CAPÍTULO 22 Las sábanas de papel
Marta contó las manchas del techo.
Diecisiete. Diecisiete manchas de humedad de formas irregulares, algunas parecidas a continentes vistos desde satélites viejos, otras a animales muertos aplastados contra el yeso.
La más grande, justo encima de la cama, tenía la forma de un pulmón.
O de un hongo. O de nada en absoluto, si uno dejaba de buscarle sentido.
Llevaba tres horas contando manchas.
La habitación olía a desinfectante de limón industrial, ese que deja un rastro químico en la garganta, y a algo más debajo: el olor dulzón de la orina vieja impregnada en los colchones de los pacientes anteriores.
Las sábanas eran de papel, de esas que crujen cada vez que te mueves y se rasgan con las uñas si no tienes cuidado.
Marta llevaba tres horas intentando no moverse.
La ventana daba a un patio interior. Cuatro paredes de ladrillo visto, con escaleras de emergencia de metal oxidado y tendederos vacíos.
En la esquina inferior derecha, un contenedor de basura amarillo con la tapa entreabierta.
Una gaviota se había posado en el borde y picoteaba algo que Marta no alcanzaba a distinguir desde la altura del cuarto piso.
Escuchaba.
No podía evitarlo. El oído funcionaba como un mecanismo autónomo, independiente de su voluntad, registrando capas de sonido que su cerebro clasificaba sin que ella se lo pidiera.
En el pasillo, una enfermera arrastraba los pies sobre el linóleo —zuecos de goma, suela desgastada, peso distribuido de forma desigual, probablemente dolor lumbar crónico—.
En la habitación contigua, alguien tosía con una frecuencia de una vez cada cuarenta y cinco segundos, productiva, con flemas.
En la planta de abajo, el ascensor subía y bajaba con un traqueteo metálico que indicaba cables flojos.
Y en algún lugar, muy lejos, el mar. El mar de Ostrava, rompiendo contra los espigones, una presencia constante que no necesitaba escuchar para saber que estaba ahí.
La puerta se abrió sin aviso.
No era Roldán. Era una enfermera joven, de las que acaban de salir de la escuela, con el pelo recogido en una coleta tirante y ojeras que delataban un turno de noche. Llevaba una bandeja con un vaso de plástico, dos comprimidos blancos y un historial clínico colgado de una pinza.
—Marta Rivas.
No era una pregunta. Marta asintió. La enfermera dejó la bandeja en la mesilla, consultó el historial, marcó algo con un bolígrafo que hizo un ruido seco contra el papel.
—Le toca la medicación.
—¿Qué medicación?
—Risperidona. Dos miligramos. Para la agitación.
Marta miró los comprimidos. Blancos, redondos, con una línea divisoria en el centro. Inofensivos. Como pastillas de menta. Como azúcar comprimido.
—No estoy agitada.
La enfermera levantó la vista del historial. La miró. No con lástima, no con miedo. Con la indiferencia profesional de quien ha visto a cientos de pacientes negarse a tomar la medicación esa misma semana.
—Se lo ha dicho el doctor.
—¿Qué doctor?
—El doctor Salgado. El psiquiatra de guardia.
—No he visto a ningún psiquiatra.
La enfermera suspiró. Un sonido corto, cansado, que no iba dirigido a Marta sino al turno entero, a las horas que llevaba de pie, al café frío que la esperaba en la sala de descanso.
—Señorita Rivas. La trajeron anoche en estado de shock. La encontró la Guardia Civil en una casa abandonada de las afueras. Tenía una herida en la mano, indicios de consumo de sustancias y... —hizo una pausa, buscó la palabra adecuada en el historial—... ideación delirante.
Marta no respondió. Miró los comprimidos. Miró la ventana. La gaviota había echado a volar, dejando el contenedor vacío.
—¿Qué sustancias?
—No se lo puedo decir yo. Se lo dirá el doctor cuando venga a verla.
—¿Cuándo viene?
—Cuando pueda. Hoy es domingo. Hay poco personal.
La enfermera empujó la bandeja un centímetro hacia ella. Un gesto pequeño, casi imperceptible, que Marta interpretó como lo que era: una rutina. Tomar la medicación, firmar el papel, seguir con el turno. Nada personal.
—Tómeselos ahora, por favor. Luego vuelvo a por el vaso.
Salió. La puerta se cerró con un clic suave, magnético.
Marta se quedó mirando los comprimidos durante mucho tiempo.
No los tocó. No los movió. Escuchaba los pasos de la enfermera alejándose por el pasillo, el crujido de los zuecos, el roce de la tela del uniforme contra la piel.
Luego el silencio. Luego la tos del paciente de al lado.
Una vez. Cada cuarenta y cinco segundos.
Se incorporó despacio. Las sábanas de papel se rasgaron bajo su peso, dejando al descubierto el colchón, una funda de plástico blanca con una mancha amarillenta en la esquina.
Se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero no por debilidad.
Por la inmovilidad prolongada, por la falta de comida, por el lorazepam que le habían dado hacía horas y que aún le entumecía las extremidades.
Fue hasta la ventana. El patio interior seguía vacío. La gaviota no había vuelto. En el contenedor, algo blanco asomaba por el borde: papel, quizás, o tela. No alcanzaba a verlo bien.
Se acercó a la puerta. La probó. Cerrada. No con llave, sino con un mecanismo magnético que solo se abría desde fuera. Pulsó el timbre. Nada. Lo pulsó otra vez. Nada. Esperó. Un minuto. Dos. Tres. Nadie vino.
Volvió a la cama. Se sentó. Miró los comprimidos.
No iba a tomárselos.
No porque creyera que eran veneno. No porque creyera en conspiraciones.
Sino porque llevaba treinta y dos años aprendiendo a confiar en su propio oído, en su propia percepción, en la capacidad de su cerebro para procesar la realidad sin filtros químicos.
Y ahora, después de todo lo que había pasado —o creído que había pasado—, lo último que quería era que alguien más decidiera por ella lo que era real y lo que no.
Se tumbó otra vez. Las sábanas de papel crujieron. Cerró los ojos. No para dormir. Para recordar.
Tenía cuatro años.
No lo recordaba con claridad, sino con fragmentos.
Imágenes sueltas, desconectadas, como fotos de un álbum desordenado.
Un pasillo largo, con paredes de azulejo blanco.
El olor a cloro. Una mujer de bata blanca que le daba un caramelo de fresa.
Su padre, agachado a su altura, diciéndole algo que ella no entendía, con una voz que sonaba distinta a la de siempre, más grave, más lenta, como si las palabras le costaran salir.
Y el agua.
El agua subiendo por sus piernas. Fría. Muy fría.
El sonido del agua, un rugido sordo que le llenaba los oídos, que le tapaba todo lo demás.
Y su padre, encima de ella, empujándola hacia arriba, hacia la luz, hacia la escalera, mientras el agua le subía a él por la cintura, por el pecho, por el cuello.
Luego, nada.
O no nada. Algo. Una oscuridad larga, sin sueños, sin tiempo, de la que despertó en una cama de hospital, en Madrid, con una mujer que decía ser su tía, con un certificado de defunción que decía que su padre había muerto en un accidente, y con un vacío en la memoria que los médicos llamaron amnesia postraumática y que ella aprendió a no mencionar nunca.
Había construido una vida sobre ese vacío.
Una vida ordenada, predecible, controlada.
Estudios brillantes. Una carrera en ingeniería acústica.
Un apartamento en Madrid, pequeño pero funcional, con las paredes insonorizadas con paneles de corcho.
Una rutina estricta: levantarse a las siete, café negro, trabajo hasta las dos, comida en el escritorio, trabajo hasta las ocho, cena ligera, lectura, dormir a las once.
Nada de alcohol. Nada de drogas. Nada de relaciones que complicaran el silencio.
Y luego, Ostrava.
El encargo de Velasco. El sanatorio abandonado. La grabación del sonido en el sótano. El respirador. El ciclo de tres segundos. Todo había empezado ahí. Todo se había desmoronado ahí.
¿Qué había pasado realmente?
Marta abrió los ojos. Miró el techo. Las diecisiete manchas seguían ahí, inmóviles, ajenas a sus preguntas.
Había varias posibilidades.
La primera: todo había sido real. El sanatorio, los hombres encadenados, el protocolo, las frecuencias, las hermanas. Todo. Y ahora estaba en un hospital, contenida, silenciada, porque sabía demasiado.
La segunda: todo había sido una alucinación.
Provocada por la falta de sueño, el estrés, la hiperacusia, el trauma reprimido.
Había entrado en el sanatorio, se había cortado con un bisturí oxidado, había sufrido un episodio disociativo, y Roldán la había encontrado y la había llevado al hospital.
Todo lo demás —el viejo, el clon, las figuras del coche, Elena— eran proyecciones de su cerebro fragmentado.
La tercera: algo intermedio. Algo más complicado. Algo que no encajaba ni en la primera ni en la segunda.
Marta se incorporó otra vez. Las sábanas de papel se rasgaron de nuevo. Se acercó a la puerta. Pulsó el timbre. Esperó. Nada. Lo pulsó otra vez. Nada.
Se acercó a la ventana. El patio seguía vacío. La gaviota no había vuelto. Pero el contenedor ya no estaba solo. Alguien había dejado algo al lado: una bolsa de plástico negra, atada con un nudo, del tamaño de una cabeza.
Marta la miró durante mucho tiempo. No sabía cuánto. Minutos, quizás. Media hora. La bolsa no se movía. No hacía ruido. Solo estaba ahí, inmóvil, como si alguien la hubiera dejado y se hubiera ido.
Escuchó.
Nada. Solo la tos del paciente de al lado. El ascensor. El mar, muy lejos.
Se alejó de la ventana. Volvió a la cama. Se tumbó. Las sábanas de papel crujieron.
En aquel momento lo escuchó.
No venía del pasillo. No venía del patio. No venía de la calle.
Venía de la bolsa.
Un sonido. Muy bajo. Casi imperceptible.
Un zumbido eléctrico. Constante. De unos sesenta hercios.
La frecuencia de la red eléctrica europea.
Marta cerró los ojos.
Y esperó.