CAPÍTULO 19 La habitación blanca
El suelo subió hacia ella.
No hubo drama. No hubo cámara lenta. No hubo música de cuerdas agónicas.
Simplemente, la gravedad dejó de ser una constante y se convirtió en una orden.
Las rodillas de Marta golpearon el linóleo primero, luego la frente, y el sobre que había protegido contra el pecho se abrió con un crujido seco, escupiendo la polaroid, la ficha médica y la grabadora de cinta sobre el suelo.
La última imagen que registró antes del apagón fue la bata blanca de la Roldán joven.
El tejido de algodón almidonado, con una mancha de café seco en el bolsillo izquierdo.
Un detalle tan insignificante, tan humano, tan ajeno a cualquier alucinación sobrenatural, que su cerebro lo archivó como un error de formato.
Luego, nada.
Despertó en una habitación blanca.
No era la blancura clínica de un hospital.
Era la blancura institucional de un edificio público mal mantenido: paredes de pladur con juntas mal selladas, techo de escayola con manchas de humedad formando archipiélagos marrones, suelo de linóleo gris con marcas de tacos de goma.
Olía a lejía barata, a café de máquina, a tabaco rubio impregnado en la ropa de los funcionarios.
Marta estaba sentada en una silla de plástico azul, de esas que se apilan en los pasillos de los juzgados.
Tenía las manos libres. La chaqueta de cuero seguía puesta, pero alguien le había subido las mangas hasta los codos.
En la muñeca izquierda, una pulsera de plástico blanca con un código de barras impreso.
H-280926-0147.
Hospital. Planta cuarta. Habitación 147. Fecha de ingreso: 28 de septiembre.
Hoy.
Había perdido casi dos días.
A su derecha, una ventana con los cristales esmerilados hasta media altura.
Por encima, el cielo gris del norte, sin sol, sin nubes definidas, una masa uniforme de luz difusa que no proyectaba sombras.
A su izquierda, una puerta de madera contrachapada con un pequeño ojo de buey de cristal blindado. Cerrada.
Y enfrente, sentada en otra silla de plástico azul, con una carpeta de cartón sobre el regazo y un bolígrafo bic en la mano, la inspectora Roldán.
La Roldán mayor. La de cincuenta y tantos años. La del pelo corto y canoso, la cicatriz en la barbilla, la cicatriz que Marta había confundido con una marca de boxeadora retirada. Llevaba el uniforme de la Guardia Civil, planchado, con los galones en las mangas. No llevaba arma visible.
—Llevas cuatro horas dormida —dijo Roldán. Su voz sonaba distinta. Más baja. Más controlada. La voz de una mujer que ha ensayado esta conversación en la ducha, camino del trabajo—. Te hemos dado un sedante suave. Lorazepam. Dos miligramos.
Marta intentó hablar. La lengua se le pegaba al paladar, pastosa, como si llevara días sin beber.
—Agua —dijo.
Roldán no se movió. Dejó el bolígrafo sobre la carpeta. Se levantó. Fue hasta un dispensador de agua en la esquina, llenó un vaso de plástico, volvió, se lo acercó a los labios. Marta bebió. El agua sabía a cloro y a plástico.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
—Hospital comarcal de Ostrava. Planta de psiquiatría breve.
Marta cerró los ojos. La palabra psiquiatría le cayó en el estómago como una piedra.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro y cuarto de la tarde. Domingo.
—¿Qué día?
—Veintiocho de septiembre.
Marta abrió los ojos. Miró a Roldán. La inspectora la miraba con una expresión que no era de lástima. No era de complicidad. Era la expresión de una funcionaria que ha leído demasiados informes y ya no se sorprende de nada.
—¿Qué pasó? —preguntó Marta.
Roldán se sentó otra vez. Abrió la carpeta. Sacó una hoja. La dejó sobre el regazo, boca abajo.
—Te encontraron en la casa de una mujer llamada Carmen Roldán. En las afueras de Ostrava. Estabas en estado de shock. Tenías una herida en la palma izquierda, producida por un bisturí. Había indicios de consumo de sustancias. Y estabas sola.
Marta escuchó. No solo las palabras. El fondo.
La respiración de Roldán, regular, a unos setenta por minuto.
El tictac de un reloj de pared, a sesenta pulsaciones.
El zumbido de la nevera de medicamentos en el pasillo, a ciento veinte hercios.
Y debajo de todo, el sonido de su propia sangre en los oídos, el pulso carotideo, el latido del corazón, el ruido blanco de un cuerpo vivo.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Y la dueña de la casa?
Roldán no respondió de inmediato. Miró la hoja boca abajo sobre su regazo. Pasó el dedo por el borde del papel, un gesto pequeño, casi imperceptible, que Marta registró como lo que era: un tic. Una costumbre. Una forma de aplazar lo que venía.
—Carmen Roldán murió hace veintiocho años —dijo finalmente.
Marta sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. No por miedo. Por comprensión. Por la horrible, fría claridad de conectar los puntos que no quería conectar.
—No.
—Sí. —Roldán levantó la vista. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes.
Algo que no era lástima. No era complicidad.
Era cansancio. El cansancio de una mujer que ha tenido esta conversación demasiadas veces, con demasiadas personas, y ya no cree en ninguna—.
Suicidio. En 1998. Se cortó las venas en la bañera de su casa.
Tenía veintiséis años. Estaba embarazada de tres meses.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —Roldán dejó la hoja sobre la mesa.
La giró. Era un informe. Con una foto en la esquina superior derecha.
Una foto de una mujer joven. Con el pelo largo y negro.
Con una cicatriz en la barbilla. Con una sonrisa triste, rota, que no le llegaba a los ojos—.
Se llamaba Carmen Roldán. Era guardia civil. Como yo.
Marta abrió los ojos. Miró la foto. Miró a Roldán.
—Usted...
—Soy su hija —dijo Roldán—. La que nació después. La que no estaba en la barriga cuando ella murió. La que mi padre adoptó cuando se volvió a casar, dos años después del suicidio. La que creció con su nombre, con su apellido, con su cicatriz.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Qué cicatriz?
Roldán se llevó la mano a la barbilla. Tocó la marca. La cicatriz que Marta había confundido con una marca de boxeadora.
—No me la hizo un puñetazo —dijo Roldán—. Me la hizo mi padre. Cuando tenía siete años. Cuando le pregunté por qué mamá se había muerto. Cuando le dije que yo quería verla. Cuando le dije que yo quería ser como ella.
Marta no respondió. Escuchaba. No solo las palabras. El fondo. La respiración de Roldán. El tictac del reloj. El zumbido de la nevera. Y debajo de todo, el sonido de su propia sangre en los oídos.
—¿Por qué me ha mentido? —preguntó Marta.
Roldán no respondió de inmediato. Miró la hoja sobre su regazo. Pasó el dedo por el borde del papel otra vez.
—No le he mentido, Marta. Le he contado lo que usted necesitaba oír. Lo que su cerebro necesitaba oír. Para que usted no se rompiera. Para que usted no resonara. Para que usted no despertara.
Marta cerró los ojos.
—¿De qué está hablando?
Roldán se levantó. Fue hasta la ventana. Corrió la persiana un centímetro. Miró hacia fuera. La luz grisácea del atardecer entraba por el hueco, proyectando una línea fina sobre el suelo de linóleo.
—¿Sabe lo que es la hipoxia, Marta? —preguntó Roldán, sin girarse.
—Falta de oxígeno en los tejidos.
—Sí. —Roldán siguió mirando por la rendija—. ¿Y sabe lo que provoca la hipoxia prolongada en un cerebro en desarrollo?
—Daño neuronal. Alucinaciones. Pérdida de memoria.
—Sí. —Roldán se giró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes.
Algo que no era cansancio. Era piedad—. ¿Y sabe lo que provoca la hipoxia prolongada en una niña de cuatro años, encerrada en un sótano inundado, con el agua subiéndole por las piernas, mientras su padre se ahoga a tres metros de ella?
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—No.
—Sí. —Roldán se acercó a la cama. Se sentó en el borde.
El colchón crujió bajo su peso—. Provoca que el cerebro se fragmente.
Que la memoria se rompa en mil pedazos. Que la realidad se convierta en una frecuencia.
Que el dolor se convierta en un eco. Que el trauma se convierta en una nota fundamental.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —Roldán le tocó la mano. La de la herida.
La costra se había caído, dejando ver la piel rosada, nueva, frágil—.
Usted estuvo en el sanatorio de Ostrava, Marta.
A los cuatro años. Con su padre. Él era ingeniero.
Trabajaba en la desalinizadora. Ustedes vivían en el pueblo.
Su madre había muerto de cáncer dos años antes.
Su padre la llevaba al trabajo todos los días.
La dejaba en la guardería del sanatorio. La recogía a las cinco.
Marta abrió los ojos.
—No.
—Sí. —Roldán le apretó la mano. Los dedos le temblaban—.
Y un día, el día que cerraron el sanatorio, su padre la bajó al sótano.
Para mostrarle las máquinas. Para que viera cómo funcionaba la desalinizadora.
Para que entendiera lo que él hacía. Y entonces, una tubería reventó.
El sótano se inundó. El agua subió. Su padre intentó sacarla.
Intentó levantarla. Pero el agua era más fuerte.
Y su padre... su padre se ahogó. Intentando salvarla.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—No.
—Sí. —Roldán le tocó la mejilla. Los dedos le temblaban—.
Y usted sobrevivió. Pero su cerebro se rompió.
Y usted olvidó. Y usted creció. Y usted se convirtió en ingeniera acústica.
Y usted aprendió a escuchar. A escuchar frecuencias.
A escuchar ecos. A escuchar notas fundamentales.
Porque su cerebro necesitaba encontrar un patrón.
Un patrón que explicara el ruido. Un patrón que explicara el dolor.
Un patrón que explicara por qué su padre había muerto.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —Roldán le apretó la mejilla. Los dedos le temblaban—. Y cuando vino a Ostrava, cuando grabó el sonido del sótano, cuando escuchó el respirador... su cerebro activó el patrón. Y entonces empezó a recordar. Y entonces empezó a resonar. Y entonces empezó a alucinar.
Marta abrió los ojos.
—¿Alucinar?
—Sí. —Roldán se levantó de la cama. Fue hasta la ventana.
Corrió la persiana otra vez. Miró hacia fuera—.
Todo lo que vio en la casa de Carmen. El viejo en la cama.
El clon de la chaqueta. Las figuras del coche.
Andrés. Yo, de joven. Todo eso fue una alucinación.
Provocada por la hipoxia. Por el lorazepam.
Por la falta de sueño. Por el trauma. Por el dolor. Por el eco.
Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—No.
—Sí. —Roldán se giró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes.
Algo que no era piedad. Era amor—. Y yo...
yo soy una guardia civil. Que encontró a una mujer en estado de shock, en la casa de una muerta.
Y que tuvo que decidir si la llevaba a comisaría, o si la llevaba a un hospital, o si la dejaba en la calle.
Y que decidió contarle una historia. Una historia que explicara lo que ella había visto.
Una historia que justificara lo que ella había sentido.
Una historia que la mantuviera contenida.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —Roldán le tocó la mano otra vez. La de la herida. La piel rosada, nueva, frágil—. Y ahora tiene que decidir usted. Si cree la historia. O si cree la verdad.
Marta abrió los ojos.
—¿Y cuál es la verdad?
Roldán no respondió de inmediato. Miró la hoja sobre su regazo. Pasó el dedo por el borde del papel otra vez.
—La verdad —dijo finalmente— es que no hay frecuencias. No hay resonancias. No hay notas fundamentales. No hay clones. No hay ecos. No hay reflejos. Solo hay una niña de cuatro años, que sobrevivió a una inundación. Que perdió a su padre. Que olvidó. Que recordó. Que alucinó. Que necesita ayuda.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Y usted?
Roldán no respondió. En su lugar, dejó la hoja sobre la mesa. Se levantó. Fue hasta la puerta. La abrió.
—Yo soy la guardia civil que la encontró —dijo—. Y que decidió contarle una historia. Porque pensé que era más fácil de soportar que la verdad.
Marta la miró.
—¿Y ahora?
Roldán se giró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era amor. No era piedad. No era cansancio.
Era culpa.
—Y ahora —masculló—, tengo que decidir si la dejo ir. O si la ingreso.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Ingresarme?
—Sí. —Roldán cerró los ojos—. En psiquiatría. Durante un tiempo. Para que la traten. Para que la estabilicen. Para que...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Para que qué, Roldán?
Roldán abrió los ojos.
—Para que deje de escuchar —balbuceó—. Para que deje de resonar. Para que deje de recordar. Para que...
Se calló.
Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Y entonces, en ese instante, en ese preciso instante, en el instante exacto en que Roldán pronunció la última palabra...
Marta escuchó algo. No venía de Roldán. No venía del pasillo. No venía de la ventana.
Venía de dentro de su propia cabeza.
Una voz. Su voz.
Pero no la suya de ahora.
La suya de niña.
Susurrando.
—No les creas, Marta. Por favor. No les creas.
Marta abrió los ojos.
Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que la voz no venía de una alucinación.
Venía de un recuerdo.
De un recuerdo real.
De un recuerdo que su cerebro había estado protegiendo durante veintiocho años.
Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que Roldán le había mentido.
Otra vez.