Ecos de lo que fui CAPÍTULO 9 El eco de Valdepeñas
20%

CAPÍTULO 9 El eco de Valdepeñas

La cinta siguió girando. La voz de Marta —o lo que sonaba como su voz— siguió susurrando lo siento, Roldán, una y otra vez, hasta que el mecanismo automático de la Revox detuvo la reproducción con un clack seco. El carrete izquierdo dejó de girar. La aguja volvió a su posición de reposo.

El silencio que quedó en la habitación era peor que el sonido.

Marta se apoyó contra la pared. El yeso se desmenuzaba bajo sus dedos, una lluvia fina de polvo blanco que le cubría la yema de los pulgares. Su corazón latía tan fuerte que podía oírlo rebotando contra las paredes de la habitación, un eco sordo que se mezclaba con el tictac del reloj de péndulo.

—Necesito aire —dijo.

Roldán no se movió. Seguía de pie junto a la mesa de centro, mirando las fotografías esparcidas, las polaroids amarillentas, los cuadernos empapados de agua.

Sus manos colgaban a los costados, inertes, como si toda la energía que la había mantenido erguida durante veintiocho años se hubiera evaporado de golpe.

—La cocina da al patio trasero —dijo Roldán, sin levantar la vista—. Hay una puerta.

Marta no esperó. Cruzó el recibidor, pasó por delante de un pasillo corto cuyas puertas estaban cerradas —tres puertas, tres habitaciones, Marta las contó por el sonido de sus bisagras al rozar el marco—, y entró en la cocina.

Era pequeña. Un fregadero de acero con la grifería verdosa por el sarro.

Una nevera Bosch de los noventa que zumbaba a setenta hercios, un tono ligeramente más alto que la red eléctrica, señal de un compresor desgastado.

Una mesa de formica con cuatro sillas de plástico, solo dos de ellas ocupadas por pilas de correo sin abrir: facturas de la luz, cartas del ayuntamiento, un sobre de la Seguridad Social con el membrete rasgado.

Marta abrió la puerta que daba al patio. El aire de la madrugada entró de golpe, frío, húmedo, cargado de salitre y del olor acre de las ortigas del jardín. Se apoyó en el marco de la puerta y respiró hondo. Tres veces. Cuatro. El diafragma le temblaba.

Cerró los ojos.

Después escuchó.

No a Roldán. No al mar. No a la nevera.

Se escuchó a sí misma.

El latido de su carótida, a unos ochenta por minuto, bajando lentamente.

El roce de la tela de su chaqueta contra su piel.

El goteo de agua que caía de su pelo al suelo de linóleo de la cocina, un tap-tap-tap irregular.

Y debajo de todo, en el fondo de su propio cráneo, el zumbido constante del tinnitus, ese compañero de los hiperacúsicos que nunca se iba del todo, una frecuencia fantasma de unos ocho mil hercios que solo aparecía en el silencio absoluto.

Abrió los ojos.

Sobre el alféizar de la ventana, junto a un bote de café soluble vacío, había una caja de medicamentos. Marta la miró sin enfocarla del todo. Los ojos le picaban. El cansancio de las últimas treinta y seis horas le pesaba en los párpados como monedas de plomo.

Se acercó.

La caja era de cartón blanco, con letras azules. Lorazepam Cinfa 1 mg. Comprimidos sublinguales. Caducidad: marzo de 2026. Tres meses atrás.

Marta la abrió. El blíster estaba casi vacío. Solo quedaban dos comprimidos en sus alvéolos de aluminio.

Miró alrededor de la cocina. En el escurridor, junto al fregadero, había un vaso con un fondo de líquido turbio. Lo olió. Alcohol. Y algo más. Un olor amargo, químico, que reconoció al instante: el sabor residual del lorazepam disuelto.

Roldán se había medicado. Recientemente. Antes de que Marta llegara. O durante.

Marta dejó la caja en el alféizar. Se giró hacia la cocina.

Y entonces la vio.

Sobre la encimera, junto a la cafetera italiana, había una bolsa de plástico transparente. De esas que se usan en los laboratorios para almacenar muestras. Dentro, doblada con cuidado, había una chaqueta.

Impermeable.

Negra.

Con un logo bordado en el pecho izquierdo: un micrófono estilizado sobre una onda sonora.

Marta sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó en la encimera. La formica estaba fría bajo sus palmas.

Conocía esa chaqueta.

La había visto antes.

No en su armario. No en su apartamento de Madrid.

En algún otro sitio.

Cerró los ojos. Forzó la memoria. El cansancio le nublaba los pensamientos, los convertía en una masa pegajosa, difícil de manipular.

Valdepeñas.

La palabra apareció de golpe, sin avisar, como un disparo en una biblioteca.

Tu licencia ya está en la mierda desde lo de Valdepeñas.

Velasco. En el motel. Hacía... ¿cuánto? ¿Ocho horas? ¿Diez?

Marta abrió los ojos. Miró la chaqueta.

Valdepeñas de los Barros. Badajoz. Febrero de 2024.

Un caso de peritaje acústico para un juicio por asesinato.

Una mujer acusada de matar a su marido. Marta había analizado las grabaciones de una cámara de seguridad.

Había encontrado una anomalía en el audio.

Había testificado. La mujer fue absuelta.

Luego había venido el escándalo.

Porque la grabación, resultó, había sido manipulada.

No por Marta. Por alguien más. Pero el informe llevaba su firma.

Y su licencia de perito forense había sido suspendida cautelarmente.

Seis meses. Ya cumplidos. Pero el daño estaba hecho.

Los despachos ya no la llamaban. Velasco era el único que le quedaba.

Marta miró la chaqueta de la bolsa de plástico.

No era suya.

Su chaqueta impermeable estaba en el coche. La que llevaba puesta ahora era una chaqueta de cuero, comprada en un mercadillo de Lavapiós tres años atrás. Lo sabía porque el codo derecho tenía un remiendo cosido a mano, donde se le había desgastado la piel al apoyar sobre la mesa de trabajo.

Entonces, ¿de quién era esa chaqueta impermeable negra?

Se acercó. Metió la mano en la bolsa. El plástico crujió. Sacó la chaqueta.

Era de una marca que conocía: Eartec, especializada en ropa técnica para ingenieros de sonido. Talla M. En el interior, en la etiqueta del cuello, había un nombre bordado con hilo blanco:

M. RIVAS.

Marta.

Sus iniciales.

Pero la chaqueta no era suya.

La giró. En la espalda, cerca de la cintura, había una mancha. Oscura. Seca. Del tamaño de una moneda de dos euros.

Marta se la acercó a la nariz.

Olió.

Sangre.

Vieja. Muy vieja. De años.

Dejó la chaqueta sobre la encimera. Retrocedió un paso. Luego otro. Su espalda chocó contra la nevera. El zumbido del compresor le vibró en la columna vertebral.

—No —suspiró.

Pero la palabra sonó hueca. Vacía. Como si no le perteneciera.

Porque había algo más. Algo que no quería mirar. Algo que había visto de reojo, al sacar la chaqueta de la bolsa.

En el fondo de la bolsa de plástico, doblado en cuatro, había un sobre.

Blanco. Sin remitente. Solo su nombre, escrito a mano, con una caligrafía que reconoció al instante.

La suya.

Marta extendió la mano. Le temblaban los dedos. Los metió en la bolsa. Sacó el sobre.

Estaba abierto.

Dentro, una sola hoja de papel. Arrancada de un cuaderno de espiral. De esos que venden en cualquier papelería.

Leyó.

Una línea. Solo una.

Escrita con su propia letra.

No vayas a Ostrava, Marta.

Marta dejó caer el papel. Se resbaló por la pared de la nevera hasta sentarse en el suelo. El linóleo estaba frío bajo sus muslos. Se abrazó las rodillas. Cerró los ojos.

Y pensó.

Pensó con la frialdad clínica que le habían enseñado en la universidad, cuando analizaba espectrogramas y tenía que separar la señal del ruido.

Hecho uno: Su voz aparece en una grabación de hace veintiocho años. Hecho dos: Hay una chaqueta con su nombre en casa de Roldán, manchada de sangre vieja. Hecho tres: Hay una nota, escrita con su letra, advirtiéndose a sí misma que no viniera a Ostrava.

Hipótesis A: Alguien está manipulándola.

Roldán. O Velasco. O Elías. Han falsificado la cinta, han colocado la chaqueta, han escrito la nota.

Hipótesis B: Ella ha estado aquí antes. En Ostrava.

Hace veintiocho años. O hace menos. Y no lo recuerda.

Hipótesis C: Está perdiendo la cabeza. La hiperacusia, la falta de sueño, el lorazepam que Roldán se ha tomado, el estrés del caso...

todo está provocando alucinaciones auditivas y lagunas mentales.

Marta abrió los ojos. Miró la nota en el suelo.

Había una cuarta hipótesis.

Una que no quería considerar.

Hipótesis D: Su memoria tiene un agujero. Un agujero grande. De años. Y ese agujero tiene algo que ver con Valdepeñas. Con su licencia suspendida. Con "lo de Valdepeñas" que Velasco había mencionado en el motel.

Porque Marta recordaba Valdepeñas. Recordaba el juicio. Recordaba a la mujer acusada. Recordaba la grabación manipulada.

Pero había algo que no encajaba.

Algo que no había querido mirar hasta ahora.

Marta se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta de cuero. Sacó el teléfono. Lo desbloqueó. Abrió la galería de fotos.

Buscó.

Febrero de 2024. Valdepeñas.

Encontró las fotos. Del juzgado. De la casa de la acusada. De la cámara de seguridad.

Pero entonces lo vio.

En una de las fotos, tomada en el parking del juzgado, había una mujer de espaldas. Llevaba una chaqueta impermeable negra. Talla M. Con un logo bordado en el pecho izquierdo.

Marta hizo zoom.

El logo era el mismo.

Eartec.

Pero en la etiqueta del cuello, aunque la foto estaba borrosa, se veía un nombre bordado.

M. RIVAS.

Marta bajó el teléfono.

No era su chaqueta. Nunca lo había sido.

Pero alguien la había hecho pasar por suya. Alguien que sabía su nombre. Su talla. Su marca de ropa preferida.

Alguien que había estado en Valdepeñas. Alguien que había estado en Ostrava. Alguien que había estado en el sótano del sanatorio, hace veintiocho años, escribiendo en la pared con sangre: No los despiertes, Marta.

Marta se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero se mantuvo erguida. Guardó el teléfono. Guardó la nota en el bolsillo. Dejó la chaqueta en la encimera.

Salió de la cocina.

Roldán seguía en el salón, sentada en el sofá, mirando las fotografías esparcidas. No levantó la vista cuando Marta entró.

—¿Quién es? —preguntó Marta.

Roldán no respondió.

—¿Quién es, Roldán?

Roldán levantó la vista. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes.

No era miedo. No era culpa.

Era lástima.

—Siéntate, Marta —dijo Roldán.

—No. Respóndeme.

—Siéntate. Por favor.

Marta no se sentó. Se quedó de pie, en el centro de la habitación, con las manos apretadas a los costados. La palma izquierda, la del bisturí, le palpitaba. La sangre seca se había cuarteado, formando una costra negra que le tiraba de la piel al cerrar el puño.

—Usted sabe quién es —dijo Marta—. Usted sabe por qué mi voz está en esa cinta. Usted sabe por qué hay una chaqueta con mi nombre en su cocina. Usted sabe por qué hay una nota, escrita con mi letra, diciéndome que no venga a Ostrava.

Roldán cerró los ojos.

—Lo sé —susurró.

—Entonces dígalo.

Roldán abrió los ojos. Miró a Marta. Y por primera vez en toda la noche, sonrió. Una sonrisa triste, rota, que no le llegó a los ojos.

—No puedo, Marta.

—¿Por qué?

—Porque si se lo digo —dijo Roldán—, usted va a querer irse. Y si se va, va a morir.

Marta sintió un escalofrío.

—¿De qué está hablando?

Roldán se levantó del sofá. Se acercó a la ventana. Corrió la persiana otro centímetro. Miró hacia fuera.

—Mire —dijo.

Marta se acercó. Se asomó.

En la carretera, frente a la casa, había un coche. Negro. Con las luces apagadas. El motor en marcha. En el asiento del conductor, una figura.

Inmóvil.

Mirando hacia la casa.

Marta entrecerró los ojos. La luz del amanecer era débil, grisácea, pero alcanzaba para ver los detalles.

La figura llevaba una chaqueta impermeable negra.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Quién es? —articuló.

Roldán no respondió. Pero no necesitaba. Porque en ese momento, la figura levantó la mano.

Apoyó la palma contra el cristal del coche. Marta vio, en la muñeca de la figura, una cicatriz.

Una cicatriz en forma de luna creciente.

Idéntica a la que ella tenía.

Desde que era niña.