Ecos de lo que fui CAPÍTULO 8 La memoria del agua
17%

CAPÍTULO 8 La memoria del agua

Marta se levantó del sofá tan rápido que el vaso de agua se volcó.

El líquido se extendió por la mesa de centro, empapando los cuadernos de Andrés.

Roldán no se movió para salvarlos. Se quedó sentada, mirando a Marta con esa expresión de quien ha disparado un arma y espera a ver si la bala ha dado en el blanco.

—Esto es una puta broma —dijo Marta. Su voz sonó más aguda de lo que quería. Se llevó la mano a la garganta, sintiendo las cuerdas vocales tensas—. Usted... usted ha manipulado la cinta. Ha superpuesto mi voz.

Roldán negó con la cabeza. Lentamente.

—No sé cómo funciona una Revox, Marta. No sé editar cintas. Esta grabadora lleva veintiocho años en esa caja. Sellada con cinta adhesiva. La abrí hace tres horas, cuando fui al sótano del sanatorio.

—¿Qué?

—Después de que usted saliera corriendo. Después de que las excavadoras se pararan. Fui al sótano. Bajé por la rampa. Vi las puertas. La 120. Las otras.

Marta sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó en el respaldo del sofá.

—¿Y qué vio?

—Nada. —Roldán se pasó la mano por la cara—. Las celdas estaban vacías. Los respiradores, desconectados. Las bandejas quirúrgicas, limpias. No había nadie. No había nada.

—No.… no es posible. Yo los vi. Yo escuché...

—Lo sé. —Roldán se levantó del sillón. Se acercó a la ventana. Corrió la persiana un centímetro, miró hacia fuera. La luz grisácea del amanecer empezaba a filtrarse—. Yo también los escuché. Hace veintiocho años.

Marta la miró. En la penumbra de la habitación, el rostro de Roldán parecía una máscara de cera.

—¿Qué está diciendo?

Roldán soltó la persiana. Se giró.

—Andrés no desapareció, Marta. Andrés murió esa noche. En el sótano. Lo encontré al día siguiente. Cuando fui a buscarlo.

El aire de la habitación pareció espesarse. Marta podía oír el tictac del reloj de péndulo, el goteo del agua cayendo de la mesa al suelo, su propia respiración acelerada.

—¿Cómo murió?

Roldán no respondió de inmediato. Se acercó a la caja de cartón. Sacó un sobre marrón, desgastado por el tiempo. Se lo tendió a Marta.

Marta lo abrió. Dentro había fotografías. Polaroids. Veintiocho años de antigüedad, pero los colores seguían vivos, saturados.

La primera foto mostraba el sótano del sanatorio. El pasillo de azulejos blancos. Las puertas numeradas. La puerta 120, abierta.

La segunda foto mostraba el interior de la celda 120. La cama de hierro. Las correas de cuero. El respirador.

Pero la cama estaba vacía.

La tercera foto mostraba el suelo de la celda. Junto a la cama, un cuerpo. Un hombre boca abajo, con el uniforme de celador del sanatorio manchado de sangre.

Andrés.

El marido de Roldán.

Marta levantó la vista.

—¿Quién lo mató?

Roldán no respondió. En su lugar, sacó otra foto del sobre. La última.

Marta la miró.

Sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

La foto mostraba la pared de la celda 120. Junto a la cama, escrita con sangre en la pared, había una frase.

Una frase que Marta reconoció al instante. Porque era la misma frase que había escuchado en su grabadora esa madrugada. La misma frase que había escuchado en la cinta de Andrés.

No los despiertes, Marta.

Marta dejó caer la foto. Retrocedió un paso. Luego otro.

—No.… no es posible. Yo no.… yo no he estado aquí hace veintiocho años.

—Lo sé —dijo Roldán—. Pero alguien escribió eso. Alguien que sabía su nombre. Alguien que sabía que usted vendría. Alguien que...

Se calló.

Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que sus palabras se arrastraban, se hacían más lentas, más pesadas.

—¿Alguien que qué, Roldán?

Roldán cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas en ellos.

—Alguien que es usted, Marta.

Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.

—No. No. No.

—Andrés escribió en su diario que había visto a alguien en el sótano. Alguien que no debería estar ahí. Alguien que... que se parecía a usted.

—No.

—Dijo que era una mujer. Que llevaba una chaqueta impermeable. Que tenía una grabadora. Que... que le dijo "no los despiertes".

—No.

—Marta... —Roldán dio un paso hacia ella—. ¿Cuántos años tiene?

Marta no respondió. Pero Roldán no necesitaba una respuesta. Podía verlo en sus ojos. En el temblor de sus manos. En la forma en que su respiración se aceleraba.

—Tengo treinta y dos —musitó Marta.

—Entonces tenía cuatro años en 1998. —Roldán se pasó la mano por la cara—. Cuatro años. Pero sin embargo, Andrés lo describió a usted. Con precisión. La chaqueta. La grabadora. La frase.

Marta retrocedió hasta chocar con la pared. El yeso frío se clavó en su espalda a través de la chaqueta empapada.

—Esto no es posible. Esto no...

—Lo sé. —Roldán se acercó. Su voz sonaba más suave ahora. Más íntima—. Pero está pasando. Y necesito que me escuche. Porque hay algo más.

Marta no respondió. Escuchaba. No solo las palabras. El fondo. La respiración de Roldán. El tictac del reloj. El goteo del agua.

Pero algo más.

Un sonido. Muy bajo. Casi imperceptible.

Venía de la grabadora.

Que seguía girando.

Marta giró la cabeza. La cinta seguía avanzando, pasando la voz susurrante, entrando en una sección de estática. Pero por debajo de la estática, había algo.

Una respiración. No la de Andrés. No la de Roldán.

La suya.

Marta escuchó con atención. La respiración era superficial, acelerada. La respiración de alguien que tiene miedo. La respiración de alguien que está...

Escondiéndose.

Marta cerró los ojos. Escuchó. Entonces lo escuchó. Por debajo de su propia respiración, había otro sonido.

Un sonido que reconoció al instante. El sonido del mar. Rompiendo contra las rocas. El mismo mar que había escuchado en el sótano del sanatorio. El mismo mar que había escuchado en su grabadora esa madrugada.

Pero había algo más. Algo que no había oído antes.

Un sonido de fondo. Muy bajo. Casi imperceptible. Una voz.

Una voz de niño.

Susurrando.

—Mamá.

Marta abrió los ojos.

Miró a Roldán.

Roldán la miraba. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes.

Algo que no era miedo.

Era reconocimiento.

—¿Lo escuchó? —farfulló Roldán.

Marta no respondió. Pero Roldán no necesitaba una respuesta. Podía verlo en sus ojos. En el temblor de sus labios. En la forma en que sus lágrimas caían por sus mejillas.

—Lo escuché —musitó Marta.

Roldán cerró los ojos.

—Ese es mi hijo —dijo—. El que no nació.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Qué está diciendo?

—Andrés y yo estábamos embarazados —dijo Roldán—. De tres meses. Cuando desapareció. Cuando murió. Yo... yo perdí al bebé esa noche. Cuando fui al sanatorio. Cuando lo encontré.

Marta no respondió. Escuchaba. La voz del niño seguía sonando en la cinta, susurrando, repitiendo.

—Mamá. Mamá. Mamá.

En ese instante por debajo de la voz del niño, Marta escuchó algo más.

Algo que la heló hasta los huesos.

Su propia voz.

Susurrando.

—Lo siento, Roldán. Lo siento mucho.