se filtraba por la contraventana.
Marta cerró los ojos.
En aquel momento, en la oscuridad, escuchó algo.
No venía de los hombres. No venía de Velasco. No venía de Carmen. No venía de la habitación. Venía de dentro de su propia cabeza. Una voz. Su voz.
Pero no la suya de ahora.
La suya de niña.
Susurrando.
—No te rindas, Marta. Por favor. No te rindas. Porque si te rindes, ellas ganan. Y si ellas ganan, tú dejas de ser tú. Y tú... tú mereces ser tú.
Marta abrió los ojos.
Notó con una certeza absoluta que le heló la sangre, que la voz no venía de una alucinación. Venía de un recuerdo. De un recuerdo real. De un recuerdo que su cerebro había estado protegiendo durante veintiocho años.
Supo con una certeza absoluta que le heló la sangre que no iba a rendirse.
Todavía no.