CAPÍTULO 14 La puerta de atrás
La madera cedió con un crujido seco, como si un hacha invisible hubiera encontrado la fibra exacta.
Los goznes superiores saltaron, arrancados de la pared, y la puerta cayó hacia adentro con un golpe que hizo vibrar el suelo.
Una ráfaga de aire frío entró en el recibidor, trayendo consigo el olor a gasóleo, a cuero mojado y a algo más: pólvora quemada.
Marta no pensó. No tuvo tiempo. Se dejó caer hacia un lado, rodando sobre el linóleo, y el sobre con la fotografía, la ficha médica y la grabadora quedó aprisionado bajo su cuerpo.
El terciopelo del sofá crujió cuando Roldán se levantó de un salto, pero no hacia la puerta.
Hacia el pasillo. Hacia la habitación del fondo.
—¡Guardia Civil! ¡No se mueva!
La voz era masculina. Joven. Con el temblor controlado de quien ha repetido el protocolo demasiadas veces en el simulador pero nunca lo ha aplicado en un salón con muebles de los ochenta y una mujer que lleva veintisiete años mintiendo a todo un pueblo.
Marta rodó sobre sí misma, quedando de espaldas al suelo.
Desde esa posición, vio las botas. Tres pares.
Negras. Con suela de goma. Botas reglamentarias.
Pero los pantalones no eran los del uniforme.
Eran vaqueros oscuros, metidos por dentro de las botas, con rodilleras tácticas.
Y las chaquetas: negras, sin insignias, con el cuello alto.
No eran Guardia Civil.
El primero en entrar llevaba un subfusil corto, de los que se usan en operaciones antiterroristas, con el cañón silenciado.
Apuntaba al pasillo. El segundo llevaba una pistola con linterna acoplada.
El haz de luz blanca barría el salón, cegador, rebotando en las paredes, en las fotografías esparcidas, en los cuadernos empapados, en el vaso volcado que había dejado un charco de agua sobre la mesa de formica.
El tercero no llevaba arma. Llevaba un maletín de aluminio, de los que se usan para transportar instrumental médico. Y una mascarilla FFP3 colgada del cuello.
Marta reconoció el maletín.
Lo había visto antes. En el sótano del sanatorio. Sobre la bandeja de acero inoxidable. Junto al bisturí, las pinzas hemostáticas y el frasco de formol con el ojo humano.
El hombre del maletín se giró. La luz de la linterna le dio de lleno en la cara.
Velasco.
Vivo.
Con una cicatriz nueva en la mejilla izquierda, de unos cuatro centímetros, todavía rosada, y los ojos inyectados en sangre, pero vivo. Miró a Marta en el suelo. No pareció sorprendido.
—Joder, Rivas —dijo. Su voz sonaba más grave de lo que recordaba, como si llevara días sin hablar, o como si hubiera estado gritando—. Te dije que no bajaras.
Marta no respondió. Tenía el sobre aplastado contra el pecho. La grabadora de cinta le apretaba las costillas. La ficha médica se le había resbalado hasta la cintura. La polaroid de la niña seguía en la mesa, boca arriba, con los pies descalzos apuntando al techo.
—No te muevas —dijo el del subfusil. No apuntaba a Marta. Apuntaba al pasillo. Al lugar donde Roldán había desaparecido.
Velasco dio un paso hacia Marta. Se agachó. La rodilla crujió sobre el linóleo. Le olió el aliento: café rancio, nicotina, y algo metálico, como sangre seca en los dientes.
—Dame el sobre.
Marta no se movió. Lo miró. Buscó en su rostro cualquier indicio de la mentira. Cualquier micro-expresión que delatara que todo lo que Roldán le había contado en las últimas horas era una construcción elaborada, una alucinación compartida, una trampa.
No encontró nada. Solo cansancio. Un cansancio antiguo, de esos que se heredan de los padres y se transmiten a los hijos.
—¿Qué hay en ese maletín, Velasco?
Velasco no respondió. Extendió la mano. Le tocó la mejilla. Los dedos estaban fríos, cubiertos de una capa fina de polvo de hormigón.
—No te lo voy a repetir, Marta.
—¿Qué hay en el maletín?
Velasco suspiró. Un sonido largo, cansado, que pareció vaciarle los pulmones.
—Lo que tú sabes que hay.
Marta cerró los ojos un segundo. Solo uno. Lo suficiente para escuchar.
El del subfusil seguía apuntando al pasillo.
Su respiración era superficial, a unos noventa por minuto.
El de la linterna había girado la cabeza hacia la cocina.
El de la mascarilla —Velasco— tenía el pulso acelerado, cerca de los ciento diez.
Y debajo de todo, en el fondo del pasillo, detrás de la tercera puerta, una respiración.
Rítmica.
Mecánica.
Tres segundos. Inhalación. Chasquido. Pausa. Exhalación.
Andrés seguía en la cama.
—No está sola —dijo Marta. Abrió los ojos—. Hay alguien en la habitación del fondo.
Velasco no se giró. No necesitaba. Lo sabía.
—Lo sé.
—¿Y qué vais a hacer?
Velasco se incorporó. Se ajustó la mascarilla. El elástico crujió contra su piel.
—Lo que hay que hacer.
Marta se incorporó también, sentándose en el suelo, con el sobre todavía apretado contra el pecho. La mano izquierda le palpitaba. La costra se había abierto otra vez. La sangre le manchaba la manga de la chaqueta de cuero.
—¿Vais a matarlo?
Velasco la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. No era crueldad. No era indiferencia.
Era reconocimiento.
—No vamos a matarlo, Marta. Vamos a traerlo de vuelta.
—¿De vuelta de dónde?
—De donde nunca debería haber salido.
Marta sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. No por miedo. Por comprensión. Por la horrible, fría claridad de conectar los puntos que no quería conectar.
—No es Andrés —susurró—. No es el hijo de Roldán. No es un paciente del sanatorio.
Velasco no respondió. Pero no necesitaba. Su silencio era la respuesta.
—Es tu socio —continuó Marta—. El que te mandó a Ostrava. El que te pagó para que me trajeras aquí. El que...
Se calló. Porque la frase siguiente no tenía sentido. No todavía.
Velasco se agachó otra vez. Le tocó la barbilla. Los dedos le temblaban.
—Escúchame bien, Rivas. No tengo tiempo de explicarte nada.
En cinco minutos va a llegar una ambulancia.
En diez, un helicóptero medicalizado. En quince, este sitio va a estar rodeado por la UCO.
Si sigues aquí, te van a detener. Te van a interrogar.
Te van a hacer pruebas. Y van a encontrar cosas en tu sangre que tú no sabías que tenías.
Marta lo miró.
—¿Qué cosas?
Velasco no respondió. En su lugar, le soltó la barbilla. Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Sacó una jeringuilla precargada, de las que se usan en emergencias, con una aguja de calibre fino y un líquido transparente.
—Esto te va a ayudar —dijo—. Vas a dejar de oír lo que no deberías oír. Vas a dejar de recordar lo que no deberías recordar. Y vas a poder irte a casa. A Madrid. A tu apartamento. A tu vida.
Marta miró la jeringuilla. Miró el sobre contra su pecho.
Miró la polaroid en la mesa. Miró la puerta del pasillo, detrás de la cual Andrés seguía respirando con el ritmo mecánico de un hombre que lleva veintisiete años esperando a que alguien lo libere, o a que alguien lo mate, o a que alguien haga cualquiera de las dos cosas a la vez.
—¿Qué es? —preguntó.
—Un antagonista —dijo Velasco—. De lo que te han estado dando desde que eras niña. De lo que te mantiene... conectada.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Desde que era niña?
Velasco asintió. Lentamente.
—Desde los cuatro años. Desde que te sacaron de Ostrava. Desde que te dieron la nueva identidad. Desde que te borraron la memoria. Desde que te hicieron creer que tu madre murió en un accidente de coche y tu padre de un infarto.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí, Marta. —Velasco le tocó la mano. La de la herida.
La sangre le manchaba los dedos—. Tu madre no murió en un accidente.
Tu padre no murió de un infarto. Tú los mataste a los dos.
Con tu voz. Con tu frecuencia. Con la resonancia.
Y nosotros... nosotros te salvamos. Te escondimos.
Te dimos una vida nueva. Y te mantuvimos contenida. Durante veintiocho años.
Marta abrió los ojos.
—¿Quiénes sois vosotros?
Velasco no respondió. En su lugar, le acercó la jeringuilla al brazo. La aguja brilló en la luz de la linterna.
—Sujeta el brazo —dijo.
Marta no se movió.
—Sujeta el brazo, Marta.
Marta miró la jeringuilla. Miró a Velasco. Miró la puerta del pasillo.
En aquel momento lo escuchó. No venía de la habitación del fondo. Venía de fuera. De la carretera.
Un motor. No el del coche negro.
Un motor más grande. Más pesado. Más antiguo. El sonido de un camión. De un camión de mudanzas. Aparcando frente a la casa.
Marta miró a Velasco. Velasco miró hacia la ventana. Los otros dos hombres se giraron. El del subfusil bajó el arma un centímetro. El de la linterna apagó el haz.
Silencio.
Y entonces, el sonido de una puerta de camión abriéndose. El chirrido de una rampa hidráulica bajando. El golpe sordo de algo pesado cayendo sobre el asfalto.
Algo muy pesado.
Algo que pesaba tanto que el suelo vibró bajo los pies de Marta.
Velasco maldijo en voz baja. Se llevó la mano a la oreja, donde tenía un auricular invisible. Escuchó. Su rostro se contrajo.
—Se acabó el tiempo —dijo—. Tenemos que irnos. Ahora.
—¿Qué es eso? —preguntó Marta.
Velasco no respondió. En su lugar, le agarró el brazo. La levantó del suelo. Marta notó que la fuerza del hombre era desproporcionada, como si llevara días sin comer pero aun así pudiera levantarla con un solo tirón.
—Tienes que venir con nosotros —dijo Velasco—. Ahora. Antes de que...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Antes de que qué, Velasco?
Velasco la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo peor que el miedo. Peor que la crueldad. Peor que la indiferencia.
Era pánico.
—Antes de que él despierte —suspiró—. El de verdad. El que lleva veintiocho años esperando.
Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Y entonces, en ese instante, en ese preciso instante, en el instante exacto en que Velasco pronunció la última palabra...
La puerta de la habitación del fondo se abrió. Andrés salió. Caminando. Sin correas. Sin respirador. Sin cicatrices.
Con una chaqueta impermeable negra, Eartec, talla M. Pero en la palma izquierda, una cicatriz en forma de luna creciente.
Idéntica a la de Marta. Idéntica a la de las dos figuras del coche. Idéntica a la de la niña de la polaroid.
Andrés la miró.
Y sonrió.
—Hola, hermana —dijo—. Por fin has vuelto a casa.