CAPÍTULO 5 Frecuencia fantasma
El agua le subía por las espinillas cuando Marta alcanzó el primer rellano de la escalera.
Subió los peldaños de tres en tres, con las botas resbalando en el musgo y la sal. La linterna frontal seguía apagada, pero no la necesitaba. La luz del faro de Cabo Ostrava entraba por las ventanas rotas de la planta baja, proyectando haces blancos que barrían el pasillo cada doce segundos.
Fzzzt. Fzzzt.
Salió al pasillo de la planta baja. El aire olía a polvo de hormigón y a salitre. Las paredes temblaban con cada impacto de las excavadoras, y una fina lluvia de yeso caía del techo, cubriéndole los hombros como escarcha.
Corrió hacia la puerta principal. La empujó.
No se abrió.
Algo pesado estaba bloqueándola desde el otro lado.
Marta retrocedió. Miró a su alrededor. Las ventanas tapiadas del ala este. Podía romper los ladrillos. Podía...
Otro impacto. El suelo se levantó bajo sus pies. Una grieta apareció en la pared, serpenteando desde el suelo hasta el techo. Por la grieta se filtró un chorro de polvo blanco, tan denso que Marta tuvo que cubrirse la boca con la manga de la chaqueta.
Se giró hacia las ventanas del ala oeste. Las que daban al patio trasero. Las que no estaban tapiadas.
Corrió.
Las botas chapoteaban en los charcos de agua que se formaban en el suelo inclinado. El edificio gemía a su alrededor, un sonido grave, profundo, que vibraba en su esternón. Marta podía sentirlo en los dientes, en las costillas, en la base del cráneo.
Llegó a la ventana. Los cristales estaban rotos, cubiertos de una capa de hiedra muerta. Metió el brazo. Los zarcillos secos se quebraron como huesos bajo sus dedos. Empujó los restos del marco.
Se atascó.
Marta maldijo. Tiró con más fuerza. El marco cedió con un crujido, y una astilla de madera le rasgó la palma de la mano. La sangre caliente resbaló por sus dedos, mezclándose con la sangre seca del bisturí que aún apretaba en la otra mano.
Se impulsó. Pasó las piernas por el hueco. Cayó al otro lado, rodando sobre la hierba húmeda del patio trasero.
Se quedó quieta un momento. Respirando. Escuchando.
El edificio seguía temblando. Las excavadoras seguían trabajando. Pero el sonido de las uñas contra el acero había cesado.
Marta se incorporó. Se miró las manos. La izquierda, la del bisturí, estaba cubierta de sangre seca y polvo blanco. La derecha, la que había usado para romper el marco, sangraba por un corte profundo en la palma.
Guardó el bisturí en el bolsillo de la chaqueta. No quería saber de dónde había salido. No quería pensar en por qué lo había agarrado.
Se puso de pie. El patio trasero estaba en sombras, iluminado solo por el haz del faro que barría el cielo cada doce segundos. A su izquierda, la capilla, con el campanario decapitado. Al frente, el ala norte, la que estaban demoliendo. A su derecha, la verja por la que había entrado.
Corrió hacia la verja.
No llegó.
Una luz blanca la cegó.
Marta se detuvo, levantando la mano para protegerse los ojos. El haz venía de un coche aparcado en la carretera, a veinte metros de la verja. Un coche patrulla de la Guardia Civil, con las luces azules girando en silencio.
La puerta del conductor se abrió. Una figura bajó, recortándose contra la luz de los faros.
—¡Alto! ¡Identifíquese!
La voz era de mujer. Firme. Cansada.
Marta entrecerró los ojos. La inspectora Roldán. La había visto una vez, en el ayuntamiento, cuando fue a recoger los permisos de grabación. Una mujer de unos cincuenta años, con el pelo corto y canoso, y una cicatriz en la barbilla que le daba un aire de boxeadora retirada.
—Marta Rivas —dijo, levantando las manos—. Ingeniera acústica. Perito forense.
Roldán se acercó. Llevaba una chaqueta impermeable sobre el uniforme, y una pistola en la funda del cinto. No la había sacado, pero Marta podía oír el roce del cuero contra la tela con cada paso.
—¿Qué hace aquí, señorita Rivas?
—Estaba grabando. Para el informe de impacto acústico.
Roldán la miró. En la luz azul de las balizas, su rostro parecía de piedra.
—¿Grabando qué?
—El viento. Las gaviotas. La fauna protegida.
Roldán no respondió de inmediato. Miró el sanatorio, donde las excavadoras seguían trabajando, sus brazos mecánicos alzándose y cayendo como martillos de un dios industrial. Luego miró a Marta. Sus manos. Su chaqueta empapada. El corte en la palma.
—¿Está herida?
—No. Es decir, sí. Pero no es nada. Me corté con el marco de la ventana.
Roldán frunció el ceño.
—¿Qué ventana?
Marta no respondió. Miró el sanatorio. El ala norte estaba medio demolida, una masa de escombros y polvo blanco. No había señal de Elías. No había señal de las celdas. No había señal de los hombres.
—Señorita Rivas —la voz de Roldán era más firme ahora—, necesito que me diga qué está pasando aquí.
Marta tragó saliva. Su garganta estaba seca, polvorienta.
—No.… no sé qué está pasando.
Roldán dio un paso hacia ella. Marta retrocedió.
—Señorita Rivas, usted tiene sangre en las manos. Tiene un corte en la palma. Lleva la chaqueta empapada. Y acaba de salir corriendo de un edificio que se está demoliendo.
—Yo...
—¿Está sola ahí dentro?
Marta no respondió. Pero Roldán no necesitaba una respuesta. Podía verlo en sus ojos. En el temblor de sus manos. En la forma en que su respiración se aceleraba.
—Dios mío —masculló Roldán. Sacó la radio del hombro—. Central, aquí Roldán. Necesito refuerzos en el sanatorio de Ostrava. Posible víctima atrapada en demolición. Repito, posible víctima...
Se calló.
Marta escuchó algo. No venía de Roldán. No venía de la radio. No venía de las excavadoras. Venía de su bolsillo.
De su grabadora. Que seguía encendida.
Pero que, en ese momento, empezó a reproducir algo.
Una voz. Su propia voz.
Susurrando.
—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.
Marta se quedó quieta. Roldán la miró.
—¿Qué es eso?
Marta no respondió. Metió la mano en el bolsillo. Sacó la grabadora. La pantalla brillaba en la oscuridad, mostrando la forma de onda de la voz que se reproducía.
Su voz.
Pero ella no había dicho eso. No en el sótano. No en ningún momento.
Roldán se acercó. Miró la grabadora.
—¿Qué es eso, señorita Rivas?
Marta no respondió. Escuchaba. La voz seguía sonando, clara, nítida, en bucle.
—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.
Entonces, por debajo de su propia voz, Marta escuchó algo más.
Algo que no había oído antes.
Un sonido de fondo. Muy bajo. Casi imperceptible. Un zumbido eléctrico. Constante. De unos sesenta hercios. La frecuencia de la red eléctrica europea.
Pero el sanatorio estaba desconectado de la red desde 1998.
Entonces, ¿de dónde venía la electricidad?
Marta levantó la vista. Miró a Roldán.
—Inspectora —dijo, con la voz quebrada—, necesito que me escuche. Y necesito que me crea.
Roldán la miró. En sus ojos, Marta vio duda. Cansancio. Y algo más.
Miedo.
—Señorita Rivas —dijo Roldán, lentamente—, creo que necesita atención médica.
—No. —Marta dio un paso hacia ella—. Escúcheme. En el sótano del sanatorio hay... hay hombres. Hombres encerrados. Hombres conectados a respiradores. Y hay alguien... alguien que los mantiene vivos. Que los mantiene... contenidos.
Roldán no respondió. Pero Marta podía oír el cambio en su respiración. En el ritmo de su corazón. En el roce de sus dedos contra la funda de la pistola.
—Señorita Rivas —dijo Roldán, con la voz más suave ahora—, ¿está segura de lo que dice?
Marta no respondió. Miró la grabadora. La voz seguía sonando.
—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.
En aquel instante, por debajo de su propia voz, Marta escuchó algo más.
Algo que la heló hasta los huesos.
La voz de Elías.
Susurrando.
—Corre, Marta. Corre antes de que ellos te oigan.
Marta levantó la vista. Miró a Roldán.
—Inspectora —dijo, con la voz quebrada—, necesito que me lleve de aquí. Ahora. Antes de que...
Se calló. Porque en ese momento, las excavadoras se detuvieron.
El silencio que siguió fue absoluto.
Pero en ese silencio, Marta escuchó algo.
No venía de las excavadoras. No venía del sanatorio. No venía de Roldán. Venía del suelo. Debajo de sus pies. Un sonido. Rítmico. Metálico.
Clack-clack-clack.
Como uñas arañando metal. Como dientes rechinando contra hierro. Como algo que estaba intentando salir.