CAPÍTULO 15 La frecuencia cero
Andrés no caminaba. Flotaba.
O al menos eso pareció en el primer segundo, antes de que Marta registrara el sonido de sus pasos sobre el linóleo. Un paso. Otro. El ritmo era perfecto. Demasiado perfecto. Como un metrónomo ajustado a sesenta pulsaciones por minuto. La cadencia exacta de un corazón en reposo.
Pero no era un corazón en reposo.
Marta lo sabía porque podía oírlo. Podía oír el latido bajo la chaqueta impermeable negra, a unos ciento veinte por minuto. Acelerado. Ansioso. El cuerpo de Andrés —o de quienquiera que fuera— estaba en modo de supervivencia, pero sus piernas se movían con la precisión de un autómata.
—No te muevas —dijo Velasco. Su voz sonó más baja de lo habitual, como si hubiera tragado algo amargo. Soltó el brazo de Marta y dio un paso hacia atrás, interponiéndose entre ella y la figura del pasillo.
El del subfusil giró el arma. El cañón silenciado apuntó al pecho de Andrés. El haz de la linterna del segundo hombre lo iluminó de lleno.
Marta entrecerró los ojos.
La luz reveló los detalles que la penumbra había ocultado.
Andrés —la figura que había estado encadenado en la cama de la habitación del fondo— llevaba la misma chaqueta que Marta. Eartec. Talla M. Negra. Impermeable. Pero la suya estaba limpia. Sin manchas de sangre. Sin polvo de hormigón. Sin el desgaste de treinta y seis horas sin dormir.
Y el rostro.
Marta lo miró de verdad, por primera vez, sin el filtro del pánico, sin la distorsión de la luz azul de las balizas o la penumbra del sótano.
No era el rostro demacrado del hombre de la cama.
Era un rostro joven. Veintisiete años, tal vez veintiocho. Piel morena, ligeramente bronceada. Pelo negro, corto, peinado hacia atrás con gel. Ojos oscuros, almendrados. Nariz recta. Labios finos.
No se parecía a Marta. No se parecía en nada.
Pero la cicatriz.
La cicatriz en la palma izquierda, visible porque sostenía la mano abierta, a la altura del pecho, como si quisiera mostrarla, como si fuera una credencial.
Luna creciente.
Idéntica.
—¿Quién eres? —preguntó Marta.
La figura no respondió de inmediato. Miró a Velasco. Miró a los dos hombres armados. Miró a Marta. Y entonces sonrió.
No era la sonrisa torcida del hombre de la cama. Era una sonrisa completa. Simétrica. Profesional. La sonrisa de alguien que ha ensayado el gesto frente a un espejo.
—Soy tu hermano —dijo.
La voz era masculina. Grave. Con un acento que Marta no pudo identificar. No era del norte. No era del sur. Era neutro. Entrenado. Como si hubiera aprendido el castellano en una academia, no en la calle.
—No eres mi hermano —dijo Marta.
—Sí lo soy. —La figura dio un paso hacia ella. Velasco levantó la mano. El del subfusil tensó el dedo en el gatillo. Marta pudo oír el clic metálico del seguro quitándose—. Somos tres, Marta. Tú, yo y ellas. Tres frecuencias. Tres ondas. Tres voces que vibran en la misma nota.
—No eres mi hermano.
—Lo soy. —La figura se llevó la mano al pecho. Sacó algo del bolsillo interior de la chaqueta. Una cartera. De cuero negro. La abrió. La sostuvo frente a Marta.
Dentro, una identificación.
Con su foto. Con su nombre.
MARTA RIVAS.
—Soy tú —dijo la figura—. La versión que ellos querían. La que no recuerda. La que no resuena. La que no duele.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—No es posible.
—Sí lo es. —La figura cerró la cartera. La guardó en el bolsillo—. Me crearon a partir de ti. De tu ADN. De tu frecuencia. De tu voz. Soy tu clon. Tu eco. Tu reflejo.
Marta retrocedió un paso. Luego otro. Su espalda chocó contra la pared. El yeso se desmenuzó bajo sus hombros.
—No.
—Sí. —La figura dio otro paso hacia ella—. Me implantaron tu memoria. Tu identidad. Tu vida. Pero sin el trauma. Sin el dolor. Sin la resonancia. Sin la cicatriz que duele.
—No.
—Sí. —La figura se llevó la mano a la palma izquierda. Frotó la cicatriz con el pulgar—. Me la hicieron para que fuera idéntica a ti. Para que nadie notara la diferencia. Para que pudiera reemplazarte cuando tú despertaras. Cuando tú resonaras. Cuando tú te convirtieras en un peligro.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —La voz de la figura sonó más cerca ahora. Muy cerca—. Y ahora que has despertado, ahora que has resonado, ahora que has activado la frecuencia... yo tengo que ocuparte el sitio. Tengo que vivir tu vida. Tengo que ser tú.
Marta abrió los ojos.
La figura estaba a menos de un metro. Tan cerca que Marta podía oler su colonia. Una colonia cara. De las que se venden en los aeropuertos. Sándalo y ámbar.
—No voy a dejarte —susurró Marta.
—No tienes opción. —La figura extendió la mano. Le tocó la mejilla. Los dedos estaban fríos. Suaves. Sin callosidades. Sin las marcas del trabajo manual—. Ellos me crearon para esto. Para reemplazarte. Para que tú puedas descansar. Para que yo pueda vivir.
Marta no respondió. Miró a Velasco. Velasco la miraba. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes.
No era pánico.
Era complicidad.
—¿Tú sabías esto? —preguntó Marta.
Velasco no respondió.
—¿Tú sabías que habían creado un clon? ¿Un reflejo? ¿Un eco?
Velasco tragó saliva. El clic de su nuez fue audible en el silencio de la habitación.
—No es un clon —dijo finalmente—. Es un sujeto. Un sujeto del protocolo. Como tú. Como Andrés. Como las del coche.
—¿Entonces qué es?
Velasco no respondió. En su lugar, miró a la figura. La figura lo miró a él. Y entonces, al unísono, los dos hablaron.
Con la misma voz. Con la misma cadencia.
Con la misma entonación.
—Soy la solución —dijeron—. Soy la frecuencia cero. La que no resuena. La que no duele. La que no recuerda. La que puede vivir sin miedo. Sin dolor. Sin eco.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Frecuencia cero?
La figura sonrió. La misma sonrisa. Simétrica. Profesional.
—Sí. La frecuencia que anula todas las demás. La que borra el ruido. La que silencia el eco. La que... te reemplaza.
Marta retrocedió otro paso. Su espalda chocó contra la pared. El yeso se desmenuzó bajo sus hombros.
—No.
—Sí. —La figura extendió la mano. Le tocó la mejilla otra vez—. No vas a sufrir más, Marta. No vas a recordar más. No vas a resonar más. Yo voy a vivir tu vida. Yo voy a ser tú. Y tú... tú vas a descansar.
Marta cerró los ojos. Entonces lo escuchó. No venía de la figura. No venía de Velasco. No venía de los hombres armados.
Venía de fuera. De la carretera.
Del camión de mudanzas.
Un sonido. Rítmico. Metálico.
Clack-clack-clack.
Como uñas arañando metal. Como dientes rechinando contra hierro. Como algo que estaba intentando salir.
Marta abrió los ojos.
Miró a Velasco.
—¿Qué es eso?
Velasco no respondió. En su lugar, miró hacia la ventana. Hacia la carretera. Hacia el camión.
—No es el camión —farfulló—. Es él.
—¿Él quién?
Velasco la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo peor que el pánico. Peor que la complicidad. Peor que la crueldad.
Era terror.
—El director —masculló—. El que diseñó el protocolo. El que te marcó. El que te internó. El que...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Qué, Velasco?
Velasco cerró los ojos.
—El que nunca murió —susurró—. El que lleva veintiocho años esperando. El que ha estado dentro del camión. El que ha estado escuchando. El que ha estado...
Se calló.
Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Y entonces, en ese instante, en ese preciso instante, en el instante exacto en que Velasco pronunció la última palabra...
La puerta de la casa estalló otra vez. Pero esta vez, no fue la de entrada. Fue la de la cocina. Y por el hueco, entró algo.
Algo grande. Algo pesado. Algo que olía a formol, a sangre vieja, a algo guardado demasiado tiempo en la oscuridad. Algo que sonaba como un respirador.
Shhh-klik. Shhh-klik.
Tres segundos. Inhalación. Chasquido. Pausa. Exhalación.
Marta giró la cabeza.
En aquel momento lo vio.
Era una cama. Una cama de hospital. Con barrotes laterales. Pero sobre el colchón, atado con correas de cuero, había un hombre.
Un hombre viejo. Muy viejo. Con el pelo blanco, la piel cetrina, los ojos cerrados. Conectado a un respirador mecánico.
Con una mascarilla de oxígeno cubriendo la mitad inferior de su rostro. En la mano izquierda, visible porque la correa se había aflojado, una cicatriz.
En forma de luna creciente. Idéntica a la de Marta. Idéntica a la de la figura. Idéntica a la de las del coche.
El hombre abrió los ojos.
Miró a Marta. Habló.
Con su voz.
—Hola, hija —dijo—. Por fin has vuelto a casa.