Ecos de lo que fui CAPÍTULO 7 El archivo de los muertos
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CAPÍTULO 7 El archivo de los muertos

La casa de Roldán estaba en las afueras de Ostrava, al final de una calle sin asfalto que terminaba en un acantilado.

Era un chalet de los años setenta, de ladrillo visto, con el jardín invadido por ortigas y zarzas.

El buzón estaba oxidado, la pintura de la fachada se descascaraba en láminas grises, y las ventanas del primer piso tenían las persianas bajadas, aunque eran las cinco de la madrugada.

Roldán apagó el motor del coche. El silencio que siguió fue denso, casi líquido. Marta podía oír el tictac del motor enfriándose, el goteo irregular del limpiaparabrisas, y algo más: el sonido del mar, a unos cincuenta metros, rompiendo contra las rocas del acantilado.

—¿Vive sola? —preguntó Marta.

Roldán no respondió de inmediato. Miró la casa a través del parabrisas, como si estuviera calculando algo. Luego sacó las llaves del contacto y las guardó en el bolsillo de la chaqueta.

—Mi hija está en Madrid. Con su padre.

—¿Su exmarido?

—Mi hijo. —Roldán abrió la puerta del coche—. El que no nació.

Marta se quedó quieta. La frase colgó en el aire del coche, pesada, irrespirable.

—Inspectora...

—Roldán. —La mujer bajó del coche sin mirarla—. Llámame Roldán.

Marta bajó también. El aire de la madrugada era frío, húmedo, olía a salitre y a hierba mojada. Se ajustó la chaqueta empapada, sintiendo el frío penetrarle hasta los huesos. La mano izquierda, la del bisturí, le palpitaba con un dolor sordo, rítmico, al compás de su corazón.

Roldán ya estaba en la puerta de la casa, metiendo la llave en la cerradura. El mecanismo oxidó, protestó, y finalmente cedió con un chasquido seco.

—Pasa.

El interior de la casa olía a cerrado, a polvo, a tabaco rancio. Pero había algo más. Algo que Marta reconoció al instante.

Formol.

Débil, casi imperceptible, pero presente. El mismo olor que había sentido en el sótano del sanatorio.

Roldán encendió la luz del recibidor. La bombilla parpadeó, emitiendo un zumbido eléctrico de unos cincuenta hercios.

La habitación estaba amueblada con muebles de los ochenta, tapizados en terciopelo granate, cubiertos de fundas blancas que el tiempo había amarilleado.

En las paredes, fotos enmarcadas: Roldán más joven, con el uniforme de la Guardia Civil; un hombre alto, de pelo oscuro, con la misma cicatriz en la barbilla; una mujer embarazada, sonriendo frente a un árbol de Navidad.

Pero no había fotos recientes. Nada de los últimos veinte años, al menos.

—Siéntate —dijo Roldán, señalando el sofá.

Marta se sentó. El terciopelo crujió bajo su chaqueta húmeda. Roldán desapareció en la cocina. Marta escuchó el sonido del grifo abriéndose, el chorro de agua llenando un vaso, el clic de la nevera.

Volvió con dos vasos de agua y una caja de cartón bajo el brazo. Dejó los vasos en la mesa de centro, una mesa de madera con la superficie cubierta de círculos de café. Luego se sentó en el sillón frente a Marta, dejando la caja en el regazo.

—Bebe —dijo.

Marta bebió. El agua sabía a cloro y a metal.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalando la caja.

Roldán no respondió de inmediato. Pasó los dedos por la tapa de cartón, acariciando el borde como si fuera la piel de un amante.

—Mi marido se llamaba Andrés —dijo finalmente—. Era celador en el sanatorio. Trabajaba en el turno de noche. El turno de los muertos, lo llamábamos.

Marta escuchaba. No solo las palabras. El fondo. La respiración de Roldán, acelerada, superficial. El roce de sus dedos contra el cartón. El tictac del reloj de la pared, un reloj de péndulo antiguo que marcaba los segundos con una precisión metálica.

—Andrés era un hombre tranquilo —continuó Roldán—. No bebía. No jugaba. No tenía amantes. Venía a casa cada noche, a las siete en punto. Cenábamos. Veíamos la tele. Nos acostábamos. Y a las diez, se iba al trabajo.

—¿Y qué pasó?

Roldán levantó la vista. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. No era tristeza. Era rabia. Una rabia fría, antigua, controlada.

—Empezó a cambiar. En 1997. Se volvió... distante. No hablaba. No comía. Se pasaba las noches en blanco, sentado en la cocina, fumando. Cuando le preguntaba qué pasaba, me decía que estaba cansado. Que el trabajo lo agotaba.

—¿Y usted le creyó?

—No. —Roldán abrió la caja. Dentro había cuadernos.

Decenas de cuadernos. De diferentes tamaños, colores, épocas.

Algunos tenían tapas de cuero, otros de cartón, otros eran libretas escolares de espiral—.

Andrés llevaba un diario. Desde que nos conocimos.

Escribía todo. Lo que comíamos, lo que veíamos en la tele, lo que soñaba.

Marta se inclinó hacia adelante.

—¿Qué escribía en 1997?

Roldán sacó uno de los cuadernos. Era pequeño, de tapas negras, con las esquinas gastadas. Lo abrió por una página al azar y se lo tendió a Marta.

La letra era pequeña, apretada, casi ilegible. Marta entrecerró los ojos para leer.

14 de marzo de 1997. Hoy he bajado al sótano otra vez. El director me ha dicho que no lo haga, que está prohibido. Pero los oigo. Los oigo respirar. No son pacientes. No son enfermos. Son algo más. Algo que no debería estar ahí. Algo que no debería estar vivo.

Marta levantó la vista.

—¿Qué más dice?

Roldán sacó otro cuaderno. Y otro. Y otro. Los fue pasando, buscando páginas específicas, leyendo en voz baja.

2 de abril. He contado tres. Tres hombres en celdas de aislamiento. Conectados a respiradores. No sé quién los puso ahí. No sé desde cuándo están. Pero sé que el director los alimenta. Sé que les cambia las bolsas de suero. Sé que los mantiene vivos.

17 de mayo. He intentado hablar con la Guardia Civil. Me han dicho que estoy loco. Que el sanatorio es un centro psiquiátrico, que hay pacientes con enfermedades respiratorias crónicas. Pero yo los he visto. No son pacientes. Son... son otra cosa.

3 de junio. El director me ha amenazado. Me ha dicho que si hablo, me despedirá. Que si denuncio, me encerrarán. Que si sigo bajando al sótano, me pasará lo mismo que a ellos.

Roldán cerró el cuaderno. Sus manos temblaban.

—El último diario es del 12 de septiembre de 1998. El día antes de que desapareciera.

Marta sintió un escalofrío.

—¿Qué dice?

Roldán sacó el último cuaderno. Era más grande, de tapas rojas, con las páginas amarillentas por el tiempo. Lo abrió por la última página escrita y se lo tendió a Marta.

La letra era diferente. Más grande. Más temblorosa. Como si Andrés hubiera escrito con prisa, con miedo.

12 de septiembre. He encontrado la verdad.

No son hombres. Son experimentos. El director los trajo de un laboratorio militar.

Los mantiene vivos con una droga experimental.

Una droga que los contiene. Que los mantiene...

dormidos. Pero la droga se está agotando.

Y ellos están despertando. He intentado sacarlos.

He intentado liberarlos. Pero no puedo. No puedo moverlos.

Si los muevo, si los desconecto, morirán.

O peor: despertarán. Y si despiertan... Dios mío, si despiertan...

La frase se interrumpía ahí. El resto de la página estaba en blanco.

Marta levantó la vista.

—¿Qué pasó esa noche?

Roldán cerró el cuaderno. Lo dejó sobre la caja. Se pasó la mano por la cara, dejando una mancha de polvo en la mejilla.

—Andrés vino a casa a las siete, como siempre.

Cenamos. Vimos la tele. Nos acostamos. A las diez, se fue al trabajo.

—Roldán hizo una pausa. El reloj de péndulo siguió su tictac metálico—.

A las diez y media, me llamó. Desde el sanatorio.

Estaba llorando. Me dijo que los había despertado.

Que había intentado desconectarlos, pero que no había podido.

Que estaban gritando. Que venía a casa, que teníamos que irnos, que teníamos que huir.

Marta escuchaba. No solo las palabras. El fondo. La respiración de Roldán, cada vez más acelerada. El roce de sus dedos contra el cartón de la caja.

—¿Y qué pasó?

—No llegó. —Roldán cerró los ojos—. Nunca llegó.

A las once, llamé al sanatorio. Nadie contestó.

A las doce, llamé a la Guardia Civil. Me dijeron que el sanatorio estaba cerrado, que no había nadie.

A la una de la madrugada, fui al sanatorio.

Estaba vacío. Las luces apagadas. Las puertas cerradas.

Pero el sótano... el sótano estaba abierto.

Marta sintió que el aire se espesaba en la habitación.

—¿Y qué encontró?

Roldán abrió los ojos. En ellos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era rabia. No era tristeza.

Era culpa.

—Encontré esto —dijo Roldán, señalando la caja de cuadernos—. Y encontré esto otro.

Sacó de la caja una grabadora. Una grabadora antigua, de cinta, de las que se usaban en los noventa. La dejó sobre la mesa de centro, junto a los vasos de agua.

—Andrés grababa todo. No solo escribía. Grababa. Los sonidos del sótano. Los respiradores. Los gritos. Todo.

Marta miró la grabadora. Era una Revox B77, un modelo profesional de los setenta. La cinta aún estaba dentro.

—¿La ha escuchado?

Roldán negó con la cabeza.

—No. —Su voz sonaba quebrada—. No he podido. Durante veintiocho años, no he podido.

Marta extendió la mano hacia la grabadora. Sus dedos tocaron el metal frío. El polvo de veintiocho años se levantó en una nube fina.

—¿Puedo?

Roldán no respondió de inmediato. Miró la grabadora. Miró a Marta. Luego asintió, lentamente.

Marta pulsó PLAY.

La cinta empezó a girar. El sonido de la estática llenó la habitación, un siseo blanco, constante, de unos sesenta hercios. Y entonces, por debajo de la estática, algo más.

Una respiración. Rítmica. Mecánica.

Shhh-klik. Shhh-klik.

El mismo sonido que Marta había escuchado en el sótano del sanatorio. El mismo ciclo de tres segundos. Inhalación. Chasquido. Pausa. Exhalación.

Pero había algo más.

Por debajo del respirador, casi imperceptible, atrapado en los dieciocho hercios, en el límite inferior de la audición humana...

Una voz.

La voz de Andrés.

Susurrando.

—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

Miró a Roldán.

Roldán la miraba. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes.

Algo que no era culpa.

Era miedo.

—¿Cómo...? —empezó Marta.

—No lo sé —susurró Roldán—. No lo sé, Marta. Pero esa voz... esa voz no es de Andrés.

Marta parpadeó.

—¿Qué?

—Esa voz —Roldán señaló la grabadora— es tuya.

Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.

—¿Qué está diciendo?

—Esa voz —Roldán se inclinó hacia adelante, los ojos inyectados en rojo— es tuya, Marta. La misma voz que escuchaste en tu grabadora esta madrugada. La misma voz que me dijo "no los despiertes" cuando te metí en el coche.

Marta retrocedió en el sofá. El terciopelo crujió bajo su chaqueta húmeda.

—No.… no es posible. Yo no.… yo no he estado aquí hace veintiocho años.

—Lo sé —dijo Roldán—. Pero la voz es tuya.

Silencio.

El reloj de péndulo siguió su tictac metálico. La grabadora siguió girando. La voz siguió susurrando.

—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.

En aquel momento, por debajo de la voz, Marta escuchó algo más.

Algo que no había oído antes. Un sonido de fondo. Muy bajo. Casi imperceptible. No era la estática. No era el respirador.

Era algo más. Una respiración. La respiración de Roldán. Grabada en la cinta. Hace veintiocho años.