Ecos de lo que fui CAPÍTULO 26 El espectro de las frecuencias perdidas
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CAPÍTULO 26 El espectro de las frecuencias perdidas

Marta caminó durante cuarenta y siete minutos.

No contó los pasos. Contó el tiempo. Lo hizo porque el tiempo era lo único que podía controlar, lo único que no dependía de las frecuencias, de las resonancias, de los zumbidos que le subían por los huesos.

El tiempo era lineal. Predecible. Sesenta segundos por minuto.

Sesenta minutos por hora. Una métrica que su cerebro podía procesar sin que las capas de sonido interfirieran.

Pero incluso el tiempo tenía su propia frecuencia.

El tic-tac de los relojes en los escaparates, cada uno con una cadencia ligeramente distinta, como si el tiempo mismo se fragmentara en múltiples versiones de sí mismo.

El parpadeo de los semáforos, con sus intervalos de tres, cinco, siete segundos, creando un ritmo sincopado que su cerebro intentaba descifrar.

El rumor del tráfico, que subía y bajaba como una marea, con picos y valles que coincidían con los cambios de luz en los cruces.

Y debajo de todo, constante, el zumbido del frasco.

Sesenta hercios. La frecuencia de la red eléctrica europea.

Pero el frasco no estaba conectado a nada.

No tenía batería. No tenía circuito. No tenía nada que pudiera generar una oscilación electromagnética.

Pero sin embargo, el zumbido persistía, subiendo por la tela de la chaqueta, penetrando en su piel, resonando en sus costillas.

Marta no sabía adónde iba. Solo sabía que no podía quedarse quieta.

Porque si se quedaba quieta, si se sentaba en un banco, si se apoyaba contra una pared, entonces el zumbido se haría más fuerte.

Y debajo del zumbido, la voz. Y debajo de la voz, la verdad.

Y Marta no estaba lista para la verdad. Todavía no.

Dobló una esquina. Entró en una calle comercial.

Las tiendas cerraban, los escaparates se apagaban uno tras otro, con el clic de los interruptores y el zumbido de los transformadores apagándose.

El olor a pan recién hecho de una panadería se mezclaba con el de la gasolina de los coches que pasaban, con el de los tubos de escape, con el de las alcantarillas.

Se detuvo frente a una librería de segunda mano.

El escaparate estaba iluminado con una luz cálida, amarillenta, que proyectaba sombras largas sobre la acera.

Los libros estaban apilados en pilas inestables, con los lomos desgastados, las portadas descoloridas.

En el centro, un cartel escrito a mano: OFERTA: TODO A UN EURO.

Marta entró.

La campanilla de la puerta sonó con un timbre agudo, de unos dos mil hercios, que le hizo cerrar los ojos un segundo.

El interior olía a papel viejo, a polvo, a madera encerada.

Las estanterías llegaban hasta el techo, cargadas de libros que parecían a punto de desmoronarse.

En el fondo, detrás de un mostrador de madera oscura, una mujer leía un periódico.

Levantó la vista. Era mayor. Setenta, quizás setenta y cinco años. Con el pelo blanco, recogido en un moño bajo. Las gafas de montura gruesa, deslizadas hasta la punta de la nariz. Una chaqueta de punto, de un color que alguna vez había sido azul, ahora desvaído hasta un gris indefinido.

—Cerramos en diez minutos —dijo la mujer. Su voz era grave, con un acento que Marta no pudo identificar. No era del norte. No era del sur. Era neutro. Como si hubiera aprendido el castellano en un lugar donde nadie lo hablaba bien.

Marta no respondió. Miró a su alrededor.

Las estanterías. Los libros. El mostrador.

La mujer. Escuchaba. No solo la voz. El fondo.

La respiración de la mujer, regular, a unos cincuenta por minuto.

El roce del papel del periódico contra sus dedos.

El tictac de un reloj de pared, a sesenta pulsaciones.

Y debajo de todo, el zumbido del frasco, constante, paciente.

—Solo necesito un sitio —dijo Marta—. Para sentarme. Un momento.

La mujer la miró. No con lástima. No con miedo. Con una curiosidad clínica, como si estuviera evaluando un espécimen bajo el microscopio.

—No puedo dejarla quedarse —dijo la mujer—. Pero puede comprar un libro. Y leerlo en el banco de la plaza. Si quiere.

Marta asintió. Se acercó al mostrador. Miró los libros apilados. Novelas viejas. Enciclopedias. Libros de texto. Revistas. Sacó una moneda de un euro del bolsillo. La dejó sobre el mostrador.

—Cualquiera —dijo.

La mujer sonrió. Una sonrisa triste, rota, que no le llegó a los ojos.

—Entonces le doy este —dijo. Cogió un libro de la pila. Se lo tendió.

Marta lo cogió. Era pequeño. De tapas duras, con el lomo desgastado. El título estaba borroso, casi ilegible. Pero el autor era visible: M. Rivas.

Su apellido.

Marta sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. No por miedo. Por reconocimiento. Por la horrible, fría claridad de conectar los puntos que no quería conectar.

—¿De dónde sacó esto? —preguntó.

La mujer no respondió de inmediato. Se quitó las gafas. Las limpió con el borde de la chaqueta. Las volvió a poner.

—Me lo trajeron hace treinta años —dijo finalmente—. Un hombre. Un médico. Me dijo que lo guardara. Que alguien vendría a buscarlo. Que alguien lo entendería.

Marta miró el libro. Las tapas estaban frías bajo sus dedos. El papel olía a humedad, a tiempo, a algo guardado demasiado tiempo en la oscuridad.

—¿Cómo se llamaba el hombre?

La mujer no respondió. En su lugar, se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta. Sacó algo. Una foto. Pequeña. En blanco y negro. Desvaída por el tiempo.

Se la tendió.

Marta la cogió. La miró.

Era un hombre. Joven. Treinta, quizás treinta y cinco años. Con el pelo oscuro, corto, peinado hacia atrás. Los ojos claros, sonriendo a la cámara. Llevaba una bata blanca de médico. Y en la solapa, una insignia. Con el nombre del hospital.

Hospital Comarcal de Ostrava.

Debajo, escrito a mano, con tinta azul:

Dr. Manuel Rivas. 1991.

Marta levantó la vista. Miró a la mujer.

—Es mi abuelo —dijo Marta. No era una pregunta.

La mujer no respondió. En su lugar, se llevó la mano al cuello. Se desabrochó el primer botón de la chaqueta. Sacó algo. Un pendiente. De oro. En forma de luna creciente.

Idéntico al del frasco. Idéntico al que su madre llevaba en las fotos. Idéntico al que el hombre del callejón llevaba en la oreja.

—No es su abuelo —indicó la mujer—. Es su padre.

Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.

—No.

—Sí. —La mujer se acercó al mostrador. Apoyó las manos sobre la madera.

Los dedos le temblaban—. Su padre no murió de un infarto.

Su padre no murió de cáncer. Su padre no murió en un accidente de coche.

Su padre murió en el sótano del sanatorio.

Intentando sacarla. Intentando liberarla.

Intentando borrar todo lo que había hecho.

Marta cerró los ojos.

—No.

—Sí. —La mujer le tocó la mano. Los dedos estaban fríos. Suaves. Sin callosidades. Sin las marcas del trabajo manual—. Y yo... yo soy la que lo ayudó. La que le dio las llaves. La que le abrió la puerta. La que... la que lo amaba.

Marta abrió los ojos.

—¿Quién es usted?

La mujer no respondió de inmediato. Miró la foto. Miró el libro. Miró a Marta.

—Me llamo Carmen —dijo finalmente—. Carmen Roldán. Como la inspectora. Como su madre. Como... como todas las que hemos estado esperándola.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Mi madre?

Carmen asintió. Lentamente.

—Su madre no murió de cáncer —dijo—. Su madre murió porque su padre la mató.

Porque ella descubrió lo que él había hecho.

Lo que él había hecho con usted. Lo que él había hecho con el protocolo.

Y él... él no pudo permitir que lo contara.

No pudo permitir que la liberara. No pudo permitir que le quitara lo que le había dado.

Marta retrocedió un paso. Luego otro. Su espalda chocó contra una estantería. Los libros crujieron bajo su peso.

—No.

—Sí. —Carmen se acercó a ella. Los ojos le brillaban con una luz que no era humana, una luz que parecía venir de dentro, desde algún lugar detrás de los iris, desde algún lugar donde la conciencia se había fragmentado en mil piezas y solo una de ellas había sobrevivido—.

Y ahora... ahora tengo que decidir qué hacer con usted.

Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.

—¿Decidir qué?

Carmen no respondió de inmediato. Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta. Sacó algo. Una jeringuilla. Precargada. Con un líquido transparente. Con una aguja de calibre fino.

—Esto le va a ayudar —dijo—. Va a dejar de oír lo que no debería oír. Va a dejar de recordar lo que no debería recordar. Y va a poder irse a casa. A Madrid. A su apartamento. A su vida.

Marta miró la jeringuilla. Miró a Carmen. Miró el libro en su mano. Miró la foto. Miró el frasco en su bolsillo.

Entonces lo escuchó.

No venía de Carmen. No venía de la librería. No venía de la calle.

Venía del libro.

Un zumbido. Muy bajo. Casi imperceptible. De unos sesenta hercios.

La frecuencia de la red eléctrica europea.

Pero el libro no estaba conectado a nada.

Marta se lo acercó al oído.

El zumbido se hizo más fuerte.

Debajo del zumbido, una voz.

Su voz. La de niña.

Susurrando.

—No le creas, Marta. Por favor. No le creas. Ella no es Carmen. Ella es... ella es la que te creó.

Marta abrió los ojos.

Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que la voz no venía de una alucinación.

Venía de un recuerdo. De un recuerdo real.

De un recuerdo que su cerebro había estado protegiendo durante veintiocho años.

Creyó con una certeza absoluta que le heló la sangre, que Carmen le había mentido.

Otra vez.