CAPÍTULO 4 Colapso estructural
El primer golpe fue como un puñetazo en el esternón del edificio.
El suelo de azulejo se levantó medio centímetro bajo las botas de Marta, y una lluvia de polvo blanco cayó del techo, cubriéndole los hombros como ceniza volcánica.
El haz de su linterna frontal, que aún llevaba apagada, no servía de nada en la oscuridad, pero no lo necesitaba. Podía oír la destrucción.
Cada impacto de la excavadora era una onda de choque que viajaba a través del hormigón armado, se refractaba en los pilares, rebotaba en las bóvedas del sótano y regresaba a ella distorsionada, como si el edificio estuviera gritando en un idioma que solo ella podía entender.
CRACK-thud. CRACK-thud.
Frecuencia: veinticinco hercios. Amplitud: creciente.
El hombre de la celda 120 seguía gritando.
Pero ya no era un grito humano. Era un sonido rasgado, animal, que se quebraba en los agudos cada vez que otro impacto sacudía los cimientos.
Marta podía oír las cuerdas vocales desgarrándose, la saliva burbujeando en la tráquea del tubo, el pánico puro destilado en ondas sonoras.
—¡Mierda, mierda, mierda! —Elías soltó la jeringuilla. El plástico golpeó el suelo con un clack hueco y rodó bajo la puerta 119—. ¡Han venido antes! ¡Velasco les dijo que vinieran antes!
Marta no respondió. Estaba escuchando. No a Elías. No al hombre de la celda. Estaba escuchando el edificio.
El hormigón del techo estaba crujiendo. No era un crujido normal. Era el sonido de las varillas de acero cediendo, de las vigas T deformándose bajo el peso de las plantas superiores. Las excavadoras no estaban demoliendo el muro perimetral. Estaban tirando el ala norte entera.
—Tenemos que sacar a los hombres —dijo Marta.
Elías la miró como si estuviera loca. En la penumbra, su rostro era una máscara de polvo blanco y sudor.
—¿Sacarlos? ¿A dónde? La rampa está colapsando. ¿No oyes...?
Otro impacto. Más fuerte. Una grieta apareció en la pared de azulejos, serpenteando desde el suelo hasta el techo como un relámpago congelado. Por la grieta se filtró un chorro de agua negra, fría, que salpicó las botas de Marta.
—La rampa no colapsa —dijo Marta—. Se está inundando. El nivel freático ha subido por las vibraciones. Si no salimos en cinco minutos, este pasillo se convierte en una piscina.
Elías tragó saliva. Marta pudo oír el clic de su nuez, el temblor de su respiración.
—No podemos moverlos. Están sedados. Si desconecto los respiradores...
—Entonces los movemos con los respiradores. —Marta se giró hacia la puerta 120. El grito había cesado, reemplazado por jadeos húmedos, desesperados—. ¿Cuánto pesan?
—¿Qué?
—Los hombres. ¿Cuánto pesan?
—No.… no lo sé. Ochenta, noventa kilos. Están atrofiados. Llevan años...
—Años haciendo qué, Elías.
Elías no respondió. Pero Marta no necesitaba una respuesta. Podía oírla en el silencio que siguió. En la forma en que su respiración se aceleró, en el roce de sus manos contra el pantalón, en el crujido de sus nudillos al apretar los puños.
Otro impacto. El techo gimió. Más polvo. Más agua.
—No tengo tiempo para esto —dijo Marta. Se acercó a la puerta 120. El picaporte seguía caliente. Giró la manivela.
La puerta no se abrió.
Estaba sellada. No con un cerrojo, sino con algo más. Algo que Marta no había visto antes. Una placa de acero soldada alrededor del marco. Una soldadura fresca, de hace menos de un año.
—Están selladas —dijo Elías desde atrás. Su voz sonaba más cerca ahora. Había dado un paso hacia ella—. Todas. Las soldé yo. Hace tres meses. Cuando... cuando empecé a notar que...
Se calló.
Marta se giró. En la oscuridad, solo podía ver el brillo de sus ojos, reflejando el débil resplandor rojo de la grabadora en su bolsillo.
—¿Que empezaste a notar qué, Elías?
Elías no respondió. Pero Marta escuchó algo. No en su voz. En su respiración. En el ritmo. En la forma en que inhalaba por la nariz y exhalaba por la boca, un patrón que ella reconocía.
Era el mismo patrón del hombre de la celda 120.
Tres segundos de inhalación. Un chasquido. Un segundo de pausa. Exhalación.
Marta frunció el ceño.
—Tú también —musitó.
Elías no se movió.
—¿Qué?
—Tú también usas un respirador —dijo Marta. No era una pregunta. Lo había escuchado en su respiración durante los últimos diez minutos. El chasquido no era el de una navaja abriéndose. Era el de una válvula de presión liberando aire. Elías llevaba un respirador portátil bajo la ropa.
Elías soltó una risa corta, amarga.
—No es lo que piensas.
—Entonces explícamelo.
—No hay tiempo. —Elías dio un paso hacia ella.
Marta levantó el bisturí, pero Elías no se detuvo.
Pasó junto a ella, rozándole el hombro, y se acercó a la puerta 120.
Apoyó la mano en el acero soldado—. Escúchame, Marta.
No puedo sacarlos. No puedo moverlos. Si desconecto los respiradores, mueren en minutos.
Si los muevo, las vibraciones... las vibraciones pueden...
Se calló.
—¿Pueden qué, Elías?
Elías cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas en ellos. Lágrimas que brillaban en la oscuridad como cuentas de vidrio.
—Pueden hacer que despierten.
Marta parpadeó.
—¿Despierten? Están sedados.
—No están sedados, Marta. Están contenidos. —Elías se pasó la mano por la cara, dejando una mancha de polvo y sangre en la mejilla—. El respirador no les da aire. Les da ellos. Les da la droga. La que los mantiene... la que los mantiene así.
—¿Así cómo?
Elías no respondió. En su lugar, apoyó la frente contra el acero soldado. Cerró los ojos.
—Así como yo.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Tú qué?
Elías se giró. En la oscuridad, Marta pudo ver el destello de sus ojos, inyectados en rojo, brillando con una luz que no era humana.
—Yo también estoy contenido, Marta. Yo también llevo tres años... tres años tomando la droga. Tres años subiendo y bajando estas escaleras. Tres años...
Se calló. Otro impacto sacudió el edificio. Más polvo. Más agua. El agua ya les llegaba a los tobillos.
—Tres años haciendo qué, Elías.
Elías soltó una risa corta, histérica.
—Tres años manteniéndolos vivos. Tres años cambiándoles las bolsas. Tres años... tres años escuchándolos gritar.
Marta retrocedió un paso. El agua fría le empapaba las botas, se filtraba por los cordones, le helaba los dedos de los pies.
—¿Por qué?
Elías la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era miedo. No era culpa.
Era hambre.
—Porque si no lo hago —masculló Elías—, si no los mantengo vivos, si no los mantengo contenidos... entonces ellos salen. Y si ellos salen...
Se calló.
Marta escuchó algo. No venía de Elías. No venía de las excavadoras. No venía del edificio colapsando.
Venía de la puerta 120.
Del otro lado del acero soldado. Un sonido. Rítmico. Metálico.
Clack-clack-clack.
Como uñas arañando metal. Como dientes rechinando contra hierro. Como algo que estaba intentando salir.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Qué es eso?
Elías no respondió. En su lugar, retrocedió un paso. Luego otro. Luego otro. Hasta que su espalda chocó contra la pared opuesta.
—No los despiertes —susurró—. Por favor, Marta. No los despiertes.
Marta no entendía. No entendía nada. Pero sabía que tenían que salir de ahí. Ahora. Antes de que el sótano se inundara. Antes de que el edificio colapsara. Antes de que...
Antes de que lo que había al otro lado de la puerta 120 saliera.
—Tenemos que irnos —dijo Marta.
Elías no se movió.
—No puedo.
—¿Qué?
—No puedo irme, Marta. —Elías se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo. El agua fría le empapaba el pantalón, pero no pareció notarlo—. Si me voy, si dejo de... de darles la droga... entonces ellos salen. Y si ellos salen...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. El cambio en su voz. En la forma en que sus palabras se arrastraban, se hacían más lentas, más pesadas.
—Entonces qué, Elías. Dímelo.
Elías levantó la cabeza. En la oscuridad, Marta pudo ver sus ojos. Ya no brillaban con esa luz antinatural. Ahora estaban apagados. Vacíos.
—Entonces ellos me encuentran. —Farfulló—. Y me llevan con ellos.
Marta sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
No era miedo.
Era reconocimiento.
Porque ella sabía lo que Elías estaba diciendo. No con palabras. Con sonidos. Con la frecuencia de su voz. Con el ritmo de su respiración.
Elías no estaba hablando de hombres.
Estaba hablando de algo más.
Algo que no era humano. Algo que había estado encerrado en el sótano del sanatorio de Ostrava durante tres años. Algo que estaba intentando salir.
Sobre algo que, si Marta no tenía cuidado, la encontraría a ella también.
Otro impacto sacudió el edificio. El techo gimió. Una losa de hormigón se desprendió y cayó al agua con un splash sordo.
Marta no tenía tiempo. No tenía opción.
Se giró hacia la escalera. Hacia la rampa. Hacia la salida.
Después corrió.
Detrás de ella, escuchó a Elías reír. Una risa baja, ronca, que se mezcló con el sonido de las excavadoras, con el sonido del agua, con el sonido de las uñas arañando el acero.
—Corre, Marta —siseó la voz de Elías, aunque estaba a veinte metros de distancia—. Corre antes de que ellos te oigan.
Marta corrió.
Y mientras subía las escaleras, con el agua helada persiguiéndole los tobillos, con el edificio colapsando a su alrededor, con el sonido de las uñas arañando el acero persiguiéndola como una sombra...
Marta escuchó algo.
No venía de Elías. No venía de las excavadoras. No venía del edificio. Venía de su propio bolsillo. De su grabadora. Que seguía grabando. Y que, en ese momento, empezó a reproducir algo.
Algo que Marta no había grabado.
Algo que no debería estar ahí.
Una voz. Su propia voz.
Susurrando.
—No los despiertes, Marta. Por favor. No los despiertes.