Ecos de lo que fui CAPÍTULO 27 Las anotaciones al margen
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CAPÍTULO 27 Las anotaciones al margen

Marta salió de la librería sin mirar atrás.

No corrió. No podía permitirse correr. Correr atrae las miradas, y las miradas atraen las preguntas, y las preguntas atraen la policía, y la policía atrae las respuestas que ella no estaba lista para dar.

Caminó rápido, con el libro apretado contra el pecho, el frasco pesando en el bolsillo de la chaqueta, el zumbido de sesenta hercios subiéndole por el esternón como una enredadera eléctrica.

La mujer —Carmen, Roldán, quienquiera que fuera— no la siguió.

Marta lo sabía porque escuchaba. Escuchaba el tictac del reloj de pared quedándose atrás, el roce del periódico siendo doblado, el suspiro de la mujer al sentarse de nuevo en su silla.

Un suspiro que no sonaba derrotado. Sonaba paciente.

Como el de alguien que ha esperado treinta años y puede esperar treinta más.

Dobló la esquina. Entró en un portal abierto.

Subió dos tramos de escaleras hasta un rellano con buzones oxidados y una ventana que daba a un patio interior idéntico al del hospital: cuatro paredes de ladrillo, escaleras de emergencia, tendederos vacíos.

Se sentó en el escalón. El hormigón estaba frío bajo sus nalgas, a través de los vaqueros húmedos.

Abrió el libro.

Era pequeño. De tapas duras, forradas en tela verde desvaída. El título, apenas legible: Acústica de espacios cerrados. Manual práctico. Autor: Dr. Manuel Rivas. Editorial: desconocida. Año: 1991.

Las primeras páginas estaban en blanco. Luego, una portada interior con el membrete del Hospital Comarcal de Ostrava.

Luego, el índice. Capítulos sobre reverberación, sobre absorción sonora, sobre frecuencias de resonancia en cavidades cilíndricas, sobre el efecto de la humedad en la propagación del sonido. Un manual técnico. Seco. Aburrido.

Pero Marta no estaba mirando el texto impreso.

Estaba mirando los márgenes.

Las páginas estaban cubiertas de anotaciones manuscritas. Tinta azul, desvaída por el tiempo, con una caligrafía pequeña, apretada, casi ilegible. No eran notas técnicas. No eran correcciones al texto. Eran otra cosa. Algo que su cerebro reconoció antes de que sus ojos pudieran descifrarlo.

La caligrafía era la suya.

No se parecía. Era la suya. La misma forma de cruzar las t, la misma inclinación de las letras, la misma presión del bolígrafo que se hacía más fuerte en las sílabas tónicas.

Marta había visto su propia letra miles de veces, en informes, en cuadernos, en notas al margen de los libros de la universidad.

Y esta era idéntica. Idéntica excepto por una cosa: estaba escrita con una mano que no temblaba.

Con una mano que no llevaba treinta y seis horas sin dormir.

Con una mano que no estaba manchada de sangre seca.

Marta pasó la primera página con anotaciones.

La frecuencia de resonancia de una cavidad cilíndrica depende de su longitud y del diámetro.

Si la longitud es L y el diámetro es D, la frecuencia fundamental es f = v / 2L, donde v es la velocidad del sonido en el medio.

Pero esto solo es cierto si las paredes son rígidas.

Si las paredes son flexibles, si pueden vibrar, entonces la frecuencia cambia.

Y si las paredes pueden vibrar a la misma frecuencia que el sonido que contienen, entonces se produce una resonancia.

Y si la resonancia es suficientemente fuerte, entonces las paredes pueden romperse.

Marta frunció el ceño. Era física básica. Acústica de primer curso. Pero la anotación continuaba, en el margen inferior, con una letra más pequeña, más apretada:

Pero las paredes no son las únicas que pueden romperse.

El cerebro también es una cavidad. Con paredes flexibles.

Con una frecuencia de resonancia propia.

Y si se expone al sonido correcto, durante el tiempo suficiente, con la intensidad suficiente, entonces las paredes del cerebro también pueden romperse.

Y lo que hay dentro puede salir. O lo que hay fuera puede entrar.

Marta pasó la página.

He estado pensando en M. Tiene cuatro años.

Su frecuencia de resonancia es diferente a la de los adultos.

Más alta. Más pura. Más sensible. Si la expongo a la frecuencia correcta, durante el tiempo suficiente, puedo reprogramar su cerebro.

Puedo borrar lo que ha visto. Puedo implantar lo que quiero que recuerde.

Puedo convertirla en lo que quiero que sea.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

Pasó otra página.

Pero hay un problema. M no es un sujeto pasivo.

M escucha. M oye cosas que los demás no oyen.

M percibe frecuencias que los demás no perciben.

Y si la expongo a la frecuencia correcta, puede que ella no solo la reciba.

Puede que ella la amplifique. Puede que ella la devuelva.

Y si la devuelve, entonces yo también voy a cambiar. Y no sé si quiero cambiar.

Marta pasó otra página.

Hoy he decidido intentarlo. He preparado la cavidad.

El sótano del sanatorio. Las paredes de azulejo.

El techo de hormigón. El suelo inundado.

Todo calculado para que la frecuencia de resonancia sea exacta.

He preparado el generador. He preparado los altavoces.

He preparado a M. La he bajado al sótano.

Le he dicho que es un juego. Que vamos a escuchar el eco.

Que vamos a ver cuántas veces rebota el sonido en las paredes.

Y ella ha sonreído. Porque ella confía en mí.

Porque ella cree que soy su padre. Porque ella no sabe lo que voy a hacer.

Marta cerró los ojos.

No.

No era posible.

Ella no había escrito eso.

Su padre no había hecho eso.

Nadie había hecho eso.

Abrió los ojos. Pasó otra página.

Ha funcionado. La frecuencia ha resonado.

Las paredes del cerebro de M se han roto.

Lo que había dentro ha salido. Lo que yo quería que estuviera dentro ha entrado.

Y ahora M es diferente. M es mía. M es lo que yo quería que fuera.

Pero hay un problema. M ha devuelto la frecuencia.

Y yo también he cambiado. Y ahora yo también soy diferente. Y ahora yo también soy suyo.

Marta pasó otra página.

He decidido terminar el experimento. He decidido liberarla.

He decidido borrar todo lo que he hecho.

He decidido darle una vida normal. Una vida sin frecuencias.

Una vida sin resonancias. Una vida sin eco.

Pero ella no quiere ser liberada. Ella quiere seguir resonando.

Ella quiere seguir siendo mía. Y yo... yo no puedo permitirlo.

Porque si la libero, entonces yo también seré libre.

Y yo no quiero ser libre. Yo quiero ser suyo.

Marta pasó otra página.

Hoy he decidido matarla. No a M. A mí. Porque si yo muero, entonces ella será libre. Porque si yo muero, entonces la frecuencia se detendrá. Porque si yo muero, entonces las paredes de su cerebro dejarán de vibrar. Y ella podrá vivir. Una vida normal. Una vida sin eco. Una vida sin mí.

Marta pasó otra página.

Pero no puedo hacerlo. No puedo matarme.

Porque si me mato, entonces ella sabrá que yo la amaba.

Y ella no merece saber eso. Porque si ella sabe que yo la amaba, entonces ella sabrá que yo la dañé.

Y ella no merece saber eso. Así que he decidido otra cosa.

He decidido desaparecer. He decidido dejar que ella crea que he muerto.

He decidido dejar que ella crea que fue un accidente.

He decidido dejar que ella crea que fue una inundación.

Porque si ella cree eso, entonces ella no sabrá que yo la amaba.

Y si ella no sabe que yo la amaba, entonces ella no sabrá que yo la dañé.

Y ella podrá vivir. Una vida normal. Una vida sin eco. Una vida sin mí.

Marta pasó otra página.

Pero antes de desaparecer, he decidido dejar esto.

Este libro. Estas anotaciones. Para que ella las encuentre.

Para que ella sepa la verdad. Para que ella sepa que yo la amaba.

Para que ella sepa que yo la dañé. Para que ella sepa que yo soy su padre.

Y que su padre la amaba. Y que su padre la dañó.

Y que su padre desapareció. Para que ella pudiera vivir.

Marta pasó otra página.

Y si tú estás leyendo esto, Marta, entonces significa que has encontrado el libro.

Entonces significa que has encontrado el frasco.

Entonces significa que has encontrado la grabadora.

Entonces significa que has encontrado la verdad.

Y ahora tienes que decidir qué hacer con ella.

Puedes creer que todo esto es real. Puedes creer que todo esto es una alucinación.

Puedes creer que todo esto es una mentira.

Pero no importa lo que creas. Porque la verdad es que tú eres la frecuencia.

Tú eres la resonancia. Tú eres el eco. Y mientras tú estés viva, la frecuencia seguirá resonando.

Y mientras la frecuencia siga resonando, las paredes seguirán vibrando.

Y mientras las paredes sigan vibrando, tú seguirás siendo mía.

Marta cerró el libro.

No por miedo. No por horror. Por cansancio.

Un cansancio que no tenía que ver con la falta de sueño, sino con la acumulación de verdades que su cerebro no podía procesar todas a la vez.

Verdades que se contradecían. Verdades que se superponían.

Verdades que resonaban unas contra otras, creando interferencias, creando ecos, creando una cacofonía que su cerebro no podía silenciar.

Se apoyó contra la pared. El hormigón estaba frío bajo su nuca. Cerró los ojos. Escuchó.

El tráfico, lejos. El viento, rascando contra el ladrillo. El tictac de un reloj, en algún piso, en algún balcón. Y debajo de todo, el zumbido del frasco, constante, paciente, esperando.

Ahora lo escuchó.

No venía del frasco. No venía del libro. No venía de la calle. Venía de la escalera.

Pasos. Lentos. Medidos.

Con la cadencia de alguien que no tiene prisa, pero que tampoco se detiene. Botas de suela dura. Peso distribuido de forma desigual. Una cojera leve, casi imperceptible, en la pierna izquierda.

Marta abrió los ojos.

Los pasos subían. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

Se detuvieron en el rellano del primer piso.

Silencio.

Luego, otro paso. Sexto. Séptimo. Octavo.

Se detuvieron en el rellano del segundo piso.

Marta no se movió. Escuchaba. La respiración del que subía. Regular. A unos sesenta por minuto. El roce de la tela contra la piel. El crujido de las botas sobre el hormigón. Y debajo de todo, el zumbido del pendiente. Una frecuencia baja, constante, que resonaba en el hueso mastoides.

El mismo zumbido que había escuchado en el callejón. El mismo zumbido que había escuchado en el frasco. El mismo zumbido que había escuchado en el libro.

Marta se puso de pie. El libro en una mano. El frasco en el bolsillo. La chaqueta ajustada. No para protegerse. Para estar lista. Para poder correr si hacía falta. Para poder esconderse si hacía falta. Para poder escuchar si hacía falta.

Los pasos reanudaron su marcha.

Noveno. Décimo. Undécimo.

Llegaron al rellano del tercer piso.

Marta retrocedió. Un paso. Dos. Hasta la ventana. La luz grisácea de la tarde entraba por el cristal sucio, proyectando sombras largas sobre el hormigón. No había salida. No por la ventana. No por la escalera. Solo por el patio interior. Y el patio interior estaba a cuatro pisos de altura.

Los pasos se detuvieron fuera de la ventana.

Marta no respiró.

Surgió una voz.

Grave. Cansada. Con un acento que Marta no pudo identificar.

—Sé que estás ahí, Marta.

Marta cerró los ojos. Conocía esa voz. La había escuchado antes. En el callejón. En el frasco. En el libro.

En su propia cabeza.

—Sal —señaló la voz—. No voy a hacerte daño. Solo quiero hablar. Solo quiero explicarte. Solo quiero que entiendas.

Marta abrió los ojos.

No salió. No porque no confiara en la voz. Sino porque confiaba demasiado.

Porque la voz era la suya. La suya de niña. La suya de siempre. La suya que había estado susurrándole durante veintiocho años.

Marta no estaba lista para escuchar lo que la voz tenía que decir.

Todavía no.

Así que se quedó quieta.

Escuchando.

Los pasos, alejándose.

El zumbido, disminuyendo.

El silencio volviendo.

Un silencio que no era paz.

Era pausa. La pausa antes de que la sinfonía empezara. La pausa antes de que la frecuencia resonara. La pausa antes de que las paredes se rompieran.