CAPÍTULO 18 La verdad del ruido
El pitido del respirador se mezclaba con el sonido de los pasos de Andrés.
Un, dos, tres. Cuatro. Cinco. Seis pasos hasta detenerse a dos metros de Marta.
El traje negro estaba impecable, la corbata perfectamente anudada, los zapatos lustrados hasta brillar.
Pero el rostro seguía siendo el mismo: demacrado, cetrino, con esa expresión vacía de quien ha pasado décadas encerrado.
Velasco se movió primero. Sacó la pistola de la funda —Marta no lo había visto desenvainar, pero el arma estaba en su mano, apuntando al pecho de Andrés—. ¡No te muevas!
Andrés no se movió. Solo sonrió. La misma sonrisa simétrica, profesional, que había usado el clon de la chaqueta idéntica.
—Demasiado tarde, Velasco —dijo Andrés. Su voz era grave, con un acento que Marta no pudo identificar. Neutro. Entrenado—. El patrón ya está completo.
Velasco no disparó. El dedo le temblaba en el gatillo. Marta podía oírlo: el roce del metal contra el cuero de la funda, el crujido de sus nudillos al apretar la empuñadura, la respiración acelerada a ciento diez por minuto.
—¿Qué has hecho? —preguntó Velasco. Su voz sonó más baja de lo que Marta la había escuchado nunca—. ¿Qué has hecho, Andrés?
Andrés no respondió. En su lugar, miró a Marta. Los ojos grises, pálidos, translúcidos, la miraban con una intensidad que la hacía sentir desnuda, expuesta, como si la estuviera diseccionando con la mirada.
—Tú no entiendes, Marta —dijo Andrés—. Tú nunca has entendido. Porque tú eres la única que no ha sido contaminada. La única que no ha sido fragmentada. La única que todavía está completa.
Marta retrocedió un paso. Su espalda chocó contra la pared. El yeso se desmenuzó bajo sus hombros.
—¿Contaminada?
—Sí. —Andrés dio un paso hacia ella. Velasco no disparó.
Solo retrocedió, manteniendo el arma apuntada al pecho de Andrés, pero sin apretar el gatillo—.
Todos los demás están contaminados. Todos los demás están fragmentados.
Todos los demás son ecos. Reflejos. Copias.
Pero tú... tú eres la original. Tú eres la fuente. Tú eres la nota fundamental.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —Andrés se acercó otro paso. Ahora estaba a menos de un metro. Marta podía oler su colonia. Sándalo y ámbar. La misma colonia del clon—. Y por eso tienes que completar el patrón. Por eso tienes que resonar. Por eso tienes que despertar a todos los demás.
—¿Y qué pasa cuando despierten?
Andrés no respondió de inmediato. Cerró los ojos. Los abrió. Los párpados le pesaban, pero la mirada seguía siendo afilada, penetrante, la mirada de un hombre que ha pasado décadas calculando variables, midiendo resultados, ajustando protocolos.
—Entonces el mundo escucha —articuló—. Y el mundo despierta. Y el mundo resuena. Y el mundo... se rompe.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—No.
—Sí. —Andrés extendió la mano. La izquierda.
La de la cicatriz. Los dedos le temblaban, pero el gesto era claro—.
Pero no tienes que tener miedo. Porque tú vas a estar en el centro.
Tú vas a ser el ojo del huracán. Tú vas a ser la única que no se rompa.
La única que sobreviva. La única que recuerde.
Marta abrió los ojos.
—¿Y tú?
Andrés no respondió. En su lugar, bajó la mano. La dejó caer a un costado, inerte, como si toda la energía que la había mantenido erguida se hubiera evaporado de golpe.
—Yo ya estoy roto —masculló—. Yo ya soy un eco. Un reflejo. Una copia. Pero tú... tú eres la original. Tú eres la fuente. Tú eres la nota fundamental.
Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Y qué tengo que hacer?
Andrés sonrió. La misma sonrisa triste, rota, que no le llegó a los ojos.
—Resonar —farfulló—. Solo tienes que resonar.
Marta no respondió. Miró a Velasco. Velasco miraba a Andrés, con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, como si hubiera visto un fantasma.
—¿Es verdad? —preguntó Marta.
Velasco no respondió de inmediato. Tragó saliva. El clic de su nuez fue audible en el silencio de la habitación.
—No sé qué es verdad y qué no —dijo finalmente—. Solo sé que tenemos que irnos. Ahora. Antes de que...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Antes de que qué, Velasco?
Velasco la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo peor que el pánico. Peor que la complicidad. Peor que la culpa.
Era terror.
—Antes de que él salga del camión —gruñó—. Antes de que él venga a buscarla. Antes de que él...
Se calló.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Quién es él?
Velasco no respondió. En su lugar, miró hacia la ventana. Hacia la carretera. Hacia el camión de mudanzas.
Entonces lo escuchó. No venía del camión. No venía de la carretera. Venía de fuera. De la casa de Roldán. De la habitación del fondo.
Un sonido. Rítmico. Metálico.
Clack-clack-clack.
Como uñas arañando metal. Como dientes rechinando contra hierro. Como algo que estaba intentando salir.
Marta giró la cabeza.
La puerta del pasillo. La tercera puerta. La que estaba cerrada.
Se estaba abriendo. Lentamente. Con un chirrido de bisagras oxidadas.
Y por el hueco, salió algo. Algo grande. Algo pesado. Algo que olía a formol, a sangre vieja, a algo guardado demasiado tiempo en la oscuridad.
Algo que sonaba como un respirador.
Shhh-klik. Shhh-klik.
Tres segundos. Inhalación. Chasquido. Pausa. Exhalación.
Marta miró.
Entonces lo vio. Era Roldán. Pero no la Roldán que había estado sentada en el sofá, llorando, confesando.
Era otra Roldán.
Más joven. Más delgada. Con el pelo negro, largo, cayéndole sobre los hombros. Con una bata blanca de laboratorio. Con unos guantes de látex azul.
En la mano izquierda, una cicatriz.
En forma de luna creciente. Idéntica a la de Marta. Idéntica a la de Andrés. Idéntica a la del viejo en la cama. Idéntica a la de las figuras del coche.
La Roldán joven la miró.
Y sonrió.
—Hola, hija —dijo—. Por fin has vuelto a casa.
Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Y entonces, en ese instante, en ese preciso instante, en el instante exacto en que la Roldán joven pronunció la última palabra...
Marta entendió.
No eran clones. No eran ecos. No eran reflejos. Eran personas.
Personas reales. Víctimas. Víctimas de un programa.
De un programa de control mental. De un programa de lavado de cerebro. De un programa que había estado operando durante décadas. De un programa que la había convertido en lo que era. De un programa que ahora amenazaba con destruir todo lo que conocía.
Marta cerró los ojos.
Pero entonces en la oscuridad, escuchó algo.
No venía de la Roldán joven. No venía de Andrés. No venía de Velasco. No venía del viejo en la cama.
Venía de dentro de su propia cabeza.
Una voz. Su voz.
Pero no la suya de ahora.
La suya de niña.
Susurrando.
—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.
Marta abrió los ojos.
Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que la voz no venía de fuera.
Venía de dentro. De su propia mente. De su propio trauma. De su propio dolor. De su propio eco.
Sabia de buena tinta, con una certeza absoluta que le heló la sangre que no había frecuencias.
No había resonancias.
No había notas fundamentales.
Solo había dolor. Solo había trauma. Solo había una niña de cuatro años, encerrada en un sótano, gritando pidiendo ayuda.
Pero esa niña era ella. Esa niña había estado gritando durante veintiocho años.
Y ahora, por fin, alguien la había escuchado.