Ecos de lo que fui CAPÍTULO 29 La casa de las paredes flexibles
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CAPÍTULO 29 La casa de las paredes flexibles

Marta no rompió la puerta.

La empujó. Con el hombro derecho, justo por debajo del marco, donde la madera estaba más blanda por la humedad.

La cerradura cedió con un crujido seco, más fuerte de lo que esperaba, y el sonido rebotó contra las fachadas de piedra de la calle, multiplicándose en los ventanales oscuros de los edificios de enfrente.

Se quedó quieta. Diez segundos. Veinte. Escuchó.

Nadie se asomó a ninguna ventana. Ningún perro ladró. Ninguna luz se encendió. Solo el rumor del tráfico en la avenida, a dos calles, y el viento rascando contra los geranios marchitos del jardín.

Entró.

El olor la golpeó antes que la oscuridad.

No era formol puro. Era una mezcla: formol, sí, pero también alcanfor, tabaco negro, café rancio, y algo más.

Algo orgánico. Dulzón. Como carne que ha empezado a pasarse pero que alguien ha intentado conservar con productos químicos.

Marta se ajustó la mascarilla N95 que llevaba colgada al cuello —la había cogido del bolsillo de la chaqueta al salir del hospital, un gesto automático, de los que se hacen sin pensar— y la subió sobre la nariz y la boca.

Respiró por la boca. El sabor metálico persistió.

Cerró la puerta tras de sí. No con pestillo —no había—, sino apoyando una silla de madera contra el pomo.

Una medida improvisada. Inútil si alguien empujaba con fuerza desde fuera, pero suficiente para ganar tres segundos.

Tres segundos eran mucho tiempo para alguien que llevaba treinta y dos años escuchando.

El recibidor era pequeño. Un perchero de metal con tres abrigos colgados, todos de lana, todos negros, todos del mismo tamaño.

Un paragüero de cerámica con dos paraguas plegados.

Un espejo ovalado, manchado por la humedad, que reflejaba su figura distorsionada: más alta, más delgada, con la chaqueta impermeable negra haciendo de ella una silueta que no reconocía del todo.

A la izquierda, una puerta entreabierta. A la derecha, un pasillo que se perdía en la oscuridad. Al frente, una escalera que subía.

Marta se ajustó los auriculares de cancelación pasiva.

No para atenuar. Para amplificar. Activó el modo de compresión inversa: los sonidos por debajo de los cuarenta decibelios se amplificaban automáticamente; los que superaran los setenta se recortaban.

Una medida de protección. La última vez que había escuchado sin filtro en un espacio cerrado, el zumbido de una tubería le había provocado un episodio de migraña que duró tres días.

Encendió la linterna del móvil. El haz blanco reveló el pasillo: paredes de papel pintado descolorido, con un estampado de flores que el tiempo había vuelto marrón; suelo de madera barnizada, con tablillas que crujían bajo el peso; techo de escayola, con una mancha de humedad en el centro que tenía la forma de un pulmón.

Otra vez un pulmón.

Marta frunció el ceño. La coincidencia le produjo un escalofrío que no tenía que ver con la temperatura.

Avanzó por el pasillo. Las tablillas crujían bajo sus botas, un sonido que intentó amortiguar apoyando el peso en los bordes, donde la madera estaba más desgastada. A la derecha, tres puertas cerradas. A la izquierda, una abierta: la cocina.

Se asomó.

La cocina era pequeña. Un fregadero de acero con la grifería verdosa por el sarro.

Una nevera Bosch vieja que zumbaba a setenta hercios, un tono ligeramente más alto que la red eléctrica, señal de un compresor desgastado.

Una mesa de formica con dos sillas de plástico.

Sobre la mesa, tres tazas de café. En dos de ellas flotaba una película irisada; la tercera estaba vacía, con un poso negro y espeso adherido a la cerámica.

Tres tazas.

Como en el motel. Como en la casa de Roldán. Como en el hospital.

Marta sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. No por miedo. Por reconocimiento. Por la horrible, fría claridad de conectar los puntos que no quería conectar.

Alguien había estado ahí. Recientemente. Tres personas. Bebiendo café. Esperándola.

Apagó la linterna del móvil. No la necesitaba. Sus ojos se habían adaptado a la oscuridad, y la luz de las farolas se filtraba por las contraventanas, proyectando franjas amarillentas sobre el suelo.

Escuchó.

Nada. Solo el zumbido de la nevera. El tictac de un reloj, en algún lugar de la casa. Y debajo de todo, el zumbido de los dos frascos en su bolsillo, constante, paciente, esperando.

Fue cuando lo escuchó.

No venía de la cocina. No venía del pasillo. No venía de la escalera.

Venía de arriba. Del primer piso.

Una respiración. Rítmica. Mecánica.

Shhh-klik. Shhh-klik.

Tres segundos. Inhalación. Chasquido. Pausa. Exhalación.

El mismo ciclo que había escuchado en el sótano del sanatorio. El mismo ciclo que había escuchado en la cinta de Andrés. El mismo ciclo que había escuchado en la habitación del viejo.

Marta se quedó quieta. No retrocedió. No avanzó. Solo escuchó.

La respiración no estaba sola. Había otra. Detrás. Más superficial. Más acelerada. La respiración de alguien que está despierto. De alguien que está esperando. De alguien que sabe que ella está ahí.

Marta sacó del bolsillo de la chaqueta el bisturí que había cogido en el sótano del sanatorio. El filo le mordía la palma izquierda, a través de la costra de la herida vieja. La sangre seca se había cuarteado, formando una escama negra que le tiraba de la piel al cerrar el puño.

Subió las escaleras.

Los peldaños crujían bajo su peso, un sonido que intentó amortiguar apoyando el peso en los bordes, donde la madera estaba más desgastada. En el rellano del primer piso, se detuvo. Escuchó.

Tres puertas. A la izquierda, una cerrada. Al frente, una entreabierta. A la derecha, una cerrada.

La respiración mecánica venía de la puerta del frente.

Marta se acercó. Apoyó la oreja contra la madera.

La respiración seguía ahí. Shhh-klik. Shhh-klik. Y detrás, la otra respiración. Superficial. Acelerada. Y un sonido más. Un roce. De tela contra tela. De piel contra piel. De alguien que se movía en la oscuridad.

Marta empujó la puerta.

Se abrió con un chirrido de bisagras oxidadas.

La habitación estaba oscura, las contraventanas cerradas, solo rota por un haz de luz que se filtraba por una rendija, iluminando el centro de la estancia como un spotlight de teatro barato.

En el centro, una cama. De hospital. Con barrotes laterales.

Sobre el colchón, atado con correas de cuero, un hombre.

No era el viejo del hospital. No era el hombre del callejón. No era Andrés.

Era Velasco.

Velasco vivo. Con la cicatriz de la mejilla izquierda, ahora más oscura, más inflamada.

Con los ojos inyectados en sangre. Con la boca abierta, jadeando, como si llevara horas intentando respirar sin éxito.

Conectado a un respirador mecánico montado en el pie de la cama.

Un respirador que no funcionaba del todo bien: el ciclo de tres segundos se había desincronizado, la inhalación duraba cuatro segundos, el chasquido llegaba tarde, la exhalación se cortaba a la mitad.

Shhh-klik-shhh... klik.

Un patrón roto. Un patrón que su cerebro no podía procesar del todo, que le producía una náusea física, como el mareo de quien baja de un barco.

Junto a la cama, sentada en una silla de plástico, una mujer.

De espaldas a la puerta. Con el pelo blanco, recogido en un moño bajo. Con una chaqueta de punto, de un color que alguna vez había sido azul. Con las manos apoyadas sobre el regazo, inmóviles.

Carmen. La de la librería. La que le había dicho que era su madre. La que le había ofrecido la jeringuilla.

La mujer no se giró. No habló. Solo siguió sentada, inmóvil, como si hubiera estado esperando ese momento durante treinta años y ahora, por fin, pudiera permitirse descansar.

—Hola, Marta —dijo Velasco. Su voz sonó ronca, quebrada, como si las cuerdas vocales le hubieran sido dañadas por el tubo del respirador—. Llevaba horas intentando gritar. No pude. El tubo... el tubo no me dejaba.

Marta no respondió. Miró a Carmen. Carmen no se movió.

—¿Qué le ha hecho? —preguntó Marta.

Carmen se giró lentamente. El movimiento fue mecánico, como el de un autómata de feria, con las articulaciones crujiendo bajo la tela de la chaqueta.

—Nada que él no mereciera —dijo. Su voz sonó más joven de lo que Marta la había escuchado en la librería. Más firme. Más clara—. Él vino a buscarla. Él la siguió. Él intentó llevársela. Y yo... yo no pude permitirlo.

—¿Por qué?

Carmen no respondió de inmediato. Se llevó la mano al cuello. Se desabrochó el primer botón de la chaqueta. Sacó algo. Un pendiente. De oro. En forma de luna creciente.

Idéntico al de los frascos.

Idéntico al que su madre llevaba en las fotos.

—Porque él no es quien dice ser —comentó Carmen—. Él no es tu amigo. Él no es tu intermediario. Él no es el que te mandó a Ostrava. Él es... él es el que diseñó el protocolo. Él es el que te marcó. Él es el que te internó. Él es... él es tu padre.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—No.

—Sí. —Carmen se levantó de la silla. Se acercó a la cama.

Apoyó la mano en el barrotes laterales. Los dedos le temblaban—.

Tu padre no murió. Tu padre desapareció.

Tu padre cambió de identidad. Tu padre se convirtió en Velasco.

Tu padre te siguió durante veintiocho años.

Tu padre te mandó a Ostrava. Tu padre quería que encontraras el sótano.

Tu padre quería que escucharas el sonido.

Tu padre quería que despertaras. Tu padre quería que resonaras.

Tu padre quería que completaras el patrón.

Marta miró a Velasco. Velasco la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era complicidad. No era culpa. No era terror.

Era amor.

Un amor roto, antiguo, desesperado. El amor de un padre que ha pasado veintiocho años intentando recuperar a su hija, y que ahora, por fin, la tenía delante, y que no podía hablar, no podía moverse, no podía explicarse, porque un tubo de plástico le bajaba por la garganta y le impedía decir lo que llevaba décadas intentando decir.