CAPÍTULO 21 El código de barras
La camilla avanzaba por el pasillo con un chirrido metálico que Marta podía seguir sin verla. Las ruedas de goma dura sobre el linóleo, un sonido que conocía demasiado bien: el de los hospitales, el de los lugares donde la gente va a morir o a esperar a morir, que a veces es lo mismo.
Roldán se apartó de la ventana. Su rostro había perdido el color, las mejillas hundidas, los ojos brillando con una luz febril que no tenía nada que ver con la fiebre.
—Tienen que haberla trasladado —susurró—. De otro hospital. De otra ciudad. No puede ser...
—¿Quién? —preguntó Marta.
Roldán no respondió. Se llevó la mano a la funda del cinto, pero no llevaba arma. Se la habían quitado cuando entraron en la habitación. Marta lo notó ahora: la falta de peso en el lado derecho, la tela del uniforme más floja, la costura descosida donde antes estaba el porta-placas.
Los pasos se acercaban. No eran los de un camillero. Eran demasiado rápidos, demasiado seguros. Los pasos de alguien que sabe exactamente dónde va y por qué.
La puerta se abrió sin que llamaran.
Entró una mujer.
Joven. Veinticinco, quizás veintiséis años. Pelo rubio, corto, peinado hacia atrás con gel. Ojos azules, muy claros, casi transparentes. Piel pálida, sin maquillaje. Llevaba una bata blanca de médico, con el nombre bordado en el pecho izquierdo: Dra. E. Rivas.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—Hola, Marta —dijo la mujer.
La voz era la suya.
No se parecía. Era la suya. La misma cadencia, la misma forma de alargar las esdrújulas, el mismo leve ceceo en las ese.
Pero más joven. Más suave. Sin el desgaste de treinta y dos años de hiperacusia, sin el temblor de treinta y seis horas sin dormir, sin la ronquera de los cigarrillos y el café rancio.
—¿Quién eres? —preguntó Marta.
La mujer sonrió. Una sonrisa triste, rota, que no le llegó a los ojos.
—Soy tu hermana —dijo—. La que nació después. La que papá tuvo con Carmen. La que creció con su apellido, con su cicatriz, con su nombre. La que... la que él quiso que fuera.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —La mujer se acercó a la cama. Se sentó en el borde, junto a Roldán. El colchón crujió bajo su peso—. Me llamo Elena. Elena Rivas. Como tú. Como él quiso que nos llamáramos. Como él quiso que fuéramos.
Marta abrió los ojos. Miró a Roldán. Roldán miraba a Elena con una expresión que Marta no pudo descifrar. No era sorpresa. No era miedo. Era reconocimiento. Como si hubiera estado esperando este momento durante veintiocho años.
—¿Es verdad? —preguntó Marta.
Roldán no respondió de inmediato. Se llevó la mano a la barbilla, tocó la cicatriz con los dedos.
—Sí —suspiró—. Elena es mi hija. La que tuve con tu padre. Después de... después de que tú desaparecieras. Después de que yo...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Después de que tú qué, Roldán?
Roldán cerró los ojos.
—Después de que yo te robara —masculló—. Después de que yo te sacara del sanatorio. Después de que yo te diera una nueva identidad. Después de que yo te mantuviera contenida. Durante veintiocho años.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Robarme?
—Sí. —Roldán abrió los ojos. En ellos, Marta vio algo que no había visto antes.
Algo que no era reconocimiento. Era culpa—.
Tu padre no murió ahogado en una inundación.
Tu padre murió porque yo lo maté. Porque intentó liberarte.
Porque intentó darte una vida normal. Porque intentó borrar todo lo que había hecho.
Y yo... yo no pude permitirlo. Porque si él lo hacía, si él te liberaba, si él borraba todo...
entonces yo perdería la oportunidad de demostrar que tenía razón.
De demostrar que el experimento funcionaba. De demostrar que tú eras... especial.
Marta retrocedió en la cama. El colchón crujió bajo su peso.
—¿Y por qué me robaste?
Roldán no respondió de inmediato. Miró a Elena. Elena la miró a ella. Hubo un intercambio silencioso, una conversación que se desarrolló en micro-expresiones, en el temblor de un párpado, en la forma en que los dedos de Elena se curvaron sobre el borde del colchón.
—Porque tú eras la prueba —dijo Roldán finalmente—.
La prueba de que el experimento funcionaba.
La prueba de que el cerebro humano puede ser reprogramado.
De que la memoria puede ser borrada. De que la identidad puede ser fragmentada.
De que el trauma puede ser convertido en una herramienta.
Y yo... yo necesitaba esa prueba. Para demostrar que tenía razón.
Para demostrar que tu padre estaba equivocado. Para demostrar que...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Que qué, Roldán?
Roldán cerró los ojos.
—Que yo lo amaba —susurró—. Que yo amaba a tu padre. Y que quería que él estuviera orgulloso de mí. Que quería que él viera que yo tenía razón. Que quería que él...
Se calló.
Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Que él qué, Roldán?
Roldán abrió los ojos. Miró a Marta. En ellos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era culpa. No era amor. No era miedo.
Era odio.
—Que él me amara —farfulló—. Que él me eligiera a mí. Que él se quedara conmigo. Que él...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Que él qué, Roldán?
Roldán cerró los ojos.
—Que él no te eligiera a ti —masculló—. Que él no te salvara. Que él no te liberara. Que él...
Se calló.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Que él no me amara?
Roldán no respondió. En su lugar, se levantó de la cama. Fue hasta la ventana. Corrió la persiana otra vez. Miró hacia fuera. La luz grisácea del atardecer entraba por el hueco, proyectando una línea fina sobre el suelo de linóleo.
—Tu padre me amaba —dijo Roldán, sin girarse—.
Pero te amaba más a ti. Y yo... yo no pude soportarlo.
Yo no pude soportar ser la segunda opción.
Yo no pude soportar ser la amante. La asistente.
La ayudante. Yo quería ser la esposa. La madre.
La familia. Y cuando tu padre decidió terminar el experimento, cuando decidió liberarte, cuando decidió borrar todo lo que había hecho...
yo no pude permitirlo. Porque si él lo hacía, si él te liberaba, si él borraba todo...
entonces él se iría contigo. Y yo... yo me quedaría sola.
Marta cerró los ojos.
—¿Y qué hiciste?
Roldán no respondió de inmediato. Se llevó la mano a la barbilla, tocó la cicatriz con los dedos.
—Lo maté —suspiró—. Lo ahogué en el sótano. En la inundación que yo provoqué. Y luego... luego te saqué de allí. Te llevé a Madrid. Te di una nueva identidad. Una nueva vida. Una nueva memoria. Y te mantuve contenida. Durante veintiocho años.
Marta abrió los ojos.
—¿Y por qué me lo cuentas ahora?
Roldán se giró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era odio. No era culpa. No era amor.
Era cansancio.
—Porque ya no puedo seguir mintiendo —murmuró—.
Porque ya no puedo seguir conteniéndote.
Porque ya no puedo seguir fingiendo que tú estás loca.
Que tú alucinas. Que tú inventas. Porque tú no estás loca, Marta.
Tú nunca estuviste loca. Tú eres... tú eres lo que tu padre quería que fueras.
Tú eres la prueba de que el experimento funcionaba.
Tú eres la nota fundamental. Y ahora... ahora tienes que decidir qué hacer con eso.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Decidir qué?
Roldán se acercó a la cama. Se sentó en el borde, junto a Elena. El colchón crujió bajo su peso.
—Decidir si quieres seguir siendo contenida —dijo Roldán—. O si quieres despertar. O si quieres resonar. O si quieres...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿O si quieres qué, Roldán?
Roldán cerró los ojos.
—O si quieres matarme —articuló—. Como yo maté a tu padre.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
Y entonces, en ese instante, en ese preciso instante, en el instante exacto en que Roldán pronunció la última palabra...
Elena se levantó de la cama.
Se acercó a Marta.
Le tocó la mejilla.
Los dedos estaban fríos. Suaves. Sin callosidades. Sin las marcas del trabajo manual.
—No la mates, Marta —dijo Elena. Su voz sonó más suave ahora, más íntima, como si estuviera confesando algo en un confesionario—. No merece la pena. Ella ya está muerta. Lleva muerta veintiocho años. Desde la noche que mató a papá. Desde la noche que te robó. Desde la noche que...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Que qué, Elena?
Elena cerró los ojos.
—Que ella también es un eco —susurró—. Un reflejo. Una copia. Como yo. Como Andrés. Como las figuras del coche. Como el viejo en la cama. Todos somos ecos, Marta. Todos somos reflejos. Todos somos copias. Pero tú... tú eres la original. Tú eres la fuente. Tú eres la nota fundamental.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Y qué tengo que hacer?
Elena sonrió. La misma sonrisa triste, rota, que no le llegó a los ojos.
—Resonar —susurró—. Solo tienes que resonar.
Marta cerró los ojos. En la oscuridad escuchó algo.
No venía de Elena. No venía de Roldán. No venía del pasillo. No venía de la ventana. Venía de dentro de su propia cabeza. Una voz. Su voz.
Pero no la suya de ahora.
La suya de niña.
Susurrando.
—No resuenes, Marta. Por favor. No resuenes.
Marta abrió los ojos.
Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que la voz no venía de una alucinación.
Venía de un recuerdo. De un recuerdo real. De un recuerdo que su cerebro había estado protegiendo durante veintiocho años.
Estaba al corriente con una certeza absoluta que le heló la sangre, que Elena le había mentido.
Otra vez.