CAPÍTULO 23 El umbral de los sesenta hercios
El zumbido no fluctuaba.
Se mantenía estable, una línea recta en el espectro mental de Marta, anclada en los sesenta hercios con una precisión que irritaba sus tímpanos.
No era el parásito eléctrico de un cable mal aislado, ni la vibración residual de un motor lejano.
Era una onda portadora. Pura. Sin armónicos.
Sin la imperfección orgánica que acompaña a todo sonido generado por fricción o combustión.
Alguien la estaba inyectando en el espacio.
O alguien la estaba generando desde dentro.
Marta cerró los ojos y dejó que el sonido le recorriera el cuerpo.
La hiperacusia era una maldición y una herramienta: amplificaba el dolor, pero también revelaba lo que otros no podían oír.
Separó mentalmente las capas. La tos del paciente de la habitación contigua, ahora espaciada a cincuenta segundos.
El arrastre de zuecos de la enfermera, dos puertas más allá, deteniéndose frente a un carro metálico.
El traqueteo del ascensor, cables flojos, polea desgastada, subiendo al quinto piso.
El viento rascando contra el patio interior, levantando polvo y papel arrugado.
Y debajo de todo, constante, inmóvil, el zumbido.
Venía de la bolsa negra.
No había duda. La frecuencia no se propagaba por el aire.
Viajaba por los materiales sólidos, por la estructura del edificio, por las tuberías de cobre que cruzaban los muros, por el hormigón armado del suelo.
Resonaba en los huesos antes de llegar al oído.
Una frecuencia de contacto. Diseñada para ser percibida por el esqueleto, no por el tímpano.
Marta abrió los ojos. Contó las manchas del techo otra vez.
Diecisiete. El pulmón seguía ahí. El hongo seguía ahí.
Nada había cambiado, salvo el ritmo de su propia respiración, que se había sincronizado involuntariamente con el ciclo de tres segundos del zumbido.
Inhalación. Pausa. Exhalación. Pausa. Un patrón antiguo.
Un patrón que su cerebro reconocía antes de que su conciencia lo procesara.
Se incorporó despacio. Las sábanas de papel se desprendieron de la funda del colchón con un crujido seco.
No las alisó. Dejó que el plástico amarillento quedara expuesto, con la mancha de orina vieja en la esquina, como un mapa de territorio conquistado por el tiempo.
Se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero el temblor era muscular, no neurológico.
El lorazepam aún circulaba en su sangre, entumeciendo las terminaciones, ralentizando los reflejos, pero no apagaba el oído.
El oído nunca se apagaba. Solo se adaptaba.
Se acercó a la ventana. El patio interior seguía en silencio.
La bolsa negra permanecía junto al contenedor amarillo, inmóvil, con el nudo apretado, la superficie opaca reflejando la luz gris del cielo.
No había viento suficiente para moverla.
No había animales cerca. Solo el zumbido, subiendo por el marco de aluminio, trepando por el cristal esmerilado, penetrando en sus costillas.
Marta apoyó la frente contra el vidrio. Frío. Liso. Cerrado con sellador de silicona envejecida, cuarteado en los bordes. No podía abrirlo. No sin herramientas. No sin hacer ruido.
Se apartó. Miró la puerta. El mecanismo magnético zumbaba a una frecuencia ligeramente distinta, unos cincuenta y ocho hercios, una diferencia mínima que su cerebro ya había registrado y archivado como fondo inerte.
La cerradura no era mecánica. Era electrónica.
Controlada desde un panel en el pasillo.
Solo se abría con una tarjeta, o con una orden desde la estación de enfermería. O con un corte de corriente.
Marta miró la bandeja en la mesilla. Los dos comprimidos blancos seguían ahí. La risperidona. Dos miligramos. Un antagonista dopaminérgico. Diseñado para silenciar los circuitos de la paranoia, para aplanar la percepción, para convertir las frecuencias en ruido blanco. Para contenerla.
No los tocó.
En su lugar, fue hasta el fregadero de la esquina.
Pequeño. De acero inoxidable, con la grifería de un solo mango, ligeramente torcida.
Abrió el agua fría. Dejó que corriera durante tres segundos.
La cerró. Sacó el tapón de goma del desagüe, lo enjuagó, lo dejó sobre el borde.
Luego cogió uno de los comprimidos. Lo partió por la línea divisoria con la uña del pulgar.
La mitad cayó en el tapón. La otra, en su palma.
La metió en la boca. La dejó disolverse bajo la lengua.
El sabor fue amargo, químico, con un regusto metálico que le recordó a los electrodos de los laboratorios de acústica.
Tragó saliva. No pasó nada. La mucosa bucal absorbía el fármaco lentamente.
Tendría efecto en quince, veinte minutos. Tiempo suficiente.
Guardó la otra mitad en el bolsillo de la chaqueta.
La chaqueta seguía colgada del respaldo de la silla de plástico.
Alguien la había registrado. Los botones estaban desabrochados de forma distinta a como ella los dejaba.
El forro interior había sido estirado en el bolsillo derecho.
Habían buscado algo. No lo habían encontrado. O lo habían dejado ahí.
Marta se sentó en la cama. Cerró los ojos. Escuchó.
El zumbido cambió.
No en frecuencia. En amplitud. Subió tres decibelios. Luego bajó dos. Luego se estabilizó. Un patrón. No aleatorio. Codificado.
Marta abrió los ojos. Contó mentalmente las pulsaciones.
Alto-bajo-alto. Pausa. Bajo-alto-bajo. Pausa.
Código Morse. O algo parecido. Una modulación de amplitud sobre una portadora fija. Un sistema antiguo. Eficiente. Difícil de interceptar sin el receptor adecuado.
Ella era el receptor.
Marta se llevó la mano al pecho. Sintió el latido de su corazón. Ciento diez por minuto. Acelerado. Pero no por pánico. Por reconocimiento. El patrón coincidía con algo. Con un registro que su cerebro había almacenado antes de que la amnesia lo sellara. Antes de los cuatro años. Antes del agua.
Respiró hondo. Dejó que el aire llenara los pulmones, lenta, deliberadamente. Soltó el aire. Repitió. Tres veces. Cuatro. El zumbido respondió. La amplitud fluctuó en sincronía con su diafragma.
No era una emisión externa.
Era una resonancia inducida.
Alguien había colocado un emisor en la bolsa. Alguien había ajustado la frecuencia para que coincidiera con su masa ósea, con su densidad craneal, con la estructura de su oído interno. Y alguien estaba esperando a ver si su cerebro respondía. Si su trauma se activaba. Si su memoria cedía.
Marta abrió los ojos. Miró la puerta. El timbre seguía mudo.
La enfermera no volvería pronto. El turno de tarde acababa de empezar.
Había escuchado el cambio de voces en el pasillo, el roce de uniformes nuevos, el tintineo de llaves electrónicas siendo entregadas.
Tenía una ventana. Quizás diez minutos. Quizás quince.
Se levantó. Fue hasta la mesilla. Cogió el vaso de plástico vacío.
Lo llenó con agua del grifo. Bebió la mitad.
Vertió el resto en el lavabo. Luego cogió el comprimido que había guardado en el bolsillo.
Lo dejó caer en el vaso. Esperó. El agua lo envolvió.
Empezó a disolverse, liberando burbujas minúsculas, un efervescente silencioso que solo su oído podía registrar.
Lo tiró por el inodoro. Tiró de la cadena.
El agua arrastró los restos, el sonido del sifón llenó el baño, un rugido breve que ahogó por un segundo el zumbido de la bolsa.
Volvió a la habitación. Se sentó. Cruzó las manos sobre el regazo. Esperó.
Los pasos llegaron primero. Ligeros. Rápidos. Zuecos de goma nueva. Una enfermera diferente. Joven. Pelo oscuro, recogido en una redecilla. Ojeras menos marcadas. Mirada que evitaba el contacto directo. Entró sin llamar. Llevaba una tabla con papeles sujetos por una pinza metálica.
—Marta Rivas.
No era una pregunta. Marta asintió.
—¿Se ha tomado la medicación?
Marta señaló el vaso vacío en la mesilla. La enfermera lo miró. No tocó el agua. No olió el plástico. Solo marcó algo en la tabla con un bolígrafo que raspó el papel.
—El doctor Salgado pasará a verla en una hora. Si presenta agitación, aumentaremos la dosis.
—No estoy agitada.
La enfermera levantó la vista. Sus ojos recorrieron la habitación. Las sábanas arrugadas. El colchón expuesto. La chaqueta en la silla. La ventana cerrada. La bolsa negra, visible solo como una mancha oscura en el patio.
—Se lo digo para su bien —dijo la enfermera. La voz era plana. Ensayada—. La contención farmacológica es temporal. Hasta que estabilicemos el cuadro.
—¿Qué cuadro?
—El que la trajo aquí.
Marta no respondió. Miró sus manos. La palma izquierda, la de la herida del bisturí, ya no sangraba.
La piel nueva brillaba, tirante, con un tono rosado que contrastaba con el resto de la mano.
La cicatriz en forma de luna creciente no estaba ahí.
Nunca había estado ahí. Era un recuerdo implantado.
Una proyección. O quizás estaba dentro, bajo la dermis, esperando a que la frecuencia la activara.
—¿Cuándo puedo salir? —preguntó Marta.
La enfermera cerró la tabla. La pinza metálica hizo un clic seco.
—Cuando el equipo médico lo determine.
—¿Y quién determina eso?
—El protocolo.
Marta escuchó la palabra. Protocolo. No lo dijo con mayúsculas.
No lo cargó de significado. Lo soltó como un término administrativo, un trámite, un cajón donde se archivaban las decisiones incómodas.
Pero su cerebro lo registró. Lo asoció. Lo conectó con la ficha médica, con los cuadernos de Andrés, con la voz de Roldán, con el viejo en la cama, con Elena, con la inundación, con el agua subiendo, con su padre empujándola hacia la luz.
—¿Qué protocolo? —preguntó.
La enfermera se giró hacia la puerta. El mecanismo magnético zumbaba a cincuenta y ocho hercios. La diferencia con el de la bolsa era mínima. Dos hercios. Una variación calculada.