CAPÍTULO 11 El espectro invertido
La voz no salió de la garganta del hombre.
O sí. Las cuerdas vocales se movieron, Marta lo vio, la laringe subió y bajó bajo la piel cetrina del cuello.
Pero el sonido que llenó la habitación no tenía nada que ver con la biología.
Era un sonido plano, sin armónicos, sin el roce de la saliva contra los dientes, sin el aire escapando por la nariz.
Era una reproducción. Perfecta. Estéril.
Como si alguien hubiera grabado su voz, la hubiera pasado por un ecualizador para eliminar las imperfecciones, y la hubiera devuelto por un altavoz de alta fidelidad escondido en algún lugar de aquella habitación.
Marta no gritó. No retrocedió. Se quedó donde estaba, con el peso del cuerpo desplazado hacia los talones, los músculos de las pantorrillas tensos, lista para correr.
Pero sus piernas no obedecieron. Algo más profundo que el instinto la mantenía clavada al suelo.
Algo que tenía que ver con el reconocimiento.
Porque aquella voz era la suya. No se parecía. No era un imitador. No era un truco de ventrílocuo. Era su voz, con la misma cadencia, con la misma forma de alargar las esdrújulas, con el mismo leve ceceo en las ese que su logopeda le había intentado corregir durante tres años en la infancia.
—No lo mires —dijo Roldán.
La inspectora se había interpuesto entre Marta y la cama. Le tapaba la visión del hombre. Pero no podía taparle la voz. La voz seguía saliendo de detrás de su espalda, imperturbable, ajena a la interrupción.
—Llevo mucho tiempo esperándote, Marta.
Roldán extendió los brazos, como si quisiera empujar a Marta hacia la puerta.
—Vámonos. Ahora.
—¿Quién es? —La voz de Marta salió más baja de lo que pretendía. Un hilo. Un susurro que se perdió en el zumbido de la nevera, al otro lado del pasillo.
—Vámonos, Marta.
—¿Quién es, Roldán?
El hombre de la cama se rio. Una risa seca, sin alegría, que sonó como papel arrugándose.
—No te lo va a decir. —La voz llegaba amortiguada por el cuerpo de Roldán, pero cada sílaba era nítida, recortada, como palabras impresas en un papel de alta gramaje—. Lleva veintisiete años sin decírselo a nadie. Ni a la jueza. Ni a la psiquiatra. Ni a su propia hija.
Roldán se giró. El movimiento fue brusco, descontrolado, impropio de una mujer que había pasado tres décadas en la Guardia Civil.
—Cállate.
—No me escuchan. —El hombre ladeó la cabeza, un gesto lento, perezoso, como el de un pájaro que observa un gusano—. Solo te escuchan a ti, Marta. Siempre te han escuchado a ti.
Marta dio un paso al lado. Esquivó a Roldán. Volvió a ver la cama.
El hombre la miraba. Tenía los ojos muy abiertos, sin parpadear, los iris de un gris pálido, casi translúcido, como el agua de un charco después de la lluvia.
No había emoción en aquella mirada. No había odio.
No había alegría. No había nada. Solo una atención absoluta, clínica, como la de un entomólogo observando un insecto bajo el microscopio.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Marta.
Roldán le agarró el brazo. Los dedos se le clavaron en la herida del bisturí. Marta no se inmutó. El dolor era una información, nada más. Una señal eléctrica viajando por el nervio hasta el cerebro.
—No le hables —dijo Roldán.
—¿Cómo te llamas? —repitió Marta, sin apartar la vista del hombre.
Él sonrió otra vez. La misma sonrisa torcida.
—Andrés.
El nombre cayó en la habitación como una piedra en un pozo.
Marta miró a Roldán. La inspectora tenía la boca entreabierta, los ojos húmedos, las mejillas hundidas. El pulso le latía en la sien, visible bajo la piel fina, a unos ciento diez por minuto.
—Andrés —repitió Marta—. Como su marido.
Roldán no respondió.
—Andrés —dijo el hombre de la cama—. Como el hombre que me puso el nombre. El hombre que me trajo al mundo. El hombre que murió para que yo pudiera seguir aquí.
Marta sintió un escalofrío que le subió desde los pies, a través de las piernas, hasta la base de la columna.
No era miedo. Era algo peor. Era la sensación de estar escuchando una grabación de uno mismo, esa sensación extraña de oír tu propia voz devuelta por un altavoz y no reconocerla del todo, como si perteneciera a otro.
—Usted no es su hijo —dijo Marta.
El hombre ladeó la cabeza, como un perro que oye un silbido ultrasónico.
—¿Y qué te hace pensar eso?
—Porque su hijo murió. Roldán lo dijo. Perdió al bebé esa noche.
Roldán soltó el brazo de Marta. Retrocedió un paso. Luego otro. Se apoyó contra el marco de la puerta, como si las piernas le fallaran.
—Perdí al bebé que esperaba —dijo Roldán, con la voz quebrada—. Pero no perdí a este.
Marta giró la cabeza hacia ella.
—No entiendo.
—Andrés no era mi hijo, Marta. —Roldán se pasó la mano por la cara, dejando una mancha de sudor en la mejilla—. Era uno de los del sótano. Uno de los tres.
Marta sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Miró al hombre de la cama. Lo miró de verdad, por primera vez, sin el filtro del pánico.
Veintisiete años. El hombre tenía veintisiete años. La misma edad que tendría el hijo no nacido de Roldán. La misma edad que ella.
—Lo saqué de ahí —continuó Roldán, las palabras atropellándose, saliendo a borbotones como agua de una tubería rota—. La noche que Andrés murió. La noche que... que todo se fue a la mierda. Lo saqué de la celda. Lo envolví en mi abrigo. Subí la rampa. Me lo llevé a casa.
—¿Por qué?
Roldán cerró los ojos.
—Porque lloraba. —Su voz se rompió en la última palabra—. Porque era un bebé. Porque tenía tres meses de vida y estaba encadenado a una cama de hierro y yo... yo acababa de perder al mío. Y lo oí llorar. Y no pensé. No pensé, Marta. Solo actué.
Marta miró al hombre. El hombre la miraba a ella. La sonrisa había desaparecido. Ahora su expresión era neutra, vacía, como la de un maniquí de escaparate.
—¿Y los otros dos? —preguntó Marta.
Roldán abrió los ojos.
—No lo sé.
—Miente.
—No sé lo que pasó con ellos. Te lo juro. Cuando volví al sótano, al día siguiente, las celdas estaban vacías. Los respiradores, desconectados. Las bandejas, limpias. Alguien los había sacado. Alguien los había...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—Alguien los había matado —terminó Marta.
Roldán no respondió.
—O alguien los había escondido —dijo el hombre de la cama—. En otro sitio. En otro sótano. En otro sanatorio. En otra ciudad.
Marta se giró hacia él.
—¿Tú los conoces? —preguntó—. ¿A los otros dos?
El hombre sonrió. La sonrisa volvió, lenta, torcida, como una herida abriéndose.
—Los oigo, Marta. Los oigo respirar. Todos los días. Todas las noches. El mismo ciclo. Tres segundos. Inhalación. Chasquido. Pausa. Exhalación.
Marta sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
El mismo ciclo.
El mismo que había grabado en el sótano del sanatorio. El semejante que había escuchado en la cinta de Andrés.
El parecido que, ahora lo sabía, había estado escuchando toda su vida, en los silencios, en los zumbidos, en las frecuencias bajas que nadie más podía oír.
—¿Dónde están? —preguntó.
El hombre no respondió. En su lugar, levantó la mano izquierda. La que tenía atada al barrote de la cama. La que tenía la cicatriz en forma de luna creciente.
—Pregunta más importante —dijo—. ¿Dónde está ella?
Marta frunció el ceño.
—¿Ella?
El hombre señaló la ventana. La que daba a la carretera. La que daba al coche negro.
—Tu otra mitad, Marta. La que lleva esperándote desde las cuatro de la madrugada. La que tiene tu cara. Tu ropa. Tu cicatriz.
Marta giró la cabeza hacia la ventana. Las persianas seguían bajadas, pero por la rendija se filtraba un haz de luz grisácea. El amanecer.
—No sé de qué hablas —dijo.
—Sí sabes. —La voz del hombre era plana, sin emoción, pero cada palabra era una puñalada precisa—. La has visto. En el coche. Hace diez minutos. Has mirado por la ventana. Has visto su mano. Has visto la cicatriz.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque la oigo, Marta. —El hombre cerró los ojos, como si estuviera escuchando algo muy lejano, muy débil—. La oigo respirar. El mismo ciclo que yo. El mismo que tú. Tres segundos. Inhalación. Chasquido. Pausa. Exhalación.
Marta retrocedió un paso. Luego otro. Su espalda chocó contra la pared del pasillo. El yeso se desmenuzó bajo sus hombros.
—No es posible —susurró.
—Sí lo es. —El hombre abrió los ojos. La sonrisa volvió—. Somos tres, Marta. Tres hermanos. Tres frecuencias. Tres ondas que vibran a la misma nota. Y ella es la tercera.
Marta miró a Roldán. La inspectora estaba de pie junto al marco de la puerta, con los brazos caídos, la cabeza baja, como si todo el peso del mundo le hubiera caído de golpe sobre los hombros.
—¿Es verdad? —preguntó Marta.
Roldán no levantó la vista.
—Lo siento, Marta.
—¿Es verdad?
Roldán asintió. Un movimiento mínimo, casi imperceptible.
—Hay una tercera —masculló—. La encontramos hace dos años. En Valdepeñas.
El nombre cayó en la habitación como una losa de mármol.
Valdepeñas.
El juicio. La mujer acusada. La grabación manipulada. Su licencia suspendida.
Marta sintió que las piernas le fallaban. Se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo. El linóleo estaba frío bajo sus muslos. El dolor de la herida en la palma izquierda le palpitaba al compás del corazón.
—Valdepeñas —repitió.
—La encontramos en un psiquiátrico —dijo Roldán, sin levantar la vista—.
Internada desde los dieciocho años. Diagnosticada de esquizofrenia paranoide.
Delirios de identidad. Decía que tenía una hermana.
Decía que su hermana vendría a buscarla.
Decía que su hermana era perito forense. Decía que su hermana se llamaba Marta.
Marta cerró los ojos.
—No es verdad —musitó—. No es verdad. No es verdad.
—La saqué de ahí —continuó Roldán—. Hace dos años. La traje aquí. La escondí en la habitación de al lado. La mantuve viva. La mantuve... contenida.
—¿Contenida?
Roldán levantó la vista. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo peor que el miedo. Peor que la culpa. Peor que la resignación.
Era vergüenza.
—Con la misma droga —susurró Roldán—. La misma que le daba a los del sótano. La misma que le daba a Andrés. La misma que... que le doy a este.
Marta miró al hombre de la cama. El hombre la miraba. La sonrisa había desaparecido. Ahora su expresión era neutra, vacía, como la de un maniquí de escaparate.
—¿Por qué? —preguntó Marta.
Roldán cerró los ojos.
—Porque si no lo hago —balbuceó—, si no los mantengo contenidos... entonces ellos salen. Y si ellos salen...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—Entonces qué, Roldán. Dímelo.
Roldán abrió los ojos. Miró a Marta. Y por primera vez en toda la noche, lloró. Lágrimas silenciosas, sin sollozos, que le caían por las mejillas como cuentas de vidrio.
—Entonces ellos se encuentran —murmuró—. Y si se encuentran... se fusionan.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Qué quieres decir?
Roldán no respondió. En su lugar, señaló la ventana. La que daba a la carretera. La que daba al coche negro.
—Mira —susurró—. Mira otra vez.
Marta se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero se mantuvo erguida. Se acercó a la ventana. Se asomó por la rendija de la persiana.
El coche negro seguía ahí. El motor seguía en marcha. La figura seguía en el asiento del conductor.
Pero ahora no estaba sola. En el asiento del copiloto, había otra figura. Idéntica a la primera. Idéntica a Marta.
Las dos, al unísono, levantaron la mano. Apoyaron la palma contra el cristal del coche. En aquel momento Marta vio, en las muñecas de las dos figuras, la misma cicatriz.
La cicatriz en forma de luna creciente. Idéntica a la suya.
Entonces, al unísono, las dos figuras hablaron.
Con su voz.
—Hola, hermana —dijeron—. Por fin estamos completas.