Ecos de lo que fui CAPÍTULO 20 El expediente clínico
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CAPÍTULO 20 El expediente clínico

Marta no dijo nada durante mucho tiempo.

Dejó que el silencio se extendiera entre ellas como una mancha de aceite sobre el linóleo gris.

Escuchaba los sonidos del hospital: el tictac del reloj, el zumbido de la nevera, el roce de la silla de plástico cuando Roldán cambiaba el peso de una pierna a otra, el crujido de sus propias costillas al respirar.

Y debajo de todo, la voz de la niña. No susurrando ahora.

Esperando. Paciente. Como si hubiera aprendido a esperar durante veintiocho años.

—Quiero ver mi expediente —dijo Marta finalmente.

Roldán no respondió de inmediato. Se llevó la mano a la barbilla, tocó la cicatriz con los dedos, un gesto que Marta reconoció como lo que era: un tic, una costumbre, una forma de ganar tiempo.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque es confidencial.

—Soy la paciente. Tengo derecho a ver mi historial.

Roldán se sentó otra vez en la silla de plástico azul. La carpeta de cartón seguía sobre su regazo, pero ahora la tenía cerrada, las manos encima, los dedos entrelazados.

—Marta...

—Quiero ver el expediente. El de hoy. El de la admisión. El que dice que estoy aquí por shock, por consumo de sustancias, por alucinaciones.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué no?

Roldán no respondió. Miró la puerta, el ojo de buey de cristal blindado, como si esperara que alguien apareciera al otro lado.

—Porque no todo está ahí —dijo finalmente—. No todo lo que pasó está en el expediente.

Marta se incorporó en la silla. El plástico crujió bajo su peso.

—¿Qué no está?

Roldán cerró los ojos. Los abrió. Los párpados le pesaban, pero la mirada seguía siendo afilada, penetrante, la mirada de una mujer que ha tomado demasiadas decisiones difíciles y ya no sabe cuál fue la correcta.

—Su padre no murió en una inundación —dijo Roldán.

Marta sintió que el corazón le subía a la garganta. No por miedo. Por comprensión. Por la horrible, fría claridad de conectar los puntos que no quería conectar.

—¿Entonces cómo murió?

Roldán no respondió de inmediato. Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Sacó un sobre marrón, desgastado por el tiempo, idéntico al que le había dado en la casa. Se lo tendió.

—Esto estaba en su expediente —dijo Roldán—. Cuando la encontramos. En el bolsillo de su chaqueta.

Marta cogió el sobre. Estaba cerrado. Sin remitente. Solo su nombre, escrito a mano, con una caligrafía que reconoció al instante.

La suya.

Rompió el sello. Dentro, una sola hoja de papel. Arrancada de un cuaderno de espiral. De esos que se usan en los hospitales. Con el membrete del sanatorio de Ostrava.

Leyó.

Una línea. Solo una.

Escrita con su propia letra.

No fue una inundación, Marta. Fue un experimento.

Marta levantó la vista. Miró a Roldán.

—¿Qué experimento?

Roldán no respondió. En su lugar, se levantó de la silla. Fue hasta la puerta. La abrió. Miró al pasillo. No había nadie. Cerró la puerta. Volvió a sentarse.

—Su padre no era ingeniero —dijo Roldán—. Era médico. Psiquiatra. Trabajaba en el sanatorio de Ostrava. En el programa de investigación.

Marta cerró los ojos.

—No.

—Sí. —Roldán se acercó a la cama. Se sentó en el borde. El colchón crujió bajo su peso—. Y usted no era una paciente. Era un sujeto de prueba. Sujeto número cuatro. El más joven. El más sensible. El más... prometedor.

Marta abrió los ojos.

—¿Prometedor?

—Sí. —Roldán le tocó la mano. La de la herida. La piel rosada, nueva, frágil—. Su padre descubrió que usted tenía una capacidad excepcional. Para escuchar. Para recordar. Para resonar. Y decidió... utilizarla.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Utilizarme?

—Sí. —Roldán le apretó la mano. Los dedos le temblaban—. Para probar su teoría. Para demostrar que el cerebro humano puede ser reprogramado. Que la memoria puede ser borrada. Que la identidad puede ser fragmentada. Que el trauma puede ser convertido en una herramienta.

Marta cerró los ojos.

—No.

—Sí. —Roldán le tocó la mejilla. Los dedos le temblaban—. Y un día, su padre decidió que era hora de terminar el experimento. De liberarla. De darle una vida normal. De borrar todo lo que había hecho. Y entonces... entonces alguien lo detuvo.

Marta abrió los ojos.

—¿Quién?

Roldán no respondió de inmediato. Miró la puerta, el ojo de buey de cristal blindado, como si esperara que alguien apareciera al otro lado.

—Yo —susurró.

Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.

—¿Usted?

—Sí. —Roldán cerró los ojos—. Yo era su ayudante. Su asistente. La que preparaba los informes. La que archivaba los expedientes. La que... la que lo amaba.

Marta retrocedió en la cama. El colchón crujió bajo su peso.

—¿Usted amaba a mi padre?

—Sí. —Roldán abrió los ojos. En ellos, Marta vio algo que no había visto antes.

Algo que no era culpa. No era piedad. No era cansancio.

Era amor—. Y cuando su padre decidió terminar el experimento, cuando decidió liberarla, cuando decidió borrar todo lo que había hecho...

yo no pude permitirlo. Porque si él lo hacía, si él la liberaba, si él borraba todo...

entonces yo perdería la oportunidad de demostrar que tenía razón.

De demostrar que el experimento funcionaba. De demostrar que usted era... especial.

Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Y qué hizo?

Roldán no respondió de inmediato. Se llevó la mano a la barbilla, tocó la cicatriz con los dedos, un gesto que Marta reconoció como lo que era: un tic, una costumbre, una forma de aplazar lo que venía.

—Lo maté —suspiró—. Lo maté para que el experimento continuara. Para que usted siguiera siendo mi sujeto. Para que yo pudiera demostrar que tenía razón.

Marta cerró los ojos.

—No.

—Sí. —Roldán le tocó la mano otra vez. La de la herida.

La piel rosada, nueva, frágil—. Lo ahogué.

En el sótano. En la inundación que yo provoqué.

Y luego... luego la saqué de allí. La llevé a Madrid.

Le di una nueva identidad. Una nueva vida.

Una nueva memoria. Y la mantuve contenida. Durante veintiocho años.

Marta abrió los ojos.

—¿Y por qué me lo cuenta ahora?

Roldán no respondió de inmediato. Miró la puerta, el ojo de buey de cristal blindado, como si esperara que alguien apareciera al otro lado.

—Porque ya no puedo seguir mintiendo —musitó—.

Porque ya no puedo seguir conteniéndola.

Porque ya no puedo seguir fingiendo que usted está loca.

Que usted alucina. Que usted inventa. Porque usted no está loca, Marta.

Usted nunca estuvo loca. Usted es... usted es lo que su padre quería que fuera.

Usted es la prueba de que el experimento funcionaba.

Usted es la nota fundamental. Y ahora...

ahora tiene que decidir qué hacer con eso.

Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.

—¿Decidir qué?

Roldán se levantó de la cama. Fue hasta la ventana. Corrió la persiana otra vez. Miró hacia fuera. La luz grisácea del atardecer entraba por el hueco, proyectando una línea fina sobre el suelo de linóleo.

—Decidir si quiere seguir siendo contienda —dijo Roldán, sin girarse—. O si quiere despertar. O si quiere resonar. O si quiere...

Se calló.

Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.

—¿O si quiere qué, Roldán?

Roldán se giró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era amor. No era culpa. No era piedad.

Era miedo.

—O si quiere matarme —susurró—. Como yo maté a su padre.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

Entonces en ese instante, en ese preciso instante, en el instante exacto en que Roldán pronunció la última palabra...

Marta escuchó algo.

No venía de Roldán. No venía del pasillo. No venía de la ventana.

Venía de fuera. De la carretera. Del aparcamiento del hospital. Un motor. No el de un coche. El de una ambulancia. Aparcando frente a la entrada.

Marta miró a Roldán. Roldán miró hacia la ventana. Lo escuchó.

El sonido de las puertas de la ambulancia abriéndose. El chirrido de las ruedas de una camilla. El pitido de un monitor de constantes vitales.

Pero debajo de todo, una voz. Una voz que Marta reconoció al instante. Porque era la suya. Pero no la suya de ahora.

La suya de niña.

Susurrando.

—Ya es hora, Marta. Por fin has vuelto a casa.