CAPÍTULO 31 La planta
Marta no caminó hacia ningún sitio.
Caminó hacia el mar.
No fue una decisión. Fue una deriva. Sus piernas la llevaron por calles que no reconocía, por barrios donde las farolas estaban rotas, por aceras donde las acacias habían reventado el hormigón con sus raíces.
El olor a salitre se hizo más fuerte conforme se acercaba a la costa, mezclándose con el de las algas podridas que alguien había barrido en montones junto a los contenedores.
La planta desalinizadora apareció detrás de una curva de la carretera costera.
Era un esqueleto de hormigón y acero, a medio construir, abandonado a mediados de los noventa cuando la empresa que la financiaba se declaró en quiebra.
Tres naves industriales, la central más alta que las otras dos, con una chimenea de sesenta metros que se recortaba contra el cielo nocturno como un dedo acusador.
Alrededor, una verja perimetral de tres metros, con alambre de espino oxidado en la parte superior, y un cartel descolorido: PROPIEDAD PRIVADA.
PROHIBIDO EL PASO. ObrA PARALIZADA. PELIGRO.
Marta no leyó el cartel. Lo escuchó. Las letras de metal, sueltas en algunos puntos, vibraban con el viento del norte, produciendo un repiqueteo irregular que su cerebro clasificó como una frecuencia de unos cuatrocientos hercios, con armónicos en los dos mil.
La verja tenía un portillo peatonal. El candado estaba cortado. De hacía poco: los bordes del metal brillaban, sin oxidar.
Marta entró.
El patio interior era un cementerio de maquinaria.
Grúas torre desmontadas, sus brazos extendidos como costillas de ballena.
Mezcladoras de hormigón con el tambor oxidado.
Palets de ladrillos cubiertos de musgo. Una excavadora de oruga, con la cabina abierta y el asiento reventado por la intemperie.
Todo cubierto por una capa fina de salitre que lo hacía brillar bajo la luz de la luna, como si los objetos estuvieran cubiertos de escarcha.
Marta avanzó entre la maquinaria. Sus botas crujían sobre la grava, un sonido que intentó amortiguar apoyando el peso en las puntas. No sabía por qué estaba ahí. Solo sabía que el mar quedaba al otro lado de las naves, y que el mar era lo único que no le había mentido todavía.
La nave central tenía la puerta principal soldada. Pero en el lateral, a unos veinte metros, había una puerta de servicio, de metal, con el marco deformado por una palanca. Alguien había entrado por ahí. Recientemente: no había telarañas en las bisagras.
Marta se detuvo. Escuchó.
Dentro, nada. Solo el viento colándose por las rendijas, produciendo un silbido agudo que su cerebro registró como una frecuencia de seis mil hercios, molesto, penetrante, el tipo de sonido que provoca dolor detrás de los ojos.
Empujó la puerta.
Cedió con un quejido de metal contra metal. Marta se quedó quieta. Cinco segundos. Diez. Nadie respondió. Nadie se movió.
Entró.
La nave era un hangar vacío, de unos cuarenta metros de largo por veinte de ancho y quince de alto.
El techo, de chapa ondulada, tenía agujeros por donde se colaba la luz de la luna, proyectando círculos plateados sobre el suelo de hormigón.
En el centro, una fosa de inspección, cubierta por una rejilla de metal oxidado.
A los lados, máquinas industriales, cubiertas por lonas plásticas que el viento agitaba suavemente, como si respiraran.
Y al fondo, junto a una mesa plegable iluminada por una lámpara de obra, dos personas.
Una sentada. Otra de pie.
La sentada era un hombre. Viejo. Delgado. Con una chaqueta de pana marrón, los codos gastados, y un gorro de lana calado hasta las cejas. Tenía las manos apoyadas sobre la mesa, inmóviles, y delante, una botella de vino tinto a medio terminar y dos vasos.
La de pie era una mujer. Joven. Treinta, quizás treinta y cinco años. Con el pelo negro, corto, recogido detrás de las orejas. Llevaba una chaqueta impermeable negra, Eartec, talla M. Idéntica a la de Marta.
Pero no era Marta.
Porque esta mujer tenía una cicatriz en la mejilla derecha. Una cicatriz vieja, blanca, en forma de media luna. No en la palma. En la mejilla.
Y porque esta mujer, cuando giró la cabeza hacia Marta, no tenía los ojos grises de Marta. Los tenía marrones. Oscuros. Cansados.
—Llegas tarde —dijo la mujer.
Marta no respondió. Miró al hombre sentado. El hombre no se movió. No levantó la vista. Solo apoyó las manos planas sobre la mesa, los dedos separados, como si estuviera esperando algo.
—¿Quién eres? —preguntó Marta.
La mujer sonrió. Una sonrisa triste, sin alegría.
—Me llamo Elías —dijo.
Marta frunció el ceño.
—Elías es un hombre.
—Era un hombre. —La mujer se acercó a la mesa. Cogió uno de los vasos. Bebió un sorbo de vino. Lo dejó en su sitio—. Ahora soy una mujer. Me operé hace seis años. En Bangkok. Fue... fue lo mejor que hice en mi vida. Lo único que hice bien.
Marta miró al hombre sentado. El hombre levantó la vista.
Era Elías. El de verdad. El del sanatorio. El de la cojera. El del respirador portátil bajo la ropa. El que había estado siguiéndola durante toda la noche, con su voz grave, su acento neutro, su pendiente de oro en forma de luna creciente.
Pero ahora, sin el abrigo largo, sin el sombrero, sin la barba de varios días que lo envejecía, Marta vio lo que no había visto antes.
Era joven. Treinta y cinco años, como mucho. Con el pelo oscuro, corto. Con la cicatriz en la mejilla izquierda, no en la oreja. Con los ojos grises, inyectados en sangre.
Idénticos a los suyos.
—Hola, Marta —dijo Elías. Su voz sonó más joven de lo que Marta la había escuchado nunca. Menos cansada. Menos rota—. Siéntate. Por favor.
Marta no se sentó. Se quedó de pie, en el umbral de la puerta, con la mano en el bolsillo de la chaqueta, apretando el bisturí.
—¿Qué es esto?
Elías señaló la silla vacía frente a él.
—Una conversación. La primera honesta que vas a tener en toda tu vida.
—No creo en las conversaciones honestas.
—Lo sé. —Elías sonrió. Una sonrisa triste, igual a la de la mujer—. Por eso te traje aquí. Porque aquí no hay nadie que pueda mentirte. Ni Roldán. Ni Carmen. Ni Velasco. Ni yo. Solo tú. Y yo. Y ella.
Señaló a la mujer.
—Ella es la que queda.
Marta miró a la mujer. La mujer asintió.
—Me llamo Elena —dijo—. Pero no soy tu hermana. No soy tu clon. No soy tu eco. Soy la última. La que queda de las cuatro.
—¿Cuatro?
—Sí. —Elena se sentó en la silla que había al lado de Elías. Cogió el otro vaso de vino. Bebió un sorbo—. Éramos cuatro. Cuatro niñas. Cuatro sujetos del protocolo. Cuatro frecuencias base. Cuatro notas fundamentales. Y ahora somos tres. Porque una murió esta noche.
Marta sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
—¿Cuál?
Elías no respondió de inmediato. Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Sacó algo. Un pañuelo blanco, de tela, manchado de algo oscuro. Lo desdobló. Lo extendió sobre la mesa.
Dentro, un pendiente. De oro. En forma de luna creciente.
Idéntico al de los frascos. Idéntico al de su madre en las fotos. Idéntico al que ella misma llevaba en la palma izquierda, aunque no lo hubiera visto nunca.
—La del coche negro —dijo Elías—. La que te estaba esperando en la carretera. La que atropellaron hace tres horas, en la salida de la autopista. No fue un accidente.
Marta miró el pendiente. Miró a Elías. Miró a Elena.
—¿Quién la mató?
Elías no respondió. En su lugar, señaló la mesa. Había algo más. Algo que Marta no había visto antes. Debajo del pañuelo. Debajo del pendiente.
Un expediente. De cartón manila, con el membrete del Hospital Comarcal de Ostrava. Fecha: 1998. Asunto: Protocolo Rivas. Sujetos 1 a 4. Informe final.
—Ábrelo —dijo Elías.
Marta no se movió.
—Ábrelo, Marta. —La voz de Elías sonó más baja, más íntima, como si estuviera confesando algo en un confesionario—.
Es tu expediente. El de verdad. El que Roldán te escondió.
El que Velasco intentó destruir. El que Carmen guardó durante treinta años.
El que yo he estado protegiendo desde que era un niño.
Marta se acercó a la mesa. Cogió el expediente. Lo abrió.
La primera página era una ficha médica. Con su foto. Con su nombre. Con su fecha de nacimiento. Con el membrete del sanatorio.
Nombre: Marta Rivas. Edad: 4 años. Sujeto número: 1.
Diagnóstico: Hiperacusia congénita. Sensibilidad auditiva excepcional.
Capacidad de resonancia única. Tratamiento: Protocolo Rivas.
Exposición controlada a frecuencias base.
Condicionamiento auditivo. Borrado selectivo de memoria.
Observaciones: Sujeto base. Frecuencia fundamental.
Nota raíz. Las demás frecuencias se calibrarán a partir de la suya.
Marta pasó la página.
Había tres fichas más. Tres fotos. Tres niñas. De cuatro años. Con el mismo camisón blanco. Con el mismo estampado de flores azules. Con la misma cicatriz en la palma izquierda.
Sujeto número 2: Carmen Roldán. Sujeto número 3: Elena Rivas. Sujeto número 4: Ana Rivas.
Marta levantó la vista. Miró a Elías. Miró a Elena.
—Carmen es Roldán —dijo. No era una pregunta.
Elías asintió.
—Carmen Roldán era la inspectora. La que te encontró en el sanatorio. La que te llevó al hospital. La que te contó las historias. La que te mintió. La que te amo. La que te odió. La que... la que era tu hermana.
Marta miró a Elena.
—Elena es la número 3.
Elena asintió.
—Y Ana era la del coche negro. La número 4. La que murió esta noche.
Marta miró el expediente. Miró las fotos. Miró las cuatro niñas. Cuatro niñas idénticas. Cuatro frecuencias base. Cuatro notas fundamentales.
—¿Y tú? —preguntó a Elías.
Elías no respondió de inmediato. Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Sacó algo. Una foto. Pequeña. En blanco y negro. Desvaída por el tiempo.
Se la tendió.
Marta la cogió. La miró.
Era un niño. De cuatro años. Con el mismo camisón blanco. Con el mismo estampado de flores azules. Con la misma cicatriz en la palma izquierda.
Sujeto número 5: Elías Rivas.
Marta levantó la vista.
—Había cinco.
Elías asintió.
—Había cinco. Cuatro niñas y un niño. Cuatro frecuencias base y una frecuencia cero. Cuatro notas fundamentales y un silencio. Y yo... yo era el silencio.
Marta cerró los ojos.
—¿Qué eres?
Elías no respondió de inmediato. Se levantó de la silla. Se acercó a Marta. Le tocó la mejilla. Los dedos estaban fríos. Suaves. Sin callosidades. Sin las marcas del trabajo manual.
—Soy el que te creó —susurró—. Soy el que diseñó el protocolo. Soy el que te marcó. Soy el que te internó. Soy... soy el que te convirtió en lo que eres.
Marta abrió los ojos.
—No.
—Sí. —Elías le tocó la mejilla otra vez.
Los dedos le temblaban—. Yo no soy un sujeto, Marta.
Yo soy el médico. El doctor. El que diseñó el protocolo.
El que te marcó a los cuatro años. El que te internó en el sótano.
El que te borró la memoria. El que te dio una nueva identidad.
El que te mantuvo contenida durante veintiocho años. El que... el que te amaba.
Marta retrocedió un paso. Luego otro. Su espalda chocó contra la puerta. El metal frío se clavó en su espalda a través de la chaqueta.
—No.
—Sí. —Elías se acercó a ella. Los ojos le brillaban con una luz que no era humana, una luz que parecía venir de dentro, desde algún lugar detrás de los iris, desde algún lugar donde la conciencia se había fragmentado en mil piezas y solo una de ellas había sobrevivido—.
Y ahora... ahora tengo que decidir qué hacer contigo.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Decidir qué?
Elías no respondió de inmediato. Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Sacó algo. Una jeringuilla. Precargada. Con un líquido transparente. Con una aguja de calibre fino.
—Esto te va a ayudar —dijo—. Vas a dejar de oír lo que no deberías oír. Vas a dejar de recordar lo que no deberías recordar. Y vas a poder irte a casa. A Madrid. A tu apartamento. A tu vida.
Marta miró la jeringuilla. Miró a Elías. Miró a Elena. Miró el expediente. Miró las fotos. Miró las cuatro niñas.
En ese segundo lo escuchó.
No venía de Elías. No venía de Elena. No venía de la planta. No venía de la noche.
Venía de dentro de su propia cabeza.
Una voz. Su voz. Pero no la suya de ahora.
La suya de niña.
Susurrando.
—No le creas, Marta. Por favor. No le creas. Él no es el médico. Él no es el que te creó. Él es... él es tu hermano. El que te amaba. El que intentó salvarte. El que... el que murió esta noche.
Marta abrió los ojos.
Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que la voz no venía de una alucinación.
Venía de un recuerdo.
De un recuerdo real. De un recuerdo que su cerebro había estado protegiendo durante veintiocho años. Entendió con una certeza absoluta que le heló la sangre, que Elías le había mentido.
Otra vez.