Ecos de lo que fui CAPÍTULO 10 La cicatriz de la luna
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CAPÍTULO 10 La cicatriz de la luna

Marta retrocedió de la ventana. El corazón le golpeaba las costillas con una violencia que le hacía daño físico, como si un puño cerrado intentara abrirse paso desde dentro de su pecho.

—Eso no es posible —dijo. Su voz sonó lejana, como si viniera de otro cuarto—. Yo no tengo... yo no tengo una hermana.

Roldán no respondió. Seguía junto a la ventana, observando a través de la rendija de la persiana. Su respiración era superficial, controlada, la respiración de alguien que ha aprendido a no hacer ruido cuando hay peligro.

—Mi madre —continuó Marta, las palabras atropellándose unas a otras—, mi madre murió cuando yo tenía cuatro años. Un accidente de coche. Mi padre... mi padre no volvió a casarse. Murió de un infarto hace cinco años. Yo soy hija única.

—Lo sé —dijo Roldán.

—Entonces... entonces eso no soy yo. Eso es... eso es alguien que...

Se calló. Porque no había explicación racional. No la había.

Marta se acercó a la ventana. Se obligó a mirar otra vez.

La figura en el coche seguía inmóvil. La mano apoyada contra el cristal. La luz del amanecer, ahora más fuerte, iluminaba su perfil.

Era ella.

No se parecía. Era ella.

El mismo corte de pelo, corto, practico, sin flequillo. La misma nariz ligeramente torcida, rota en una pelea de bar en la universidad. Las mismas ojeras oscuras bajo los ojos. La misma chaqueta impermeable negra, Eartec, talla M.

Pero había una diferencia.

La figura en el coche no tenía cicatriz en la palma izquierda.

Marta miró su propia mano. La costra de sangre seca se había agrietado, dejando ver la herida rosada debajo. La herida del bisturí. La herida de esta madrugada.

La figura en el coche tenía la mano limpia.

—Lleva ahí desde las cuatro —dijo Roldán, sin apartar la vista de la ventana—. Llegó antes que tú. Aparcó al final de la calle. No se ha movido.

—¿Por qué no llamó a la policía?

Roldán soltó una risa corta, amarga.

—¿Y qué iba a decirles? ¿Que hay una mujer idéntica a usted sentada en un coche? ¿Que mi marido murió hace veintiocho años en un sótano que no existe? ¿Que hay voces en cintas que no deberían existir?

Marta no respondió. Escuchaba. No a Roldán. Al coche.

El motor seguía en marcha. Un diésel, como el de Roldán, pero más nuevo. Más potente. Ciento veinte hercios, tal vez ciento treinta. Y debajo del motor, algo más.

Un sonido rítmico. Metálico.

Clack-clack-clack.

Marta sintió que la sangre se le helaba en las venas.

Era el mismo sonido.

El mismo sonido que había escuchado en la puerta 120. El mismo sonido que había escuchado bajo el suelo del sanatorio. El sonido de uñas arañando metal. De dientes rechinando contra hierro.

Pero no venía del coche.

Venía de dentro de la casa.

Marta giró la cabeza lentamente. Escuchó.

El sonido estaba en el pasillo. Detrás de la puerta cerrada del fondo. La tercera puerta, la que había contado al cruzar el recibidor.

Clack-clack-clack.

Más fuerte ahora. Más urgente.

—Roldán —susurró Marta—. ¿Qué hay detrás de esa puerta?

Roldán no respondió. Su respiración se había acelerado. Marta podía oír el cambio, el temblor en sus pulmones.

—Roldán.

—No abras esa puerta, Marta.

—¿Qué hay detrás?

Roldán se giró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo peor que el miedo. Peor que la culpa.

Era resignación.

—Mi hijo —dijo Roldán—. El que no nació.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—Pero usted dijo... usted dijo que perdió al bebé. Que murió esa noche.

—Dije que perdí al bebé —Roldán tragó saliva, el clic de su nuez fue audible en el silencio de la habitación—. No dije que muriera.

Marta retrocedió un paso. Luego otro.

—No.… no es posible. Han pasado veintiocho años. Si su hijo nació... si sobrevivió... tendría...

—Veintisiete años —terminó Roldán—. Sí.

El sonido detrás de la puerta se intensificó. Clack-clack-clack. Más rápido. Más fuerte. Como si algo estuviera intentando salir.

—¿Qué le pasó? —preguntó Marta.

Roldán cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban secos. Sin lágrimas. Solo vacíos.

—Nació esa noche. En el suelo del sótano. Entre la sangre de Andrés y los gritos de los hombres encadenados. Nació, pero... pero no era normal.

—¿Qué quiere decir?

—No lloraba. No se movía. Solo... solo estaba allí. Con los ojos abiertos. Mirándome. Y entonces escuché el sonido.

—¿Qué sonido?

—Ese. —Roldán señaló la puerta del pasillo—. El mismo que estás escuchando ahora.

Marta escuchó. El sonido había cambiado. Ya no era rítmico. Era caótico. Desesperado. Como si algo estuviera golpeando la puerta desde dentro.

—¿Qué es? —farfulló Marta.

Roldán no respondió. En su lugar, se acercó a la mesa de centro. Cogió una de las fotografías. La que mostraba la pared de la celda 120, con la frase escrita con sangre.

—Mira —dijo.

Marta miró.

La foto mostraba la pared. La frase No los despiertes, Marta escrita con sangre. Pero ahora, en la luz de la mañana, Marta podía ver algo que no había visto antes.

Debajo de la frase, más pequeña, casi imperceptible, había otra palabra.

Escrita con la misma sangre.

Hermana.

Marta levantó la vista.

—¿Qué significa eso?

Roldán no respondió. En su lugar, se acercó a la puerta del pasillo. La tercera puerta. La que estaba cerrada.

—No abras esa puerta, Roldán —dijo Marta.

Roldán no la escuchó. O no quiso escucharla. Extendió la mano hacia el picaporte.

—Roldán, no.

Roldán giró el picaporte.

La puerta se abrió con un chirrido de bisagras oxidadas.

Y entonces Marta lo vio.

La habitación estaba oscura, las persianas bajadas, solo rota por un haz de luz que se filtraba por una rendija. En el centro de la habitación, había una cama. Una cama de hospital, con barrotes laterales.

Y en la cama, había alguien. Sentado. Inmóvil.

Mirando hacia la puerta.

Hacia ellas.

Era un hombre. Joven. Veintisiete años, tal vez. Delgado, demacrado, con el pelo largo y sucio cayéndole sobre la cara. Llevaba una camiseta blanca, manchada de amarillo y marrón. Los pantalones del pijama estaban subidos hasta las rodillas, dejando ver unas piernas pálidas, atrofiadas.

Pero no eran las piernas lo que Marta miraba.

Eran las manos.

Las manos del hombre estaban atadas a los barrotes de la cama con correas de cuero. Y en las muñecas, donde las correas apretaban, la piel estaba en carne viva, infectada, cubierta de costras negras.

Pero lo que heló la sangre de Marta fue otra cosa.

En la mano izquierda del hombre, en la palma, había una cicatriz. Una cicatriz en forma de luna creciente. Idéntica a la suya.

El hombre levantó la vista. Miró a Marta. Sonrió.

Una sonrisa lenta, torcida, que le descubrió los dientes amarillentos.

Y entonces habló.

Con la voz de Marta.

—Hola, hermana —dijo—. Por fin has llegado.