Ecos de lo que fui CAPÍTULO 6 La estática de la memoria
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CAPÍTULO 6 La estática de la memoria

El sonido bajo el suelo no duró.

Se detuvo tan abruptamente como había empezado, como si algo al otro lado del hormigón hubiera decidido, en ese preciso instante, que no era el momento.

Marta se quedó inmóvil, con el peso distribuido sobre la punta de las botas, los músculos de las pantorrillas tensos como cuerdas de piano. Esperó el siguiente clack. No llegó.

Roldán la miraba. En la luz azul de las balizas del coche patrulla, la inspectora parecía más vieja. Las líneas alrededor de sus ojos se habían profundizado, y la cicatriz de la barbilla brillaba con una capa fina de sudor.

—Señorita Rivas —dijo Roldán, con la voz controlada, demasiado controlada—, va a subir al coche.

No era una sugerencia.

Marta abrió la boca para protestar, pero Roldán ya había girado la cabeza hacia la radio del hombro.

—Central, cancelo los refuerzos. Repito, cancelo. Situación bajo control.

Marta escuchó el clic del micrófono apagándose. Escuchó el cambio en la respiración de Roldán. Había dicho "situación bajo control" con la misma entonación que se usa para mentir a los niños sobre Papá Noel. Una cadencia aprendida, ensayada, carente de convicción.

—No estoy loca —dijo Marta.

Roldán no respondió. Abrió la puerta trasera del coche patrulla. El interior olía a tapicería de vinilo, a café derramado y a tabaco rubio.

—Señorita Rivas.

—Hay hombres ahí abajo.

—Al coche.

Marta no se movió. Miró el sanatorio. Las excavadoras seguían detenidas, sus brazos mecánicos alzados contra el cielo nocturno como garras de dinosaurios congelados.

No había operarios visibles. No había luces en las cabinas.

Solo el motor diésel, ronroneando en ralentí, un zumbido grave de unos cuarenta hercios que vibraba en el suelo.

—¿Por qué se han parado? —preguntó Marta.

Roldán la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. No era miedo. Era reconocimiento.

—Suba al coche, señorita Rivas.

Marta subió.

El asiento trasero estaba frío. El vinilo crujió bajo su chaqueta empapada. Roldán cerró la puerta con un golpe seco, rodeó el coche y se sentó al volante. El motor arrancó. Las balizas se apagaron, dejando solo los faros delanteros cortando la niebla.

No hablaron durante los primeros cinco minutos.

Marta escuchaba. El coche se movía por la carretera costera, los neumáticos crujiendo sobre la gravilla.

El limpiaparabrisas marcaba un ritmo irregular: swish-pausa-swish-swish.

El motor del coche, un diésel viejo, vibraba a unos ochenta hercios.

Y debajo de todo, en su bolsillo, la grabadora seguía encendida.

No reproducía nada ahora. Pero Marta podía oír el leve zumbido del circuito, la estática de fondo de los preamplificadores, el roce del cable del micrófono contra la tela de su chaqueta.

Sacó la grabadora del bolsillo. La pantalla brillaba en la oscuridad del coche. Pulsó PLAY.

La voz empezó.

—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.

Su voz. Clara. Nítida. Grabada en un espacio con mucha reverberación. Un sótano.

Roldán miró por el retrovisor.

—Apague eso.

—No es mía —dijo Marta.

—Apague eso, señorita Rivas.

Marta no apagó la grabadora. Pulsó STOP. Luego retrocedió en el archivo. Buscó el timestamp.

03:47:22.

Frunció el ceño.

Eran las 03:47 de la madrugada. Había estado en el sótano a esa hora. Había estado frente a la puerta 120. Había escuchado el respirador, el grito, las uñas contra el acero.

Pero no había dicho eso. No había dicho "no los despiertes". Esas palabras las había dicho Elías.

Pulsó PLAY otra vez. Escuchó con atención. No solo la voz. El fondo. La reverberación. La frecuencia de corte.

El sonido había sido grabado en un espacio de unos veinte metros cuadrados, con paredes de azulejo y techo de hormigón. Tiempo de reverberación: 1.8 segundos. Frecuencia de corte en los graves: 120 hercios.

Era el sótano. Sin duda.

Pero la voz.

Marta cerró los ojos. Escuchó otra vez.

—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.

La voz era la suya. El timbre, la cadencia, la forma en que las vocales se alargaban en las sílabas tónicas. Pero había algo. Algo que no encajaba.

La respiración.

Entre las palabras, había pausas. Pausas de inhalación y exhalación. Y esas pausas no eran las suyas.

Marta respiraba por la nariz, con el diafragma, un patrón aprendido en las sesiones de terapia para controlar la hiperacusia. La voz de la grabadora respiraba por la boca, con el pecho, un patrón superficial, acelerado.

Alguien había grabado su voz. Y luego había superpuesto otra respiración.

O alguien había grabado a alguien que tenía su voz.

Marta abrió los ojos. Miró a Roldán por el retrovisor.

—Inspectora.

—Sí.

—¿Cuánto hace que sabe lo del sótano?

Roldán no respondió de inmediato. El coche tomó una curva, los neumáticos chirriaron sobre el asfalto mojado.

—No sé de qué me habla, señorita Rivas.

—Miente.

—Señorita Rivas, está bajo arresto por allanamiento de morada y resistencia a la autoridad. Tiene derecho a guardar silencio...

—Miente, inspectora. —Marta se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el respaldo del asiento delantero.

Podía oler el sudor de Roldán, el café rancio de su aliento, el aceite de la pistola en la funda—.

Usted no llamó a los refuerzos porque ya sabía que no había nadie atrapado.

Usted paró las excavadoras porque sabía lo que hay debajo.

Y usted me metió en este coche no para llevarme a comisaría, sino para que no hable con nadie más.

Silencio.

El coche siguió avanzando. La carretera se enderezó. El mar quedó a la derecha, una masa negra e invisible, solo delatada por el sonido de las olas rompiendo contra los espigones.

Roldán miró por el retrovisor. En sus ojos, Marta vio cansancio. Un cansancio profundo, antiguo, que no tenía que ver con la falta de sueño de una noche.

—¿Sabe lo que es la resonancia, señorita Rivas? —preguntó Roldán.

Marta parpadeó.

—Qué.

—La resonancia. —Roldán mantenía la vista en la carretera, pero su voz había cambiado.

Había perdido la dureza institucional. Ahora sonaba más baja, más íntima, como si estuviera confesando algo en un confesionario—.

Es lo que pasa cuando un objeto vibra a la misma frecuencia que otro.

Cuando un diapasón hace vibrar a otro diapasón sin tocarlo.

Cuando una copa de cristal se rompe porque alguien canta la nota exacta.

Marta no respondió. Escuchaba. No solo las palabras. El fondo. La respiración de Roldán. El ritmo de su corazón, que Marta podía oír a través del asiento, a través del vinilo, a través del metal del chasis.

Acelerado. Cerca de los noventa por minuto.

—¿Qué tiene que ver eso con el sótano? —preguntó Marta.

Roldán no respondió de inmediato. El coche pasó por delante de un cartel oxidado: Ostrava - 3 km.

—Mi marido —dijo Roldán, finalmente— trabajó en el sanatorio. En los noventa. Era celador.

Marta sintió que el aire se espesaba en el coche.

—¿Qué le pasó?

Roldán tragó saliva. Marta pudo oír el clic de su nuez.

—Se suicidó. En 1998. El mismo año que cerraron el sanatorio.

—Lo siento.

—No. —Roldán apretó el volante. Los nudillos se le pusieron blancos—. No lo sienta. Porque mi marido no se suicidó.

Marta no respondió. Esperó.

—Mi marido me llamaba todas las noches. A las diez en punto.

Siempre. Durante diez años. Y el día que cerraron el sanatorio, no llamó.

—Roldán hizo una pausa. El limpiaparabrisas siguió su ritmo irregular—.

Esperé tres días. Fui al sanatorio. Me dijeron que se había ido.

Que había dejado de trabajar. Que no sabían dónde estaba.

—¿Y usted los creyó?

Roldán soltó una risa corta, amarga.

—Tenía veintiséis años, señorita Rivas. Y estaba embarazada de tres meses.

¿Qué quería que hiciera? ¿Denunciar a la Guardia Civil?

¿A la jueza? ¿Al alcalde? —Roldán giró la cabeza, miró a Marta por el retrovisor—.

¿Sabe lo que me dijeron? Que mi marido era un alcohólico.

Que tenía problemas con el juego. Que probablemente se había ido con otra mujer.

Marta escuchaba. No solo las palabras. El fondo. La estática de la memoria.

—¿Y usted se lo creyó?

—No. —Roldán volvió la vista a la carretera—. Pero no pude demostrar lo contrario. Porque no había cuerpo. No había pruebas. Solo la palabra de una viuda embarazada contra la de un pueblo entero.

El coche entró en las afueras de Ostrava. Las calles estaban vacías. Las farolas proyectaban círculos amarillentos sobre el asfalto mojado.

—¿Por qué me cuenta esto? —preguntó Marta.

Roldán no respondió de inmediato. El coche se detuvo frente a un semáforo en rojo, aunque no había tráfico.

—Porque usted escuchó algo ahí abajo —dijo Roldán, finalmente—. Algo que yo llevo veintiocho años intentando escuchar.

Marta sintió un escalofrío.

—¿Qué escuchó su marido?

Roldán no respondió. El semáforo cambió a verde. El coche reanudó la marcha.

—No voy a llevarla a comisaría —dijo Roldán—. Voy a llevarla a mi casa. Y usted va a escucharme. Y luego va a decidir si quiere seguir tirando de este hilo.

—¿Y si quiero?

Roldán miró por el retrovisor. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes.

Miedo.

Pero no miedo de ella.

Miedo de lo que había al otro lado del hilo.

—Entonces, señorita Rivas —dijo Roldán, con la voz quebrada—, rece para que lo que encuentre no la encuentre a usted primero.

Marta no respondió. Miró la grabadora en su mano. La pantalla seguía brillando. Pulsó PLAY otra vez.

La voz empezó.

—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.

Pero entonces, por debajo de su propia voz, Marta escuchó algo más. Algo que no había oído antes. Un sonido de fondo. Muy bajo. Casi imperceptible. No era el zumbido eléctrico de sesenta hercios.

Era algo más. Una respiración.

La respiración de Roldán.

Grabada en el sótano.

Hace veintiocho años.