Ecos de lo que fui CAPÍTULO 28 La interferencia constructiva
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CAPÍTULO 28 La interferencia constructiva

Marta esperó diez minutos antes de moverse.

Contó los segundos. Los contó porque el tiempo era lo único que podía controlar, lo único que no dependía de las frecuencias, de las resonancias, de los zumbidos que le subían por los huesos.

Seiscientos segundos. Diez minutos exactos.

El tiempo suficiente para que los pasos se alejaran, para que el zumbido del pendiente se desvaneciera, para que el silencio volviera a ser solo silencio y no una pausa.

Bajó las escaleras sin hacer ruido. Apoyaba el peso en los bordes de los peldaños, donde el hormigón estaba más desgastado, más liso, menos propenso a crujir bajo sus botas.

En el rellano del segundo piso, se detuvo.

Escuchó. Nada. Solo el tictac lejano de un reloj, el rumor del tráfico en la avenida, el viento rascando contra el ladrillo del patio interior.

Salió a la calle.

La tarde había caído. Las farolas se encendían una tras otra, con el clic de los relés y el zumbido de los transformadores, creando un mapa de luz amarillenta sobre el asfalto mojado.

Marta se ajustó la chaqueta. El frasco pesaba en el bolsillo, el libro apretado contra el pecho.

Caminó rápido, sin dirección fija, solo alejándose del portal, del rellano, de la voz que la había llamado desde la escalera.

No sabía adónde iba. Solo sabía que no podía quedarse quieta.

Porque si se quedaba quieta, si se sentaba en un banco, si se apoyaba contra una pared, entonces el zumbido del frasco se haría más fuerte.

Y debajo del zumbido, la voz. Y debajo de la voz, la verdad.

Y Marta no estaba lista para la verdad. Todavía no.

Dobló una esquina. Entró en una calle más estrecha, con edificios de tres plantas, fachadas de piedra oscurecida por la humedad, ventanas con macetas de geranios marchitos.

El olor a mar se mezclaba con el de la leña quemada en las chimeneas, con el de la lluvia reciente, con el de algo más. Algo dulce. Empalagoso. Formol.

Marta se detuvo.

El olor venía de una casa. La tercera por la izquierda. Una casa de piedra, con las contraventanas cerradas, el jardín invadido por ortigas y zarzas. No había luz en las ventanas. No había sonido. Solo el olor, saliendo por debajo de la puerta, flotando en el aire húmedo de la tarde.

Marta se acercó. No por curiosidad. Por reconocimiento.

Porque el olor era el mismo que había olido en el sótano del sanatorio.

El mismo que había olido en la casa de Roldán.

El mismo que había olido en el hospital, en la habitación del viejo.

El mismo que ahora olía en sus propias manos, en su chaqueta, en su pelo.

Apoyó la oreja contra la puerta.

Escuchó.

Nada. Solo el silencio. Un silencio denso, casi sólido, como si el aire dentro de la casa se hubiera congelado en el instante exacto en que alguien había cerrado la puerta por última vez.

Marta retrocedió. No iba a entrar. No iba a abrir la puerta.

No iba a descubrir lo que había dentro. Porque si lo hacía, si abría la puerta, si entraba en la casa, entonces tendría que enfrentar lo que había estado evitando durante veintiocho años.

Y Marta no estaba lista para enfrentar eso. Todavía no.

Se giró para irse.

En aquel momento lo escuchó.

No venía de la casa. Venía de detrás de ella. Del otro lado de la calle.

Un sonido. Rítmico. Metálico.

Clack-clack-clack.

Como uñas arañando metal. Como dientes rechinando contra hierro. Como algo que estaba intentando salir.

Marta se giró.

Al otro lado de la calle, bajo la luz amarillenta de una farola, había una mujer.

Joven. Veinticinco, quizás veintiséis años. Pelo rubio, corto, peinado hacia atrás con gel. Ojos azules, muy claros, casi transparentes. Piel pálida, sin maquillaje. Llevaba una chaqueta impermeable negra, Eartec, talla M. Idéntica a la de Marta.

Y en la mano izquierda, sosteniendo algo contra el pecho, un frasco de cristal. Pequeño. De los que se usan en los laboratorios para muestras. Con un líquido ámbar dentro. Y flotando en el líquido, algo.

Marta no necesitaba ver qué era.

Sabía que era un oído. Sabía que tenía un pendiente de oro en el lóbulo. Sabía que el pendiente tenía la forma de una luna creciente.

Porque la mujer era ella.

No se parecía. Era ella.

La misma chaqueta. El mismo corte de pelo. La misma nariz ligeramente torcida. Las mismas ojeras oscuras bajo los ojos. La misma forma de sostener el frasco, con las dos manos, como si fuera algo precioso, como si fuera algo que no podía permitir que se rompiera.

Marta no se movió. No respiró. Solo miró.

La mujer la miró de vuelta. No sonrió. No habló. Solo la miró, con una intensidad que no era hostil, sino reconocible. Como si estuviera viendo un espejo, pero un espejo que no reflejaba su imagen, sino su esencia. Su frecuencia. Su resonancia.

Entonces, la mujer levantó la mano.

No para saludar. No para amenazar.

Para mostrar el frasco.

Para que Marta viera lo que había dentro.

Marta entrecerró los ojos. La luz de la farola no alcanzaba a iluminar el interior del frasco, pero no necesitaba verlo. Sabía lo que había dentro. Lo había visto antes. En el callejón. En el hospital. En el libro.

Un oído. Humano. Con un pendiente de oro en el lóbulo. En forma de luna creciente. Idéntico al suyo. Idéntico al del frasco que llevaba en el bolsillo. Idéntico al que su madre llevaba en las fotos.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

No por miedo. Por comprensión.

Por la horrible, fría claridad de conectar los puntos que no quería conectar.

Porque si la mujer al otro lado de la calle tenía el mismo frasco, la misma chaqueta, la misma cara, la misma cicatriz...

Entonces no era un clon. No era un eco. No era un reflejo.

Era otra Marta.

Otra versión de ella misma. Otra frecuencia que resonaba en la misma nota. Otra onda que vibraba en la misma fase. Y si había otra Marta...

Entonces había más.

Entonces no eran tres. Eran muchas. Eran infinitas.

Eran todas las versiones de ella misma que su cerebro había fragmentado durante veintiocho años. Todas estaban ahí.

Esperándola. Escuchándola.

Resonando con ella.

Marta cerró los ojos.

En ese instante, en la oscuridad escuchó algo.

No venía de la mujer al otro lado de la calle. No venía de la casa con olor a formol. No venía de la farola, ni del tráfico, ni del viento.

Venía de dentro de su propia cabeza.

Una voz. Su voz.

Pero no la suya de ahora.

La suya de niña.

Susurrando.

—Ya no puedes huir, Marta. Ya no puedes esconderte. Ya no puedes fingir que no las oyes. Porque ellas son tú. Y tú eres ellas. Y mientras tú estés viva, ellas seguirán resonando. Y mientras ellas sigan resonando, tú seguirás siendo ellas.

Marta abrió los ojos.

La mujer al otro lado de la calle ya no estaba.

Solo quedaba la luz amarillenta de la farola, el asfalto mojado, el olor a formol flotando en el aire.

Y el frasco. En el suelo. A los pies de Marta.

Como si alguien lo hubiera dejado ahí. Como si alguien hubiera estado esperando a que ella lo encontrara. Como si alguien hubiera estado esperando a que ella decidiera.

Marta se agachó.

Cogió el frasco.

Lo miró.

Dentro, flotando en el líquido ámbar, había un oído. Con un pendiente de oro en el lóbulo. En forma de luna creciente. Idéntico al suyo. Idéntico al del otro frasco. Idéntico al que su madre llevaba en las fotos.

Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.

Porque ahora tenía dos frascos. Dos oídos. Dos pendientes. Dos lunas crecientes.

Pero no sabía qué hacer con ellos.

No sabía si guardarlos. No sabía si romperlos. No sabía si escucharlos.

Así que se quedó quieta.

Escuchando.

El tráfico. El viento. El mar, muy lejos.

Debajo de todo, el zumbido de los dos frascos, constante, paciente, esperando. Esperando a que estuviera lista. Esperando a que decidiera.

Esperando a que resonara.