Ecos de lo que fui CAPÍTULO 17 La nota fundamental
37%

CAPÍTULO 17 La nota fundamental

La voz del viejo no era la voz del viejo.

Era la voz de un hombre que llevaba veintiocho años muerto.

La voz que Marta había escuchado en las grabaciones caseras, en las llamadas telefónicas, en los sueños que no recordaba hasta ahora.

Una voz grave, cálida, con un leve acento del norte que se suavizaba en las vocales, como si las palabras se derritieran antes de llegar a los labios.

—Ya es hora, hija —repitió el viejo. Los ojos le brillaban con una luz que no era humana, una luz que parecía venir de dentro, desde algún lugar detrás de los iris grises, desde algún lugar donde la conciencia se había fragmentado en mil piezas y solo una de ellas había sobrevivido—. Ya es hora de que completes el patrón.

Marta no se movió. Se quedó de rodillas en el linóleo, con el sobre aplastado contra el pecho, la polaroid de la niña asomando por el borde como una lengua rosa.

La mano izquierda le palpitaba al ritmo del corazón, o quizás era el corazón el que latía al ritmo de la herida, ya no sabía distinguir cuál era el metrónomo y cuál la pulsación.

Velasco retrocedió un paso. La jeringuilla vacía le colgaba de la mano, el líquido ámbar goteando sobre el suelo, formando un charco pequeño que se extendía hacia los pies del viejo.

—No es posible —susurró Velasco—. Le he dado suficiente sedante para mantenerlo inconsciente durante horas.

El viejo no respondió a Velasco. Siguió mirando a Marta. Los labios se le movieron bajo la piel cetrina, pero las palabras salían claras, nítidas, sin el temblor de un cuerpo agotado.

—Tú eres la frecuencia base, Marta. Tú eres la nota fundamental. La que todos llevamos dentro. La que suena cuando el cerebro se apaga y solo queda el eco. La que repite lo que ya ha oído demasiadas veces.

Marta cerró los ojos.

—No.

—Sí. —La voz del viejo sonó más cerca ahora, aunque no se había movido—. Cuando tú resuenas, todos resuenan. Cuando tú despiertas, todos despiertan. Y cuando todos despiertan...

Se calló.

Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.

—¿Qué papá? —musitó. La palabra le salió rota, como si la hubiera arrancado de un lugar donde no quería mirar.

El viejo no respondió. En su lugar, extendió la mano. La izquierda. La de la cicatriz. Los dedos le temblaban, pero el gesto era claro.

—Ven —dijo.

Marta no se movió. Miró a Velasco. Velasco miraba al viejo, con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, como si hubiera visto un fantasma.

—No es posible —repitió Velasco—. No puede estar despierto. No puede estar hablando. No puede...

—Cállate —dijo el viejo. Sin mirar a Velasco. Sin levantar la voz. Solo una orden, seca, cortante, como un bisturí.

Velasco se calló.

El viejo volvió a mirar a Marta. Los ojos le brillaban con esa luz antinatural, esa luz que parecía venir de dentro, desde algún lugar donde la conciencia se había fragmentado en mil piezas y solo una de ellas había sobrevivido.

—Tú no entiendes, Marta. Tú no puedes entender. Porque tú eres la única que no ha sido contaminada. La única que no ha sido fragmentada. La única que todavía está completa.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Contaminada?

—Sí. —El viejo se incorporó en la cama. El esfuerzo le hizo jadear, pero no pareció importarle.

Los ojos seguían fijos en Marta, con una intensidad que la hacía sentir desnuda, expuesta, como si la estuviera diseccionando con la mirada—.

Todos los demás están contaminados. Todos los demás están fragmentados.

Todos los demás son ecos. Reflejos. Copias.

Pero tú... tú eres la original. Tú eres la fuente. Tú eres la nota fundamental.

Marta retrocedió un paso. Luego otro. Su espalda chocó contra la pared. El yeso se desmenuzó bajo sus hombros.

—No.

—Sí. —El viejo sonrió. Una sonrisa triste, rota, que no le llegó a los ojos—. Y por eso tienes que completar el patrón. Por eso tienes que resonar. Por eso tienes que despertar a todos los demás.

—¿Y qué pasa cuando despierten?

El viejo no respondió de inmediato. Cerró los ojos. Los abrió. Los párpados le pesaban, pero la mirada seguía siendo afilada, penetrante, la mirada de un hombre que ha pasado décadas calculando variables, midiendo resultados, ajustando protocolos.

—Entonces el mundo escucha —susurró—. Y el mundo despierta. Y el mundo resuena. Y el mundo... se rompe.

Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.

—No.

—Sí. —El viejo extendió la mano otra vez—. Pero no tienes que tener miedo. Porque tú vas a estar en el centro. Tú vas a ser el ojo del huracán. Tú vas a ser la única que no se rompa. La única que sobreviva. La única que recuerde.

Marta cerró los ojos.

—No.

—Sí. —La voz del viejo sonó más suave ahora, más íntima, como si estuviera confesando algo en un confesionario—.

Y cuando el mundo se rompa, cuando todo se haya fragmentado, cuando solo queden ecos y reflejos y copias...

entonces tú vas a reconstruirlo. Vas a crear un mundo nuevo.

Un mundo sin ruido. Sin dolor. Sin eco. Un mundo en silencio.

Marta abrió los ojos.

—¿Y tú?

El viejo no respondió. En su lugar, bajó la mano. La dejó caer sobre la sábana, inerte, como si toda la energía que la había mantenido erguida se hubiera evaporado de golpe.

—Yo ya estoy roto —suspiró—. Yo ya soy un eco. Un reflejo. Una copia. Pero tú... tú eres la original. Tú eres la fuente. Tú eres la nota fundamental.

Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Y qué tengo que hacer?

El viejo sonrió. La misma sonrisa triste, rota, que no le llegó a los ojos.

—Resonar —murmuró—. Solo tienes que resonar.

Marta no respondió. Miró a Velasco. Velasco miraba al viejo, con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, como si hubiera visto un fantasma.

—¿Es verdad? —preguntó Marta.

Velasco no respondió de inmediato. Tragó saliva. El clic de su nuez fue audible en el silencio de la habitación.

—No sé qué es verdad y qué no —dijo finalmente—. Solo sé que tenemos que irnos. Ahora. Antes de que...

Se calló.

Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.

—¿Antes de que qué, Velasco?

Velasco la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo peor que el pánico. Peor que la complicidad. Peor que la culpa.

Era terror.

—Antes de que él salga del camión —susurró—. Antes de que él venga a buscarla. Antes de que él...

Se calló.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Quién es él?

Velasco no respondió. En su lugar, miró hacia la ventana. Hacia la carretera. Hacia el camión de mudanzas.

En ese instante lo escuchó. No venía del camión. No venía de la carretera. Venía de dentro de la casa.

De la habitación del fondo.

Un sonido. Rítmico. Metálico.

Clack-clack-clack.

Como uñas arañando metal. Como dientes rechinando contra hierro. Como algo que estaba intentando salir.

Marta giró la cabeza.

La puerta del pasillo. La tercera puerta. La que estaba cerrada.

Se estaba abriendo. Lentamente.

Con un chirrido de bisagras oxidadas.

Por el hueco, salió algo.

Algo grande. Algo pesado. Algo que olía a formol, a sangre vieja, a algo guardado demasiado tiempo en la oscuridad.

Algo que sonaba como un respirador.

Shhh-klik. Shhh-klik.

Tres segundos. Inhalación. Chasquido. Pausa. Exhalación.

Marta miró. Y lo vio.

Era Andrés.

El de verdad.

El que había estado encadenado en la cama de la habitación del fondo.

Pero ya no estaba encadenado.

Ya no llevaba la camiseta manchada.

Ya no tenía las piernas atrofiadas.

Llevaba un traje negro, de los que se usan en los funerales. Corbata negra. Camisa blanca. Zapatos negros, lustrados.

En la mano izquierda, una cicatriz. En forma de luna creciente. Idéntica a la de Marta. Idéntica a la del viejo en la cama. Idéntica a la de las figuras del coche.

Andrés la miró.

Sonrió.

—Hola, hermana —dijo—. Por fin has vuelto a casa.

Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Y entonces, en ese instante, en ese preciso instante, en el instante exacto en que Andrés pronunció la última palabra...

El viejo en la cama cerró los ojos.

Murió. Sin un suspiro. Sin un gemido. Sin un movimiento.

Solo cerró los ojos.

Dejó de respirar.

Pero el respirador mecánico pitó una alarma larga, continua, que se mezcló con el sonido de los pasos de Andrés acercándose, con el sonido del corazón de Marta latiendo a ciento veinte por minuto, con el sonido del mundo rompiéndose en mil pedazos.